Un conde en apuros Capítulo 15
48%

Capítulo 15

Querida amiga, no me cabe duda de que te estás adaptando de maravilla a Escocia. Aunque, ya que estamos, una pregunta: ¿tenías intención de escribir cuatro o cinco veces «Lady Strathrannoch» al final del mensaje o ha sido un error al firmar?

De Selina para Lydia.

A rthur tardó casi una hora en regresar al piso superior después de que Lydia tratara de volver a su alcoba.

Por suerte, la puerta que le habían asignado a él, que se encontraba justo enfrente, no había estado cerrada con llave, así que ella, por precaución, había decidido pasar justo ese tramo de tiempo sentada en su cama, con las piernas cruzadas.

Cuando por fin el conde se dignó a regresar, Lydia oyó varias palabrotas en un escocés amortiguado y las sacudidas de la manilla de la puerta desde fuera. Entonces, se dirigió hasta ella, descorrió el pestillo y la abrió.

Sus ojos se abrieron como platos al descubrirla allí.

–Oh –dejó escapar–. Se me ha debido de ir la cabeza por completo. Pensaba que era este mi dormitorio, pero supongo que...

Había comenzado a retroceder mientras hablaba, pero ella lo tomó de la mano y tiró de él hacia dentro.

–Sí, es tu dormitorio. Cierra, rápido. Oh, no me digas que estás borracho. Hueles a whisky.

Arthur la miró de arriba abajo.

Se le veía confuso, desde luego, aunque lúcido.

–Estoy empezando a pensar que tal vez sí.

Pero no... Es culpa del idiota de Thibodeaux, que me ha tirado una copa de brandy por encima.

Es la mejor camisa que tengo. –Y, sí, desde donde se encontraba, muy cerca de su pecho, alcanzaba a verlo: tenía una mancha alargada y amarronada justo debajo de la corbata–.

¿Qué haces en mi dormitorio, entonces? –le preguntó.

–Es que... alguien ha entrado al mío y lo ha puesto todo patas arriba y he...

–¿Que han qué?

–... pensado que lo mejor sería que te esperara aquí, y así...

–¿Han entrado a tu dormitorio y han rebuscado en él?

–... podríamos echarle un vistazo después, cuando estuviéramos juntos.

–¿Pero estás loca? –La contemplaba desde lo alto, con los brazos cruzados sobre el pecho; un gesto que tenía un efecto sobrenatural en lo que se refería a la apariencia de dichos brazos y dicho pecho–.

¿Por qué no has venido a buscarme, mujer?

¡O simplemente bajado al piso inferior! Has estado sola aquí arriba, mientras que yo he estado horas escuchando a Thibodeaux hablando del herrero de Tipperary y de sus desventuras.

–¿De quién?

–Da igual. –Se deshizo de la corbata, lo cual hizo que una bocanada de olor a brandy se esparciera por el aire–. ¿Por qué no has bajado a avisarme?

–Porque... –Lo cierto era que no lo sabía. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza hacer algo que no fuera limitarse a esperar–. Supongo que no quería molestarte.

–¡Por favor! –exclamó y, de pronto, la tomó de la barbilla durante un instante eterno en el que el corazón se le detuvo en el pecho.

Después, la soltó–. La próxima vez, ven a molestarme, maldita sea.

Puedes hacerlo cuando quiera. Bien sabe Dios que lo haces cada día.

–De alguna forma, hizo que sonara casi como un cumplido–.

Quédate aquí –le pidió entonces, y se dirigió hacia la puerta.

Lydia lo siguió.

–¿Es en serio? –preguntó él, volviéndose en su dirección–. ¿De verdad no puedes quedarte quieta? ¿No piensas dejarme echarle un vistazo antes para asegurarme de que no estás en peligro?

–Estoy bastante segura de que, sea quien sea quien lo haya hecho, hace ya tiempo que se ha marchado. Si hubiera querido hacerme daño, lo habría hecho en cuanto abrí la puerta.

–Y si tan segura estás, ¿por qué te has quedado esperando que volviera?

Alzó la barbilla.

–Porque soy una mujer prudente.

–Sí, claro, y yo soy el príncipe regente. En fin, vamos.

En el interior de su alcoba, todo seguía tal y como lo recordaba: hecho un desastre.

Habían abierto el baúl que Huw le había traído desde Strathrannoch Castle y su contenido se encontraba esparcido por doquier.

Al igual que sus cartas –las cartas de Davis–.

Además, habían derribado uno de los tinteros que tenía en el escritorio y la tinta se había escurrido hasta el borde, donde había comenzado a gotear sobre la alfombra –de flores blancas y verdes– y uno de sus sobreros favoritos, maldita sea.

El conde no tardó en ponerse en movimiento: comenzó a buscar bajo la cama, tras las cortinas, e incluso lo hizo en el interior de su diminuto armario y del baúl vacío.

–¿Has podido confirmar ya que no hay ningún muchacho o perro de tamaño medio escondido por aquí o...? –le preguntó Lydia una vez se detuvo.

Él frunció el ceño.

–Esto no me gusta ni un pelo. Pongámonos a guardar tus cosas; así podremos ver si te han robado algo.

Se dispusieron a ello, juntos, y descubrieron que habían desaparecido una docena de libras esterlinas que había tenido en el fondo del baúl y un par de medias de encaje, pero no tenía claro si se habían llevado alguna de sus cartas.

