Un conde en apuros Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Durante toda la vida, su madre y sus hermanos había tratado de protegerla, de mantenerla alejada de cualquier cosa que pudiera hacerle daño.

Sabía que, de haber podido, la habrían metido entre algodones y la habrían colocado en lo alto de un estante como a una muñeca.

A salvo y carente de vida. Por ello, le resultó curioso –y agradable– poder enfrentarse a él cara a cara.

–Deténgase, muchacha –le ordenó–. Déjeme que las lleve.

Al oírlo, la sangre le hirvió con más fuerza. La rabia no se parecía en nada al miedo o la vergüenza, se percató. Era... maravillosa.

–No le necesito para nada –le espetó, y su voz, por una vez, no fue un hilillo ni le tembló.

No. Escapó con una firmeza arrasadora, y no hubo más razón para sus jadeos que el hecho de que se encontrara sobre cientos de kilos de peso equino; uno bastante complicado de controlar–.

¡He venido hasta aquí para ofrecerle mi fortuna!

–continuó, cada vez más alto–. ¡He venido con la intención de ayudarlo a reparar su hogar!

Llevo montando a caballo desde que, con seis años, mi hermano me subió a su poni y lo soltó en medio de Rotten Row. ¡No necesito su ayuda!

–Me trae sin cuidado lo que crea que necesita y lo que no –contraatacó él–. Pienso hacerlo. No voy a permitir que se embarque en un trayecto de dos horas por terreno desconocido sin nadie que pueda asistirla en caso de que la diligencia se quede atrapada, o que vuelque...

–¡Conozco perfectamente el terreno! ¡He venido por él esta mismísima mañana!

–¡Iba dentro!

–¡La diligencia tiene ventanas! ¡Y yo, ojos!

Estaba tan ocupada gritándole que no se percató de la aparición de las cebras.

Sin embargo, los caballos sí. El que estaba montando se detuvo en seco y chocó con el otro, y ella soltó un grito antes de aferrarse a sus crines. En cuanto logró estabilizarse, apretó las piernas, y solo entonces alzó la mirada para ver qué era lo que lo había asustado.

La boca se le abrió de inmediato.

Aunque no dejó escapar nada más que un pequeño resuello.

Georgiana y ella habían visto una sola cebra a su llegada, en la entrada del castillo, pero aquellas superaban la docena, y estaban lejos –a varios minutos, al menos–. Aun así, alcanzaba a ver a la perfección la masa de rayas blancas y negras y pezuñas que conformaban.

Mientras corrían.

Era una estampida; una estampida de cebras africanas que se dirigían a ella a toda velocidad a través de un cochambroso camino de tierra en mitad del condado escocés de Perth.

Dejó escapar una blasfemia en un susurro.

A su lado, oyó que el conde también lo hacía, solo que bastante más alto:

–¡Por Dios bendito! ¡No me acordaba de las cebras!

–¿Que no te acordabas de las cebras?

Sentía que la cabeza le daba vueltas, tal vez en un intento por dar explicación a la forma de ser de aquel hombre, a las circunstancias en las que ella misma se encontraba y a la presencia general de una estampida de cebras ante sus ojos.

Apretó los dientes y volvió a tomar las riendas de su montura mientras trataba, a la fuerza, de hacer que su cerebro volviera a funcionar en condiciones, ya que lo que parecía querer era que se quedara paralizada en el sitio y dejar que las cebras arrasaran con ella.

–A ver, bien. –Se dirigió al conde–. Usted apártese. Y su caballo también. Necesitamos sacar la diligencia de en medio cuanto antes.

–Hágalo –le ordenó él.

–En ello estoy –murmuró entre jadeos.

La réplica que recibió fue algo en escocés que no comprendió y que decidió no tratar de deducir. Lo que hizo, no obstante, fue instar a ponerse en movimiento a su montura con las rodillas y usó las riendas para guiarla a un lado del camino.

Los caballos contemplaban la horda que se acercaba con nerviosismo, sacudiendo el terreno y levantando polvo a su paso; Lydia veía cómo movían las orejas hacia delante y hacia atrás mientras respondían a sus órdenes.

El suyo era el peor: avanzaba más rápido de lo que debía y arqueaba el cuello sin parar.

Entonces, Georgiana sacó la cabeza por la ventana.

–¿Va todo bien? Me ha parecido oír... –Su amiga se giró hacia ella justo cuando se interrumpió; había clavado la vista en la distancia y sus ojos azules se habían abierto casi como dos perfectos nidos de petirrojo–. Ah..., ya –dijo, ahogada–. Seguid entonces.

Y desapareció de vuelta en el carruaje.

Lydia fijó la atención en su montura y apretó el agarre de las riendas. A unos metros, Strathrannoch comenzó a hablar; sin embargo, su voz fue un susurro grave y áspero, pero, aun así, sonaba... reconfortante:

–Bien, preciosa, bien. No te preocupes. Todo va bien. Solo un poco más...

Estuvo a punto de desencajársele la barbilla al percatarse de que se dirigía al caballo que llevaba ella.

Se encontraban ya a punto de terminar de sacar la diligencia del camino cuando la verdadera calamidad hizo acto de presencia en forma de pajarillo: gordo y con plumas en blanco y negro.

Fue en cuanto las ruedas de la diligencia alcanzaron la parte exterior del camino de tierra blanda que rodeaba el bosque: se precipitó contra el suelo a medio vuelo, cayó justo delante de su montura y dejó escapar un chillido corto pero penetrante mientras sacudía las alas.

Y su caballo entró en pánico. Lydia solo tuvo tiempo de hundirle los dedos en la crin antes de sentir cómo se alzaba justo debajo de ella.

Después, se arrojó hacia delante y se llevó consigo al otro caballo y la diligencia en un torbellino sin igual.