Un conde en apuros Capítulo 8
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Capítulo 8

Se ha pasado tres cuartos de hora cocinando manzanas él solo, y cuando le he preguntado que si a la señorita Hope-Wallace le gustaba el pudín de manzana, se ha marchado de la cocina a todo correr. ¡Esto promete!

De la criada Fern Fergurson para Bertie Palmer, administrador de Strathrannoch Castle.

E l salón principal de Strathrannoch Castle era demasiado grande y nunca llegaba a caldearse lo suficiente por las noches.

Las ventanas estaban mal colocadas y las corrientes de aire de finales de octubre se colaban en el interior y le apagaban las velas y arrojaban al suelo las cartas que reposaban en el escritorio.

Aun así, siempre se descubría yendo hasta allí.

Desde la llegada de Lydia Hope-Wallace, hacía ya casi dos semanas, había sido el lugar en el que se habían reunido.

Una y otra vez. Era como si fuera una polilla y ella, la llama que la atraía.

Cada mañana se decía a sí mismo que debía dejar de hacerlo.

Que tenía que ir a visitar a los habitantes de sus tierras y sus campos.

Que debía mantenerse alejado de aquella habitación y de las tentaciones que se escondían en su interior.

Ya prácticamente sabía todo lo que ella y Davis habían com partido en sus cartas, así que preguntarle sobre sus opiniones políticas o sobre sus hermanos iba a serle de poca utilidad.

No obstante, el sol siempre acababa perdiéndose en el horizonte, sus empleados comenzaban a insinuar que se iba acercando la hora de la cena y sus pies decidían dirigirlo allí donde sabía que se encontraba ella, inclinada sobre la docena de mapas y notas que se esparcían sobre la mesa mientras aguardaba la respuesta de la biblioteca. Le era imposible remediarlo.

Había descubierto que era muy tímida; hablaba poco cuando se encontraba rodeada de gente, y solo cuando se dirigían a ella.

Sin embargo, eso no significaba en absoluto que fuera ingenua.

Tenía opiniones para todo, y lo sabía porque él mismo le había hecho cientos de preguntas.

Se oponía a las leyes que condenaban las reuniones consideradas sediciosas y, cuando habían hablado del tema de los burgos podridos, la había visto al borde de la irritación.

Tenía muy claro su punto de vista en lo referente a los luditas y a las Leyes de Cereales y, tras enterarse de la preocupación de Huw por el bienestar de los animales, ambos se habían enzarzado en un coloquio extensísimo sobre la obra filosófica de Jeremy Bentham.

En ocasiones, pensaba que habría sido la esposa perfecta para su hermano; o más bien para la versión antigua de su hermano, la que había sido antes de dejarse caer en manos de todos aquellos nobles corruptos.

Recordaba cuánto le había gustado hablar de política y sociedad, y estaba seguro de que habría sabido cómo calmarla cuando se agobiaba y ayudarla a despojarse de la coraza con la que se cubría ante el resto de la gente.

Aun así, a él le bastaba con poder mirarla; a ella, sus brillantes ojos y el tono rosáceo que solía cubrirle las mejillas, aunque solo un poco.

También regresaba al salón cada noche, después de la cena.

Incluso cuando sabía que ella ya no estaría allí; sin embargo, era donde pasaba el resto del día, y había descubierto que, si se sentaba en el escritorio, alcanzaba a percibir su aroma –leve, cálido y dulzón, como el sabor de la crema inglesa y de los scones –.

Era como si las paredes le devolvieran su eco y, por mucho que tratara de contenerse, se descubría incapaz de resistirse a ello.

Solo unos días más. Había decidido que se permitiría deleitarse en su mente despierta y en la preciosa curva de su boca unos días más, hasta que recibiera la carta de la biblioteca. Porque entonces regresaría a Londres y él se quedaría allí, en Strathrannoch Castle. Solo.

Estar solo era estar a salvo; era una lección que había aprendido gracias a su hermano.

A medida que había ido leyendo las cartas que le había enviado a Lydia, había ido aumentado también su convicción de que estaba en lo cierto en lo referente a sus motivaciones.

Era obvio que había estado intentando sacarle información.

Había querido saber qué apoyos tenía en Londres, le había preguntado que quién sospechaba que se posicionaría en contra de los Desalojos de las Tierras Altas y quiénes criticaban la participación de las tropas escocesas en las guerras napoleónicas.

Le había dicho que estaba tratando de buscar aliados en Inglaterra.

Y, cuando el rostro de Lydia había tomado un tono escarlata mientas le tendía el manojo de cartas, no había podido evitar pensar que lo más probable era que fuera a encontrar intentos de flirteo en ellas.

No le había hecho especial gracia la idea, y se había dado cuenta de que no quería leerlo. Bajo ninguna circunstancia.

No obstante, se había equivocado; no había encontrado ninguna insinuación.

Al menos, no evidente. Claro que, en retrospectiva, suponía que Lydia se habría encargado de apartar las más románticas antes de cederle el resto.

