Un conde en apuros Capítulo 6
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Capítulo 6

Encerrarlos en la casa del guarda. Encerrarlos en la barbacana. Encerrarlos en la alcoba... ¿Debería sumar a Fern a la causa?

De entre las notas privadas de Bertie Palmer, escondidas a todo correr al oír llegar al conde.

A rthur no sabía con exactitud qué era lo que había cambiado entre el momento en que la señorita Hope-Wallace había salido corriendo como alma que lleva el diablo y el camino de regreso, en el que ambos se habían descubierto avanzando entre jadeos, cubiertos de polvo y cargando dos baúles entre ambos.

Aunque sí que era consciente de varias cosas que habían dejado de ser como antes.

Su atuendo, en primer lugar –de alguna forma, había pasado de llevar un vestido vaporoso de color verde claro a un traje de montar manchado de barro de arriba abajo–.

Y también su pelo. Aquella mañana lo había llevado recogido en un moño a la altura de la nuca, pero después había pasado a esparcírsele por la espalda y a colársele entre los labios de vez en cuando; no obstante, se lo había acabado apartando con la mano sin percatarse siquiera.

Cada centímetro de ella había pasado a estar rebelde y descontrolado y...

Maldita sea, le gustaba muchísimo.

Había sentido que perdía la cabeza por completo al tenerla apoyada en su regazo, a lomos de Luath, y una inmensa bocanada de alivio le había embotado los sentidos al lograr separarse de ella a tiempo.

Y, cuando la había visto aferrarse a la crin de su yegua con el rostro pálido, había dejado de pensar en cualquier cosa excepto en borrarle el terror que se lo cubría. No había dudado.

«Ve tras ella. Sálvala».

La calma no había regresado hasta que por fin la había tenido en sus brazos, y la había mantenido allí, apoyada contra el pecho, delicada y preciosa, y por segunda vez ese día, lo había recorrido una sensación extraña, casi salvaje.

Sobre todo porque, cuando se la había acercado aún más, ella había seguido el impulso, como si fuera justo donde quería estar.

«No seas tonto –se dijo–. Estaba intentando no caerse».

Sin embargo, había tratado de reprimir el miedo que lo había colmado y había sentido la forma de sus curvas, las más dulces y pronunciadas que había visto jamás, y cuando había clavado la vista en sus labios, había pensado en... muchas cosas.

Y la mayoría de ellas no eran realizables si se estaba a lomos de un caballo.

Se había descubierto rezando –de verdad; una plegaria palabra por palabra dirigida a los cielos– para que no se percatara de que había tenido una erección.

Abrupta y violenta. Quería pensar que lo más probable fuera que no, ya que de pronto le había parecido que le tenía bastante menos miedo y no al contrario.

Lo que estaba claro era que algo había cambiado. Habían echado a caminar y habían permanecido el uno junto a otro, en un silencio sepulcral, hasta que ella se había apartado el cabello del rostro al alzar la barbilla.

«Voy a hacerlo», había dicho.

Y eso había sido todo. O, al menos, eso parecía.

Había intentado no pensar en ella tras dejarla a las puertas del castillo, bajo la supervisión de Bertie. Había hecho un esfuerzo consciente para tratar de apartar los pensamientos que lo habían devuelto a aquella hechizante combinación de recato y osadía que parecía convivir en ella.

Al color de sus pestañas, ese que seguía sin ser capaz de escribir.

Al recuerdo de tenerla entre los brazos.

Había dedicado la tarde a ayudar a Huw a traer de vuelta tanto a los caballos como a las cebras y, después, había estado un rato tratando de deshacerse de la parte podrida de la cerca, razón por la cual había tenido lugar su éxodo masivo.

Claro que, algo más tarde, Huw se había acercado para decirle que le iba a servir de poco tirar la valla si no la reparaba primero.

Así pues, se había dirigido a la barbacana, donde había seguido pensando en Lydia Hope-Wallace.

O, más bien, en no seguir pensando en ella.

La barbacana era su refugio. En su origen, había sido una fortificación situada junto a la entrada del castillo, pero se había encargado de convertirla en una especie de patio que servía de forja y laboratorio.

Era donde se dedicaba a hacer sus chapuzas con metal y carbón, y el único lugar en el que, los últimos días, había logrado aclararse las ideas.

De alguna forma, el fuego y el humo que emanaba al quemar cera de abeja conseguían que sus preocupaciones constantes –su hermano, el condado, su estado financiero– se le volatilizaran entre las manos.

Y, pese a ello, no había logrado sacarse a la señorita Hope-Wallace de la cabeza.

¿Cómo iba a hacerlo, de todos modos, si el color que tomaba el acero mientras giraba ante él era idéntico al de su pelo?

¿Cómo, si de pronto había saltado una chispa y le había abierto un agujero en la camisa, en el lugar exacto en el que había estado apoyada?

Si había estado tan cerca. Si era tan delicada. Tan exuberante.

Y lo peor era que pensar en ella no solo no servía de nada, sino que lo distraía. Se había quemado dos veces por estar rememorando el grueso contorno de su labio inferior; cosa que ni le iba ni le venía.

