Un conde en apuros Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

La oleada de calor que Lydia sintió que le recorría la cara y el cuello al interiorizar la implicación que escondían sus palabras fue palpable; notaba que su piel lo irradiaba de verdad. Podría haberse freído perfectamente unos arenques en las mejillas.

–¡Ah! –exclamó de pronto Didier–. ¡Se refiere al joven que pasó tanto tiempo aquí con nosotros el mes pasado! Conque es su hermano, ¿eh? Pues sí..., sí veo el parecido. –Se volvió a su mujer–. Monsieur Baird, ma chérie . Es hermano del conde.

Hizo un gesto con la barbilla hacia Arthur.

La expresión de Claudine se iluminó, lo cual fue una hazaña bastante sorprendente, teniendo en cuenta que ya la había tenido iluminada de sobra hasta ese instante.

–¡Su hermano! ¡Ah, monsieur Baird! ¡Tan apuesto...! –Se llevó las manos a su amplio pecho–. ¡Para ser diez años más joven que nosotros, zut alors !

La marquesa de Valiquette puso los ojos en blanco.

–Yo diría que veinte.

Sin embargo, Didier soltó una risita y la ignoró.

–No sabe qué veladas maravillosas hemos pasado junto a su hermano, excelencia. Debió de sentirse enormemente solo cuando se marchó para venir a visitarnos.

–Ciertamente –se limitó a replicar Arthur.

–Pues no hizo mención alguna a su matrimonio, ¿eh?

–intervino de nuevo lady de Younge–. Imagino que le pedirían que les guardara el secreto, claro.

Debe de habérselo pasado usted de maravilla manteniendo a su esposa en las sombras, pero no puedo estar más en desacuerdo, querido: ¡debe presentársela al mundo entero!

Por suerte, él salvó a Lydia de tener que verse obligada a someterse a la que, con toda probabilidad, habría sido su siguiente sugerencia: un recorrido inminente por todo el condado con ella en lo alto de un carruaje abierto; lo equivalente a «un destino peor que la muerte».

–Davis estaba actuando bajo mis designios, en efecto. Mi esposa y yo deseábamos pasar nuestras primeras semanas de matrimonio juntos. Y en privado.

«Bendito sea el cielo». Lydia sintió el repicar de sus palabras en algún punto por debajo del vientre. ¿Acaso había sido un acto consciente impregnarlas de ese matiz tan... sugerente? Porque de pronto se percató de lo fácil que era contagiarla.

Se vio de vuelta de inmediato en las escaleras de servicio, envolviéndole la cintura con la pierna, y regresó la sensación de su boca al recorrerle la piel, la de la presión de su cadera contra la suya. Sintió que sus muslos se le derretían bajo el mantel.

–¡Por favor, Arthur! –exclamó lady de Younge–. Está mortificando a su pobre esposa. ¡Mire sus mejillas!

Lydia tragó saliva y se obligó a fingir que, sí, se había sonrojado a causa del pudor y no por el hecho de que unas inocentes palabras cualquiera le hubieran hecho revivir un recuerdo erótico.

Pero es que era absurdo: su voz era como un maldito afrodisiaco.

–Oh –le oyó sorprenderse–. Discúlpame, amor mío. No debería haber dicho eso.

Entonces volvió a colocarle una mano en el hombro y sintió de nuevo sus dedos, cálidos y sólidos contra la piel que se encontraba justo debajo de la tela abullonada de la manga de su vestido.

Se remojó los labios.

–No... No te preocupes, querido.

Gracias al cielo, lord de Younge decidió redirigir el tema de la conversación a cómo se habían conocido ambos, y tanto su rostro como cualquier tipo de alusión a los entretenimientos típicos de las parejas recién casadas quedaron de lado.

Arthur comenzó a relatarles la historia que ambos se habían inventado, la del amigo en común que tenían en Edimburgo, y no hizo mención alguna ni de Londres ni del apellido Hope-Wallace.

Por su parte, ella siguió la conversación en silencio, atenta por si alguno de ellos sacaba a colación los lugares y personas de los que Davis le había hablado en sus cartas; lo cierto era que ya los tenía prácticamente registrados en la memoria y no creía que fuera a costarle demasiado reconocerlos.

Al menos, en circunstancias normales. El problema era que el conde no apartó en ningún momento la mano de su hombro; la mantuvo ahí, mientras deslizaba el pulgar de arriba abajo, y ella fue consciente de cada uno de sus movimientos, de las leves caricias que la rugosa piel de sus yemas le depositaba en la piel.

Lo cual dificultaba el simple intento de procesar información.

Aquella tarde, se vio arrastrada a las actividades femeninas mientras los hombres salían de caza.

Y se descubrió a sí misma preguntándose qué haría Arthur, porque sabía lo poco que le gustaba.

Pensó que lo más probable era que se negara en redondo a tomar un arma y que se marchara, ajeno por completo a lo que pudiera pensar el resto.

Era algo que envidiaba de él: lo indiferentes que le eran las opiniones de los demás y lo mucho que creía en sus propias convicciones.

