Un conde en apuros Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

–Aun así –retomó la palabra–, lo que me preocupa no es tanto tu hermano, sino el resto.

Me parece que hay algo que se nos escapa.

Lo cierto es que no creo que Davis esté escondido aquí ni que vaya en busca de las cartas que os enviabais, pero, si alguien ha entrado en tu habitación para rebuscar en tre tus cosas, debe de haber un porqué.

Hay alguien de quien no debemos fiarnos.

–Y puede que esté compinchado con él.

–Exacto –replicó él, despacio–. Pero no sabemos si son los De Younge o si es alguien distinto.

–Su rostro era serio y decidido mientras hablaba–.

En fin, como lady de Younge ha propuesto que extendamos nuestra estancia, tal y como esperábamos, tal vez pueda tratar de echar un vistazo en su biblioteca. ..

–Y yo podría pedirle a Georgiana que se colara en las alcobas de los Thibodeaux y los Valiquette. Los cuatro conocen a Davis; puede que, antes de que se fuera, acordaran algún tipo de pacto con él.

–Sí. Es posible, de hecho, que los Valiquette tengan relación con los mismos miembros de la aristocracia escocesa que él.

–Hizo una pausa en la que la curva de su boca descendió un tanto–.

Por cierto, hablando de hermanos: creo que el tuyo nos ha mentido.

Algo me dice que no está aquí por lo que nos ha dicho.

Lydia se llevó un dedo a los labios y pensó en lo fácil y rápido que había sido arrancarle una explicación y que no objetara nada sobre su supuesta situación marital.

–Lo sé. Pero no entiendo por qué.

Alzó la vista hacia él, con la esperanza de que opinara algo al respecto, pero con lo que se topó fue con que parecía haberse quedado helado en el sitio, con la atención clavada en el punto en el que su índice reposaba en su boca.

Una bocanada de calor la recorrió de arriba abajo.

No fue la calidez familiar en las mejillas y en el pecho al ruborizarse, no, sino que.

.. la recorrió por todas partes; una espiral lenta y ardiente que nació en su estómago y que sintió bombear en cada centímetro de su piel.

Y él ni siquiera tuvo que moverse, pero, aun así, le dio la sensación de que era como si la rodeara.

Sus ojos se quedaron clavados en su pecho, en el hueco que se le abría en la camisa; el triángulo de piel que dejaba ver. El potente olor del whisky se le volvió a colar en las fosas nasales y le subió de inmediato a la cabeza. Casi sintió que se mareaba.

Y quiso deshacerse ante su mirada. Quería volver a sentir sus caricias; las ansiaba. Los dedos le cosquilleaban, desesperados por deslizarse más allá del cuello de su camisa para comprobar si su cuerpo volvía a estar tan caliente y sólido como en sus recuerdos.

–Quítate la ropa –le ordenó.

Y, después, deseó haberse mordido la lengua.

Arthur clavó la vista en ella, con los labios separados y los ojos centelleantes.

–Por el whisky, quiero decir –se obligó a añadir–. Por el olor. En la camisa. Está siendo... Me está resultando un tanto...

¿Abrumador? ¿Atrayente? ¿Tan excitante que le nublaba el juicio?

–Embriagador –decidió, aunque tampoco le pareció mucho mejor opción–. El ambiente. Con la ventana cerrada y el olor a alcohol...

Su profunda voz sonó ahogada: –Entiendo lo que quieres decir. Voy a por otra camisa; puedo cambiarme en el pasillo.

Lydia tragó saliva y estuvo a punto de asentir. Sin embargo..., no. Era una tontería. Era una mujer fuerte e independiente. El simple hecho de verlo sin camisa no iba a hacer que se desmoronara ahí mismo.

Claro que...

–No hace falta –le aseguró–. Cierro los ojos y ya está.

Para demostrárselo, retrocedió hasta la pared y bajó los párpados. De fondo, oyó que retrocedía –y su cuerpo se retorció, casi como si lanzara un quejido– y luego una especie de silbidos al compás del repicar de unos pasos.

¿Cómo se llamaba exactamente al sonido que hacía la tela al separarse de la piel? Nunca antes se lo había preguntado así, con tanta ansia por saber la respuesta.

¿Acaso aquel susurro indicaba que se había pasado la camisa por encima de la cabeza? ¿Estaría desnudo de cintura para arriba en ese instante? ¿Cómo sería verlo sin ropa? ¿Y qué pasaría si abriera los ojos para descubrirlo? ¿Qué diría de ella que lo hiciera?

La voz del conde puso fin a aquel dilema indecoroso: –Ya está.

Lydia dio un respingo.

Después, abrió primero un ojo y luego el otro. Y sí, llevaba una camisa nueva –en la que se esparcían varias quemaduras que, sin duda, debía de haberse hecho en la forja– y tenía el cuello abierto. Se esforzó por volver a sus cabales.

Le costó un poco.

–Voy a necesitar traer mi baúl aquí –dijo–, para poder prepararme para pasar la noche. Sigue en mi alcoba.

–Yo me encargo.

El conde se dirigió a la puerta y, entonces, se detuvo para mirarla de nuevo: –¿Necesitas que te... –estaba segura de que no se imaginó el hecho de que su voz sonó un par de tonos más grave de lo normal– desabroche el corsé?

¿Sí? ¿Podía pedirle que le...?

Una dentellada de pánico se le clavó en el pecho.

–No –se apresuró a responder, casi en un grito–. Llevo uno que se abrocha por delante. Puedo hacerlo sola.

Durante un instante, le pareció que sus ojos adquirían un resplandor acuoso.

–Bien. Voy a por el baúl y me quedo esperando en el pasillo hasta que termines de prepararte. –Lydia separó los labios, pero él se adelantó–: No discutas. Y cierra la maldita puerta mientras tanto.

–Pues no veo por qué debería hacerlo –protestó–. ¿O es que acaso te preocupa que alguien decida entrar mientras me estoy desvistiendo?

–Sí –replicó él–. Alguien.