Capítulo 6 #2
Los ojos marrones de su administrador centellearon al verlo todo.
En concreto, la forma en que sus dedos se ajustaban al ángulo recto que conformaba el brazo de Lydia. Se lo soltó como si hubiera sido uno de los trozos de metal al rojo vivo de su forja.
–Ah –dejó escapar–. Veo que ya ha terminado de instalarse, señorita Hope-Wallace. Confío en que el conde le haya dado la mejor bienvenida posible al castillo.
Arthur lo atravesó con la mirada; él no pareció percatarse.
Lydia intercaló la vista entre ambos.
–¿Ocurre algo?
–En absoluto, querida –respondió Bertie con tono cálido, aunque su mirada fue un tanto más fría cuando la desvió hacia él–. ¿Acaso ha visto usted algún tipo de problema, Strathrannoch?
La implicación estaba más que clara. No podría darle a entender a la señorita Hope-Wallace que no era bienvenida allí; podría considerarlo un insulto.
Aunque era algo que jamás habría hecho, por supuesto.
Tenía un mínimo de cabeza.
Se rascó la nuca y la soltó de inmediato. Fue entonces cuando se percató de que su camisa tenía un agujero en el brazo, algo a lo que, de normal, ni siquiera habría prestado atención, porque habría estado solo en su maldita ala del castillo. Solo.
–No –acabó diciendo–. Todo de maravilla. Acogedor, cómodo y perfecto. –Y se dio la vuelta para dirigir la mirada hacia los aposentos de la condesa–. ¿Le han puesto siquiera algún mueble?
–Yo le he dado la vuelta al colchón –intervino Huw, afable.
Aunque Arthur le dirigió una mirada iracunda.
–¿También forma usted parte de esta conspiración?
–¿Qué conspiración? –La mirada de la señorita Hope-Wallace viajaba entre los tres a toda velocidad.
–Es para facilitarle las cosas a Fern –fue lo que dijo Bertie, como si fuera la explicación más lógica–. Así no tiene que darse un paseo tan largo de habitación a habitación durante sus labores.
Aquello hizo que apretase los dientes.
–Ya, claro. Es «por Fern». En fin. –Se volvió hacia Lydia–. ¿Tiene mobiliario suficiente, pues? ¿Tiene todo lo que necesita?
Debió de parecerle suficiente para olvidarse de las incógnitas de la conversación.
–Sí, todo está perfectamente. Excepto... –Se cortó. Se había sonrojado–. Verá, hay algo en el armario. Un... ratón. Se ha hecho una especie de camastro a base de calcetines y cartas desmenuzadas.
–¡Ah! –exclamó Huw, contento como unas castañuelas–. Debe de ser Annabelle. ¡No sabía que se había hecho un nido en los aposentos de la condesa!
–¿Anabelle? –repitió ella; sonaba algo ahogada.
Arthur se pinzó el puente de la nariz.
–Así se llama el ratón.
–Es una degú –concretó Huw.
–Oh –dijo Lydia–. Una... degú. En los aposentos de la condesa.
Arthur sentía que estaba a punto de volverse loco.
–También formaba parte de la ménagerie de la que te he hablado antes –le trató de explicar–. Como las cebras.
–En realidad –atajó Huw–, Annabelle pertenecía a otra.
Por lo general, nunca se había arrepentido de dejarle tener su colección de animales en el castillo, pero, claro, aquella no era precisamente una situación habitual.
Su ética, sólida como una roca, iba en contra del maltrato de cualquier tipo de criatura, aunque tenía especial debilidad por aquellas que abandonaban y rechazaban.
Durante el tiempo que llevaba allí como jefe de cuadras, había dado refugio a muchos de los caballos de los que se deshacían los habitantes de la aldea por problemas de salud o de comportamiento; el suyo propio había sido uno de ellos.
No obstante, antes de comenzar a trabajar allí, se había dedicado a rescatar a animales maltratados de las ménageries ambulantes que recorrían toda Gran Bretaña (de forma un poco ilegal).
Y había podido hacerlo gracias a Bertie, que no solo era muy astuto, sino que también poseía un gran conocimiento de las leyes inglesas, debido a que su padre se había dedicado a la abogacía en su Jamaica natal.
Además, era la razón por la que Strathrannoch Castle era ahora el hogar de dieciséis cebras, dos ardillas voladoras, seis guacamayos y de la pequeña y peluda Annabelle.
Arthur dejó escapar un suspiro, lo empujó en dirección a los aposentos de la condesa y le ordenó: –Búscale otro lugar a Annabel.
Después, agarró a Bertie de la camisa y lo arrastró hasta el final del pasillo.
–No hace falta ser tan autoritario, Strathrannoch –le reprochó una vez le soltó. Después se arregló los puños, aunque estaban tan impecables como siempre.
Sobre todo, en comparación con él y su desaliño habitual.
