Capítulo 9
... y dado que los historiadores son hombres, rara vez se dignan a dejar constancia de las grandes acciones de las mujeres.
Del ejemplar personal de La religión católica tal y como la profesa una hija de la Iglesia de Inglaterra de Lydia, con una nota al margen de su puño y letra: «Y es por ello que debemos alzar nuestras plumas».
S e reunieron en el salón principal a la mañana siguiente, justo después del desayuno.
Huw y Bertie se dispusieron alrededor del escritorio, Georgiana y Lydia tomaron asiento en la chaise longue e hicieron hueco entre ellas a Bacon.
Annabelle, por su parte, se quedó a sus pies. Y en cuanto a Arthur...
Estaba tratando de no mirarle. Se había colocado bajo el umbral de la puerta y se le veía malhumorado, como un oso al que acabaran de despertar de golpe de su periodo de hibernación.
Aunque ella misma sentía los ojos arenosos; no había dormido bien.
Tras levantarse, se había mirado en el espejo y no había podido evitar poner una mueca al reparar en el tono violáceo de las ojeras que se los enmarcaban.
Su piel siempre la acababa delatando, empeñada en llevar escritos cada uno de sus miedos para enseñárselos al mundo entero.
No, no había dormido bien. No había sido capaz de dejar de repetir en su mente lo ocurrido en aquel mismo lugar la noche anterior. Le había dado cientos de vueltas al momento en que el conde había posado el pulgar en la comisura de su boca y la mano en su cintura.
Nunca la habían besado. Por supuesto, no creía que hubiera nada malo en tener veintiséis años y que nadie lo hubiera hecho, ni tampoco se lo habría parecido de tener más.
No había por qué avergonzarse. Claro que el problema se encontraba en que era una de esas mujeres que deseaban que las besaran, con arrojo y pasión.
Sin embargo, nunca se le había presentado la oportunidad. Ni una sola vez.
Nunca la habían besado y, aun así, en aquel momento, había estado casi segura de que la boca de Arthur iba a descender hasta encontrar la suya, y había querido que lo hiciera con una necesidad tal que había sentido que le arrebataba el aliento.
Había aguardado, aferrada a la esperanza, al deseo de que ocurriera, pero al final todo había caído en saco roto. Él había apartado la mano y había retrocedido, como si su simple tacto se hubiera convertido en fuego, y no le había quedado otra que marcharse por donde había venido.
Y sí, no había de qué avergonzarse; no había hecho nada malo. No obstante, a pesar de ello, se sentía incapaz de dirigirle la mirada. Ni a él ni a sus ojos ni a sus manos; ni tampoco a la forma en que la boca se le curvaba, casi como si fuera un puchero.
A su boca, sobre todo.
Fue él quien rompió el silencio que había caído sobre ellos:
–La señorita Hope-Wallace ha descubierto dónde ha estado mi hermano todo este tiempo.
Se quedó boquiabierta, y tuvo que dejar de fingir que no lo estaba mirando. ¿Que había qué? No estaba segura de haberlo oído correctamente.
Tras el escritorio, Bertie dibujó una sonrisa orgullosa, casi paternal.
–No sabe cómo me alegro. Sabía que lo haría, señorita.
Una caricia cálida le trepó por las mejillas. Pero en realidad no había... Ella no...
–No –se descubrió replicando–. No he hecho nada. Ha sido su excelencia quien...
–Por supuesto que fue usted –insistió Arthur–. Yo solo hice lo que me indicó; fue usted quien vio el patrón en los puntos del mapa. La idea fue suya desde el principio.
No supo qué decir.
Se sentía de nuevo expuesta, consciente de los ojos que recaían en ella.
Aunque, al mismo tiempo, por alguna extraña razón, no era la sensación que solía embargarla en ocasiones como aquella.
No se sentía arrinconada ni que la estuvieran evaluando como si no se tratara de más que de un animalillo enjaulado, no. Se sentía vista. Reconocida.
Y no era una sensación desagradable. En absoluto.
–Bien hecho, muchacha –la felicitó Huw–. Cuéntenos, ¿dónde se encuentra? ¿Cree que podremos encontrar el visor allí?
Todos se quedaron a la espera de que respondiese.
Y, para su sorpresa, se descubrió capaz de hacerlo: –No lo sé con seguridad. Parece que ha estado viviendo en Haddon Grange o en los alrededores. Al menos, mientras me escribía la mayoría de las cartas. Su excelencia dice que suele frecuentar la zona.
–Sí. –Bertie tomó una pluma y comenzó a darle vueltas entre los dedos, como si tuviera intención de tomar notas de la conversación–.
Está a unas tres horas a caballo de aquí.
Le vendemos parte de nuestros cereales al molinero.
No es demasiado grande; debe de tener poco más de un par de decenas de casas y establecimientos, aunque la finca de los De Younge está cerca.
–¿Y creéis que Davis podría estar allí? –preguntó Georgiana–. Tal vez esté empleando un nombre distinto. ¿Es posible que los habitantes lo reconocieran si se toparan con él?
–Sí –asintió Arthur–. Nos conocen bien a ambos; la gran mayoría sabría que es él.
