Un conde en apuros Capítulo 9 #2
27%

Capítulo 9 #2

Le había pedido matrimonio a un completo desconocido, la habían rechazado de plano por ese mismísimo hecho, había estado a punto de pasarle por encima una estampida de cebras y se había descubierto investigando el robo de un artefacto armamentístico experimental.

Una parte de sí misma, la parte que se aferraba a sus fantasías, había tenido la esperanza de que aquella aventura acabara con un matrimonio de conveniencia, de la mano de un hombre que la respetaba a ella y su opinión política; de que habría sabido valorar la fortuna que atesoraba su familia y los contactos que habría podido concederle su unión.

Era evidente que aquel final feliz no iba a tener lugar.

Y aun así... Aun así...

Aun así, todavía podía cambiar. Podía aprovechar esa oportunidad para hacer algo. Tenía la posibilidad de arrojarse al mundo y de dejar de esconderse; de actuar de una vez y no quedarse esperando la llegada de una vida que nunca parecía querer comenzar siquiera.

–Creo que puedo ayudarle –acabó diciendo–.

No puedo escribir a su hermano desde aquí; sería demasiado evidente si recibiera una carta con el sello postal del condado.

Sabría que he venido hasta aquí, que había hablado contigo y que había descubierto quién era en realidad.

Pero podría hacerlo desde Haddon Grange.

Y puedo preguntar por él en aquellos lugares en los que lo podrían reconocer a usted.

–Es peligroso que...

–Es igual de peligroso para usted que para mí.

De hecho, puede que incluso para usted más.

Si su hermano se entera de que ha ido hasta allí y de que lo está buscando, podría huir o enfrentarse directamente a usted, pero no tendría forma de saber de mi presencia a menos que yo lo decidiera. En mis propios términos.

–Yo también puedo ayudar –intervino entonces Georgiana desde el lugar que ocupaba a su lado–. Podría hablar con los vecinos: ganarme su confianza y descubrir si saben algo de su hermano.

–Se le dan de maravilla esas cosas –afirmo Lydia–. Le aseguro que, si quiere contar con alguien para descubrir lo que sea, es con ella.

La voz de Arthur sonaba áspera de pura frustración: –Esto no es cuestión de lo que quiera y lo que no.

–Eso es cierto. No es cuestión de qué quiere usted ni de qué quiero yo, sino de cuál es la mejor opción de entre todas las que disponemos. Que en este caso es que vayamos los tres a Haddon Grange a buscar a su hermano lo antes posible.

–A mí tampoco me importa acompañarlos –se ofreció Huw, con su fuerte acento galés, aunque con tono serio, a diferencia del que siempre solía emplear: tranquilo y suave.

Ella se lo quedó mirando–. Ya que tanto le preocupa la seguridad de las señoritas.

Puedo pedirle a Willie que se quede a cargo de los establos un par de días; seguro que hasta agradece no tenerme rondando por ahí.

–Y yo puedo quedarme a cargo de Sir Francis Bacon –se sumó Bertie.

Le pareció que el conde apretaba los labios.

–No necesito su ayuda. Davis es mi hermano; es mi maldita responsabilidad. Y bastantes cosas le he pedido ya a la señorita Hope-Wallace.

Huw torció el gesto bajo la barba.

–Si piensa que por estar dispuesto a ir solo está demostrando tener algún tipo de honor en particular, déjeme decirle que está equivocado, muchacho. Si la señorita Hope-Wallace y lady Georgiana desean ser de ayuda, creo que lo mejor que puede hacer es permitírselo.

–Sobre todo –agregó Bertie–, teniendo en cuenta que nos conviene encontrar a su hermano cuanto antes.

Arthur se pasó una mano por la nuca y, después, sus ojos –verdes, azules y dorados– se posaron en Lydia. No fue más que un instante; después, los apartó.

–Está bien. De acuerdo. Iremos los cuatro a Haddon Grange.

Una bocanada de satisfacción, brillante y ardiente, la recorrió por dentro, y al mismo tiempo... Al mismo tiempo, se percató de lo que implicaba.

Iba a tener que viajar a una ciudad plagada de gente desconocida para hablar con ellos, sin presentación previa ni invitación. Nada. Tendría que recorrer sus calles y entablar conversación con docenas de personas a las que no conocía y tratar de sonsacarles el paradero de Davis Baird.

Se imaginó a sí misma, con tanta claridad que bien podría haber sido una alucinación, desmayándose sin previo aviso nada más llegar.

Su mente comenzó a exhibir ante ella todo un abanico de posibilidades terroríficas: que estallaba en lágrimas, que hablaba cuando no debía y que alguien la ridiculizaba; que, de alguna forma, todo el mundo descubría que era H y que hacía resurgir el jacobismo por accidente.

«Cielo santo». Se había vuelto loca. ¿Cómo se le ocurría ofrecerse a hacer eso?

Separó los labios para decir algo como «Lo retiro; era una broma. Puajajá, ¡qué risa!».

Los selló de inmediato.

No. Había decidido prestar su ayuda. Sabía que podía hacerlo.

Había logrado cabalgar a aquella yegua y liberarla del amarre de la diligencia para evitar que la horda de cebras arramblara con ella.

Había ayudado al conde a descubrir dónde podía encontrarse su hermano.

¡Se había presentado junto con Georgiana en Escocia sin avisar ni a su madre ni a sus hermanos, por Dios!

Por supuesto que iba a ser capaz.

O, al menos, eso esperaba.