Un conde en apuros Capítulo 12
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Capítulo 12

... como era necesario actuar ante unos deseos tan fervientes como los nuestros...

Del ejemplar personal de Fanny Hill de Lydia.

«M ierda –pensó Arthur–. Maldita sea».

Lydia debió de entender al instante lo que pretendía que hiciera, porque estiró el cuello hacia un lado y dejó escapar el aire mientras le dejaba espacio para que presionara la mejilla contra su piel expuesta. Su cabello cayó alrededor de ambos, y terminó de ocultarle el rostro.

Entonces, ella alzó una pierna, le rodeó la cintura, y fue cuando sintió que perdía la cabeza. «Dios mío –pensó, aunque también–: Lydia... Lydia...».

Se encontraba un escalón por encima de él y, aun así, seguía siendo más alto. Sus faldas se escurrían por doquier a medida que apretaba el agarre en torno a su cuerpo.

Arthur desenredó los dedos que tenía hundidos en su cabello y colocó la mano sobre su pierna, justo debajo de su rodilla. Y lo que notó al contacto no fueron ni su falda ni el borde de su faja, sino la suave seda de sus medias. Y, justo debajo, piel. Cálida.

Cielo santo. Era cálida y suave en cada rincón.

Su mano se deslizó por su muslo para poder ajustarla mejor contra él, y sintió la vibración del sonido que dejó escapar cuando lo hizo: un suspiro que no llegaba a ser del todo un gemido.

Sus pechos subían y bajaban sin control, y lo único que era capaz de pensar era que quería más y más.

Más de ella. Quería seguir subiendo la mano por sus muslos y alcanzar el arco de la liga de sus medias y hundirla más allá.

Quería rozar su piel Sin embargo..., ah, sí.

Ya estaba tocando su piel. Lo hacía con la boca, presionada contra su cuello.

Y cuando separó los labios, percibió su sabor: la dulzura que emanaba de ella y lo rápido que le latía el pulso.

Comenzó a bajar, aunque solo un poco, hasta alcanzar sus clavículas, que.

.. «Dios, sí». Conformaban el sendero idóneo para dejar pasar sus labios y su lengua.

Oyó un jadeo y sintió cómo Lydia movía la cabeza y.

.. Ah, de pronto, sus labios lo encontraron a él.

Como si lo deseara. Como si también lo necesitara.

La sujetó con más fuerza alrededor de la cintura y los presionó a ambos contra el muro; fue entonces cuando ella dejó escapar un gimoteo, pero hundió la mano en su pelo.

Y fue perfecto. Ella lo era. Todo: esa sensación casi dolorosa que le causaban sus dedos mientras se abrían paso por su cabello, la de su cuerpo, casi rendido contra el suyo, la forma en la que lo atraía hacia ella y chocaban sin cesar.

Arthur apartó la mano de su cintura y la dirigió hacia sus costillas y después hacia uno de sus pechos, y maldijo con todas sus fuerzas la tela que se lo cubría. Quería que no hubiera nada que los separara; solo sentir el peso de aquel seno sobre la mano y poder hundirse en...

–¡Eeeh, compañero! ¡Espérese a tenerla en la cama, ¿no?!

Se quedó helado.

Era la misma voz burlona y estridente que había oído mientras bajaban; la razón por la que había comenzado aquel paripé, de hecho, y por la que tenía a Lydia así: con la pierna alzada a su alrededor.

No pensaba fornicar con ella ahí mismo, por Dios. Estaba intentando ocultarse. Por ello, mantuvo el rostro contra su escote y el agarre en torno a su muslo mientras trataba de controlar su respiración.

–Uh –dejó escapar ella y, Cristo bendito, sonaba ahogada.

Y entonces, para su sorpresa y total agrado, rio un poquito–.

Acabamos de casarnos y, eh..., es nuestra luna.

.. –Los dedos de Arthur se tensaron del asombro y sus cuerpos volvieron a unirse, lo que hizo que Lydia soltara el aire de golpe–. Nuestra luna de miel...

Oh, bueno, sí. Era una excusa bastante buena para el hecho de que estuvieran a punto de llevar a cabo el acto sexual en público.

–Esa maldita habitación está demasiado lejos, amor mío –se forzó a decir con voz brusca. Aunque, en realidad, no tuvo que fingir el cariz desesperado de su voz; se sentía borracho de deseo.

La voz se transformó en una carcajada: –¿Y las escaleras de servicio no están demasiado transitadas...? Bueno, no seré yo quien opine al respecto. ¡Mis mejores deseos, pareja!

Aun así, fue sonando cada vez más lejano y su voz terminó desapareciendo en las alturas. Durante todo ese tiempo, Arthur se mantuvo como una estatua, con la boca a apenas unos centímetros de los pechos de Lydia.

–Uf –le oyó susurrar al cabo de unos segundos–. Ya... Ya se ha ido.

–Bien, sí.

Seguía teniendo su cabello alrededor del rostro y varios mechones se le introducían en la boca, y aun así... Dios. Le encantaba. Todo. Su pelo, su dulce aroma, sus suaves curvas y su piel, que era aún más suave y...

–Ya puede soltarme.

–Sí.

