Capítulo 10
He decidido extender un poco más mi estancia con los Stanhope. ¡Estamos teniendo unos días maravillosos!
De Lydia para Theo, el mayor de sus hermanos. Mensaje incluido en una misiva para Selina, acompañada de una nota: «¿Podrías enviar la carta desde Sussex? No veo el porqué de alarmar a nadie antes de tiempo».
A la mañana siguiente, partieron todos juntos: Lydia, Georgiana, Arthur y Huw, que se había ofrecido a llevar las riendas de los cuatro caballos que tiraban del carruaje.
Lydia se había sorprendido al enterarse de que tenían uno a buen recaudo en los establos, pero, en cuanto lo había visto, había pensado que, de alguna forma, encajaba.
Era enorme y bastante feo, con ventanas de cristal opaco, al estilo de los carruajes que tanta fama habían tenido la generación anterior, y soltaba chirridos y crujidos a medida que avanzaba.
Además, estaba decorado a cada lado con dos enormes representaciones del escudo de los Strathrannoch en un pequeño mosaico hecho a base de madera de distintos tonos.
Parecía representar a un jabalín gigantesco que, con la boca abierta, mostraba unos colmillos que debían de superar la longitud de sus propios brazos.
–No hemos conseguido venderlo nunca –le había explicado Arthur al reparar en la máscara de estupefacción que le había cubierto el rostro–. No hay forma de quitar el entramado que forma el escudo sin dañar el pescante. Ya ve, la especialidad de los Baird: poco práctico y hortera como él solo.
Fern habían acudido a despedirlos junto con su hijo, que había agitado el brazo con tanta vehemencia por encima de la cabeza que el guacamayo que estaba encaramado a su hombro había tenido problemas para mantener su agarre.
Bertie, por su parte, les había asegurado que les enviaría la respuesta de Belvoir en cuanto la recibiera.
Y, pese a que a primera vista el carruaje había parecido lo bastante espacioso para que tanto ella como Georgiana y el conde cupieran sin problema, al cabo de una hora había comenzado a darse cuenta de que tal vez estaba equivocada.
El problema era que Arthur era demasiado... voluminoso. Se encontraba él solo en un banco justo enfrente de ellas, y Lydia no podía evitar que los ojos se le fueran una y otra vez hacia sus muslos y hacia sus hombros; parecían ocupar lo mismo que ellas dos juntas.
Por supuesto, que estuviera ocurriendo aquello era culpa de sus hombros y no de sus ojos; no era culpa suya que no tuviera ningún otro sitio al que mirar.
Al menos, se había puesto un abrigo y una corbata para el viaje.
Sin embargo, no se había afeitado, y la barba había comenzado a llenársele de rizos, muy semejantes a los que conformaban su cabello.
Se descubrió preguntándose si, al no estar recién afeitado y haber alcanzado la longitud suficiente como para hundir los dedos en ella, sería suave al tacto.
La dirección que estaban tomando sus pensamientos la horrorizó y se obligó a cortarlos de lleno.
Claro que él no tardó en convertirlo en misión imposible, porque de pronto se dirigió a ella: –¿Sabe su familia la razón por la que ha venido hasta aquí?
¿Lo sabe su hermano..., el que me dijo que se dedicaba a la política?
–Oh, eh... No. Lo cierto es que no.
Georgiana contuvo una risa que acabó convirtiéndose en una especie de chillido. Lydia fingió no haberla oído.
–Les dije que había pensado en pasar el mes entero con mi amiga Selina Kent y su marido, los duques de Stanhope, en la casa de campo que tienen en Sussex.
Me aseguré de elegir una semana en la que sabía que todos estarían ocupados.
–Su madre, con las jóvenes debutantes a las que debía ir sorteando entre docenas de muchachos solteros que no parecían muy conformes con la idea de dejar de serlo; su hermano mayor, Theo, con todo el papeleo jurídico que siempre tenía entre manos, y, por ejemplo, Jasper se había ido de viaje a Venecia–.
Y Georgiana y yo nos reunimos allí. Y entonces, eh. ..
–Los duques fingieron no haberse dado cuenta de que nos habíamos marchado –completó su amiga.
–Ah, eh... Entiendo.
No sonaba demasiado convencido.
–No se lo había contado –añadió entonces Lydia. Sentía una mezcla de necesidad por defender sus razones y de pesar por el hecho de saber que todas sus maquinaciones habían acabado siendo un completo desastre–. A mi familia, quiero decir. Lo de mi correspondencia con su hermano. Pensaba haberles...
Pensaba haber aparecido de la nada para informarles de lo que había hecho, de sus logros. Al menos, eso suponía. Los adoraba con cada fibra de su ser y no tenía miedo de demostrarlo, pero... la mitad del tiempo la trataban como a una niñita frágil y delicada.
«Por Dios, Theo, si quieres reunirte con tus amigos, id al club, no a casa. Sabes que Lyd no puede cenar con desconocidos».
«Madre, déjela un poco tranquila esta temporada. No le hace falta casarse; ahórrele el sufrimiento».
