Un conde en apuros Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

–¡Ha descubierto dónde ha estado Davis todo este tiempo! ¿Cómo lo ha hecho? ¿Desde cuándo lo sabe?

–No he descubierto nada, muchacha –replicó.

Pero, aun así, avanzó en su dirección, hacia el mapa por el que se encontraba deslizando los dedos.

¿Acaso estaba en lo cierto y se había olvidado de haberlo hecho?

Tal vez el descenso repentino de la sangre desde su cerebro le hubiera afectado a la memoria.

Madita sea, tal vez estaba sufriendo una alucinación y en realidad Lydia se encontraba en su cama, a resguardo, y no a apenas unos centímetros de él, contemplándolo con el rostro iluminado.

–Mire –le indicó, y esta vez ya no acariciaba el mapa con la yema; lo golpeaba con insistencia–. Estos puntos... Los ha marcado en azul y no en negro. Son unos quince, y apenas deben de encontrarse a más de veinte kilómetros entre sí.

Arthur bajó la vista.

–Esos son los lugares que me pidió usted que tratara de localizar; a los que mi hermano hacía referencia pero no llegaba a nombrar. La sastrería. El salón en el que aprendió a bailar. La casa de la mujer viuda a la que todos conocían por sus..., eh, generosos atributos.

–Oh, sí. ¡Cierto! –Apoyó ambas manos en el escritorio y se inclinó hacia adelante; la trenza en la que llevaba recogido el pelo le cayó sobre un hombro–.

Cierto. Menos mal que decidió usar otro color, porque, si no, no nos habríamos dado cuenta de que seguían un patrón.

Pero tiene sentido. Ha sido muy inteligente al hacerlo.

Si estaba tratando de ocultar su paradero, no podía ser ninguno de los lugares que nombraba, sino al contrario.

La verdad era que él no lo consideraba un acto de inteligencia, sino que había nacido de la necesidad. De la necesidad de cumplir con lo que le había pedido.

Sin embargo, estaba en lo cierto.

Se dispuso a su lado e inclinó la cabeza para ver con mayor claridad; la luz del farol que reposaba en la mesa caía sobre el patrón que seguía señalando.

«Por Dios, mira que es astuta».

Era evidente. Más claro, agua.

La línea de puntos azules se extendía a lo largo del río Tay hasta acabar agolpándose por encima y por debajo de Haddon Grange.

Era como si las cartas hubieran escondido un mensaje codificado que solo él habría sido capaz de descifrar.

Solo él habría podido encontrar sentido a aquellas referencias que mencionaba casi de pasada, porque era con quien había compartido aquellas historias y recuerdos; aquellos casi treinta años de fraternidad en los que se habían unido y separado; como imanes que se atraían y repelían.

–¿Conoces ese lugar?

Los dedos de Lydia eran ahusados y largos; demasiado para lo que cabría esperar por su altura. La vio deslizar la yema del índice a lo largo de la ribera del río, a apenas unos centímetros de su propia mano.

–Sí –respondió él–. Es una localidad cercana llamada Haddon Grange.

Conocíamos a una familia que tenía una hacienda a las afueras.

.. Hemos tenido relación con ellos desde niños.

No es demasiado grande, pero está bien surtida; en ocasiones es allí adonde voy a comprar provisiones para no tener que darme el viaje hasta Perth.

Cuando ella volvió a dirigirle la mirada, descubrió que estaba sonriéndole y que su expresión se había iluminado con un resplandor incandescente.

No era la primera vez que la veía sonreír.

De hecho, había llevado la cuenta de cada una de ellas.

Por lo general, era en presencia de Georgiana y cuando Rupert estaba presente.

Y una vez lo había hecho hacia él, cuando lo había pillado dándole parte de su plato de col mal cocinada a Annabelle, la degú.

No obstante, ninguna de ellas se había parecido a la que le dedicaba en aquel momento. Su labio inferior, que normalmente solía conformar una curva profunda, se le extendía hacia los lados en toda su amplitud y le salían arruguitas en torno a los ojos.

–¡Debe de ser ahí donde ha estado todo este tiempo! –Su voz era el ejemplo perfecto de triunfo silencioso–. Incluso puede que siga estando allí. O quizás haya alguien ahí que pueda decirnos dónde se ha ido. ¡Ay, Arthur...! ¡No va a hacer falta esperar respuesta de Belvoir!

Y no supo por qué lo hizo; tal vez fue oírle su nombre de nuevo en sus labios, que rompió en mil pedazos la parte de su cerebro que tomaba las decisiones coherentes.

O quizás las palabras que había utilizado justo antes; aquel «pueda decirnos» que había pronunciado sin temblor ni duda. Que los abarcaba a ambos.

Fuera cual fuese la razón, le hizo inclinarse hacia delante y acariciarle la mejilla.

Y en cuanto sus dedos encontraron su piel, sintió un cosquilleo centelleante y salvaje; lo suficiente como para que los apartara de inmediato.

Tuvo medio segundo para observarla, a ella y a su expresión de puro asombro.

¿Se había vuelto loco? ¿Acaso ella habría tenido la misma sensación que él?

Sentía que su vida se había convertido en una novela sentimental, en la que solo tocarla era suficiente para enviarle todo un reguero de relámpagos por todo el cuerpo; en el que ella era la chispa que prendía el fuego de su interior.

