Un conde en apuros Capítulo 11
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Capítulo 11

¿Sabes cuándo me di cuenta de que estaba perdido, amor mío?

El mismísimo primer día. En cuanto te vi ahí, en el umbral de la puerta, con aquel vestido verde y los zapatos a juego, al fijarme en tu pelo.

Tiene el color que la madre naturaleza emplea para las cosas más sublimes, las que jamás nadie podría tomar entre las manos ni aunque lo intentara. El otoño. El amanecer. El fuego.

De entre los papeles de Arthur Baird, escrito en el reverso de un sobre. Nunca enviado.

H abían dividido fuerzas al llegar a Haddon Grange.

Arthur debía permanecer fuera de vista para evitar que le reconocieran, así que parecía que sus actividades aquella tarde iban a consistir en estar al acecho aquí y allá mientras se esforzaba por ser lo menos llamativo posible, lo que incluía su inmenso tamaño y porte de conde.

Lydia y Georgiana, por su parte, se habían abierto paso por la calle principal en busca de la pensión que tanto él como Huw les habían descrito.

Las temperaturas habían bajado un tanto desde su llegada a Escocia, así que Lydia había tenido que ceñirse la pelliza con más fuerza en torno al torso.

Cientos de geranios y hortensias blancas parecían derramarse desde las jardineras y macetas que se esparcían sobre los quicios de las ventanas y a ambos lados de las puertas de las casas, e incluso los tejados se convertían en un juego de azules y violetas por la cantidad de clemátides que surgían entre la paja.

El plan de Lydia constaba de dos partes.

En primer lugar, Georgiana –que se había vestido para la ocasión– tendría que dirigirse a las cocinas de la pensión, donde comenzaría a obrar su magia entre los que se encontraran trabajando allí, y ella, mientras tanto, trataría de sacarle información sobre Davis Baird a su propietaria.

Aunque aquello, como le solía ocurrir con cada plan que urdía, solo había sido la teoría.

Su propietaria había resultado ser una mujer brusca y directa que no parecía tener tiempo para solteronas inglesas; cada vez que había intentado hablar, le había completado las frases con un bufido y las cuatro o cinco preguntas que había tenido preparadas se le habían ido de la cabeza en cuestión de unos minutos.

Las cosas no habían mejorado demasiado a partir de entonces.

Al cabo de un cuarto de hora, se había descubierto de vuelta en la calle y preguntando cosas tan reveladoras como «¿Sus dormitorios tienen camas para dormir?

» y «¿Alguna vez ha oído hablar de algún.

.. eh, conde?». Al parecer, hasta había acabado reservando una habitación para pasar la noche, y eso que ni siquiera recordaba cuándo lo había hecho.

Tampoco pretendía. Sin embargo, cuando había querido darse cuenta, tenía una llave que sustituía al puñado de monedas que habían ocupado el fondo de su ridículo, así que suponía que alguien la tendría que haber convencido en algún momento.

Gracias al cielo, a Georgiana parecía haberle ido bastante mejor.

–El hermano del conde se ha estado hospedando aquí –fue lo que le susurró en cuanto la alcanzó hacia la mitad de la calle principal, ante una sombrerería. Después, se reunieron con él y con Huw tras los establos de la taberna principal, donde habían dejado los caballos.

Arthur se recostó contra la pared. Se había deshecho de nuevo de su chaqueta y de la corbata; claro que, si había pensado que era la mejor opción parecer menos llamativo, Lydia no creía que mostrar parte del pecho al aire libre fuera precisamente lo más adecuado.

Claro que, por supuesto, no es que estuviera mirándoselo.

–Hemos llegado tarde –comenzó su amiga–.

Las limpiadoras de la pensión me han dicho que la última vez que lo vieron por aquí fue justo la semana pasada, así que todo indica que ha sido allí donde se ha estado quedando tras irse de Strathrannoch Castle.

Aun así, me han contado que pasaba la mayor parte del tiempo fuera, aunque no sabían dónde iba.

También se supone que tiene la habitación reservada para todo el mes; por lo tanto, si se ha ido, debe de tener intención de estar fuera durante un tiempo.

Según la lavandera, no ha dejado ni una sola prenda de ropa.

–Hay que ver, muchacha –se sorprendió Huw. Tenía la mirada clavada en ella–. No ha estado allí ni media hora, ¿y se ha enterado de todo eso?

Georgiana no era, en absoluto, de sonrisa fácil, pero Lydia alcanzaba a ver cierta satisfacción en la leve inclinación de las comisuras de sus labios.

–No es la primera vez que finjo ser una criada descontenta con su situación, y algo me dice que tampoco será la última.

De pronto, su expresión varió, como si se hubiera abstraído un instante, y Lydia sospechó que lo más probable fuera que estuviera replanteándose si incluir la figura de un huésped misterioso en su próxima novela.

Arthur mantuvo la mandíbula apretada.

–Yo de verdad que no termino de entenderlo –bufó–.

¿Qué puede haber estado haciendo todo este tiempo?

Apenas hay nobles en esta zona, y mucho menos aquellos de los que sé que ha estado rodeándose.