Tuvo que emplear toda su voluntad para lograrlo y, después, obligarse a alzar la barbilla y separar los dedos de su muslo. Entonces ella, despacio, muy despacio, desenroscó la pierna con la que le rodeaba la cintura y la dejó caer.

Se miraron. Los ojos de Lydia brillaban pese a la poca luz que se esparcía por las escaleras, aunque alcanzaba a iluminar sus mejillas sonrosadas y sus labios separados. Era...

Era pura tentación.

Y aquel, justo el aspecto en el que se había negado a imaginarla: frágil, excitada y hambrienta. Tal y como había deseado tenerla ante él, cada noche y cada mañana, desde la primera vez que la había tomado entre sus brazos.

–Deberíamos irnos –le susurró.

Y tenía razón, Dios.

No podía quedarse ahí, en mitad de la escalera, contemplándola y preguntándose si ella también estaría pensando lo mismo que él; si se había imaginado su respiración acelerada y los gimoteos que había dejado escapar mientras la recorría con la boca.

Aunque quería preguntárselo. Quería saber si lo había fingido o si se sentía tan perdida y agitada como él. Quería saber qué había pensado al ver su nombre entre los papeles de Davis, pero no era capaz de hacerlo.

La única vez que se había impuesto a su hermano había sido en el orden que habían tenido al nacer, y había sido un afortunado por ello.

O, al menos, lo había sido a ojos del mundo entero.

Le pertenecía el condado, al fin y al cabo, y tenía derecho a voto en la Cámara de los Lores.

Sin embargo, las expectativas de su padre también habían estado siempre puestas en él, así como la responsabilidad de la vida de todos aquellos que vivían en sus tierras y de que el castillo de la familia no acabara en ruinas.

Nunca había estado a la atura. Y lo había intentado, durante años y años, con todas sus fuerzas, pero no había servido de nada.

Recordaba a la perfección un día que había vuelto a casa tarde, cansado, empapado y manchado de barro, tras haber pasado la tarde ayudando a uno de los habitantes de una villa cercana a construir un pequeño molino que funcionaba gracias a una rueda hidráulica que él mismo había diseñado.

Y recordaba a su mujer, la emoción que le había cubierto el rostro al verlo terminar, consciente de cuánto tiempo ahorrarían cada día a partir de entonces.

Pero también a su padre. Cómo lo había mirado, de arriba abajo, y había soltado una carcajada antes de decirle: «Y esta es la razón por la que no van a tomarte en serio en la vida».

Después, se había ido –y Davis con él– a un banquete que se celebraba aquella noche.

Se había asegurado de dejarle claro, de todas las formas habidas y por haber, que pensaba que era su hermano quien tendría que haber sido el heredero, y no él.

Y todo el mundo lo pensaba, maldita sea.

Davis era encantador; siempre vestía una sonrisa en el rostro.

¿Quién no iba a preferir aquello a su forma de hablar, demasiado directa y torpe, o a su carácter reservado y su intensidad general?

Esa era la razón por la que había dejado de intentar complacerlos a todos. De intentar ganarse su aprobación; al fin y al cabo, el resultado siempre era el mismo: fracaso. Cualquier meta que se planteara jamás llegaba a estar a su alcance. Ni por asomo.

Y así había sido hasta ahora. Por Lydia.

Por primera vez, quería ser el primero. Lo deseaba como nunca en su vida había deseado nada, pero sabía –lo sabía perfectamente– qué sucedería si se veía envuelto en una competición contra su hermano. Sería lo mismo de siempre.

Así que no podía preguntarle cómo se sentía.

No era capaz de atraer las palabras a sus labios.

–Sí, tiene razón –fue lo que acabó diciendo–. Deberíamos irnos.

Se dio la vuelta y descendió por las escaleras, y la sintió junto a él durante cada paso hasta que por fin cruzaron la puerta trasera.

Georgiana y Huw los estaban esperando en el exterior.

–¿Por qué habéis tardado tanto? –quiso saber ella–. Estaba a punto de colarme de nuevo e ir tras...

–Casi descubren al conde –se apresuró a cortarla Lydia–, pero no te preocupes. Hemos conseguido hacer que pasara desapercibido.

–Bien –intervino Huw–. Ahora, lo mejor será que nos vayamos ya. Aún tenemos un largo camino de vuelta a Strathrannoch, y el comedor está vaciándose por momentos.

Era cierto. Gran parte de los comensales se encontraban ya ante la puerta de la taberna, dispuestos a dirigirse hacia sus casas o subiéndose a las diligencias que habían acudido a buscarlos.

–Avanzaremos entre las sombras –dijo Arthur–. Por aquí atrás, entre los árboles. Solo tenemos que seguir la calle hasta que lleguemos al carruaje antes de que...

Era una buena idea. O al menos lo habría sido, pero entonces otra voz llegó a sus oídos; una que conocía a la perfección: –¿Strathrannoch? ¡Cielo santo, querido! ¿Es usted?

Y de detrás de una de las esquinas de la posada –«Por Dios, vaya vista de halcón»– vio surgir a lady de Younge.

Era una mujer alta y delgada y llevaba el cabello, repleto ya de hebras plateadas, recogido en lo alto de la cabeza en un estilo que recordaba al del siglo anterior. Su atuendo lo conformaban un turbante con plumas blancas y una capa con la que cubría un denso vestido púrpura.