Capítulo 11 #3
No iba a poder matarlo porque... existía la posibilidad de que ella siguiera teniendo sentimientos por él.
Había dado por hecho que, tras haberle revelado su verdadera forma de ser, cualquier tipo de afecto que pudiera haber llegado a guardarle se había volatilizado.
Al fin y al cabo, no podría querer a un hombre que había tratado de usarla en su propio beneficio.
Había estado seguro de ello. Pero aquel papel mostraba justo lo contrario.
Mostraba a un hombre que se arrepentía de sus actos; a un hombre al que –tal vez– una joven enamorada sí podía perdonar.
Se descubrió apretando el puño con fuerza en torno a las hojas restantes y la mirada de Lydia viajó hasta él. De pronto, sostenía una bola de nieve hecha de cúmulos de papel arrugado.
–Dios santo. Démelas. ¿Ha visto algo más en ellas?
No tenía ni idea. Ni lo había intentado. Había estado demasiado centrado en recorrerle el rostro y en tratar de discernir sentimientos en él; si le había hecho daño o si le había despertado algo... Regocijo o emoción.
No fue capaz de captar nada.
La vio tratar de alisar las hojas y... Tal vez se lo había imaginado, pero ¿había seguido con los dedos su propio nombre, el que su hermano había trazado con su caligrafía descuidada? No estaba seguro.
El resto de las hojas mostraban marcas que formaban números y esbozos que le recordaron a los diseños de sus propios artefactos y a sus diagramas, y no supo por qué le sorprendía.
Lo sabía. Sabía que él también era hábil con el carboncillo.
Era como que una parte de él, de alguna forma, se había olvidado de aquel dato.
Claro que hacía mucho tiempo que no se topaba con aquel aspecto de él.
Lydia comenzó a pasar las páginas, sosteniéndolas todo el tiempo en su dirección y en la de la luz del exterior. Al cabo de un rato, tras sacudir la cabeza, alzó la voz de nuevo:
–Son medidas. ¿Lo ve? Como un plano. Aquí está la marca de la escala... Tal vez se trate de la estructura de un edificio o de un puente. Aunque... –Después, alzó la mirada y clavó los ojos, abiertos como platos y cargados de duda, en él–. ¿Y si se trata de alguna alteración de su diseño del visor?
Arthur sacudió la cabeza.
–Lo dudo. El procedimiento que empleé para pulir las lentes es invención propia; no creo que fuera capaz de replicarlo, ni siquiera sirviéndose de mis notas. Aun así... Tampoco me termina de gustar la idea de que esté por ahí con el visor original.
–Pero estas cifras... –Comenzó a ponerse pálida–. ¿Cree que alguna podría indicar el rango de disparo de los fusiles que lo tengan?
–Tal vez. No puedo decirlo con seguridad.
Lydia había ido acercándose a él mientras hablaban, y en aquel momento le puso una mano en el antebrazo.
Sintió cada uno de sus dedos, cinco puntos de contacto, ligeros, sobre su piel, y no pudo evitar fijar la atención en la distancia que los separaba ni que su cuerpo se tensara. La cabeza le daba vueltas.
La deseaba. La deseaba con todas sus fuerzas.
Era como si la revelación de que Davis conocía su identidad hubiera sido un destello de luz que había atravesado los rincones ensombrecidos de su corazón. No quería que Lydia le correspondiera; deseaba ser él el objeto de sus deseos.
La quería toda para él y mandar al infierno al resto del mundo.
Se sentía como un niño con un juguete.
«Es mía –tenía el impulso de decir–. ¡Es mía!».
«Maldita sea».
Tenía que salir de ahí. Estar tan cerca de ella hacía que su cerebro se comportara de formas estrafalarias e impredecibles. No obstante, su cuerpo era todo lo contrario. Su respuesta no podía ser más predecible; en especial, de cintura para abajo.
–Vamos a llevárnoslos –soltó–. Todos los papeles. Las invitaciones también.
Lydia lo contempló. Bajo aquella escasa luz, la de los rayos del sol que se perdían cada vez más en el horizonte, los colores que matizaban su figura se atenuaban; la transformaban en simples ascuas en lugar del incendio completo que siempre era.
Pero ¿qué más daba? Se había aprendido todos ellos de memoria.
Habría sido capaz de ver el tono de su cabello con los ojos cerrados.
–¿No cree que su hermano sospechará? –le preguntó ella–. Si vuelve y ve que han desaparecido.
–Es posible –le dio la razón–, pero no hay manera de que sepa que los responsables hemos sido nosotros. Ahora mismo es la única pista que tenemos; creo que lo mejor es que nos aferremos a ella.
Ella asintió y se dispuso a doblar los papeles para guardarlos en uno de los bolsillos que llevaba a la altura de la cintura, rematado por un amplio lazo.
Ambos acordaron seguir revisando la habitación; Lydia se encargó de mirar debajo de la cama y el lavamanos mientras que él se dirigió al espejo de la pared.
Lo apartó para mirar tras él y después repitió el proceso con los cuadros, con la sospecha de que tal vez había un compartimento oculto tras alguno de ellos.
Por mucho que supiera que tal vez fuera en vano, habría dado cualquier cosa por encontrar un mapa.
Uno que, además, contara con una equis inmensa sobre la que, a poder ser, pusiera: «Escondrijo secreto de Davis».
No había nada más; lo había dejado todo limpio como una patena.
Aunque era extraño. Era cierto que su hermano nunca había sido un desastre como tal, pero sí que tendía a ser algo descuidado con sus pertenencias; se le caía todo y solía dejar cosas amontonadas por todas partes.
Un poco como él mismo, de hecho. Claro que, en realidad, era posible que hubiera cambiado en eso también.
Había muchos aspectos en los que se había convertido en un desconocido para él, y no sabía qué sacar en conclusión de lo que había descubierto aquel día. Su mente no dejaba de darle vueltas a cada detalle, ni tampoco a la consciencia de lo cerca que seguía Lydia.
Una vez terminaron, fue ella quien sacó la cabeza por la puerta para echar un vistazo.
–Todo parece despejado.
Así que la siguió a través del pasillo. Lograron alcanzar la escalera de servicio sin mucho problema, aunque fue ahí, justo a mitad de la bajada, cuando llegó a sus oídos el desastre: una estridente voz masculina que cantaba The Fair Maid of Islington a todo pulmón.
Arthur quedó paralizado al instante, presa del pánico.
Era consciente de que podía no ser alguien conocido, pero... ¿Y si lo era? ¿Y si lo veía saliendo de la habitación de Davis... con Lydia? Aquello la pondría en peligro. Sobre todo, si su hermano se enteraba. Y, aunque tal vez no fuera así, no podía permitir siquiera que los azotara la posibilidad.
Los segundos que le llevó recuperarse del sobresalto fueron los que ella aprovechó para pasar por su lado, de vuelta hacia el piso superior.
–¡Vamos, arriba! –susurró–. ¡No puede verte!
La voz iba aumentando de volumen por momentos.
–¡Maldita sea! ¡No hay tiempo de...!
Entonces, la tomó por la cintura con una mano, le deshizo el recogido del pelo con la otra y, tras arrinconarla contra la pared, hundió el rostro en la curva de su cuello.