Capítulo 13
Los Desalojos y sus horrores
La necesidad de una reforma completa del Parlamento
Todos los abusos perpetrados por la aristocracia
Algún libro (?)
Ay, ¡al diablo con esta lista!
Del diario personal de Lydia, página titulada «Posibles temas de conversación durante nuestra estancia en Kilbride House».
A la mañana siguiente, Lydia se descubrió avanzando bajo el peso reconfortante del brazo de lady de Younge, que la guiaba, sin posibilidad de réplica, hacia la mesa en la que les habían servido el desayuno.
O, tal y como ella lo había denominado en su mente, «el infierno».
Había pocas cosas que disfrutara menos que comer en público; en especial, cuando ese público eran decenas de desconocidos con los que se suponía que debía hablar.
En Strathrannoch Castle no lo había pasado tan mal.
Al fin y al cabo, apenas había tenido que hablar; bastante jaleo había ya con los guacamayos y la degú y la cháchara constante tanto de Rupert como del resto de adultos.
Y lo cierto era que, para su sor presa, había comenzado a sentirse hasta cómoda; claro que había sido justo antes de tener que emprender el viaje hasta allí.
Sin embargo, aquello era peor. Lo peor del mundo.
No conocía a lady de Younge ni había estado en su vida en aquel salón ni sabía quién era ninguna de las personas que se esparcían por la mesa.
Estaba segura de que, en cualquier momento, iba a desmayarse o a romper a llorar, o que se le olvidaría por completo hablar.
O, peor, que se atragantaría con uno de los dulces y después se ahogaría en el interior de su taza de té.
Encima, Arthur –su esposo falso, maldita sea– ni siquiera estaba allí.
Llevaba sin verlo desde que, la noche anterior, los habían mandado a cada uno a una habitación; cosa que, por alguna razón, le había lanzado una oleada de decepción que la había cubierto de arriba abajo. Y ni siquiera sabía por qué.
Pero no. No estaba sentado a la mesa; quienes la ocupaban eran lord de Younge, otras dos parejas que debían de tener unos cuarenta o cincuenta años y un joven que, si era sincera, era increíblemente apuesto y que llevaba.
.. Se detuvo de forma tan abrupta que lady de Younge, que le sacaba varias cabezas, estuvo a punto de chocar con ella.
–¿Todo bien, lady Strathrannoch? –le preguntó.
No podía ser. No sabía qué era «arriba» y qué era «abajo». El mundo entero se había vuelto loco. «Lady Strathrannoch» era ella, y aquel joven apuesto era Arthur.
Solo que se había afeitado.
Jamás habría imaginado que un cambio tan ínfimo en los hábitos de aseo personal de alguien pudiera provocar una transformación tan extraordinaria.
Y, sin embargo, ahí estaba: mostrando cada centímetro de esa piel tan viril y hermosa que resultaba hasta insultante.
Su mandíbula, que hasta aquel entonces había permanecido oculta, era firme y afilada, y tenía los labios moldeados de tal manera que resultaban elegantes y perfectos, y le daba la sensación de que sus pómulos estaban más altos y pronunciados que nunca.
Parecía una escultura de mármol. Parecía un ángel.
«Dios mío. Nada de esto va a funcionar».
Sentía los latidos del corazón en los oídos.
Porque no lo conocía, no de verdad. Porque sabía que iba a acabar liándolo todo de alguna forma y lo único que alcanzaba a oír era su propio pulso acelerado.
Iba a quedar en ridículo, y lo que era peor –muchísimo peor–: iba a hacerle quedar en ridículo a él.
Y, maldita sea, quería ayudarle. Quería serle útil.
Quería –ella y su insensato corazón– ser la digna lady Strathrannoch que él merecía tener y, pese a todo, quería que él la viera como tal. Pero sabía que era imposible.
Se conocía de maravilla. Era consciente de lo que era y de lo que no.
En ese momento, Arthur alzó la vista y reparó en su llegada. Después se puso en pie y, de pronto, se encontraba junto a ella. Apenas fue capaz de sentir vergüenza porque la hubiera pillado a punto de entrar en pánico; había ido a rescatarla.
–Buenos días, lady de Younge –la saludó antes de rodear a Lydia por la cintura y acercarla hacia él–. Y también a ti, querida esposa mía.
Sintió que la cabeza le daba vueltas. O quizás era que la estancia había comenzado a girar a su alrededor. No obstante, el conde se inclinó aún más en su dirección y le susurró en el oído.
Su voz fue un eco profundo que la recorrió de arriba abajo: –¿Le gustan los arenques ahumados?
Lydia torció el rostro hacia él, lo cual supuso acercar su rostro de manera repentina y sobrecogedora a su mandíbula afilada y recién afeitada. Así como a sus labios. Sí, estaba muy cerca de ellos.
–¿Que si... qué?
–Que si le gustan los arenques ahumados –repitió, de nuevo un murmullo–. Ven. Deja que te enseñe cómo los preparamos en las Tierras Bajas.
