Capítulo 11 #2
El volumen de la explosión fue tal que incluso lo sobresaltó a él, que lo estaba esperando. Las agujas de pino se prendieron casi al instante y soltaron un destello amarillento justo antes de comenzar a emanar una columna de humo.
A partir de entonces, el resto tuvo lugar a toda velocidad.
Alguien abrió la ventana y todo el mundo comenzó a rodear el edificio para investigar lo que había ocurrido. Arthur tuvo que contener la oleada de satisfacción que lo recorrió de arriba abajo al comprobar el éxito que había tenido su plan, y se dirigió a la entrada del servicio.
Y lo cierto es que funcionó incluso mejor de lo que habían esperado –tanto él como Huw y su poca fe–, ya que, encima, las escaleras que conducían a las habitaciones se encontraban vacías y envueltas en sombras. Apenas le llevó medio minuto llegar a ellas.
Georgiana se reunió con él en el pasillo.
–¿Cree que podría forzar la cerradura? –le susurró. Tenía el ceño fruncido–. Pensaba que su hermano habría dejado la puerta abierta para que pudieran entrar a limpiar, pero es evidente que pone su privacidad por encima del mantenimiento de una higiene mínima.
–Sí. Déjeme una horquilla.
No tendría por qué costarle demasiado hacerlo; no dejaba de ser un simple trozo de metal. Y, en todo caso, podría acabar metiéndole una patada a la puerta para tirarla abajo. Ya pensaría después cómo pagar los destrozos.
Por suerte, eso último no fue necesario.
Durante el tiempo que dedicó a hurgar con la horquilla y el cuchillo que llevaba, Georgiana se encargó de ir en busca de Lydia, que se encontraba en la habitación que había reservado, y para cuando ambas regresaron, ya tenía la puerta abierta.
–Venga –los instó Georgiana–. Yo me quedo vigilando desde la otra habitación; así puedo intentar distraer a quien trate de acercarse. Salid por la puerta de servicio cuando acabéis. Sed rápidos y no hagáis ruido.
Lydia no dijo palabra; se limitó a clavar la mirada en él y, después, se internó en la habitación.
Fue consciente de cómo sus faldas le rozaban los pantalones y de la forma en que la manga de su camisa, como un susurro, le acarició la piel descubierta del brazo.
Y también de su aroma: cálido y dulce y.
.. No fue capaz de reconocerlo. ¿Era vainilla? ¿O tal vez crema inglesa?
Apretó los dientes y se obligó a centrarse en lo que tenían entre manos.
Ella se había dirigido al pequeño escritorio que había en una esquina, así que no le quedó otra que encaminarse hacia el armario, que, por suerte, no contaba con cerrojo ni pestillo alguno.
No obstante, el interior estaba prácticamente vacío.
Apenas se topó con un recambio de ropas de cama en una balda, un saquito con lavanda y, en la parte inferior, una bandolera de cuero.
Y, pese a que el corazón se le aceleró al reparar en ella, no tardó en descubrir que lo único que había en su interior era un bannock ya rancio y una petaca.
La destapó y olfateó su contenido. Agua.
La decepción se le clavó en el pecho mientras se volvía hacia Lydia –¿Ha encontrado algo por ahí?
Estaba apoyada en uno de los brazos de la silla de madera, aunque inclinada ante los cajones del escritorio para poder rebuscar en su interior, y lo cierto era que aquella pose podía parecer de todo menos provocativa; ni ella, ni el vestido de rayas azules y blancas que le cubría hasta los tobillos.
Alcanzaba a ver los zapatos que llevaba aquel día –decorados con abalorios azules–, así como cierto atisbo de las medias que le cubrían los tobillos.
Al fin y al cabo, se sostenía casi de puntillas.
Pero no, no había nada subido de tono en aquella imagen. Por lo tanto, no había razón alguna que explicara por qué su mente decidió tomar la dirección que tomó: imaginársela incli nada sobre la silla, con las faldas alzadas hasta la cintura, el pelo suelto, salvaje y enredado en torno a su puño.
–Sí.
Y Arthur estuvo a punto de perder la cabeza por completo. Claro que acabó percatándose de que aquella era la respuesta a su pregunta.
Apretó el paso hacia ella.
–¿El qué?
Lydia se puso en pie, y sus tobillos volvieron a perderse en sus zapatos. Se fijó en que le brillaban los ojos y lo entendió: le gustaba todo aquello, la emoción del misterio que conllevaba aquella investigación a puerta cerrada.
–Casi todo son invitaciones formales; cinco de ellas están firmadas a nombre de una tal lady de Younge. ¿Cree que podría estar tratando de cortejarla?
Estuvo a punto de ahogarse.
–No lo creo, no. Lady de Younge era amiga de nuestra madre. Una muy cercana.
La vio torcer la barbilla.
–¿De verdad cree que la simple diferencia de edad es lo que lo hace inviable? ¿O es que quizás le parece impropio? Porque yo, personalmente, entiendo por qué hay quien preferiría estar con una mujer mayor que...
