Capítulo 13 #3
Sin embargo, se trataba de Lydia. La vio internarse en el despacho en un silencioso revuelo de faldas blancas y mechones pelirrojos, aunque mantuvo la atención fija en algún punto a su espalda, como si temiera que alguien pudiera estar siguiéndola.
–¿Ha ocurrido algo?
Ni siquiera esperó a obtener una respuesta por su parte: comenzó a devolver todos los papeles a los cajones, tratando de asegurarse de colocarlos justo donde habían estado antes de su asalto al escritorio.
–¡No he logrado detenerla! –Cruzó la estancia hasta que llegó a su lado.
Le temblaban las manos de puro nerviosismo–.
A lady de Younge, quiero decir. De pronto soltó que iba a bus car a su marido porque le apetecía jugar a algún juego de salón, ¿se lo puede creer?
Y, claro, temí que viniera aquí a buscarlo si no lo encontraba antes.
–Maldita sea –replicó, sucinto–. ¿Le importa quedarse vigilando mientras termino de recoger?
–Sí, claro. –Se apresuró a regresar a la puerta, que había vuelto a cerrar nada más entrar, aunque de pronto se volvió, como impulsada por un resorte. Sus ojos azules estaban abiertos como platos y recubiertos de terror–. Viene alguien.
–Eche el pestillo –ordenó en un susurro, sin dejar de pasar los papeles ante él para asegurarse de que estaba manteniendo el orden cronológico en el que estaban dispuestos.
–¿Q-qué...?
–Creo que es preferible que piensen que nos hemos dejado llevar por la pasión y que hemos acabado aquí y no que se enteren de que hemos estado rebuscando entre sus cosas. Si nos echan, volveremos al mismo punto en el que estábamos antes. Tenemos que encontrar a mi hermano.
Ella obedeció de inmediato.
–¿Puedo ayudarle en algo?
–No, ya casi...
Sí. Ya estaba. Todo se encontraba de vuelta en su sitio.
Atravesó el despacho en apenas un puñado de zancadas y se situó a su lado, junto a la puerta, para escuchar tras ella. Su mano, sin pretenderlo siquiera, fue directa al pestillo.
Donde, se percató, continuaba la suya.
Ahí donde esperaba toparse con metal, encontró sus dedos; aquellos dedos largos, hábiles con la pluma, delicados y perfectos con los que le había visto acariciar el cristal de las copas... Los estaba cubriendo con la mano en ese mismo instante.
Y ya no pudo evitarlo. Y quiso hacerlo, separarse de ella, y de hecho fue lo que hizo, se alejó, solo que... fue muy despacio.
Deslizó los dedos por el dorso de su mano, recorriendo los tendones, el relieve de sus nudillos... y, entonces, su pulgar alcanzó el interior de su muñeca.
El jadeo que Lydia dejó escapar rebotó en mitad del silencio que gobernaba en la estancia, y él dejó caer la mano, abandonando la suya, y la apoyó en la sólida madera de la puerta en un intento por recuperar estabilidad y recordar quién era él, quién era ella y qué era lo que habían ido a hacer allí.
Pero fue cuando ella se volvió en su dirección. Tenía la espalda contra la puerta y la cabeza a la altura de su mano, y sus ojos –esos malditos ojos de medianoche– estaban clavados en él.
No se movió. No tuvo que hacerlo; la vio alzar la mano y posarla en su mejilla.
Sus dedos se esparcieron sobre su pómulo y, después, comenzaron a recorrerle la línea de la mandíbula.
El roce era apenas un susurro sobre su piel, y le pareció una absoluta locura cómo aquella simple caricia, cargada de delicadeza, logró colarse en su interior y endurecerle de puro deseo.
Dio un paso adelante, hasta que quedaron a apenas un suspiro de distancia el uno del otro.
–Se ha afeitado –le oyó susurrar.
–Sí.
–No he podido evitar preguntarme cómo sería acariciarle.
«Por Dios bendito».
¿Cómo era capaz de causarle una erección solo con su roce y un murmullo?
–¿La barba? –preguntó, en apenas un gruñido.
Sus dedos regresaron a su mejilla y se hundieron en el hueco de su pómulo.
–Sí –susurró ella–. Y ahora también.
Entonces, deslizó la caricia hasta su boca. Aunque se detuvo de pronto, tal vez con duda. Arthur la tomó por la cintura y sus labios se separaron, dejando escapar un sonido que fue como un jadeo grave, un gemido, al contacto embriagador de su cuerpo entre las manos.
Movió la boca entre sus dedos, que volvieron a resbalarse un poco más.
Deseaba aferrarla con más fuerza y dejarla inmóvil en el sitio.
Quería que sus dedos se colaran entre sus labios y ver si sus ojos se oscurecían de placer.
Quería hundir sus propios dedos en su boca y que se los lamiera con fuerza.
Y, sin embargo, no fue lo que hizo, porque ella apartó la mano y se la llevó a la nuca, donde aferró su cabello y tiró de él hasta que, de pronto, se descubrió besándola.
Oh, su boca... Cuánto había soñado con besarla. Le supo a té. Le supo al mismísimo cielo encarnado. Y alcanzaba a sentir la forma de sus labios contra los suyos y sentía el susurrar de su aliento, pero, por Dios, no le parecía suficiente.
