Un conde en apuros Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

–Debe de ser difícil sentir que no ha tenido algo así.

–Imagino que por eso a mi hermano no le supuso problema alguno engañarme cuando volvió a Strathrannoch Castle. Porque lo llamó «hogar» y quise creerle. Para mí siempre lo ha sido, pese a que él jamás lo considerara como tal.

–¿Tuvo una infancia feliz allí...? Usted. En el condado.

No supo por qué se lo había preguntado; no era su intención hacerlo, pero...

Pero quería saberlo.

–¿«Feliz»? –Por la forma en que lo pronunció, le dio la sensación de que la palabra sonaba extraña en sus labios.

Como si no estuviera acostumbrado a ella–.

Supongo que sí, en muchos aspectos: siempre he adorado estar allí, rodearme de su gente y de sus paisajes.

Nunca he salido de Escocia, en realidad, aunque tampoco es que haya tenido la necesidad de hacerlo.

Pero a veces... ¿No le ha pasado nunca que ama algo justo por la cantidad de quebraderos de cabeza que le causa?

–Lo cierto es que no.

La risa que soltó fue leve y rasposa.

–Me ocurre con Luath, por ejemplo. Mi caballo.

Lo castraron tarde, y aquello hizo que desarrollara un carácter complicado.

Hace unos años, lo más probable era que, antes que tomar la manzana que le estuvieras ofreciendo, te diera un bocado en la mano.

Huw y yo tardamos años en ganarnos su confianza, y fue a base de mimo y cuidado.

Sin embargo, ahora daría mi propia vida por él, y sé que él también por mí, pero sé que no sería así si, desde el principio, las cosas hubieran sido más fáciles con él.

–Entiendo.

Su voz apenas fue un susurro; no pareció importarle.

–Pues con el condado es igual. Mi padre.

.. Digamos que nunca se esforzó en allanarme el camino y, pese a ello, pese a la cantidad de razones que tenía para odiarlo, nunca he sido capaz de hacerlo.

Cuando murió y la responsabilidad de dirigirlo cayó en mis manos, me descubrí rodeado de deudas y sin un penique para poder solventarlas.

Supe que iba a ser incapaz de sacarlo adelante yo solo.

Es que hasta el maldito terreno es complicado; no se imagina lo difícil que es labrarlo y cultivar en él.

Me costó Dios y ayuda ganarme el apoyo de la gente; muchos, de hecho, siguen cuestionando mi gestión.

Se detuvo de pronto, como si se hubiera percatado de lo mucho que había hablado. Sus ojos recayeron en ella, y las co misuras de su boca, que hasta entonces había seguido siendo una línea en mitad de su rostro, se alzaron.

–Y, aun así, lo adoro.

Lydia trató de devolverle la sonrisa, decir algo, pero se descubrió incapaz. Sentía el ardor de las lágrimas tras los ojos, así que acabó clavando la mirada en la ventana hasta que la sensación remitió.

Aunque no desapareció. No del todo.

Casi deseaba no habérselo preguntado. Casi deseaba no seguir conociendo más aspectos de él; de ese hombre que consentía a su caballo y que acogía a desconocidos que no tenían adónde más ir. Que amaba más las cosas cuanto más esfuerzo le suponía hacerlo.

Y pensó en el hecho de que las pocas veces que ella había corrido riesgos en su vida habían sido premeditados, como con los panfletos.

Se había apoyado en la confianza y discreción que había sabido que mantendría Selina con Belvoir y en la conciencia de que lo que defendía valía más que cualquier posibilidad de que la descubrieran.

Aquel viaje había sido, de muchas maneras, la mayor apuesta que había hecho jamás.

Había cruzado el país entero con intención de darle un cambio radical a su vida, porque la recompensa, la promesa de obtener independencia, de poder vivir por fin y no limitarse a ver el mundo moverse ante sus ojos, había pesado mucho más.

Además de que los peligros inherentes no le habían parecido tan sustanciales.

No había creído que hubiera mucho más que temer aparte de los asaltantes de caminos; se había aferrado demasiado a su objetivo, al matrimonio de conveniencia y al acuerdo financiero y político que podría establecer con aquel hombre al que había considerado su amigo.

Había tenido la certeza de que su corazón no iba a salir lastimado en el proceso; que tal vez sí lo haría su orgullo, si recibía un rechazo.

Aunque, en realidad, sabía que lo habría entendido.

Que se habría sentido decepcionada, pero que no la destrozaría por dentro.

Sin embargo, en aquel instante –sentada delante de Arthur y consciente de cómo su mirada iba una y otra vez hacia él por mucho que acabara apartándola como si le quemara–, sintió el peligro; un peligro nuevo, pero evidente, y que no había previsto.

Y las consecuencias podrían ser incalculables.

Sentía... algo por él.

Era consciente de su presencia –cálida y vasta– incluso sin mirarlo. Quería conocer más aspectos de él, aparte de su vena terca y la cariñosa, y quería que la besara... No. Quería besarlo ella, tomarlo de la nunca y atraerlo hasta que su boca se posara en la suya.

Sabía que se estaba dejando llevar por sus emociones, tal y como le ocurría siempre; las sentía bullir en su interior y amenazar con escapar al exterior en regueros de lágrimas.

Era demasiado sensible y tendía a dejarse atrapar por sus propias fantasías; era muy sencillo hacerle daño.

Y sentir cosas por él iba a hacer que fuera el doble de vulnerable.

No obstante, al pensar en la forma en que el conde había sonreído mientras hablaba de amor, el que sentía por su hogar, se dio cuenta de que de poco serviría cualquier intento de controlarlo; no había ya forma de pararlo.