Un conde en apuros Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Jasper, mientras tanto, había logrado ponerse en pie. Tenía el pelo alborotado y se le alzaba hacia un lado de la cabeza, lo que le hacía parecer un enorme gallo desplumado en contraste con su siempre sofisticada imagen.

–¿Ha dicho «su esposa»? ¡¿Qué va a ser su esposa?! ¡Quítele las manos de encima!

–Lydia –la llamó él en apenas un susurro–, dime que conoces a este hombre o si prefieres que lo saque de aquí a rastras.

–Ah –respondió ella–, pues casi que ambas.

–Perfecto entonces –replicó él, y comenzó a quitarse la chaqueta.

–¡Venga, atrévase! –le espetó Jasper–-. ¡Atrévase, pedazo de patán escocés, y le mostraré lo poco que importa la altura cuando no hay inteligencia suficiente para respaldarla!

–No es cuestión de altura –contestó y, después, se echó hacia adelante para tomarle por la corbata y empujarlo contra la pared, donde lo mantuvo sujeto por el cuello. Sus pies dejaron de tocar el suelo–. Es cuestión de alcance.

Lydia contempló, boquiabierta, la imagen de Arthur sosteniendo a su hermano como si no fuera más que la colcha olvidada de una cama vieja.

Durante toda su vida había sido testigo de muchas –de millones de– peleas entre sus cuatro hermanos, impulsadas por sus egos masculinos, pero hacía mucho tiempo que no veía a nadie lograr poner a Jasper en un compromiso.

De hecho, ni siquiera recordaba la última vez que alguien había intentado enfrentarse a él.

Y, para cuando sintió la certeza de que tal vez debía hacer algo al respecto, su piel ya había comenzado a adquirir un tono violáceo casi blanco.

Dio un paso adelante y posó una mano en el brazo del conde, lo que le hizo darse cuenta –«madre mía de mi vida»– de que tenía unos bíceps con los que podría haber partido... ni siquiera sabía qué. Cosas muy difíciles de partir. Rocas. Ladrillos. Casas de campo de tamaño medio.

–Suéltalo, mejor –le pidió mientras repasaba con los dedos aquel armazón inmutable que hacía escasos minutos había sido carne y hueso–. Es mi hermano Jasper, y nada me gustaría menos que tener que explicarle a nuestra madre por qué ha muerto.

Cuando obedeció, su cuerpo se deslizó por el muro hasta que cayó al suelo.

–¿Es tu hermano? –Pillado por sorpresa, los contempló a ambos–. Pero ¿no te lo ha presentado lord de Younge como «señor Eagermont»?

Lydia asintió, aunque lo reconsideró al instante y negó.

–Eso es algo que, de momento, escapa a mi entendimiento.

–Pues a mí –intervino Jasper con voz rasposa– me ha parecido oírle referirse a ti como «lady Strathrannoch».

Lydia le dirigió una mirada al conde, quien se la mantuvo, impasible, un segundo antes de alzar las cejas, como diciendo: «Bueno, sí, explícaselo».

Tras lo que ella tomó una decisión rápida que sumó a la lista de todas las decisiones rápidas que la habían acabado llevando a Escocia y por las que se había descubierto metida en una investigación para encontrar a un ladrón de piezas armamentísticas y con un esposo falso.

Mentirle: –Si –dijo–, porque lo soy. Después de estar en Sussex con Selina, decidí fugarme y venir a Escocia para casarme con el conde de Strathrannoch.

En realidad, si se ponía exquisita, era una verdad a medias.

O, bueno, un tercio de verdad; dependía de cómo decidiera desglosar sus tejemanejes.

Su hermano, que había logrado ponerse en pie aunque a duras penas, comenzó a resollar y, durante un instante, le pareció que estaba considerando regresar al suelo.

–¿Que te fugaste? –le acabó soltando–. ¿Y viniste tú sola hasta aquí? ¿Para casarte?

De pronto, le dio miedo volverse hacia Arthur, porque no sabía si se toparía con una expresión de conformidad o de horror tras oírla.

