Un conde en apuros Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

–Ah, sí –respondió él, porque poco más podía hacer–. Es un placer verla, lady de Younge.

Contempló cómo se acercaba. Y fue cuando se percató de que lord de Younge también se encontraba allí y, de hecho, avanzaba justo tras su mujer, que le sacaba varios centímetros de altura. Le vio posar una mano en el bajo de su espalda antes de recolocarse el monóculo.

–Pues tenías razón, Maggie, sí. ¡Strathrannoch, muchacho! ¡¿Qué le trae por Haddon Grange?!

–Eh... Pues he venido por... Por...

Era idiota. No tenía ni idea de qué decir.

¿A provocar un incendio para después llevar a cabo tocamientos casuales en unas escaleras?

No obstante, logró librarse de tener que responder, porque justo en ese momento la voz que había oído reírse en las escaleras lo salvó; claro que ahora sonaba mucho más aguda por la sorpresa: –¡Lord Strathrannoch!

–El hombre que salió por la puerta trasera tenía las mejillas arreboladas y lo recorría de arriba abajo con la mirada–.

¡¿Cómo no lo he reconocido de inmediato?

! No sabe cuánto lo lamento, milord y... y... milady.

Sintió cómo la boca se le abría. No escapó ni una sola palabra.

Se quedó mirando, en una especie de silencio atónito, igual que aquel que ve un carruaje fuera de control precipitarse hacia el borde de un acantilado, cómo el recién llegado –de pronto creyó saber quién era: el tercer hijo de un hombre que se había dedicado a la gestión de tierras hasta hacía unos años– se inclinaba en una profundísima reverencia. Hasta la cintura.

Lord de Younge, por su parte, se ajustó el monóculo con más fuerza.

–¿«Milady»? –repitió–. ¡No me diga que ya hay una lady Strathrannoch!

–¡Ajá! –respondió el tercer hijo del gestor, tras reincorporarse de golpe con las mejillas más rosadas si cabía–. ¡Recién casados están! ¡Y celebrándolo aquí, en Haddon Grange!

La sonrisa de lady de Younge era casi incandescente.

–¡Una lady Strathrannoch! ¡Oh, Arthur! ¿Y dónde la ha tenido escondida hasta ahora? ¡Una nueva condesa!

–Eh... –se oyó decir–. Pues...

Pero ella ya se estaba llevando las manos unidas al pecho.

–Ay, su madre... ¡Lo contenta que estaría su madre, Arthur! Ven aquí, querida. Permítame verla de cerca.

Tomó a Lydia y la apartó de él de un tirón para envolverla entre sus brazos.

En ese instante, la rueda de su carruaje imaginario chocó con unas rocas y, de inmediato, saltó por los aires, directo al abismo.

La luna apenas se encontraba en lo alto cuando Huw detuvo el carruaje ante la entrada de Kilbride House, la casona de los De Younge, quienes, naturalmente, los habían invitado a pasar la noche para celebrar las nupcias junto a ellos.

«Maldita sea mi maldita estampa».

–Esto es un desastre –siseó Arthur.

–En absoluto –le rebatió Georgiana, cuyo rostro estaba forrado de una determinación que infundía bastante respeto–. Es una oportunidad.

Durante el trayecto desde Haddon Grange hasta allí, Lydia y él les habían mostrado lo que habían encontrado en la habitación de su hermano.

Y lo cierto era que el rostro se le había cubierto de puro deleite mientras decía algo entre dientes que le había sonado a «criptografía» y «sujeto de investigación».

–Huw puede acercarse a Strathrannoch Castle mañana por la mañana a por sus cosas –continuó diciendo, entusiasmada–.

Y si lográis convencerlos de que os hospeden durante algunos días, yo puedo fingir ser la doncella de Lydia; no me importa pasar la noche con el resto de los criados.

Y así, vosotros podéis aprovechar para tratar de obtener información directamente de ellos.

¡Avanzaríamos muchísimo en la investigación!

¡Ni planeándolo podría habernos salido mejor la jugada!

–Se te olvida que tenemos un pequeño inconveniente –intervino Lydia–. Debemos fingir estar casados.

Su tono de voz se encontraba a medio camino entre un susurro y un gemido desesperado. Eso era lo que sentía con la simple idea de ser su esposa: desesperación. Tal vez debía recordarse ese pequeño detalle la próxima vez que sintiera el impulso de besarle el cuello.

No obstante, una parte de él sabía que Georgiana tenía razón.

–Supongo que mantener la farsa no va a empeorar la situación, ¿no?

Los De Younge ya creen que estamos casados.

Lo que podemos hacer es inventarnos nuestra historia; decirles que nos conocimos en Edimburgo, quizás.

No es necesario que conozcan su verdadera identidad; nadie en Londres sabe que se encuentra aquí.

Lydia alzó la mirada y la clavó en él. Bajo la luz de la luna, sus ojos mostraban un tono azul mucho más profundo. Después, se inclinó hacia adelante y sus dedos cayeron en su rodilla. Aunque ella los apartó de inmediato, como si el simple contacto la hubiera quemado.

–Arthur... Digo, lord Strathrannoch. No sabe cómo lamento haber dicho que estábamos casados; fue lo primero que se me pasó por la cabeza al sentir que aquel hombre nos había descubierto. ¿Cómo iba a saber que aparecería de nuevo?

–No es culpa suya.

