Un conde en apuros Capítulo 14
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Capítulo 14

No sabes lo muchísimo que estoy disfrutando de mi estancia en Sussex; creo que voy a quedarme unos días más. ¡No hace falta que te molestes en venir de visita, todo va de maravilla!

De Lydia para su hermano Theo, incluido en una misiva para Selina.

A quella noche, Lydia se centró en colocarse las horquillas en el pelo para no mirar a Georgiana, que se encontraba sentada con las piernas cruzadas encima de su cama.

–No sé por qué –le oyó decir de pronto–, pero me da la sensación de que ha ocurrido algo que no me estás contando.

–¿Qué? No. No ha ocurrido nada de nada. Aunque una cosa: ¿de dónde has sacado ese uniforme? Tienes un talento natural para disfrazarte.

Su amiga bajó la vista para contemplar el vestido de sarga gruesa que llevaba puesto.

Era un tanto grande para su complexión delgada, pero, en realidad, no hacía sino reforzar la impresión de que era, tal y como estaba fingiendo ser, su doncella.

Al verle mantener la cabeza gacha, y por la forma en que daba matices del acento del sur de Londres a su voz, resultaba hasta difícil de creer que fuera la hija de un conde y que, durante su primera temporada, había sido la debutante más codiciada.

Claro que, cuando alzaba una de sus cejas rubias, al igual que lo hizo entonces, el recuerdo de quién era en realidad regresaba casi de inmediato.

–Lo cierto es que no estoy demasiado interesada en hablar de moda ahora mismo.

–¿Seguro? Porque me he traído unos zapatos preciosísimos; tienen un reborde dorado justo en...

Georgiana la cortó:

–¿Me estás diciendo en serio que el conde y tú os habéis colado en el despacho de lord de Younge, que no habéis encontrado nada destacable y que, aparte de eso, no ha ocurrido absolutamente nada más?

–Exacto.

–Y entonces, ¿por qué estás como un tomate y evitando mantenerme la mirada?

–De verdad que creo que te encantarían esos zapatos.

La expresión de Georgiana se cubrió de recelo, pero Lydia fingió no haberse percatado y fijó la atención en su propio reflejo, en el espejo. Estaba tal y como sabía que estaría: roja hasta las cejas y con la culpa tatuada en la frente.

Tenía que recomponerse.

Sí, había besado a Arthur, pero no pasaba nada; no era como si el cielo fuera a abrirse sobre sus cabezas, ni que...

«Dios mío». Es que había besado a Arthur. Había hundido los dedos en su cabello y prácticamente arrastrado su cabeza en dirección a su boca, lo cual habría sido embarazoso sobremanera si él no hubiera respondido como lo hizo: como si ella fuera un banquete y él se estuviera muriendo de hambre.

Y eso que había comenzado despacio, con sumo cuidado; había sido el primer beso de ensueño de las fantasías de cualquier muchacha.

Pero, entonces, todo había dado un vuelco.

Ella no era ninguna niñita inocente. Con lo que había aprendido gracias a sus amigas, sus cuatro hermanos y todo el catálogo de literatura erótica de la biblioteca Belvoir, era más que consciente de lo que podía ocurrir en una alcoba entre dos adultos con consentimiento mutuo.

Sin embargo, jamás en su vida había soñado con. ..

Bueno. Jamás había soñado con que sería así.

Con cómo sería tener su boca por todas partes, lamiéndola y succionándola y mordiéndola y.

.. Dios, le había encantado que la mordiera.

Había sentido que se llenaba de deseo, que escapaba de su propio ser para ir en busca de cercanía y presión y placer.

Y, de pronto, mientras la tocaba, había sentido unas bocanadas ardientes y desesperadas de puro deleite ahí donde caían sus dedos.

Su cuerpo –desinhibido y entregado por completo a sus emociones– se había transformado por primera vez no en algo de lo que avergonzarse, sino en algo maravilloso y que derrochaba placer por doquier. Tanto el suyo propio como el de él.

Y quería revivirlo. Quería ir más allá.

Tenía veintiséis años. Había pasado siete temporadas en el mercado matrimonial y se había dicho a sí misma que se conformaba con la vida sin pasión que tenía. No obstante, hasta ese momento no había conocido todas las posibilidades que tenía a su alcance.

Hasta que había llegado allí, no había conocido a nadie como el conde, que trataba metal en su forja y era tan rudo como dulce; no había sabido hasta qué punto sentiría que se le encogía el corazón al oírle pronunciar su nombre ni cómo sus manos en torno a su cintura se convertirían en un ancla para ella mientras el mundo entero daba vueltas.

Pero ahora sí. Sabía que ya no podría sentirse satisfecha con lo que había tenido hasta entonces.

Y, pese a que era consciente de que aquello debería aterrorizarla –pese a que, sí, lo hiciera–, al mismo tiempo sentía una especie de determinación extraña y obcecada.

Estaba harta de esperar que su vida despegara.

¿No había decidido ya que sería ella quien se encargaría de favorecer el cambio?

Pues pensaba hacerlo. Iba a ir hasta él e iba a aferrarlo con ambas manos, y si aquello acababa rompiéndole el corazón, ¿qué más daba? Al menos acabaría en la tumba tras haber tenido la oportunidad de conocer el intenso y sobrecogedor placer que le provocaba sentir su piel en contacto con la suya.