–Bueno, sola del todo no. Vine con lady Georgiana.

–Oh, sí, mucho mejor. –Se pasó la mano por el rostro varias veces hasta que acabó hundiéndose los dedos en el pelo, lo cual, al menos, hizo que su versión de ave de corral desapareciera–. Como se entere madre, se va a volver loca.

–Bueno, tal vez deberías dejar que sea yo quien se lo cuente entonces. Como... –estaba segura de que estaba condenándose al infierno con eso– condesa de Strathrannoch. En persona. Es posible que hasta le agrade la idea.

–Si no toma antes una bayoneta y te mata por haber decidido evadir su guía y casarte por tu cuenta.

–¡No seas ridículo! Madre preferiría usar un estoque. Es más elegante, y no mancharía tanto de sangre.

–Lyd...

Aunque, para su sorpresa, Arthur interrumpió la ristra de preguntas y acusaciones de su hermano con una intervención. Y, al mismo tiempo, dejó que su mano cayera a la altura de sus omóplatos; su pulgar se extendió sobre la piel desnuda que escapaba por encima de los botones de su vestido.

–Creo que mi esposa ya ha dedicado gran parte de su tiempo a satisfacer su curiosidad, así que va a ser usted ahora quien le dé las explicaciones pertinentes. ¿Qué hace aquí y por qué está usando una identidad falsa?

–He venido por un tema de negocios –fue su respuesta, y se irguió un tanto para volverse hacia el conde. Además, su voz había vuelto a adquirir el mismo tono remilgado que había empleado antes. El tono del señor Eagermont–. Es importante que los De Younge no sepan mi verdadera identidad.

Lydia se le quedó contemplando, anonadada.

–¿Un tema de negocios? ¿Desde cuándo te importan los negocios?

–Hombre, alguna vez he...

–Eso es mentira –le cortó–. ¿Qué ha tenido que hacer Theo para convencerte, a ver?

–¿Theo? –Jasper parpadeó. Sin embargo, de repente asintió–. Bueno, sí, es cosa de Theo. Está tomando parte en las reformas de las fábricas textiles y me pidió que viniera aquí para conseguirle información.

–¿Con una... identidad falsa?

Claro que, en realidad, le encajaba. Jasper era, de entre todos los Hope-Wallace –y de lejos–, al que mejor se le daba forjar amistades y usar su encanto para ganarse el favor de cualquier alma inocente que pasara por su lado.

Si alguien podía obtener información en una habitación repleta de desconocidos, sin duda era él.

Y, aun así, al mismo tiempo había algo que le escamaba.

–¿Y por qué aquí? ¿Por qué en Escocia, maldita sea? ¿Es que acaso lord de Younge es uno de sus competidores?

–Sí.

–¿A nivel político o económico?

–Sí –repitió, firme, y se separó de la pared. Después, atravesó a Arthur con la mirada–. No crea que he acabado con usted, Strathrannoch.

Su voz era heladora, pero a Lydia no le pasó desapercibido que, aquella vez, se aseguró de mantenerse fuera de su alcance en todo momento. Después, se dirigió de vuelta al salón principal.

–Ni siquiera ha llegado a empezar –observó el conde en voz baja.

Le parecía un suceso destacable, desde luego. Incluso desde detrás alcanzaba a ver que las orejas de su hermano habían tomado un tono violáceo bastante virulento.

–No tenías por qué enfrentarte a él –le susurró.

–Ha tratado de traerte hasta aquí a la fuerza, así que no me importa que sea tu hermano: se merecía eso y más.

Lydia parpadeó, con la vista clavada en él.

Sus rizos habían perdido la forma un poco, y tanto la chaqueta que llevaba como los puños de la camisa se le habían abierto y arrugado.

Tuvo el impulso de lanzarse contra él, de rodearle la cintura con las piernas y descubrir si la diferencia de altura entre ambos importaba demasiado o no si la sostenía contra la pared y. ..

–En fin –dejó escapar–. Olvídale. Ahora, arréglate un poco si no quieres que todos crean que hemos vuelto a dejarnos llevar por la pasión, y esta vez aquí.