–Por el amor de Dios. –Dejó caer la mano justo encima de la suya en un intento por tomar las invitaciones, lo cual, al menos, logró cortar todo el flujo de palabras que había estado escapando por su boca–. Creo que es inviable porque era amiga de nuestra madre. Déjeme echarles un vistazo.
Sentía que le ardían las orejas tanto como sentía la delicadeza de sus dedos, lo frescos que estaban en comparación con los suyos, y la manera en que la exaltación por la investigación le recorría las venas. Ya no quiso dejar de tocarla.
No habían estado así de cerca desde la noche anterior, en el salón principal de castillo, cuando le había acariciado la comisura de los labios con el pulgar.
No había dejado de pensar en ello.
Cuando Lydia alzó la voz de nuevo, le pareció que le temblaba: –Casi todas fueron enviadas el mes pasado; mire la fecha. Imagino que las fue recibiendo mientras se encontraba en Strathrannoch, y por eso parece que no llegó a responder ninguna.
–Cierto. –Solo entonces le soltó la mano. Lo hizo con cierto esfuerzo porque, si no, no podría revisar las invitaciones–. Aun así, nos pueden dar alguna idea de dónde seguir buscando. Y, en caso de no encontrar nada, podríamos dirigirnos a los De Younge. Tal vez sepan algo.
–Tal vez, sí.
Después de eso, devolvió su atención a los cajones y se inclinó hacia ellos, y entonces fue cuando, dispuesto por encima de ella, alcanzó a captar un atisbo del borde de la faja que llevaba y el dulce aroma de...
No, no. Tenía que apartar la vista, volver a dirigirla a las invitaciones y fingir que no lo estaban recorriendo de arriba abajo cientos de oleadas de lujuria por culpa de una joven inglesa pelirroja que había acudido hasta allí con intención de pedirle matrimonio a su hermano.
De alguna forma, le daba la sensación de que aquel racionamiento se le había ido alejando del subconsciente poco a poco. Se esforzó por traerlo de vuelta.
–El resto de los cajones están vacíos –le oyó decir–. Con la única excepción de estas hojas, pero están en blanco.
Arthur dejó las invitaciones en una esquina del escritorio; ya había visto que no había mucho más que sacar en conclusión de ellas.
–Sáquelas.
Y eso fue lo que hizo, pese a que notó que tenía el ceño fruncido.
–Estaría bien un poco de «por favor», ¿sabe? Además, ya les he echado un vistazo. Están en blanco.
Dejó escapar un pequeño sonido gutural y se inclinó para tomar las hojas. Después, se dirigió hacia la ventana y sujetó una en lo alto, un tanto inclinada hacia un lado para que recibiera la poca luz que entraba desde el exterior.
–Oh –suspiró Lydia, aunque la aprobación era patente en su tono–. No sé por qué no había pensado que... ¿Ve algo? ¿Algún tipo de marca o mensaje?
No le sorprendió lo más mínimo que supiera lo que pretendía hacer. Ya sabía que, por encima de ser empática, organizada hasta límites insospechados, honrada y tan inteligente y leal que se le clavaba en las entrañas, era una mujer inteligentísima.
Aquello le removió tanto que, durante un segundo, llegó a pensar que se había imaginado lo que le pareció distinguir en el papel, grabado a presión mediante la impronta de una pluma. Pero no. No se lo estaba imaginando.
Lo alzó aún más y lo inclinó hacia la luz.
«Lydia», ponía.
Y no era una sola vez. Eran cientos, una y otra vez, entre tachones y comienzos de frases que se sorteaban sin ton ni son por toda la página: «Lo siento. No sabía cómo decírtelo. Lo siento».
Todos los sonidos –el suave eco de la respiración de Lydia, el repicar de las pisadas por debajo de ellos, la voz distante de una criada en el rellano– se fundieron a su alrededor a medida que repasaba cada centímetro del papel.
¿Significaba eso que... lo sabía?
¿Que su hermano sabía que H era Lydia? ¿Que se arrepentía de lo que había hecho?
Que pretendía contarle la verdad.
Sin ser capaz de articular palabra, se lo tendió a Lydia.
Y se descubrió... «Maldita sea». Se descubrió incapaz de dejar de mirarla, de tratar de escrutar su rostro.
No sabía si quería dejarle privacidad o si lo que deseaba era arrebatárselo de inmediato y reducirlo a cenizas antes de que pudiera leerlo.
No quería que Davis volviera a hacerle daño.
No quería siquiera que le hablara. Lo que quería era. .. Era...
Se quedó congelado
La vio parpadear; percibió cada revoloteo.
–No lo entiendo –murmuró–. Reconozco su letra. Es la suya. Pero... no entiendo cómo podía saber quién soy.
–Ni yo –replicó, y su voz fue un gruñido.
Pensó que, si se ponía a llorar, él mismo mataría a su hermano con sus propias manos. Sin embargo, fue entonces cuando ocurrió: el pensamiento le azotó como un relámpago.