Al fin y al cabo, había ido ahí con intención de casarse con su hermano.

Pensar en ambos era como echarse sal en una herida abierta.

Recordaba la felicidad que le había henchido el pecho el mes anterior, cuando Davis había regresado; se había dejado llevar por sus preguntas, por el interés que había mostrado por sus inventos.

Había querido creer que era cierto con todas sus fuerzas.

Ni siquiera una vida entera le había servido de advertencia.

Qué imbécil era.

Davis le había engañado, al igual que lo había hecho con la señorita Hope-Wallace.

No había sido más que una herramienta para él; la había manipulado como un peón para alcanzar sus propósitos.

Aun así, pese a la rabia que le hacía sentir –¿cómo se había atrevido a servirse de ella, a aprovecharse de su valentía, su fortaleza y arrojo?

–, también iba de la mano de otro tipo de emoción. De cierto desasosiego.

¿No estaba él haciendo lo mismo? ¿No estaba tratando de aprovecharse de ella también?

Al fin y al cabo, pretendía servirse de su ayuda, de sus cartas y de sus contactos, y sí, sus razones no eran egoístas; lo estaba haciendo para evitar que su propio invento –el que había diseñado sin haberse planteado las consecuencias– pudiera infligir daño.

Sin embargo, tampoco estaba siendo totalmente abnegado.

Una parte de él quería hacer entrar a Davis en razón; que regresara a su lado. Aún creía que podría llegar a cambiar.

Nunca le había gustado pedir ayuda. Siempre había hecho todo lo que estaba en su mano para evitar tener que hacerlo, como tratar de forjar vidrio por sí mismo para poder arreglar las ventanas de Strathrannoch Castle, como ir y volver a la villa a lomos de Luath día sí y día también para no tener que pedirle a ninguno de sus trabajadores que le dejaran usar sus molinos.

Pero sí se la había pedido a ella. Porque sabía que, si no, jamás podría encontrar a su hermano.

Así que, decidió mientras salía de la barbacana, tenía que dejar de pensar en su boca. Se obligaría a hacerlo si fuera necesario. No le quedaba otra.

Seguía pensando en su boca para cuando la pesada puerta de roble de la alcoba que había junto a la suya se abrió de golpe en toda su cara.

–¡Agh, Dios! –Su voz escapó entre los huecos que conformaban los dedos de la mano que se había llevado a la dolorida nariz–. ¡Joder!

No entendía nada. Se suponía que aquella habitación, la habitación de la condesa, estaba vacía. Ni siquiera Fern, su criada, entraba a limpiar ya casi. Hacía más de una década que nadie la ocupaba. No te...

Una cabeza pelirroja apareció tras la hoja de madera y dos ojos negros abiertos como platos se asomaban por encima de la mano con la que se tapaba la boca.

Lydia Hope-Wallace.

–¡Oh, cielos! –exclamó–. ¡Lo siento muchísimo!

Arthur se pasó los dedos por la nariz para asegurarse de que no hubiera sangre y, al no encontrar rastro, volvió a posar su atención en ella. Y ella alzó la mirada para devolvérsela... Más o menos. En realidad, parecía haberse quedado a mitad de camino. A la altura de sus pezones.

Se negaba a pensar en pezones en su presencia.

–¿Qué... –comenzó a preguntar, e intentó que su voz sonara lo más tranquila posible– está haciendo aquí?

Ella separó los labios, aunque de inmediato volvió a cerrarlos.

Su rostro se había puesto más rojo que nunca –hasta contrastaba con el tono anaranjado de su cabello– y, cuando habló, lo hizo en dirección a su camisa: –Eh... Se supone que..., eh..., este es mi dormitorio. El señor Palmer me dijo que me instalara aquí.

Bertie. Iba a matarlo.

Había llegado a creer que enterarse de lo que se estaba trayendo Davis entre manos había sido suficiente como para lograr que detuviera sus intentos de encontrar una lady Strathrannoch que pudiera darle media docena de diminutos herederos, pero, al parecer, solo los había mantenido en pausa de forma temporal.

Había estado esperando a encontrarlo vulnerable.

Le había ofrecido quedarse en los aposentos de la condesa ; la habitación que estaba reservada para su inexistente futura esposa . Incluso le parecía un maldito milagro que no les hubiera puesto grilletes y los hubiera atado al cabecero de su cama hasta que hubieran decidido casarse.

Lo cual era una imagen bastante gráfica, para la que no había estado en absoluto preparado, y el culpable era él.

Alzó una mano para tomarla por el codo, con la intención de guiarla a través del corredor. El castillo tenía cientos de habitaciones disponibles; pretendía cambiarla, a ella y a las innumerables tentaciones que irradiaban de su persona, a la más lejana de todas.

No obstante, cuando apenas llevaba media docena de pasos, el mismísimo Bertie dobló la esquina. Huw iba detrás, y su barba blanca estaba algo húmeda; debía de haberse dado un baño tras haber traído de vuelta a las cebras.