Y, sobre todo, ¿cómo demonios ha podido pagarse la estancia de todo un mes y, aun así, permitirse irse a otro lado?

Frunció el ceño y los mismos surcos de preocupación a los que Lydia se había acostumbrado durante las últimas dos semanas comenzaron a repartirse por su rostro.

–No lo sé –dijo ella–, pero estamos cerca de descubrirlo.

Sentía el impulso de tranquilizarlo, de dar un paso adelante para apoyarle la mano en el hombro y recorrer con los dedos los músculos que se lo cubrían hasta aprenderse de memoria su contorno.

No lo hizo.

–¿Y usted, muchacha? –le preguntó Huw, dirigiendo su rostro cubierto de barba blanca hacia ella–. ¿La propietaria de la pensión le contó algo?

Se lamió los labios.

–No, eh... Pero he reservado una habitación para esta noche.

–De fábula –dijo Georgiana–. Así podemos aprovechar a buscar en cuál de todas se ha estado quedando Davis y entrar en ella.

Le agradeció sobremanera aquella generosa interpretación de sus logros.

Los ojos de Huw, por su parte, centellearon.

–Excelente. Con estas dos señoritas a bordo, poca falta nos hacen los enredos de Bertie, ¿eh, Strathrannoch?

Le propinó un empujoncito amistoso.

–No, desde luego. Aunque ya ambas parecen maquinaciones propias suficientes sin necesidad de interferencia externa alguna.

Él asintió, como si aquel hubiera sido el mejor cumplido que había oído nunca. Claro que, teniendo en cuenta su relación con Bertie, tal vez sí lo fuera.

–¿Quién cree que debería registrar el dormitorio? –le preguntó a Lydia.

Apenas tuvo un instante para apreciar el hecho de que estuviera dispuesto a dejar que dos mujeres tomaran decisiones con respecto al plan que tenían entre manos, porque Arthur se adelantó: –Seré yo.

Ella alzó la barbilla para enfrentar su mirada, y casi le resultó irritante lo alta que se encontraba con respecto a la suya.

–No sé si convendría que fuera usted. Lo más probable es que, mínimo, la propietaria lo conozca de vista.

–Las limpiadoras y la lavandera lo conocen –se sumó Georgiana–. Me he asegurado de preguntárselo.

–Seremos nosotras, entonces –decidió Lydia–. Yo puedo adelantarme y acudir a la habitación que he reservado; Georgiana puede venir después, nos encontramos allí y, después, ambas nos encargamos de buscar...

–Ni hablar –la cortó el conde–. No puedo dejar que se pongan en peligro por mí.

–¿Peligro de qué? ¿Acaso cree que puede haber algo esperándonos dentro de una habitación?

Él le sostuvo la mirada.

–No lo sé, pero tampoco voy a permitir que se enfrenten a lo que sea ustedes solas.

Lydia frunció el ceño.

–De acuerdo. Si se le ocurre la forma de alcanzar el pasillo de la planta superior sin que lo reconozcan, siéntase libre de acompañarnos.

–Es una pésima idea –susurró Arthur al llegar la noche.

Huw asintió junto a él.

–Cierto.

–Se supone que deberías llevarme la contraria.

–La solución que has propuesto para abordar el problema de que puedan reconocerte incluye explosivos. ¿De verdad pretendes que te diga que es buena idea?

–A Bertie siempre le dices que las suyas lo son; incluso las más descabelladas.

Él lo contempló un instante.

–Bertie y tú no os parecéis lo más mínimo; sobre todo, en lo que a diseñar planes se refiere.

–En eso tienes razón; te lo concedo. –Se rascó la nuca antes de pasar a terminar de enrollar la mecha que había fabricado con varios hilos pertenecientes a su corbata–. De acuerdo. Ya lo tengo.

Le tendió el yesquero, la mecha y el diminuto artefacto que él mismo había construido con varios trozos de corteza de árbol, agujas de pino, una pizca de pólvora y el relleno de la corbata que llevaba. El artefacto que pretendía hacer estallar.

–Ahora, recuerda: necesito que lo coloques justo debajo de la ventana del comedor.

Las agujas de pino permitirán que prenda y el estallido alertará a las personas que están cenando dentro.

La pensión es de ladrillo y he comprobado que no hubiera matojos secos cerca ni nada, así que no hay peligro de incendio.

Aun así, necesito que estés atento por si acaso. Vas a hacerlo, ¿verdad?

–Por supuesto –sonaba un tanto molesto–. Aunque debo decir que las ideas de Bertie tienden a ser bastante menos... piromaniacas.

–¡Por el amor de Dios! ¡No hay forma de que...!

Pero entonces se dio cuenta de la sonrisita que velaba su barba.

Frunció el ceño.

No obstante, en cuestión de unos minutos, Huw ya había colocado el fardo en el sitio que le había indicado y tenía la mecha encendida mientras él se encontraba escondido entre unos árboles, envuelto en sombras y.

.. al acecho; era la única forma que encontró para describirlo.

Vio cómo el resplandor de la llama avanzaba mientras su jefe de cuadras retrocedía a toda prisa.

Apenas tardó unos segundos en alcanzar su objetivo.