Había sentido envidia de sus hermanos toda su vida, de la facilidad con la que podían moverse por el mundo, y querían que la considerasen una mujer valiente y fuerte, como a una igual, y no una muñeca a la que proteger hasta el fin de los tiempos.
–Y entiendo, pues –agregó Arthur–, que tampoco están al tanto del tema de los panfletos políticos que escribe.
Notó que le tironeaban las comisuras de los labios.
–No. Solo lo saben dos de mis hermanos.
–¿Dos de...? ¿Cuántos me dijiste que eran, perdone?
–Cuatro en total. –Él frunció el ceño, y la sonrisa se expandió en su boca–. Todos mayores que yo.
–Una vez –intervino Georgiana–, le oí decir a su madre que no había aprendido a hablar y a caminar hasta los cuatro años.
Lydia rio un poco.
–¿Qué necesidad había, claro? Ya los tenía a ellos para que me llevaran a cuestas a todos lados y para que hablaran por mí.
Y era consciente de que seguirían haciéndolo si ella quisiera.
El cúmulo de emociones que siempre la embargaba al pensar en ellos se le esparció por el pecho.
Sabía que los cuatro –Theo, Jasper, Gabe y Ned– la aceptaban tal y como era.
Jamás habían tratado de obligarla a amoldarse a la figura de la perfecta debutante ni a relacionarse con quien no se sintiera cómoda, y mucho menos a contraer matrimonio con ninguno de todos los cazafortunas que habían tratado de cortejarla durante su primera y su segunda temporada.
Se sentía muy agradecida por ello y sabía que lo estaría siempre.
Sin embargo, una parte de ella también sentía cierto rencor hacia ellos, y no podía evitarlo, pese a que se culpara y avergonzara por hacerlo. Pero, desde que tenía memoria, había sido así: no hacía falta que dijera palabra porque siempre había alguien ahí que podía hacerlo en su lugar.
Había dejado que construyeran una especie de muro en torno a su vida y, aunque creían que había sido para protegerla, había acabado convirtiéndose en una prisión para ella.
En realidad, la razón que la había llevado hasta Escocia no había sido casarse.
No, había partido en aquel viaje porque había pensado que allí podría convertirse en la persona que creía poder ser; porque la había elegido por encima de la vida a medias que se había permitido tener hasta entonces.
–¿Y solo dos de ellos lo saben? –inquirió el conde.
–Sí. Ned, que es el más cercano a mí en edad, y lo supo desde el principio porque lo convencí de que fuera algo así como mi cómplice. Y también Jasper.
Jasper; siempre encantador y un tanto libertino.
Lo cierto era que él lo había descubierto por sí solo. Se había presentado ante ella un día y le había dicho que lo sabía. Ella no le había preguntado cómo; siempre parecía enterarse de todo a fuerza de su despampanante personalidad.
Lo que sí había hecho, sin embargo, había sido suplicarle que no se lo contara a Theo.
Al fin y al cabo, se había convertido en cabeza de familia con quince años, cuando su padre había muerto, y había aceptado su papel con una determinación casi enfermiza.
Y no había sido porque creyera que fuera a intentar detenerla, en absoluto, sino porque temía que la preocupación acabara consumiéndolo. Eso habría sido incluso peor.
«Está bien, patito –le había dicho Jasper, y le había dado un leve apretón en el hombro–. No le diré nada, pero intenta no acabar en prisión, ¿de acuerdo? Hazlo por mí».
Después de aquello, solo habían vuelto a hablar de sus escritos en una ocasión; un día en el que él le había hecho un recordatorio casual sobre la importancia de que nadie descubriera que era la autora.
De primeras, le había parecido un comentario como cualquier otro, pero al cabo de un tiempo, tras analizarlo en profundidad, se había dado cuenta de que cada una de sus propuestas había logrado ponerle solución a un problema que le había preocupado de antemano.
Jasper, siempre divertido y complicado.
A veces pensaba que no era la única Hope-Wallace que tenía secretos.
–¿Y pretende volver? –quiso saber Arthur–. Con ellos, me refiero. Cuando hayamos acabado con esto.
–Sí. Y supongo que... Supongo que les tendré que decir que he estado en Sussex en todo momento.
No podía hacer mención a las cebras, desde luego, aunque le parecía una verdadera pena; sabía que a Ned le habría en cantado la historia y que Theo se habría puesto de todos los colores.
Después de aquello, hubo un instante de silencio, una pausa tentativa.
Hasta que, de pronto, el conde la quebró de nuevo: –Tiene mucha suerte.
Lydia parpadeó, e incluso él, con los labios apretados en una fina línea, parecía sorprendido por sus propias palabras.
–¿Yo? ¿Por qué?
De primeras, le dio la sensación de que no quería responder a la pregunta y volvió a imaginarlo como un oso malhumorado, pero al final se acabó enderezando y dijo: –Por saber que los tiene ahí, supongo; que puede volver a casa con ellos en cualquier momento.
Por tener a alguien en su vida que haya crecido a su lado y con quien comparte cada recuerdo.
El corazón se le encogió un poco.