Aun así, incluso sin una confesión manifiesta de sus sentimientos, Davis había seguido su modus operandi habitual: cuando fijaba su atención en alguien, buscaba hacerle sentirse especial.

Que creyera que sus palabras le importaban más que las del resto del mundo.

Le parecía una destreza que concedía muchísimo poder. Y que te hacía sentir como un idiota cuando te dabas cuenta de que había sido un engaño.

En aquel momento, se encontraba dándole vueltas al tema, y la rabia que sentía porque se hubiera servido de ello para aprovecharse de Lydia era tal que tardó en percatarse de que, al igual que él mismo, ella también se había colado en el salón en mitad de la noche.

Claro que acabó haciéndolo cuando, de pronto, se tropezó con una pila de libros que acabó desparramándose por el suelo y maldijo entre dientes.

Alzó la cabeza de inmediato.

–¿Lydia?

La vio dar un salto, como si de una cierva se tratara. O de una cebra.

–Oh –dejó escapar antes de que sus ojos azules cayeran en él–. Oh, ¡lo siento muchísimo! No sabía que estaba aquí.

No le extrañaba. Era bastante lógico que no hubiera creído que podría encontrárselo ahí a las –le echó un vistazo a su reloj de bolsillo casi destrozado– dos de la madrugada.

Iba en cami són, y alcanzaba a ver cómo el borde ondeaba sobre los talones; era de algodón, pero casi parecía seda.

Por encima llevaba una especie de bata que se ataba por delante con todo un reguero de botones forrados de tela.

De arriba abajo, desde la barbilla hasta los tobillos.

Debía de tardar siglos en ponérsela. Y en quitársela. Se la imaginó haciéndolo: botón a botón, deslizándose por cada ojal, despacio, y cómo cada uno quedaba libre con el leve toque de sus dedos hasta revelar cada centímetro de la frágil prenda que se encontraba justo debajo.

Dios santo. Debía dejar de pensar en esas cosas. En ella. Solo la había desvestido hasta aquella capa de algodón blanco, y ya esa simple imagen lo había excitado.

–¿Buscaba algo? –acabó preguntando, aunque su voz sonó tomada.

¿Qué demonios estaba haciendo en aquel piso a esas horas? Debería estar en la cama, en la habitación que había junto a la suya. Eso también era algo en lo que se esforzaba mucho por no pensar. Solo le funcionaba a medias.

–Oh, no –respondió ella como en un acto reflejo.

Arthur parpadeó.

–¿No?

–Oh. –Era, quizás, la cuarta vez que repetía aquella simple sílaba, aunque, en esta, la acompañó de una risita.

Era adorable, cálida y suave. Le llamó la atención que se hubiera llevado los dedos a la garganta, como si se hubiera sorprendido a sí misma al dejarla escapar–.

Bueno, sí, supongo que sí. No podía dormir.

Me pasa a menudo. Me había puesto a dar vueltas por la habitación y había estado echándole un vistazo a las cartas que tengo yo, y me ha parecido que comenzaba a ver un patrón en todas ellas, pero de pronto se me ha comenzado a enrevesar.

Así que he pensado que si bajaba y revisaba mis notas. ..

Claro. Sí. Sus notas. Era para lo que había venido.

«Y no para verte a ti», le hizo saber a su cuerpo, que de pronto estaba activo.

–Por supuesto. –Echó la silla hacia atrás y sus botas se arrastraron por la alfombra de lana raída que había justo debajo–. ¿Las tiene aquí, en el escritorio?

–Sí.

La vio comenzar a avanzar en su dirección, y fue entonces cuando se fijó en lo que llevaba en los pies: unas pantuflas con unas ridículas borlas de los colores del arcoíris que se sacudían en la parte delantera con cada uno de sus pasos.

Arthur se apartó de golpe, de una forma bastante poco digna, en cuanto fue a pasar por su lado. A las dos de la madrugada, Lydia Hope-Wallace –con ese cabello que recordaba al amanecer, los cientos de botones de la bata que llevaba y las pantuflas– era un verdadero reto para su compostura.

Se la quedó mirando mientras se dirigía a los cajones que había en el lado derecho, aunque se detuvo de pronto, como si se hubiera quedado congelada, para examinar el mapa que cubría las muescas que se esparcían por toda la superficie de madera.

Sus labios se separaron y él se quedó a la espera de que hablara.

En los últimos días, había observado que solía hacer eso: se detenía un instante, como para recomponerse, antes de darle voz a sus pensamientos.

No obstante, en aquella ocasión el silencio se fue expandiendo cada vez más, y entonces, en un susurro que le recorrió la columna vertebral como una caricia, pronunció su nombre: –Arthur. Lo ha descubierto.

Le llevó siglos escapar del efecto que le había causado oír su nombre en sus labios. Era increíble cómo lograba hacerle perder la cabeza con tan poco.

–¿Qué? Yo no...

Ella dejó caer la mano sobre el mapa y clavó la mirada en él; le pareció que le centelleaba en azul desde dentro, como si el cúmulo de emociones que la recorría fuera capaz de prenderle fuego.