Un conde en apuros Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Sin embargo, al alzar la mirada en su dirección, se topó con su ceño fruncido. Y tenía los dedos apretados con fuerza en torno a la pluma que mantenía alzada sobre una de las cartas de su hermano.

–No –fue su parca respuesta–. Ni Davis ni yo llegamos a ir a la universidad, aunque él estuvo internado en Eton.

Lydia se sorprendió.

–Ah, ¿sí? No lo mencionó en ninguna de sus cartas.

–Ya. Aunque es lógico. No podía hacerlo, ¿no? Si no, habría sabido que no era yo quien las enviaba.

–¿A qué se refiere?

Se encogió de hombros.

–A que fue él quien estuvo allí. Yo no. Por eso no podía mencionarlo.

No supo qué pensar de aquello. No era extraño que los herederos de la familia se quedaran en casa para aprender a gestionar su patrimonio y que el resto fuera a la escuela.

Aunque tampoco es que ocurriera demasiado a menudo.

Y, por lo que había podido deducir de su padre, el anterior conde, durante los últimos días, no le había parecido que fuese especialmente buen maestro.

–En realidad, su hermano solo hablaba de Escocia –le contó entonces ella–. Jamás habría pensado que hubiera vivido alguna vez en Inglaterra. Aquí... Aquí menciona Argyll y Buccleuch, por ejemplo. Y en esta, Glencoe...

El conde alzó el rostro con vehemencia.

–¿Glencoe?

–Sí. Me contó que había tenido una casa allí y que la recordaba con cariño.

Alcanzaba a ver la tensión que se le iba acumulando a la altura de los omóplatos; la sentía emanar en oleadas de él.

Su cuerpo solía percatarse de ese tipo de cambios en el resto de las personas; siempre estaba atenta para poder predecir cualquier tipo de catástrofe posible a la que poder anticiparse, gracias a la dureza del tono de voz de los demás o por la forma en que apretaban los labios.

No obstante, no creía que Arthur estuviera enfadado con ella. Le vio bajar la vista de vuelta a las cartas y entrecerrar los ojos, semicubiertos bajo sus pestañas curvadas.

–Sí. Tuvimos una casa de campo allí. Nuestro padre la vendió cuando Davis comenzó a ir a Eton. Pensaba que no se acordaría de ella.

Sí, lo hacía, y las anécdotas que le había compartido del tiempo que había pasado allí habían estado descritas con sumo detalle; cada una de sus escenas, colorida y precisa.

Recordaba haberse reído en voz alta cuando le había contado que se había caído al agua al intentar pescar truchas con las manos y que había robado manzanas de un árbol que había acabado descubriendo que, en realidad, era de su padre.

De pronto se dio cuenta, mientras observaba cómo Arthur se obligaba a abrir el puño, de que Davis nunca le había dicho que tuviera un hermano.

¿Tal vez por miedo a descubrirse? ¿Le habría dado reparo referirse a sí mismo en tercera persona? Aunque quizás iba más allá. Tal vez había disfrutado de fingir ser él el conde de Strathrannoch y que su hermano, quien en realidad portaba el título, no existía.

Tampoco supo qué pensar de aquello. Se preguntó –mientras un dolor que no comprendía se le extendía por la garganta– si Arthur también habría llegado a la misma conclusión.

Si leer las cartas le estaría haciendo daño.

Sin embargo, él acabó sacudiendo la cabeza y, así, apartó el recuerdo de la casa de Glencoe.

–Ni Argyll ni Buccleuch me sorprenden –retomó la palabra–. Es allí donde viven sus amiguitos; los nobles que lo han acogido estos últimos años.

Sí, le había hablado de aquello: de que Davis no solo no denunciaba las acciones de los aristócratas escoceses a los que había criticado en las cartas, sino que se había codeado con ellos. Y era algo que le resultaba casi imposible de aceptar.