Como si no fuera más que una muñeca, dejó que la guiara hasta un aparador en el que, en efecto, había dos enormes platos repletos de carne y pescado.
–Nunca he probado los arenques –se oyó decir.
–Déjelo.
–¿Perdón?
Entonces, tiró de ella hasta que quedó justo de frente con respecto al aparador y él se colocó a su espalda.
A continuación, posó una mano en su hombro mientras que, con la otra, tomó el mango del tenedor de servir, de forma que acabó rodeándola con sumo cuidado entre sus largos y musculosos brazos.
Estaba, se percató, prácticamente abrazándola.
Y volvió a acercarse a su oído.
–Dígame, ¿hay algo que pueda hacer por usted? Sé que preferiría evitar tener que enfrentarse a este tipo de situaciones. Puedo decirles que se encuentra indispuesta, si quiere. Aunque tal vez hacerlo empeore las cosas...
Oh. Estaba... Oh. No tenía intención de hablar con ella de arenques.
No. Estaba ofreciéndole un instante –protegiéndola de las miradas ajenas y permitiéndole recuperar la calma–.
Estaba teniendo un detalle amable con ella y, sin embargo, en realidad significaba un mundo.
No estaba obligándola a hacer lo que él creía que era lo mejor ni la había sacado de inmediato del salón; ni siquiera había tratado de buscar por sí mismo una forma de afrontar sus dificultades. No, le estaba preguntando.
–Necesito un segundo –respondió. Su voz escapó temblorosa y, aun así, sabía que no le importaría, y el simple hecho la removió por dentro mucho más de lo que habría querido admitir–.
Hábleme de... de los arenques ahumados. O de lo que quiera.
Y después, una vez regresemos y nos sentemos a la mesa, intente actuar como si no tuviera esta tara horrible.
–No será complicado, créame.
Y eso hicieron.
Para cuando se encontraron por fin en sus respectivos sitios, ya se sentía lo bastante preparada como para verse envuelta en la tanda de presentaciones, y comenzó a asentir, a dedicar sonrisas y a murmurar algún que otro «Es un placer» mientras era consciente de la presencia de Arthur junto a ella y del ocasional roce de su dedo meñique contra el suyo propio.
En cierto momento, notó que le daba un ligero toque con el pie que, pese a que supo que no era en absoluto su intención, le envió un escalofrío que la recorrió desde los zapatos a la coronilla; fue un hilillo de humo que atravesó su cuerpo y que dejó una sensación más ardiente que reconfortante.
Se esforzó en no pensar en sus dedos ni en sus brazos ni en la manera en la que le había agarrado el muslo en las escaleras de servicio de la posada de Haddon Grange, y trató de centrarse en las voces que se esparcían por la mesa y en no dejar de sonreír en ningún instante.
Al final, no fue necesario que hablara siquiera.
Lord y lady de Younge, que parecían rondar los sesenta años, eran una década o dos mayores que sus invitados, los cuales eran todos emigrantes franceses que habían llegado a las islas británicas a finales del siglo xviii .
La pareja más joven eran los Thibodeaux, ambos cercanos y sonrientes; Didier –así fue como se presentó el marido, junto con un guiño y una pícara sonrisa– debía de tener unos cuarenta años, y era un hombre rollizo de mirada tan brillante que ni su cabeza calva ni sus anteojos lograban velarla.
Su mujer, Claudine, que tenía un pecho más que abundante, era bastante menos habladora que él, aunque Lydia creía que se debía a que su nivel de inglés no le permitía seguir el ritmo de la conversación.
Sin embargo, de vez en cuando le hacía comentarios jocosos en francés a su esposo y, en general, por perdida que pareciera, le resultó bastante agradable.
Los marqueses de Valiquette –pese a que Lydia no pudo evitar preguntarse si los marquesados en Francia seguirían vigentes tras las décadas de revueltas que había atravesado su nación– debían de sacarles sus buenos diez años.
La marquesa mantuvo todo el tiempo la nariz arrugada, como si estuviera oliendo algo desagradable, y las intervenciones que hacía con la mirada clavada en la otra pareja fueron siendo cada vez más ácidas.
Por su parte, no obstante, su marido –ninguno se presentó con su nombre de pila– se mantuvo contemplándola todo el tiempo con expresión severa.
Lydia quiso saber por qué los De Younge, que eran encantadores, habrían decidido acogerlos en su hogar.
Y pensó que tal vez era posible que simplemente se hubieran presentado allí antes de la Revolución y que ya no hubieran sido capaces de pedirles que se marcharan. Comprensible, con lo hostiles que eran.
Justo antes de que hubieran terminado de desayunar, Arthur dirigió la conversación a su hermano.
–Oh, el joven Davis... –El rostro de lady de Younge tomó cierto cariz de recelo indulgente–. Ese muchacho, siempre yendo de acá para allá y apareciendo en las casas de unos y de otros... –Negó varias veces–. Cuán bien le haría encontrar una esposa que le hiciera sentar cabeza.