Capítulo 4
La censura que pudiera derivarse hacia mi persona de la decisión de adentrarme en este terreno literario tan pocas veces transitado por el género femenino jamás me haría callar en pos de la libertad.
Fragmento resaltado del ejemplar personal de Lydia de La historia de Inglaterra desde la adhesión de Jacobo I , de Catherine Macauley.
L ydia recordaba bien la primera vez que había visto uno de sus panfletos en manos de otra persona.
Eran dos mujeres, que, sentadas la una junto a la otra con las cabezas muy juntas, se inclinaban sobre sus palabras.
Una de ellas había echado un vistazo alrededor, como para asegurarse de que nadie las estuviera mirando, y había colocado una mano sobre el panfleto con ademán protector.
Su compañera había tenido un instante de duda antes de disponerse a doblar el panfleto y, después, se lo había guardado en el ridículo con una expresión a medio camino entre la reticencia y una esperanza tan brillante como ansiosa.
En aquel artículo había defendido la ampliación de los derechos de las mujeres para que pudieran solicitar el divorcio.
A lo largo de su vida, solo había oído hablar de la existencia de dos casos en los que una mujer había salido beneficiada del proceso de separación de su marido, y aquel doble rasero le había parecido tan desmesurado que había sido lo que le había impulsado a intentar cambiarlo.
Había revisado su redacción una y otra vez junto a Selina Kent, la duquesa que dirigía la biblioteca Belvoir, y había sido ella la que había encargado el diseño de la caricatura; una que se burlaba de los opositores a la reforma y de sus muchas amantes.
Había vendido como pan caliente. Sus palabras y la viñeta de Selina habían dado al panfleto un carácter honesto, atrevido y certero; estaba muy orgullosa de él.
Y, cuando había visto aquellas dos damas en el parque, cuando había sido testigo del poso de esperanza que sus escritos les habían esparcido por el rostro, se había sentido poderosa y segura de sí misma y radiante y decidida a seguir.
Había sentido que era capaz de conseguir cualquier cosa.
Y era esa misma seguridad en sí misma la que estaba intentando atraer mientras intercalaba la mirada entre el mozo de cuadra de Strathrannoch y los dos caballos bayos que rodeaban la diligencia que la había llevado hasta allí desde Dunkeld.
–¿Dónde había dicho que había ido Angus?
Según le habían hecho saber, Angus era el hombre que las había llevado hasta allí. El mozo se pasó una mano por el pelo, que tenía cierto tono arenoso y apariencia de estar perdiendo densidad, y la miró casi con reparo.
–A la villa, señorita.
–Pues tal vez podría indicarme cómo llegar...
Él tosió.
–A ver a su mujer, ya sabe. –Lo cierto era que no–.
Verá, llevaba ya como dos semanas sin aparecer por aquí.
–Por alguna razón, sus orejas se habían puesto rojas y de pronto era incapaz de mantenerle la mirada–.
Supongo que tardará en volver. Puede que llegue para el anochecer.
O, si no, quizás, eh..., mañana por la mañana.
Ah. Se refería a que estarían... Ah.
El calor se le extendió por las mejillas.
Aunque fue entonces cuando terminó de asimilar el resto de sus palabras: «Mañana por la mañana». Mañana . No. No.
No. No iba a hacer eso. Jamás. Se negaba a volver a Strathrannoch Castle con la cabeza gacha y a pedirle al duque –tras haberle propuesto matrimonio y, después, haber salido por patas como si se le hubiera prendido fuego al vestido– que le dejara pasar la noche allí y atrasar su regreso.
Miró de nuevo al mozo. A continuación, al carruaje.
No había ningún caballo atado aún a él.
–¿Puede amarrarlos?
–¿Disculpe?
Hizo un gesto hacia ellos. Le salió un poco brusco.
–A los caballos. Si puede amarrarlos al carruaje.
–Ah, claro –respondió, despacio–. Pero ¿cómo pretende volver a Dunkeld?
Lydia volvió a pensar en los panfletos, en la forma en la que se había sentido aquel día en el parque. Resolutiva. Capaz de todo. Valiente.
«Oh, Dios... Oh, diantres...».
Se lamió los labios y se obligó a alzar la voz:
–Iré yo sola. Conduciré yo misma el carruaje.
Apenas un cuarto de hora más tarde, Lydia se encontraba a lomos de uno de aquellos caballos bayos, reflexionando sobre todas y cada una de las decisiones que había tomado a lo largo de su vida.
¿En qué punto exacto había pasado aquel viaje de ser «atrevido y temerario» a «un completo y desastroso despropósito»?
Al menos se daba las gracias a sí misma por haber añadido al baúl un traje de montar, ya que las diligencias no tenían asiento para el conductor, sino que iban directamente subidos a los caballos.
Que era donde se encontraba: subida en uno.
Encima no había silla de montar lateral –¿cómo iba a haberla, claro?– y, aunque alguna vez sí que había montado a horcajadas, no es que se le diese demasiado bien. Por eso, la silla ahora se le antojaba inmensa e incómoda entre los muslos, y la diligencia, una presencia amenazadora a su espalda.