Lydia tomó una de las hojas de la pila de su correspondencia, que estaba escrita de arriba abajo y llena de dobleces de todas las veces que la había leído. Hasta la tinta se había desgastado en algunas partes.

–Me resulta difícil de creer que su hermano apoye a Argyll, a Buccleuch y a Sutherland.

Quizás ha estado fingiendo todo este tiempo.

¿Ha leído esta carta? –No le costó apenas encontrar la parte que estaba buscando–: «Sutherland se encuentra a cada instante más despoblado y decadente.

La duquesa ha enviado a un grupo de hombres para que expulsen a los habitantes de las aldeas de sus hogares; hogares que han formado parte de cada momento de sus vidas, a los que unen lazos y recuerdos. ..».

–«Hogares que han visto arder con sus propios ojos». Sí. Me acuerdo de ello.

Lydia apartó la atención de la carta para fijarla en su rostro.

–¿Y de verdad lee algo así y piensa que apoya lo que la duquesa de Sutherland y el resto de nobles están haciendo en las Tierras Altas?

Aquellas palabras le habían resultado admirables, la forma en que expresaba su empatía sin reparo; la evidente preocupa ción que rezumaban por aquellos campesinos a los que habían arrebatado sus casas.

–Sí –respondió el conde–. Porque no fue él quien escribió eso. Fui yo.

Ella separó los labios, y los minutos comenzaron a extenderse hasta que logró recuperar la capacidad de habla: –¿Cómo?

Durante un instante, vio que apretaba la mandíbula, que abría y cerraba el puño que tenía apoyado en el escritorio.

–Me dediqué a dejar por escrito lo que nos contaron los campesinos que llegaron hasta aquí desde las Tierras Altas.

Intentamos buscarles un lugar para alojarlos en esta zona y, cuando nos topamos con la imposibilidad de hacerlo, buscamos los medios para ayudarlos a viajar hasta las Américas.

Dejé por escrito sus historias y se las envíe a varios periódicos; algunos las publicaron.

Supongo que es de ahí de donde las sacó. Esas malditas palabras son mías.

Lydia parpadeó varias veces, aunque se obligó a mantener la boca cerrada. ¿Aquello lo había escrito él? ¿Aquellos párrafos plagados de sentimientos que tanto había admirado eran suyos?

No sabía cómo sentirse al respecto. Era parecido a la traición y, sin embargo, no entendía por qué aquello la removía casi más que el resto de las acciones de su hermano. Se sentía incómoda y casi perdida.

No había llegado a conocer a Davis. Era obvio que no; se había ido dando cuenta de ello.

Había acudido a ella en busca de información, para enterarse de los rumores políticos de los que estaba al tanto, y sus cartas habían estado a rebosar de mentiras.

Aun así, no había podido evitar empezar a pensar que quizás, de alguna forma, sí había conocido al hombre que había fingido ser.

Que a quien había conocido era al verdadero conde de Strathrannoch.

En ese instante, se percató de que sus dedos se encontraban a apenas unos centímetros de los suyos; apenas habría tenido que deslizarlos para rozárselos, para tratar de calmar la tensión que se los envolvía. Para recorrer con la palma de la mano su antebrazo y repasar sus músculos y...

Tosió. Después, se aclaró la garganta y se llevó la mano al regazo.

–Creía que a usted no le interesaba la política. Eso me dijo cuando llegué, que no podía haberme escrito estas cartas porque no le interesaba la política.

–Los Desalojos y los campesinos no son cuestión de política, muchacha. Son vidas humanas.

Lydia sacudió la cabeza de inmediato.

–La vida de todas las personas es lo que conforma la política. Son nuestras experiencias las que la impulsan; nuestras experiencias y nuestra preocupación por la vida de los demás.

–Ah, ¿sí?

–Sí. Le hablé del panfleto que escribí, en el que solicitaba la reforma de la ley de endeudamiento, ¿verdad?

–Sí.