Entonces, la oyó ahogar un gritito tras llevarse la mano al rostro.

Se sintió idiota. No existía ningún tipo de conexión mística que pudiera transmitirse al simple contacto, al tocar la suave piel de su mejilla; solo le había dado calambre.

–¡Agh, por el amor de Dios! –se descubrió exclamando–. Lo siento. La alfombra acumula electricidad... No debería haber...

Extendió la mano y la colocó sobre la suya. Ella dejó escapar otro sonido, suave y sorprendido, aunque lo cierto era que Arthur no entendía por qué; estaba seguro de que aquella vez no le había dado calambre.

–Déjeme ver...

–No, no –replicó ella–. Está todo bien, se lo aseguro.

Apartó la mano de inmediato, y cuando él quiso darse cuenta, se encontraba ahí, tal y como había querido estar hacía apenas unos instantes. Con los dedos de vuelta sobre su piel.

Aunque con una diferencia: ahora sus mejillas estaban coloreadas de rosa.

Él se inclinó hacia adelante para poder mirarla.

No parecía en absoluto afectada, aunque... no era de extrañar. No podía haberle hecho daño como tal. Aun así, no pudo evitar el impulso de comprobarlo.

Solo quería eso: cerciorarse de que estaba bien. Necesitaba asegurarse.

Le pasó el pulgar por la mandíbula y le sorprendió darse cuenta de que, a pesar de ser pelirroja, su piel del color del marfil carecía de pecas.

Aunque tal vez se debiera a aquellos sombreros que tanto le gustaba llevar, frívolos y coquetos, al igual que su colección de zapatos, que se le antojaba interminable.

Bajo su caricia, sentía su piel sedosa y cálida; tan delicada que la sangre corría al encuentro de sus dedos ahí donde la rozaran y se sonrojaba.

¿Sería igual... en el resto de su cuerpo?

Pese a que no pretendía mover la mano, fue como si tuviera libre albedrío, porque se vio a sí mismo tomándola de la barbilla, trazando con el pulgar el arco de su labio inferior y, de pronto, en cuanto oyó que tomaba aire, alcanzándole la comisura de la boca.

Podría haber llegado a pensar que era la mano de otro hombre la que se encontraba explorando su rostro, y lo habría hecho de no haber estado sintiendo cada detalle.

La caricia de su aliento desacompasado, suave como una pluma.

El calor que emanaba de ella y el leve temblor de su labio inferior.

La suavidad de su cuerpo, por encima de su cintura, en el punto exacto en el que había caído su otra mano.

Podría haberla besado. Y deseaba hacerlo, Dios santo.

Quería que su boca estuviera bajo la suya.

Quería saber si el dulzor de su aroma se encontraba también en su sabor.

Quería comprobar si su piel se ruborizaría ahí donde se unían el cuello con el hombro, cuando lo recorriera con los labios.

Quería saber si sus dientes le dejarían marca.

Quería subirla al escritorio y dejar que sus piernas le rodearan la cintura y besarla mientras le desataba los botones y la tocaba una y otra y otra vez.

Podría haberla besado, sí, si no se hubiera apartado de pronto.

Y rozó la mesa con el borde la bata de tal forma que las cartas de Davis se precipitaron hasta el suelo con un silbido susurrante.

Bien podría haber sido un disparo.

Arthur dejó caer la mano y dio primero medio paso atrás, y luego varios más. Por si acaso. Las cartas de Davis, maldita sea. Él era la razón por la que Lydia había acudido ahí. Se había enamorado de él.

De pronto, comenzó a sentirse mareado, casi enfermo.

¿Qué diablos pretendía hacer con ella? ¿Tomarla ahí mismo, sobre el escritorio? ¿Despojarla de su virtud y hacerla verse en la obligación de casarse con él?

Iba a pensar que buscaba hacerse con su fortuna; que no era mejor que su hermano.

Y en realidad, no lo sería; no, si la usaba de esa forma.

¿No se habían aprovechado ya lo suficiente de ella ambos?

Había sido testigo de las lágrimas que había derramado al enterarse de su engaño, y él la había dejado enclaustrada en ese castillo, perdido en mitad de la nada, a la espera de noticias mientras lo ayudaba a buscarlo y a recuperar el arma que había creado.

Se negaba a seguir haciéndole daño.

No importaba cuánto la deseara, ni lo hermosa, brillante, vibrante, tentadora y real que fuera ni lo que sintiera al tocarla. No iba a volver a hacerlo.

Jamás.

–Perdóneme –se apresuró a decir–. ¿Se encuentra... bien? ¿Le duele la mejilla?

Lydia alzó la mano para repasar el lugar en el que habían estado sus dedos hacía apenas unos instantes, y él contempló cada segundo hasta memorizarlo.

Con el estúpido y ansioso deseo de poder volver a hacerlo.

–Sí, sí –fue su concisa respuesta–. Perfectamente.

Había algo en su voz que le hizo pensar que no encajaba con sus palabras; una especie de... pesar, tal vez; una cinta impregnada de anhelo que se le enrolló en el pecho para después tensarse al alcanzar su corazón.

–Mañana les contaremos lo de Haddon Grange a los demás.

Y, sin añadir más, Arthur se dio la vuelta y se alejó de ella; de sus inmensos ojos azules, de la embriagadora y ardiente suavidad de su piel y del deseo que se esparcía por su interior al mirarla.