Aun así, no le importaba. Estaba más que dispuesta a salir de aquel maldito castillo como fuera, incluso si eso le suponía tener que abandonar sus pertenencias y recorrer el trayecto hasta Dunkeld a pie.
Aunque esperaba no tener que hacerlo. Estaba casi segura de que a Georgiana no le entusiasmaría la idea de tener que hacerlo. Claro que tampoco creía que le hiciera demasiada gracia que se despeñaran por el camino, pero estaba tratando de no pensar mucho en ello.
Dirigió a los caballos y a la diligencia hasta la puerta del castillo.
Su amiga –gracias al cielo– la estaba esperando ya fuera, con Bacon a sus pies y una expresión inescrutable. A su lado se encontraba el conde de Strathrannoch y, por un instante, le pareció más grande e imponente y aterrador que nunca.
Al verla a lomos del animal, Georgiana alzó una ceja.
–Vaya. Algo me hace pensar que Angus estaba algo ocupado.
–Sube –le indicó Lydia, aunque sonó más como una orden apresurada–. El equipaje sigue dentro. Nos vamos.
–No habrás matado a Angus, ¿verdad? Porque, si no, no me explico por qué narices no nos limitamos esperar a que vuelv...
–Georgiana –la cortó entre dientes–, que te subas.
–¡Bájese de ahí, por Dios! –exclamó el conde casi a la vez–. Yo mismo puedo llevarlas de vuelta si tanta prisa tienen...
–No –dijo ella–. No es necesario, gracias. Soy perfectamente capaz de...
–No he dicho que no crea que seas capaz; he dicho que yo mismo puedo encargarme de...
–¡Georgiana!
El caballo se sacudió bajo su cuerpo –lo más seguro, alarmado por el chirriante tono que su voz había comenzado a adquirir–, así que afianzó el agarre de las riendas e hizo fuerza con las rodillas a cada uno de sus flancos.
«No te caigas ahora –se dijo–. No te caigas. No te caigas».
Georgiana le dirigió una mirada cargada de duda, pero acabó aferrándose las faldas con una mano y llevó a Bacon hasta la diligencia.
Después, se subió tras él. Lydia ni siquiera se vol vió para contemplar por última vez a Strathrannoch y su precioso castillo en ruinas; arreó a su montura con tanta fuerza que el otro caballo estuvo a punto de tropezar con sus propias patas.
«No te caigas. No te caigas. No te caigas».
No lo hizo. Logró guiar a los caballos a través del camino principal, dejar atrás la casa del guarda semiderruida que con tanto cariño había contemplado a su llegada, y puso rumbo hasta el sendero que las llevaría a Dunkeld.
Se mantuvo así durante unos diez minutos; hasta que oyó el repicar de otros cascos contra la tierra a su espalda.
Los caballos comenzaron a removerse. El suyo acabó desacelerando hasta avanzar al trote y ella trató de fingir que cabalgaba de lado, que estaba cómoda, que era una mujer competente y capaz de cambiar su propia vida.
Pero, en realidad, nunca había dejado de ser Lydia Hope-Wallace.
No era ninguna otra mujer.
Tras lograr calmar a los caballos, torció el rostro en un intento por descubrir de dónde procedía el ruido.
Strathrannoch. Era él y montaba a pelo sobre un caballo negro.
Se había quitado el delantal y llevaba solo pantalones y una camisa arremangada hasta los codos.
La abundante crin de su montura se sacudía a toda velocidad a medida que ambos atravesaban el camino.
A esa distancia, parecían encajar tan bien el uno con el otro que por un momento olvidó lo grande que era el conde; sin embargo, al cabo de varios metros, se quedó boquiabierta.
Por supuesto. Por supuesto que su caballo también iba a ser gigantesco, y se descubrió pensando que, si se colocara a su lado, su hombro superaría la altura de su propia cabeza con creces.
Aun así, no era ni de lejos tan impresionante como el conde.
Sus hombros eran amplios y fuertes; alcanzaba a ver cómo los músculos se le marcaban bajo el desgastado lino de su camisa.
Y los muslos tiraban de la tela de los pantalones al hacer fuerza para controlar al caballo.
Era casi indecente y, por el amor de Dios, aun así, era incapaz de apartar la mirada.
Y lo confirmó: ni siquiera la versión más valiente, atrevida y fantasiosa de sí misma habría sido capaz de recorrer el condado de Perth hasta allí y ofrecerle la mano a un hombre así.
Se obligó a dejar de mirarlo y clavó los ojos en el camino que se extendía ante ella.
–Se lo he dicho –alzó la voz cuando él se encontró lo bastante cerca como para oírla–. Le he dicho que le echaría un vistazo a las cartas. Y le enviaré toda la información que necesite después; se lo prometo.
–Por Dios bendito, chiquilla. Lo que menos me preocupa ahora mismo son las cartas. Lo que me preocupa es que se mate a mitad de camino. ¿Está usted loca?
–Sé montar perfectamente, gracias.
–¡Antes apenas ha sido capaz de caminar sin que yo la llevara en brazos!
Lo cierto era que su brusquedad la había pillado por sorpresa, pero, por alguna extraña razón, no se sintió intimidada; lo que sentía era rabia, un ardiente deseo de ponerse a la defensiva.