–Algo me dice, lady Strathrannoch –el estómago le dio un vuelco cuando él alzó una mano para atrapar el mechón de pelo que se le había colado en la boca–, que ya lo piensan.

Lydia se encontró con Georgiana en lo alto de las escaleras, a un pasillo de distancia del preciado respiro que le prometía su alcoba.

–¿Una noche para el recuerdo? –le preguntó a medida que recorría con la mirada su estado de, suponía, palidez y desaliño general.

Lo cierto era que al principio no había sido tan horrible.

No había tenido que hablar durante la cena y, de hecho, la había disfrutado bastante porque había podido oír por un oído la conversación que habían mantenido los Valiquette y los Thibodeaux y, por el otro, las cada vez menos sutiles pullas que se habían ido lanzado su hermano y su esposo falso.

Pero, entonces, se habían dirigido a uno de los salones colindantes, donde el café y la música y la distensión posterior a la cena habían dado paso a...

–Para tener pesadillas, más bien. Ha habido hasta juegos de salón.

La boca de su amiga se torció en una sonrisa pícara.

–¿Has tenido que sentarte en el regazo de alguien y maullarle como un gato?

Lydia parpadeó.

–¿A qué clase de juegos de salón has...? ¿Sabes qué? Déjalo. Prefiero no saberlo. Pero no, y mira que lo único que tenía que hacer era plantear un acertijo. Lo que pasa es que Jas... –Se detuvo al percatarse–. Ah, bueno, es que no sabes quién ha aparecido en Kilbride House hoy.

La sonrisa pasó a ser una mueca ufana.

–Lo cierto es que sí, lo sé. Joseph Eagermont, un importantísimo inversor. Solo que nadie parece saber de qué.

–Y normal. Porque el señor Eagermont es Jasper.

Georgiana se detuvo de golpe, aún a varios pasos de distancia de la puerta de su dormitorio.

–¿Tu hermano? ¿En serio?

–Ajá.

–¿Con un nombre falso?

–Exacto. Y hemos tenido que pasarnos las dos últimas horas siguiéndonos la farsa el uno al otro.

Por suerte, sé que no va a revelarle mi identidad a nadie; no puede hacerlo sin comprometer la que él mismo se ha creado.

Aun así... Ah, si por lo que sea te encuentras con él, que sepas que le he hecho creer que soy la condesa de Strathrannoch de verdad.

–Ah, ¿que no lo eres?

Su expresión era ilegible.

–¿Qué...? Pues claro que no.

Sin embargo, ella ya no la escuchaba. Sus ojos azules habían tomado un brillo que le puso los pelos de punta.

–Identidades secretas, mensajes ocultos en cartas..., todo esto es más gótico que la trama de mis últimas tres novelas juntas. ¿No te parece?

–No, supongo que no me había parado a pensarlo.

Entonces, Georgiana se dio la vuelta y apretó el paso en dirección contraria.

–No necesitas que te ayude a acostarte, ¿verdad?

–He podido apañarme perfectamente para hacerlo sin ti durante veintiséis años. Sabes que no eres mi doncella de verdad, ¿no?

–¡Eso pensaba! Es que creo... Creo que puede ser interesante que intente descubrir más cosas sobre el señor Eagermont.

Su mirada tenía un toque un tanto vidrioso; lo más probable era que estuviese soñando despierta con novelas de misterio ambientadas en Escocia y tiradas de ejemplares inmensas. Alzó la mano para despedirse de ella.

–Venga, ve. Pásalo bien.

Claro que ya se encontraba casi a la mitad del pasillo.

Lydia se la quedó mirando hasta que su figura desapareció tras las escaleras de servicio –una vez más, asombrada por lo increí ble que era verla pasar de ser ella a interpretar su papel, con el pelo recogido en un moño apresurado y los hombros un tanto encorvados para ocultar su altura– y, después, abrió la puerta de su alcoba.

En cuanto echó un vistazo a su interior, dejó escapar un gritito que no tardó en apresurarse a sofocar.