Por mucho que hubieran estado guardadas en orden cronológico, no había forma de saber si faltaba alguna.

La mirada que le dirigió a Arthur rebosaba culpa.

–No me las sabía de memoria; si tuviera las notas que estuvimos haciendo, me resultaría más sencillo saberlo con certeza. Supongo que podría usarlas de referencia cuando regresemos.

Para su sorpresa, la expresión del conde se pintó de algo semejante a la satisfacción. Que, no obstante, desapareció en cuanto hizo el intento de desearle buenas noches y despedirse de él.

–¿Qué? –protestó–. No puedes decirme que pretendes pasar la noche aquí. Sea quien sea el bastardo que ha hecho eso, podría volver en cualquier momento.

Lydia apretó los labios.

–No lo creo. Quien lo hizo se aseguró de entrar en un momento en el que sabía que no habría nadie en...

–¿Tan segura estás de eso? ¿Tanto como para poner tu vida en riesgo?

–No tengo ningún otro sitio en el que dormir –replicó, exasperada.

Hubo un silencio corto y tenso en el que, como se había afeitado, apreció con todo detalle cómo los músculos de la mandíbula se le movían al apretar los dientes.

Le resultaba increíblemente atractivo, y casi quiso rezar para que volviera a crecerle la barba cuanto antes.

Pensó que tal vez podría pedirle a Georgiana que le robara las navajas para asegurarse de que no volviera a hacerlo.

–Puedes dormir en mi alcoba –acabó diciendo él–. Me cambio por ti.

–Si dormir aquí es seguro para ti, entonces también lo es para...

–¡Cómo sabía que ibas a decir eso, maldita sea! –La observó varios instantes más–. Muy bien. Entonces, dormiré junto a la puerta, en el pasillo.

–¡¿En el pasillo?!

Alzó tanto la voz que Arthur, como si creyera que de pronto fuera a cruzar la puerta toda una marabunta de personas, volvió el rostro hacia ella.

–No sería la primera vez que...

–¿Que duermes en el pasillo? –Se puso las manos en las caderas–. ¿Y que se entere toda la casa y sea la comidilla del desayuno mañana por la mañana? Ni hablar.

Él apretó los labios.

–Tú decides: o duermes en mi alcoba o duermo yo en el pasillo.

Lydia alzó los brazos de puro hastío.

–¡Está bien! Como quieras. Dormiré en tu alcoba, pero ni se te ocurra quedarte en el pasillo.

–No pienso comprometer tu reputación si puedo evitar...

Aunque ella lo cortó con la mirada más cargada de incredulidad que pudo poner.

–¡Estamos fingiendo estar casados, Arthur! Si alguien descubre mi verdadera identidad, poco va a importar que estemos compartiendo dormitorio o no, ¿o sí?

–¡Por Dios, mujer! –Abrió la puerta y, tras hacerle un gesto para que lo siguiera, cruzó el pasillo hasta su alcoba–. Y yo pensaba que eras tímida y reservada... Lo que eres es demasiado inteligente y escurridiza para tu propio bien.

Lydia entró tras él y oyó cómo cerraba a su espalda.

Entonces, una oleada de... algo... la recorrió.

Estaban solos. Estaban solos y la puerta estaba cerrada y entre ambos había una cama inmensa, vacía y bien equipada.

Más. Quería más de él, después del breve beso que habían compartido, y en aquel instante se encontraban juntos y solos y a escasos centímetros de un colchón.

De pronto, su mente comenzó a dar vueltas al ritmo de un staccato de imágenes centelleantes como el fuego y compuestas de extremidades enlazadas y piel brillante por el sudor y. ..

–¿Por qué le has dicho a tu hermano que estábamos casados? –La pregunta logró arrancarla de lleno de su bruma erótica. Parpadeó. Arthur había apretado los labios y tenía la cabeza un tanto inclinada hacia un lado, y se descubrió incapaz de leer su expresión–. No era con intención de...

Se detuvo, lo que ella aprovechó para explicarse: –No pretendo dejar que lo siga creyendo siempre.

Le diré la verdad; jamás me aprovecharía de ti en ese sentido.

–Él carraspeó–. Pero, en ese momento... No sé, temí que, si se lo contaba, se enfadaría.

Pensé que podría haber un altercado o algo así.

–Trató de no parecer demasiado culpable mientras examinaba su rostro e intentaba descubrir qué pensaba–.

Pero se lo contaré. Cuando vuelva a casa.

No tenía ni idea de cómo, pero eso era un problema para la Lydia del futuro.

–Fantástico –dijo él–. Estoy seguro de que se lo tomará de maravilla.

–Ah, eh...

–Recuérdame que me asegure de apuntar hacia abajo cuando nos toque batirnos en duelo.

–¿Para..., eh, solo herirlo?

–No, porque es bajo.

Muy a su pesar, Lydia rio.

Sus ojos cayeron fijos en ella. La habitación se encontraba casi en penumbra, a excepción de unas pocas velas, pero, pese a ello, alcanzaba a ver el halo dorado que le rodeaba las pupilas y la espiral de verdes y azules que se extendían por sus iris.

Y le pareció que estaba a punto de sonreír.

Sin embargo, de pronto se detuvo y alzó un brazo para rascarse la nuca.