–Fue la razón por la que mi doncella, Nora, tuvo que comenzar a trabajar para nosotros con apenas quince años: porque su padre había sido enviado a la prisión de Marshalsea.

–Apretó los labios, como un acto reflejo causado por la rabia–.

El resto de su familia estaba obligada o a irse con él y vivir encerrados o a trabajar para pagar la deuda.

La deuda que él había acumulado; no ellos.

–Se obligó a relajar las manos; las había unido con fuerza en su regazo–.

Es injusto. Y lo que es aún más injusto es que mi propio padre, durante años, tuviera que cargar con una deuda a sus espaldas por culpa de mi abuelo, el marqués de Vye, que llevaba generaciones acumulándola.

Sin embargo, su caso fue abordado de una forma completamente distinta al del padre de mi doncella por el mero hecho de poseer un título.

Por eso creo que habría que revocar el sistema y reconstruirlo desde cero.

La expresión del conde mientras la miraba era, cuando menos, peculiar.

–Tal vez tenga razón –respondió despacio–. Para mí, siempre... –Se detuvo, como si necesitara buscar las palabras correctas–. Siempre me ha parecido que lo mejor era tratar de hacer todo lo que estuviera en mi mano para mantener y proteger mis propias tierras y a la gente que vive en ellas.

Sí. Era algo de lo que ella se había percatado desde el primer momento.

En su caso, lo que la había hecho abordar la situación política desde las sombras había sido su condición de mujer, el hecho de no haber contraído matrimonio y los reparos que iban intrínsecos a su persona; sin embargo, él –que era siempre tan franco pero también sensible en según en qué casos, que era rudo y a la vez gentil– enfrentaba sus problemas de manera distinta: con la camisa arremangada y las manos aferradas al arado.

Y lo cierto era que admiraba aquello. Lo admiraba a él.

–Lo siento –se descubrió diciendo en un impulso–. Siento muchísimo que su hermano le robara el visor. Siento muchísimo no saber dónde puede estar.

Se sucedió un instante de silencio mientras él la recorría con los ojos, desde muy cerca. Fue un silencio cauto, en el que ella sintió el peso de su mirada; el tirón que la atraía hacia su cuerpo.

–Aún –dijo entonces él–. No sabemos dónde está aún. Pero pienso dar con él.

Lydia volvió a dirigir su atención a las cartas, y algo en su mente –que se había convertido en un remolino apabullado por culpa de la combinación que conformaban sus ojos, su voz y su cercanía– dio un vuelco. Tomó una de ellas y después otra, y las fue alineando sobre el escritorio.

–Deberíamos marcar en un mapa cada uno de los sitios que menciona en las cartas.

Los dos, juntos. Hay muchos que podría localizar yo sola, como las fincas y haciendas o las aldeas, pero voy a necesitar su ayuda en muchas de ellas; como, por ejemplo, en esta: «la sastrería más eficiente que conozco».

O esta, «el arroyo en el que pescaba de pequeño».

Quizás usted sea capaz de reconocer a qué se refiere.

Es posible que registrarlas nos dé alguna pista de dónde se encontraba mientras escribía las cartas, o que nos sirva para hacernos alguna idea de qué tipo de lugares frecuentan sus aliados.

Solo cuando se volvió para mirarle se dio cuenta de que la estaba contemplando con una mezcla de sorpresa y de algo más en el rostro; algo que profundizaba la curva de su labio inferior de una forma que no había visto nunca.

¿Admiración, quizás, o...? No, no era admiración.

Era deleite.

En algún momento había estirado las manos, y ahora sentía el roce de su dedo meñique contra el suyo, ya que cuando escribía se quitaba los guantes. Y su piel era cálida al contacto.

–De acuerdo –dijo él con voz ronca–. Haremos eso.

Entonces apartó la mano y Lydia se apresuró a tomar la pluma, que estaba fría en contraste con el calor que había emanado de sus dedos, mientras él se ponía en pie y se iba en busca de un mapa.