Capítulo 7
Ya no soy capaz de resignarme a aceptar lo que dice todo el mundo de que la política no es asunto de mujeres. La influencia femenina debería estar presente en las cuestiones políticas, al igual que en muchas otras. Y va a estarlo.
De H para el conde de Strathrannoch, recibido y leído por Davis Baird.
A l día siguiente, Lydia dejó que el conde la llevara a las murallas del castillo. Sus piernas tuvieron que avanzar el doble de deprisa de lo normal para seguirle el ritmo y, para cuando llegaron a lo alto, se encontraba jadeando.
Él, por supuesto, respiraba normal. Tenía unos buenos glúteos –tanto que era casi insultante–, unos muslos robustos que le habían permitido superar sin problema los tres tramos de escaleras y unos hombros a juego. Imaginaba que se debía a su trabajo en la forja.
Cuando se detuvo junto a él bajo el azul del cielo, se percató de que la respiración se le había acelerado incluso más. Así que se tuvo que obligar a dejar de pensar en la musculatura que se adhería a sus huesos.
Entre aquellas largas manos repletas de marcas de quemaduras llevaba una ilustración del visor que había diseñado.
Sin embargo, en lugar de volver a mostrársela, dejó que se deslizara hasta el suelo.
Después, señaló hacia un punto a media distancia, en dirección al camino que Georgiana y ella habían tomado en su trayecto desde Dunkeld.
–¿Ve aquel pino? El más alto. El que apenas tiene ramas en la parte superior.
Lydia parpadeó.
–Veo docenas de pinos.
El conde le tomó la barbilla entre el pulgar y el índice y guio su rostro para que sus ojos sobrevolaran la casa del guarda, que era hacia donde había estado mirando.
Tuvo que contener un escalofrío. Él apartó la mano.
–Ahí –le dijo, casi en un gruñido–. ¿Lo ve ahora?
Lydia asintió; sentía que había perdido de repente la conexión que unía la capacidad de habla con las partes principales de la boca.
–Cuando terminamos con el montaje del visor, Huw se encargó de probarlo desde aquí.
Disparó a un urogallo que se encontraba justo en ese árbol.
Estaba tan lejos que yo no alcancé a verlo, y no le creí hasta que fuimos allí y lo encontramos hecho un manojo de plumas rojas en la base del árbol.
Muerto. –Ella tragó saliva y clavó la mirada en él–.
Esto no es ningún juego –le dijo entonces–.
Por eso tenemos que encontrar a mi hermano.
Ese maldito visor es demasiado peligroso, y yo.
.. –Apretó la mano en un puño–. Tengo que recuperarlo.
–Lo entiendo. Se lo prometo. Haré lo que esté en mi mano para ayudarlo.
El conde recogió el boceto caído y se lo metió en el bolsillo.
–Se lo agradezco –respondió con voz grave, aunque no la miraba–. No sería posible sin usted.
Lydia sintió una caricia cálida en las mejillas, pero él no lo vio; seguía sin inmutarse. Y ninguno volvió a pronunciar palabra durante su regreso al interior del castillo.
Aun así, se tomó lo que le había mostrado muy en serio.
La noche anterior, había escrito la carta dirigida a la biblioteca Belvoir para solicitar cualquier tipo de información que se supiera sobre su hermano.
A menos que ocurriera algún tipo de altercado, la diligencia del correo postal tardaría unos cinco días en hacérsela llegar, aunque imaginaba que la respuesta aún se demoraría una semana más.
Sin embargo, estaba convencida de que podía seguir sirviendo de ayuda mientras tanto.
Así pues, pasó a dedicar el resto de la semana a revisar las cartas que le había enviado Davis mientras Georgiana hacía entrevistas a los trabajadores de Strathrannoch Castle.
Al fin y al cabo, era escritora de novelas góticas, una experta investigadora, y poseía una habilidad extraordinaria para encandilar a los demás.
Antes de revelar que era la autora de varias de las novelas más escandalosas del mercado, había fingido ser una debutante sin muchas luces para escapar de cualquier tipo de castigo; a ella misma la había engañado por completo.
Y, en el presente, se servía de aquel talento para obtener información –cualquier anécdota y suceso, sensacionalista o sobrenatural– que incorporar a sus historias.
Y se había mostrado más que encantada con la idea de encargarse de indagar sobre la cuestión que se traían entre manos en el castillo.
Investigar había sido, de hecho, la razón por la que había decidido acompañar a Lydia hasta allí.
Antes de marcharse de Londres, le había recitado una recopilación completa de los motivos por los que su próxima novela precisaba una visita presencial a un castillo en ruinas perdido en mitad de Escocia; le parecía recordar que había mencionado algo sobre fantasmas, retratos y derrumbes.