«Un poco más –se dijo a sí mismo–. Solo un poco más».
Le acarició la curva de las costillas, su pulgar alcanzó la hendidura inferior de su pecho y ella se aferró con mayor ahínco a él mientras separaba aún más los labios.
El descenso a la locura fue lento.
Arthur le lamió los labios –«Despacio», se recordó. «Con tiento»– y le oyó contener un gimoteo antes de apretar el agarre en su pelo. Y, maldita sea, cuánto le gustó. Cómo le gustaban ella y la presión de su cuerpo contra el suyo.
La presionó más contra la puerta, aunque se aseguró de no hacerlo con demasiada fuerza, pero no pudo evitar gruñir un poco más en el proceso.
Sobre todo, porque ella también dejó escapar un sonido, uno cargado de necesidad, y lo único que supo fue que quería satisfacerla. Deseaba darle lo que necesitaba.
La besó con mayor afán y entrelazaron sus lenguas, y supo que le gustó que lo hiciera. Lo supo porque fue consciente de la alteración de su respiración, cada vez más errática y salvaje mientras presionaba el cuerpo contra sus pechos.
Entonces, oyó que soltaba una especie de gemido y sintió que se ponía de puntillas, de pronto demandante. Arthur se separó un poco para acercarse a su oreja.
–Pídeme lo que necesites –susurró–. Lo que desees. Por Dios, Lydia...
Le besó el cuello. Le lamió la piel a la altura de la clavícula e incluso le clavó un tanto los dientes, al compás de varios de aquellos gimoteos más, mientras echaba la cabeza hacia atrás y le hundía más y más los dedos en el pelo.
–Dios mío –gruñó él–. Dios, necesito tocarte. ¿Me permites...?
–Sí –jadeó– Por favor.
Sus dedos encontraron primero el reborde de su faja; después lo hizo su boca. Acarició la delicada piel que se extendía tras ella y deslizó la mano por debajo del contorno cubierto de tela de uno de sus pechos hasta que le alcanzó el pezón con el pulgar. Lo tenía endurecido.
Lydia dejó escapar un grito, alto y claro, y sintió una oleada de placer que lo recorrió de arriba abajo.
Era tan expresiva, tan sensible a su tacto, que hacía que le diera vueltas la cabeza.
Necesitaba arrancarle el vestido. Necesitaba sostener sus senos, carentes de toda ropa, entre las manos.
Necesitaba tenerla encima, cabalgándole mientras él le pellizcaba y acariciaba esos pezones, y necesitaba descubrir si podía hacer que se corriera justo así.
Pero fue entonces cuando alguien trató de accionar la manilla de la puerta.
Al oír el traqueteo, Arthur se quedó congelado. Los dos lo hicieron, durante lo que se le antojó un siglo, antes de que se decidiera a separarse de ella.
Y, Dios..., estaba preciosa así, sonrojada y vivaz. De alguna forma, le había bajado tanto la faja que sus pechos estaban a punto de escapar al exterior, y la simple imagen fue suficiente para enviarle una bocanada de fantasías eróticas que no habría podido cumplir ni en un año entero.
Y estaban cometiendo un error, Dios. No podía tocarla. Tenía que alejarse. No podía aprovecharse de ella. Maldita sea, si la comprometía de aquella manera –si acababa teniéndola tal y como deseaba–, se verían obligados a casarse.
Nadie que conociera su verdadera identidad estaba al tanto de que estaban haciéndose pasar por un matrimonio. No obstante, si yacía con ella...
Era posible que pensara que lo estaba haciendo a propósito para quedarse con su fortuna.
Tal vez llegara a creer que la estaba usando de una forma mucho más despiadada y cruel que su hermano.
Y él nunca sabría si podría haber hecho las cosas bien; si podría haberse ganado su mano, su corazón y su afecto, con todas las de la ley, por sí mismo y no porque no le hubiera ofrecido alternativa.
Si no sería más que su premio de consolación.
La voz de lord de Younge les llegó desde el otro lado de la puerta: –¡¿Qué diantres?!
La manilla volvió a sacudirse.
–Oh –dejó escapar Arthur, aunque después alzó la voz lo suficiente como para que su anfitrión pudiera oírlo–. No sabe cuánto lo lamento, lord de Younge; necesitaba un instante con mi esposa.
Aquellas palabras le resultaron extrañas sobre la lengua: dulces y, al mismo tiempo, astringentes; una lucha eterna entre deseo y realidad.
Tras la puerta, oyeron una carcajada.
–¡Hay que ver cómo es el amor de juventud! ¡Pues, por lo que más quiera, excelencia, ni se le ocurra contárselo a Didier! ¡No habrá quien lo aguante después! Lo único es que había venido a buscar mi caja de puros...
Lydia se encontraba arreglándose la ropa y el cabello a todo correr.
–¿Estoy presentable? –le preguntó en voz baja.
Arthur la recorrió con la mirada y, muy a su pesar, la imagen se impregnó en su memoria.
–Parece que la ha atracado una panda de maleantes, pero supongo que es justo la imagen que deberíamos dar, así que...
Soltó un bufido.
–¡Por Dios!
Entonces, giró sobre sí misma para encarar la puerta y –sin mostrar la más mínima preocupación por el hecho de que siguiera teniendo una erección de caballo– la abrió.