Capítulo 5
... sé que te reconcome por dentro no poder estar aquí para supervisarlo todo en persona, pero tranquila: nuestra Lydia es de espíritu valiente.
De lady Georgiana Cleeve para Selina Kent, duquesa de Stanhope. Carta enviada desde Dunkeld.
«D ios mío –pensó Lydia–. Dios mío». Y «maldita sea» y «lo siento muchísimo» y también «por favor, que no haya matado a Georgiana».
No sabía si el caballo llevaba bocado, ya que había soltado las riendas, pero era lo que parecía, porque tampoco dejaba de dar empujones hacia delante.
No parecía percatarse de que, con cada uno, los acercaba más y más a las cebras.
Sin embargo, mitad de la diligencia seguía aún en el camino y las ruedas se hundían en el barro, lo cual ralentizaba cualquier tipo de progreso que pudieran estar haciendo.
Aun así, tener que tirar de su peso solo parecía alarmarlo más.
Su respiración escapaba en jadeos acelerados y se sacudía sin cesar en sus intentos por tirarlas al suelto, tanto a la diligencia como a su amiga, que estaba aterrorizada.
–Tranquila... –le dijo Lydia, aunque su voz escapó ahogada y frenética–. Por favor, detente. Vamos a morir. ¡Detente, por favor!
Y entonces el grandísimo idiota de Strathrannoch apareció a su lado.
–¡Vuélvase! –le gritó ella tras atreverse a apartar la mirada de las patas de su caballo para clavarla en él.
–¡Tiene que soltarse! –fue la respuesta que le dio.
–¿Qué?
–¡Que se suelte! Yo me quedaré junto al otro caballo y la diligencia, pero usted corte las correas y apártese a un lado.
–¿Que las corte con qué?
El conde se aproximó un poco más; claro que más bien pareció que su caballo devoraba el terreno a base de zancadas.
–Use mi puñal.
Ella volvió a mirarlo. Llevaba las riendas de su montura en una mano y blandía un pequeño cuchillo en la otra; se lo ofreció por el mango. Debía de estar envolviendo el filo con la palma.
–Dios mío, no. No voy a poder.
–Por Dios, señorita, cójalo de una maldita vez si no quiere que nos aplasten sesenta y cuatro pezuñas de cebra.
Tuvo que contenerse para no mostrarle su instante de asombro por el hecho de que fuera capaz de llevar a cabo cualquier tipo de cálculo en una situación como aquella.
Dirigió su atención al puñal; después, de vuelta a las cebras, que se iban haciendo cada vez más grandes a medida que se acercaban. Y fue cuando apretó los párpados y extendió una mano hacia él.
Sintió cómo la empuñadura se posaba, sólida y cálida, sobre su piel y se lo llevó al pecho mientras mantenía la mano contraria aún aferrada a su montura. Las botas se le resbalaban de lado a lado en los estribos.
–Venga, ahora –la instó el conde–. Libérese. Corte las correas de la diligencia. Yo mantendré sujetas las riendas de su yegua y se las tenderé de vuelta cuando lo haya logrado.
–No puedo...
Los dedos le temblaban alrededor del puñal.
–Pues mucho menos yo, muchacha. No llego desde aquí.
El terror le presionaba los pulmones. Sentía cómo el caballo se removía justo debajo de ella y tenía la mano contraria aferrada con fuerza al pelo de su crin; le daba miedo soltarse sin pretenderlo. Y caer. Podría aplastarla.
Sin embargo, Georgiana seguía en el interior de la diligencia. No podía quedarse ahí sentada, a la espera de la venida de la muerte. Tenía que obedecer a Strathrannoch. Debía hacerlo. Poco importaba el miedo que pudiera llegar frente al peligro que corría su amiga.
Tomó una única y temblorosa bocanada de aire y, puñal en mano, se dio la vuelta, con los muslos apretados en torno a su montura como si de su último asidero a la vida se tratase.
Tenía que inclinarse un tanto para alcanzar las correas, y eso hizo, sin soltarse de las crines y con la ansiedad dando tumbos en su pecho.
El pelaje del caballo se había oscurecido por el sudor y estaba cada vez más manchado de barro de la de veces que sus patas golpeaban el suelo.
Extendió el puñal y comenzó a intentar sajar una tira de cuero.
–Buena chica.
Ni siquiera se dignó a lanzarle una mirada para ver si se refería a ella o a la maldita yegua. Por suerte, la hoja estaba muy bien afilada y logró cortar la primera correa. Con cui dado para no lastimar al caballo, se dispuso a encargarse de la segunda.
–Espere –ordenó entonces Strathrannoch, y Lydia se detuvo de inmediato–.
En cuanto la corte, la yegua echará a correr de inmediato.
Trataré de mantener el ritmo el tiempo suficiente para que se vuelva hacia mí; será ahí cuando le tienda las riendas y después regresaré para sacar a su amiga de la diligencia. ¿Le ha quedado claro?
–Sí –consiguió dejar escapar.
–Mantenga el agarre con todas sus fuerzas. Dese prisa en cortar y no se suelte.
–A la de tres.
–De acuerdo.
Lydia esperó. Los caballos siguieron galopando. Nadie dijo palabra. Y fue entonces cuando se percató:
–¡Esperaba que fuera usted quien llevara la cuenta!
