Un conde en apuros Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

De pronto, algo se desplegó en su interior; fue al mirarlo mientras él examinaba su boca, y no pudo evitar lamerse los labios.

Strathrannoch dobló un brazo, casi de forma involuntaria, pero no era posible estar más cerca de lo que ya estaban.

Ya estaba todo lo pegada a él que podía; tanto que sus curvas se ajustaban al contorno de su pecho.

Le oyó dejar escapar un sonido rápido y rasposo desde el interior de su garganta y... le gustó cómo sonaba. Le gustó muchísimo.

Y el aliento en su boca se convirtió en una especie de gemido.

Los ojos azules del conde se clavaron de vuelta en los suyos.

–Disculpe –le dijo él, con la voz tomada–. ¿Está...? ¿Le importa...? ¿Puede quitarse de encima, por favor?

–Oh.

–Ya ha pasado el peligro y... Es completamente normal que... O sea, esto... Es...

No tenía ni la menor idea de lo que estaba hablando.

–No estoy muy segura de..., eh, ser capaz de caminar.

–Maldita sea.

Soltó las riendas de su caballo y la tomó por las piernas con el brazo contrario.

La musculatura que componía sus extremidades no podía ser real; Lydia no era demasiado alta, pero tampoco nadie la habría descrito como «pequeña».

Tenía los muslos anchos, unas caderas generosas, y su pecho tendía a desafiar la caída de los escotes que tan a la moda estaban en aquella época: amplios y bajos.

No obstante, él conseguía alzarla como si no fuera más que un delicado y diminuto junco.

Y no, tal vez no tendría que haberle gustado tanto ese detalle. Aun así, durante el tiempo que tardaron en apearse del lomo de su caballo, tuvo que reconocer para sí que toda aquella fuerza física le resultaba enormemente atractiva. De forma casi alarmante.

–Voy a dejarla en el suelo –le hizo saber en cuanto ambos se encontraron en tierra–. ¿Cree que podrá mantenerse en pie?

–Ahora lo descubriremos.

El conde murmuró algo antes de dejar que se deslizase de entre sus brazos hasta que sus pies alcanzaron apoyo, y Lydia sintió cada ardiente centímetro del proceso.

Sus ropas de montar estaban hechas de una delicada sarga de algodón, pero bien podría haber sido gasa de lo poco que parecía lograr separar su cuerpo del de él. De pronto, sintió una brisa cálida en las pantorrillas.

Y, cuando la soltó, se precipitó en su dirección casi de inmediato.

–Bendito sea Dios –le oyó decir antes de que procediera a volver a rodearla con los brazos–. Tómese unos segundos hasta que vuelva a sentir las piernas. No se preocupe: la mantendré sujeta.

Después, siguió rezongando para sí. Le pareció percibir algo como «perverso» y «lunática», y decidió que lo más conveniente para salvaguardar su dignidad era dejar de intentar descifrar nada más.

Una vez logró mantenerse en pie por sí misma, se separó de él, y una llama ardiente de vergüenza se prendió en su estómago al ver que bajaba los brazos con premura.

Tal vez la había rescatado, sí, pero estaba casi segura de que en ningún momento habría llegado a imaginar que acabarían enlazados en aquel prolongado abrazo.

Quizás la forma en que había mirado su boca había sido producto de su imaginación.

–Deberíamos volver con Georgiana –dijo entonces–, para asegurarnos de que esté bien.

–Sí –respondió él.

–¿Le importa si... –dirigió la mirada a su montura– vamos mejor caminando? No sé si me siento preparada para volver a subirme a un caballo. Jamás.

El conde soltó una risita ronca.

–Como quiera, muchacha. Podemos ir andando. ¿Había montado así alguna vez, a horcajadas?

Echaron a andar y Lydia clavó la vista en él. Había fijado aquellos extraños ojos suyos en su corcel, que se encontraba paladeando restos de hierba junto al borde del camino.

–Por supuesto –replicó, con cierto recato–. Unas... cinco o seis veces.

–Cielo santo. –Se hundió los dedos en los rizos. Los tenía un tanto mojados por el sudor y escapaban en todas direcciones–. Pues lo ha hecho de maravilla. Con valentía y decisión.

Una caricia cálida se le extendió por las mejillas.

–No he dejado de gritar.

–Cierto es. Creo que me ha dejado sordo del oído izquierdo. –Lydia volvió a mirarlo. No sonreía, pero le parecía percibir cierto deje de diversión en las comisuras de sus labios–. Aunque no es menos valiente por ello. Más incluso, diría. No menos.

No respondió; se limitó a clavar la vista en sus zapatos.

Había sentido puro terror ahí, subida a lomos de la yegua y con su puñal en la mano; claro que, para ella, el miedo no era en absoluto una emoción desconocida.

Era lo que se le aferraba en el pecho cada vez que entraba en un salón de baile y cientos de ojos recaían en su persona cuando anunciaban su llegada.

Era lo que había sentido –helador y paralizante– la primera vez que le había entregado uno de sus escritos a Selina en las oficinas de Belvoir.

Recordaba habérselo deslizado sobre el escritorio, con la vista fija en sus propias palabras, claras y rectas; el producto de once borradores que la habían traído por el camino de la amargura.

La boca de su Selina se había torcido un tanto hacia arriba, en aquella media sonrisa que tan familiar le era.

«¿Estás segura?».

Había sentido que le temblaban las manos, así que las había escondido tras su espalda.

En aquel entonces, había sido más que consciente de que no existía posibilidad de cambio sin sufragio universal; que el Imperio Británico jamás mejoraría si continuaba bajo el control de un puñado de hombres horribles que se negaban a rendir cuentas a nadie.

Que jamás podría lograr nada por sí misma si se dejaba llevar por el miedo.

«Sí –había sido su respuesta–. Publícalo».

Con cada uno de sus artículos –los argumentos que había dado a favor del derecho al divorcio y la abolición de la aristocracia– había regresado el terror y le había hundido sus largas garras en la garganta.

Y, aun así, pese a todo, había decidido seguir adelante.

Al igual que había decidido dejarlo a un lado para cortar las correas de la diligencia y salvar a Georgiana.

Porque había cosas por las que merecía la pena tener miedo y quedar humillada. Porque había cosas mucho más importantes que el propio vértigo.

Estaban a punto de alcanzar la diligencia.

Lydia se pasó la lengua por los labios, y le supieron salados, manchados de tierra, y por alguna razón le vino a la cabeza el invento del conde, el que su hermano le había robado.

Y pensó en las familias de campesinos a los que habían echado de sus casas a lo largo de todas las Tierras Altas y en los miembros de la nobleza que creían que los terrenos que ocupaban les pertenecían por derecho, por el simple hecho de haber nacido.

Pensó en sus miedos, en las veces que había sentido que había hecho el ridículo, y las apartó de golpe.

–Voy a hacerlo –dijo.

Strathrannoch se volvió hacia ella.

Tenía la camisa arrugada y su cuello era una columna dorada.

–¿El qué?

–Voy a escribir a Belvoir y me quedaré aquí hasta que reciba respuesta.

Mientras, ambos podemos revisar las cartas.

No debí haber tratado de huir. –Sus ojos le recorrieron el rostro durante varios segundos.

Sin embargo, no dijo palabra; se limitó a dedicarle un rápido y escueto asentimiento–.

Aunque, ya que estamos –añadió entonces–, ¿cómo es que tiene todas esas cebras salvajes?