«Y, aun así, me importará un bledo lo que piensen. No necesito tener su aprobación. Ni sobre mí ni sobre mi esposa».

Ni siquiera era capaz de imaginar cómo debía de ser sentirse así; tenía la sensación de que se había pasado la vida tratando de acoplarse a lo que creía que el resto del mundo querría de ella. Y fracasando en el intento.

Se dedicó a escuchar muy atentamente a lady de Younge, a Claudine Thibodeaux y a la marquesa de Valiquette mientras hablaban de bordados y de la correspondencia que mantenían, aunque Claudine hablaba en un francés tan apresurado que ahora era a ella a quien, con el puñado de clases que había tomado a lo largo de su vida, le estaba costando Dios y ayuda seguir la conversación; aun así, le pareció captar varias referencias tanto a Arthur como a su hermano.

Lady de Younge fue la perfecta anfitriona en todo momento: no dejó de solicitar que les sirvieran té y que les trajeran sándwiches, ni de tratar de apaciguar la evidente inquina que sus acompañantes sentían la una por la otra, e incluso se esforzó por fingir que Lydia era otra participante de la reunión y una mera espectadora que, en realidad, estaba de más.

Claro que, en cuanto supo que Arthur había regresado de la partida junto con el resto de los hombres, se excusó de inmediato y corrió en dirección al piso superior. Sus habitaciones se encontraban en extremos opuestos del mismo pasillo, y lo encontró a punto de abrir la puerta de la suya.

–Espere –le pidió, un tanto jadeante tras haber subido las escaleras de dos en dos.

Aunque lo cierto fue que su estado no mejoró lo más mínimo, porque él se limitó a echarle una rápida ojeada antes de tomarla por el codo y meterla en la habitación tras él.

–¿Ha logrado enterarse de algo? –le preguntó, sin más preámbulos, una vez cerró a su espalda.

Por Dios, era increíble lo distinto que estaba sin barba; sintió el impulso de recorrerle la línea de la mandíbula, un cosquilleo en la punta de los dedos.

Se forzó a reprimirlo y respondió:

–Lo cierto es que no, pero he pensado que estaría bien registrar algunas de las estancias de la casona.

–¿Algunas estancias?

–Sí. El despacho de lord de Younge, por ejemplo.

–¿Cree que pueden ser los responsables de que mi hermano decidiera marcharse?

–Es posible. –Se dio unos toquecitos en los labios, pensativa–.

Es evidente que lady de Young parece tenerle cariño, y ha mencionado a unas once personas y lugares que él mismo nombraba en sus cartas.

No sé, yo veo bastantes puntos en común en todo esto.

Estoy casi segura de que tienen algo que ver.

–De acuerdo. ¿Podría encargarse de distraerla durante un rato? –Una máscara de seriedad se había dispuesto sobre su rostro; era como si le costara tener que pedirle aquello–. Podría intentar colarme en el despacho, e incluso tratar de entrar en su alcoba, pero necesito que la mantenga ocupada.

¿Era capaz de hacerlo?

Clavó la mirada en él, con dudas aunque también deseo.

Deseo de poder serle útil. Sus ojos eran un torbellino de colores tan vibrantes como el paisaje tras la ventana y tan vívidos como el tirón de necesidad que le había atravesado las entrañas al sentir sus labios sobre la piel en las escaleras de servicio de la posada.

–Puedo intentarlo.

Aquella noche, Arthur se abrió paso por el pasillo con sumo cuidado y pasó por delante de la salita en la que las mujeres se habían reunido tras la cena.

El resto de los hombres, por su parte, le habían propuesto unirse a ellos para tomar oporto y fumar en uno de los salones, pero él había mascullado una excusa más bien vaga en la que había hecho referencia a su mujer y había rechazado la oferta.

Y Didier Thibodeaux le había guiñado el ojo con picardía manifiesta, pero él le había ignorado.

En la salita, Lydia se había colocado de cara a la puerta y había alzado la barbilla al verlo pasar por delante; después, le había dirigido un asentimiento leve y recatado.

Le asombraba lo muchísimo que la admiraba.

Era evidente, por la palidez de su rostro y la tensión que le cuadraba los hombros, que prefería estar en cualquier otro lugar y no ahí, bajo la mirada de una habitación repleta de desconocidos.

Y, aun así, había aceptado hacerlo porque creía que era lo correcto.

No sabía si alguna vez él había sido así de valiente; si había estado igual de dispuesto a presentarse así de vulnerable.

Se dirigió hacia el final del pasillo, donde sabía que se encontraba el despacho de lord de Younge.

Era una habitación pulcra y ordenada, y no resultaba complicado deducir dónde podía tener guardados los papeles importantes.

Comenzó a buscar entre distintos manojos de facturas –sus finanzas estaban siendo un tanto justas ese año, al parecer– y cartas, pero no encontró nada que pudiera relacionarse con Davis.

Y estaba considerando rebuscar entre las plumas del primer cajón cuando la puerta se abrió de pronto y se quedó congelado en el sitio.