–¡Por el amor de Dios, mujer! Una. Dos. Tre...
Y cortó la correa.
Tal y como el conde había previsto, su montura se lanzó hacia adelante, pasando por su lado y el de su propio caballo. Los dedos comenzaron a dolerle por la fuerza que estaba haciendo para mantenerse en el sitio y la garganta le empezó a arder porque...
Oh. Porque estaba gritando.
Se obligó a parar de hacerlo y, a continuación, se dio impulso para reincorporarse y dejó caer el puñal en su intento de no resbalar y de darse la vuelta y de continuar cabalgando. Georgiana estaba a salvo. Conseguirían sacarla. Lo único que necesitaba era atrapar las malditas riendas y...
Estuvo muy cerca. Estuvo a punto de lograr aferrarlas. Se encontraba de lado y los estribos le golpeaban los pies mientras el cabello se le precipitaba por el rostro, pero justo fue ahí cuando su yegua se percató de que la habían liberado y se dio impulso hacia un lado. Hacia el centro del camino.
Lydia sintió cómo su cuerpo iba en dirección contraria y sus manos se alzaron en busca de la silla o de las riendas, de lo que fuera.
Y entonces Strathrannoch volvió a aparecer a su lado, como si su montura no hubiera salido despedida en aquella carrera errática.
De hecho, parecía encontrarse por encima de su cabeza, en lo alto de su gigantesco caballo negro, y, cuando se quiso dar cuenta, uno de sus brazos había salido disparado hacia ella y le había rodeado la cintura.
–¡¿Está atrapada en los estribos?!
–¡No! ¡No est...!
Antes siquiera de que pudiera terminar la frase, él flexionó el codo y tiró de ella.
Su rostro cayó de lleno contra el fino lino de su camisa y sintió la dureza del pectoral justo debajo, así como la manera en que se le tensaron los antebrazos cuando dio un tirón de las riendas de su caballo para indicarle que redujera la velocidad.
Así, acabaron saliendo del camino en dirección a la muralla de árboles que lo flanqueaba.
–Dios bendito, mujer –le oyó decir en su oído–. Ya la tengo. Deje de gritar.
Oh. No se había dado cuenta de que lo había vuelto a hacer.
Se obligó a parar por segunda vez y giró la cabeza justo en el instante en que las cebras pasaron por su lado en un borrón en blanco y negro.
Percibió de inmediato la mezcla del olor del barro del camino con el de sudor de animal y también el que emanaba del conde, que aún no la había soltado. Humo, tierra y miel quemada.
–Ge-Georgiana –tartamudeó contra su camisa–. La diligencia.
–Sí, sí. Dinna fash.
¿Que «no se preocupara»? ¿Es que no se había percatado de que estaba hecha en un noventa por ciento de preocupación?
Se aferró a su camisa con una mano y se impulsó hacia arriba para poder mirar por encima de su hombro; por suerte, su montura justo comenzó a detenerse bajo la cúpula de robles que se alzaba por encima de ellos.
«Madre mía». Se habían alejado muchísimo; Georgiana se encontraba a cientos de metros de distancia, aunque, por suerte, la diligencia se encontraba fuera del camino y lejos del paso de la estampida.
Además, desde allí veía, o al menos era lo que le parecía, que se había puesto en pie y que se encontraba tratando de soltar los arneses del otro caballo.
Bacon también estaba en el suelo y se iba arrojando, de forma alternativa, en la dirección que habían dejado atrás las cebras y contra un matorral.
La yegua que había montado Lydia, por su parte, había dado ya media vuelta y se encontraba yendo hacia Strathrannoch Castle, como si en lugar de huir de las cebras hubiera decidido unirse a ellas.
–Maldita traidora...
–¿Cómo dice?
–Nada.
Y se volvió para mirarle a la cara.
Él estaba observándola a ella con el ceño fruncido y, pese a que el leve rastro dorado de su barba lo hubiera ocultado cuando había llegado al castillo y él había aparecido tras la puerta, una cabeza por encima de ella, en aquel momento pudo fijarse en la línea de su mandíbula; en qué afilada, firme y precisa era.
No había nada en su rostro que pudiera describirse como «suave». Hasta sus ojos –dorados alrededor de la pupila y rodeados de trazos verdes y azules– exudaban dureza mientras los clavaba en ella.
Lydia separó los labios y, entonces, aquella mirada cayó en su boca.
Y de pronto fue consciente de las múltiples sensaciones físicas que la recorrieron.
Se encontraba sobre su regazo, con el pecho aplastado contra el suyo, y una de sus piernas, que se había quedado enredada entre la tela de sus faldas, se le clavaba en la cintura.
La otra la tenía extendida sobre el muslo contrario y seguía aferrándole la camisa con la mano, manteniendo sus cuerpos pegados.
Y sus brazos continuaban alrededor de su cintura.
Estaban todo lo enlazados que dos personas podían estar.
Sentía el calor que escapaba desde debajo de todas las capas de ropa que llevaba.
Ardía como una forja. Su cuerpo era tan duro como el acero y el aroma a miel quemada que lo envolvía se le escurrió por dentro hasta que le alcanzó el estómago. Y, después, siguió bajando.