–No voy a casarme con ella.
Su voz apenas fue un siseo, pero, aun así, se descubrió volviendo a mirar en dirección a los aposentos de la condesa... O, bueno, de Lydia. No. De la señorita Hope-Wallace. Por suerte, había seguido a Huw hasta el interior; imaginaba que para ver cómo echaba a la degú.
–¿Quién ha dicho que vayas a hacerlo?
Bertie había pasado a recolocarse la corbata, y lo hacía con cierto aire de inocencia atribulada; incluso su acento londinense se había pronunciado.
–Te conozco –gruñó Arthur–. Tienes la misma expresión que tenías cuando me convenciste de contratar a la señorita Campbell como cocinera después de que se quedara viuda.
Él, sin embargo, tomó un pañuelo y se repasó los cristales de los anteojos.
–¿Cómo iba a saber yo que la cocina saldría ardiendo?
–¿Y cuando me encerraste con Polly Murray en el sótano durante doce horas...?
–Eso fue un desafortunado accidente.
–¡Estuvo a punto de perder un dedo por congelación, Bertie!
Sin más, volvió a colocarse los anteojos.
–Estoy seguro de que lo exageró.
–La razón por la que os contraté a Huw y a ti hace una década fue para que me ayudarais a sacar adelante este maldito castillo y a alimentar y atender a las personas que viven en el condado, no para que asegurarais la continuación del linaje de mi familia.
Las cejas de Bertie se arquearon. Sin embargo, se quedó en silencio.
Y él, por alguna razón, lo sintió como una bofetada.
Tenía veintidós años cuando había decidido contratarlos; para aquel entonces, su hermano se encontraba internado, y recordaba el terror que lo asolaba cada vez que llegaba una factura del colegio, aunque también la vergüenza de solo pensar en decirle que tendría que dejar sus estudios.
Había querido que la tierra lo tragara de golpe mientras le enseñaba el libro de cuentas a Bertie.
Su mayor miedo había sido que se riera de él o que le tuviera lástima.
Sin embargo, se había limitado a frotarse las manos y asentir.
«Vayamos al lío entonces –había dicho–. Lo primero: dígame de qué cosas no está dispuesto a desprenderse. Después, venderemos el resto y comenzaremos de cero».
Desde ese mismo instante, ambos habían estado siempre a su lado, con la única excepción de las veces contadas que partían en sus viajes de rescate; no tenía ningún derecho a cuestionar su dedicación ni sus años de servicio.
–Lo cierto es que la continuación de tu linaje no es una cuestión que me preocupe especialmente –acabo diciendo Bertie, en calma–. Ni tampoco a Huw; puedo asegurártelo.
Arthur dejó escapar una bocanada de aire.
Había sido su padre quien había estado obsesionado con el linaje Strathrannoch, por supuesto. Nunca le había dejado olvidar la decepción que era como heredero y lo infinitamente preferible que habría sido Davis en comparación.
Él estaba siempre en las nubes, soñaba despierto y su propia fuerza lo hacía torpe. Se dirigía a los trabajadores de forma demasiado cercana y siempre llegaba tarde a cenar por quedarse inmerso en sus pilas de libros de ingeniería.
Su hermano nunca se retrasaba. Era encantador y a todo el mundo le encantaba. Nunca tenía un solo rizo fuera de lugar, no respondía a la gente de forma brusca y que pudiera ofenderlos, ni siquiera por accidente.
–Lo único que queremos es que seas feliz.
La voz de Bertie se encargó de cortar la dirección de sus pensamientos; una que llevaban décadas acostumbrados a tomar.
–Soy feliz. –Al oírle decir aquello, su boca se torció un tanto en una de las comisuras. No supo cómo interpretarlo–. Es cierto –insistió con mayor ímpetu–. Que tú lograras encontrar al amor de tu vida hace treinta años no significa que el resto del mundo quiera lo mismo para sí mismo.
–Sé que necesitas mucho más que... –Hizo un gesto como para abarcar todas y cada una de las paredes que los rodeaban– solo esto. Que quieres tener amor en tu vida. Y una familia.
Arthur no pudo evitar pensar en su hermano.
En la mezcla de decepción y dolor que había sentido al darse cuenta de que lo había engañado; de que le había arrebatado el visor de fusil y se había marchado en mitad de la noche.
Y también pensó en esa pequeña parte de sí que deseaba, de alguna forma, que hubiera sido todo un malentendido.
La misma parte que, como un idiota, lo había recibido a las puertas del castillo con los brazos abiertos y una chispa de esperanza.
Esa parte que se había apagado, como si se tratara de un metal ardiente que hubieran sumergido en agua fría.
No necesitaba más de lo que ya tenía, ni pretendía pedirlo.
–No –respondió, carente de emoción alguna–. No necesito ni amor ni familia. Ni tampoco los quiero.