–Y podría estar allí ahora mismo –masculló Huw–. Justo delante de nuestras narices, prácticamente.
Lydia sintió un cosquilleo de orgullo.
Una parte de ella, tras lo ingenua que había sido al caer en sus engaños y decidir viajar a Escocia, se había aferrado a la certeza de que no era más que una estúpida.
Sin embargo, si ayudaba a encontrarle y lograba evitar que provocara daños irreparables con el arma que había robado, existía la posibilidad de hacer que aquel acto de impulsividad hubiera merecido la pena.
Tal vez podría hacer lo correcto al final.
–Debería partir a Haddon Grange cuanto antes, Strathrannoch.
–Bertie tenía la mirada clavada en Arthur, que seguía apoyado en el umbral.
Su voz destilaba decisión–. Mañana mismo, si es posible.
Al menos para comprobar si sigue allí y, en caso contrario, tratar de encontrar alguna pista que nos indique adónde puede haber ido.
–Sí. –Se incorporó–. Venga conmigo a mi despacho, Bertie; habrá que hablar de la gestión del castillo durante el tiempo que permanezca ausente. Sé que podría confiar en su criterio, por supuesto, pero entenderá que desee que abordemos el tema de antemano.
–Claro –respondió, alargando la «o» mientras deslizaba la pluma entre sus dedos–, sí. Sí. Aunque no debería ir usted solo. Debería dejar que la señorita Hope-Wallace y lady Georgiana lo acompañaran.
Tras terminar de asimilar sus palabras, Lydia se sintió mareada; le parecía percibir una especie de bufido leve en los oídos, y casi logró superponerse a la dureza de la réplica del conde. Casi.
Porque su voz reverberó sobre su pecho: –No.
–Considérelo –le propuso el señor Palmer con total serenidad–. Lo más probable es que si, en efecto, su hermano se encuentra allí, esté más dispuesto a reunirse con la señorita Hope-Wallace que con usted. Y puede que ella logre convencerlo de...
–¡No pienso usarla como cebo!
–Quizás no hace falta que se involucre más que escribiéndole una carta; estoy seguro de que reconocerá su letra.
–¡Bastante involucrada está ya, maldita sea!
Lydia sintió que todas y cada una de sus palabras se le clavaban en las partes más tiernas de su corazón.
Quiso alzar la voz y decirle que tenía razón; que ya bastante metida estaba en todo aquello.
Que no quería acompañarlo. Que lo que había pretendido hacer había sido ayudarle a revisar las cartas e irse a casa. Nada más.
Aunque, en realidad, no. Lo que menos deseaba en el mundo era hablar.
Quería cubrirse el rostro con las manos y dejar que ellos siguieran discutiendo más allá; hacerse diminuta ahí mismo, hasta que ya no pudieran verla.
Y habría sido sencillo. Era una experta en desaparecer de la vista de la gente.
Sin embargo, ¿de qué le había servido hasta ahora esconderse?
¿Qué había logrado quedándose a un lado, a la espera de.
.. qué? Estaba orgullosa de lo que había hecho aquellos tres años, de lo que había hecho como H.
Sabía que sus panfletos habían supuesto un antes y un después, que habían impulsado el apoyo del sufragio universal y de la reforma de la ley de divorcio.
Era responsable, en gran parte, de que hubiera fracasado la campaña proesclavista que un miembro corrupto del Parlamento había comenzado en Camelford.
Había logrado conseguirles empleos alternativos a las doncellas que habían trabajado para el marqués de Queensbury tras descubrir que había dejado embarazadas a tres de ellas y que, después, las había echado a la calle.
Pero ella no había cambiado en nada. Aún.
–Quiero ir. –Su voz escapó diminuta y ahogada. Aun así, pese a la vergüenza que la atravesó de parte a parte, volvió a intentarlo–: Quiero acompañarle a Haddon Grange, milord. Quiero saber qué ha ocurrido con su hermano.
Arthur apartó la mirada de Bertie de inmediato y la clavó en ella.
–¿Y si él la encuentra a usted antes? ¿Y si la primera vez que posa los ojos en usted es a través del visor, a cien leguas de distancia, antes de apuntarle al corazón?
–Pues no lo sé –respondió–. Tal vez podría pedirle matrimonio.
Hubo un instante de silencio y miradas de asombro, que acabó quebrándose al compás de la risita que dejó escapar Georgiana y que no logró amortiguar.
El conde frunció el ceño.
–La llevé a las murallas, maldita sea. Le hablé de lo que un fusil equipado con un visor podía hacer. Podría salir herida, y yo no podría... No quiero que vuelva a sufrir por mi culpa y por la de mi familia.
–Lo sé. Y le entiendo, pero creo que...
Se descubrió incapaz de ponerlo en palabras. Lo que pensaba. Lo que quería. Dudó un momento, y se forzó a decir algo, mientras él... se limitaba a esperar. Se quedó esperando a que continuara, con su mirada color avellana fija en su rostro.
Antes de mentir a su familia y poner rumbo a Escocia, se había dicho que aquella era la oportunidad que estaba buscando, la oportunidad de cambiar su vida. Y cada segundo desde entonces había sido un desastre.