–¿Estás lista para bajar? –le preguntó de pronto Georgiana–. Me parece que ya va siendo hora de que lo hagamos.

Lydia tragó saliva y se dispuso a enfundarse los pies con los zapatos anteriormente mencionados. Le hacían ser varios centímetros más alta y, si se giraba demasiado rápido, dejaban ver sus tobillos, cubiertos con medias de seda, por debajo del reborde de la falda.

«Tal vez me dé suerte», se dijo a sí misma.

Porque, cielo santo, iba a necesitarla.

Se dirigió hacia el piso inferior y llegó al salón principal, en el que ya gran parte de los invitados se habían reunido. No tardó en localizar a Arthur, y estuvo a punto de ir directa hacia él, pero, de pronto, lord de Younge la tomó por el codo.

–¡Lady Strathrannoch! –exclamó con voz alegre–. ¡Mire que es usted hermosa! Espero que la alcoba esté siendo de su agrado. Venga, acompáñeme; quiero que conozca a un paisano suyo con el que contamos esta noche. Viene directo desde Inglaterra.

La guio hasta un pequeño grupo de personas.

Entre ellos distinguió a Claudine Thibodeaux –que mostraba bastante más escote que aquella mañana durante el desayuno– y a su marido, bien dispuesto con sus anteojos.

Ambos charlaban animadamente con un hombre alto y con una espesa cabellera rubia; un hombre que se parecía sobremanera a. ..

–Le presento al señor Eagermont –le dijo lord de Young–, recién llegado tras un fascinante viaje de negocios por las Tierras Medias. ¿Me equivoco?

Sin embargo, ella no le escuchaba. Y, pese a que la boca se le había abierto, no logró dejar escapar nada. ¿«Señor Eagermont»?

–Un placer –le pareció oír que decía con un tono melifluo y lisonjero antes de inclinarse ante ella para tomarle de la mano y dejarle un beso en el dorso.

Después, la contempló con una expresión que derrochaba elegante carisma, que, no obstante, se quebró en mil pedazos una vez la reconoció.

–¿Lydia?

Su voz habitual era un tanto distinta a la que había empleado hacía un instante; sonaba más áspera y tenía cierto deje desgastado. Y la conocía casi tan bien como el contorno de sus hombros y el color exacto de sus ojos.

Porque pertenecían a su hermano Jasper.

Lydia parpadeó. Tragó saliva. Y, de alguna forma, logró decir: –Creo que no nos han presentado, señor Eagermont.

Debía aplaudir el hecho de que no se ruborizara, cosa que, sin duda, el resto de sus hermanos habría hecho; se limitó a intercalar la mirada entre ella y lord de Younge y murmuró: –Le ruego que nos disculpe, milord.

–Entonces se inclinó ante ella y, frío como el hielo, le ordenó contra el oído–: Al pasillo. Ahora mismo.

Jamás en su vida le había oído usar ese tono.

Se separó del grupo tras excusarse y, un minuto o dos más tarde, ella lo siguió en silencio; nadie pareció percatarse.

En el corredor, su hermano la tomó por el brazo y comenzó a tirar de ella a toda velocidad para alejarla de la puerta abierta del salón.

Ella se debatió con chillidos y tratando de clavarle las uñas en el brazo, pero él ni se inmutó.

Lo único que hizo fue mantener los labios apretados en una línea y dirigirla por encima de la alfombra hasta el rellano que marcaba el comienzo del área de servicio.

Abrió la puerta y le colocó la mano en la parte baja de la espalda, con la intención de obligarla a subir las escaleras.

Sin embargo, ella se alejó un paso y apoyó la mano en una de las jambas para impedírselo.

–Por lo que más quieras, Jasper –siseó–, ¿qué diantres pasa?

–¿Por qué narices no estás en Sussex?

–¿Y por qué no estás tú en Venecia?

Apretó las uñas contra su antebrazo con tanta vehemencia que creyó que le haría sangre; no obstante –cosa que le dio hasta rabia–, su rostro permaneció estático mientras volvía a tratar de obligarla a cruzar el marco de la puerta.

–¡No pienso ir a ninguna parte hasta que...! ¡Eh!

Había desaparecido. Hacía un segundo se encontraba junto a ella y le había estado clavando las uñas, y de pronto se había desvanecido.

–La próxima vez –oyó decir de fondo a una voz profunda que reconoció de inmediato–, obedecerá lo que sea que le diga mi esposa.

«Bendito sea –pensó. Aunque de pronto se convirtió en un–: Oh, Dios».

Arthur la tomó entre sus brazos y la sostuvo contra su pecho durante unos instantes eternos y que, sin embargo, enviaron una bocanada de calor por todo su cuerpo.

Percibió su aroma a miel quemada justo antes de que la separara de él unos segundos para comenzar a examinarla de arriba abajo en busca de algún tipo de daño.

O al menos eso era lo que creía que estaba haciendo, porque lo cierto era que le estaba resultando bastante complicado pensar con claridad, teniendo en cuenta que sus manos la estaban explorando con minuciosidad.