–¡Sí que lo es!

Sus mejillas estaban de nuevo enrojecidas, y lo que en verdad él deseaba hacer era acariciárselas con los labios; sentir el calor que emanaba de su piel.

Lo cual era en lo que menos debería estar pensando en aquel momento.

«Por Dios, esta mujer va a acabar conmigo». No había hecho falta más que un roce y ya había perdido la sesera. Ten drían que embotellarla y ponerla a la venta como sustancia psicoactiva.

Su amiga, entonces, torció la cabeza.

–Pero ¿qué estabais haciendo exactamente para que el hombre pudiera pensar que erais un matrimonio?

–¡Nada! –respondió Arthur.

Justo al mismo tiempo, Lydia exclamó: –¡Estábamos besándonos! –Las cejas de Georgiana treparon hasta la línea de su cabello–. O sea, no... No de verdad. Estábamos fingiendo que nos besábamos para... ¡para ocultar su identidad!

–No, sí, claro.

Al oír aquello, Lydia ocultó el rostro entre las manos y dejó escapar un nuevo suspiro cubierto de desesperación.

– Dinna fash –trato de mediar él, tal vez porque verla así le removió las entrañas–. Tal vez podríamos... eh, conseguir que anulasen la unión.

–¡Pero si no estamos casados de verdad!

–Ya, ya. Me refiero a que es lo que podría decirle a la gente una vez se marche de Escocia; cuando desaparezca y nadie vuelva a verla ni a oír a hablar de usted jamás.

Una oleada de dolor, extraña y punzante, como si tuviera una campana tañendo en sus huesos, lo recorrió al pronunciar aquellas palabras. No obstante, a ella le hicieron alzar el rostro.

–Pero no puedo imaginar lo humillante que tendrá que ser para usted. De verdad, lo siento tantísimo...

Arthur ni siquiera lo pensó.

Se echó hacia delante y le envolvió las manos con las suyas.

–Se lo digo en serio. Dinna fash . No me importa. Creo que fue un movimiento muy inteligente. Usted lo fue: astuta y va liente. No puedo culparla, y tampoco lo haría por mucho que no hubiera funcionado. Sin embargo, lo ha hecho.

–Y mucho mejor de lo que cualquiera podría haber imaginado –agregó Georgiana, lo que le sirvió para volver en sí y soltar las manos de Lydia–. Ahora tenéis la oportunidad de acabar con lo que habéis empezado y descubrir si los De Younge han tenido algún tipo de contacto con Davis.

Pese a que nada de lo que había ocurrido había formado parte de sus intenciones, debía admitir que les había proporcionado un rumbo claro. Además, era cierto lo que acababa de decirle: no le importaba.

Por supuesto que no, maldita sea. No le importaba fingir que era suya.

Era exactamente lo que deseaba.

Al volverse hacia ella, la vio peleándose con el nudo de cintas que le rodeaba la cintura, y su expresión le pareció... devastadora. Solo cuando logró deshacer el lío volvió a mirarle.

–Supongo que no podemos desaprovechar la oportunidad, no, pero aun así siento... Siento que lo voy a dejar en evidencia si tengo que fingir ser su esposa.

Arthur parpadeó.

–¿Cuando se marche, quiere decir? ¿Porque la gente creerá que me ha dejado?

Su mascará se pintó de alarma.

–No. Bueno, sí, por eso también. No lo había pensado... Pero a lo que me refería era a que... En un banquete lleno de gente... Soy horrible en ese tipo de situaciones. Puede que incluso acabe vomitando en una maceta; sabe bien que no sería la primera vez que ocurre.

–No pueden importarme menos ese tipo de cosas. Tengo un castillo casi en ruinas y animales exóticos que lo recorren de parte a parte, ¡por favor! ¿Exactamente qué le hace pensar lo contrario?

–¡Pues claro que le importa! –Unió ambas manos a la altura de su regazo–. ¡Va a afectar a la forma en la que el mundo entero lo ve! ¡Va a influir en la opinión que tienen sobre usted!

Aquella vez, sí valoró lo cerca que se encontraba lady Georgiana, pero, aun así, decretó que le daba lo mismo: volvió a echarse hacia adelante y la tomó por la barbilla.

Lydia se quedó helada, con los ojos clavados en él.

Su piel era tan suave en contacto con sus dedos que su roce perdió intensidad y se convirtió en una caricia sin tener siquiera que pensar en hacerlo.

–Lo que van a pensar es que soy un maldito bastardo con más suerte de la que él mismo es consciente de tener por haber podido casarse con una mujer tan hermosa y encantadora.

Y estoy seguro de que se devanarán los sesos cuestionándose cómo demonios lo habré conseguido.

Y, aun así, me importará un bledo lo que piensen.

No necesito tener su aprobación. Ni sobre mí ni sobre mi esposa.

Mantuvo la mirada fija en él, vibrante y azul.

Y, Dios santo, era preciosa. Apenas era capaz de pensar con claridad.

La vio tomar un par de bocanadas de aire antes de alzar la voz de nuevo, y le encantó la forma en la que lo hizo: cómo logró calmarse y, al mismo tiempo, replantearse qué decir mientras sus dedos caían de nuevo sobre las cintas de su vestido; no fue una caricia como tal, sino más bien un gesto apresurado.

–De acuerdo –acabó diciendo–. Continuaremos con la farsa.