Aunque lo cierto era que, en parte, sabía que lo que quería era protegerla.
Estaba convencida de que no le había gustado la idea de que se fuera sola y de que aquello era lo único que se le había ocurrido para que no creyera que lo hacía por lástima o porque dudara de sus capacidades.
Para su sorpresa, no obstante, resultó ser que el personal de Strathrannoch Castle era bastante más escaso de lo que había supuesto, incluso contando con lo que sabía de antemano de su situación financiara.
Tras reunirse con el señor Palmer y el señor Trefor, no había tenido más opciones que Willie, el mozo de cuadra; Fern, la criada, que era bastante solitaria, y su hijo Rupert, que tenía siete años.
Era evidente que el conde había sido el único dispuesto a contratarla. Al fin y al cabo, había sido una muchacha de diecisiete años que había aparecido en la aldea con un bebé de dos meses pero ningún marido a la vista.
Las declaraciones que había obtenido Georgiana fueron consistentes: David Baird era un joven encantador y apuesto al que se le daba de maravilla ganarse la adoración y el afecto de todo aquel que lo rodeaba.
El único que no parecía haberse dejado engañar por él durante su última aparición había sido Rupert; de hecho, era a su hermano a quien profesaba verdadera admiración, y parecía convencido de que había logrado derrotar a varios gigantes, de que había disputado batallas cuerpo a cuerpo con cocodrilos y de que había sido él quien había puesto a la Luna en órbita alrededor de la Tierra.
Claro que, si tenía en cuenta la presencia de las cebras en el castillo, Lydia creía que lo de los cocodrilos podía llegar a tener cierto fundamento.
Por otro lado, mientras su amiga desplegaba su habilidad para recabar información por doquier, ella se había descubierto a sí misma en estrecha proximidad –de nuevo– con el conde.
Le había hecho saber que quería revisar por sí mismo sus cartas, lo cual la había puesto de los nervios a la simple mención.
Aunque, en realidad, casi todo en él la ponía nerviosa de forma física; una que, no obstante, difería sobremanera de la manera en que la ansiedad la azotaba en presencia de extraños.
Claro que era cierto que, tras los primeros días en el castillo, había dejado de verlo como tal.
De alguna forma –entre el suceso de las cebras, la aparición de la degú y la expresión exasperada y a la vez cargada de cariño que le había cubierto el rostro la mañana en que el pequeño Rupert había aparecido en su despacho para enseñarle que se le había quedado enganchada una ardilla voladora en el pelo–, había dejado de sentir el doloroso reparo que solía acompañar sus interacciones con desconocidos.
Había comenzado a sentirse a gusto en su presencia; o al menos lo suficiente como para poder hablar con él sin que la situación acabara en caos.
No, las reacciones físicas que le causaba no tenían nada que ver con ansiedad.
Las veces que se habían reunido en el salón principal le había parecido que regresaba de haber estado asistiendo a sus empleados con las tareas.
Y su apariencia era casi salvaje. En una ocasión, lo había oído llamando a gritos al señor Palmer para pedirle que le echara una mano con unas semillas o unos tomates, algo así, y después se había quejado de unos viejos que carecían de noción alguna sobre gestión de los tiempos de cosecha.
Solía llevar la camisa abierta a la altura del pecho –siempre, a excepción del momento de la cena– y arremangada; sus antebrazos eran firmes, y el vello dorado que los recorría hacía que pareciera que brillaban.
Y, pese a que le había ido creciendo la barba desde su llegada, no llegaba a ocultar la curva hosca de su boca.
Por alguna razón, todo aquello la distraía; sobre todo, cuando disponía una silla a su lado en el escritorio y le pedía echarle un vistazo a lo que fuera que estuviera leyendo.
No parecía haber nada que no le interesara.
Le había preguntado sobre sus panfletos, sobre sus opiniones políticas y sobre las cartas que había compartido con su hermano.
Una noche, justo antes de la cena, había echado un vistazo a su alrededor mientras él ojeaba la correspondencia y había descubierto un montón de documentos que trataban de cientos de temas distintos. Debía de ser una persona muy culta.
Suponía que había tenido que vender gran parte de la biblioteca del castillo para recaudar fondos, pero, aun así, se había asegurado de tomar notas de un gran número de textos científicos.
Además, le había contado –mientras las orejas se le teñían de rojo– que también pertenecía a una biblioteca de suscripción de Edimburgo, y que solía pasarse por allí una vez al mes para estar al día en cualquier avance de tecnología agrícola que pudiera haberse dado.
–¿Fue en Edimburgo donde estudió? –le preguntó días después, mientras tomaba asiento junto a él–. Uno de mis hermanos se graduó hace un par de años en el Royal College de Medicina. Su afán por el conocimiento científico me recuerda un poco al suyo. Creo que se llevaría de fábula con él.