Un conde en apuros Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

–¡No puede pedirle eso a esta pobre muchacha después de todo lo que ha tenido que pasar!

Claro que, por su parte, el señor Palmer sonaba encantado: –¡Me parece una idea excelente, Strathrannoch! Es usted un hombre increíblemente inteligente y no se lo reconozco lo suficiente.

–No... –comenzó a decir ella–. No sé si yo...

El conde los silenció a todos, y solo necesitó subir un tanto el volumen de su profunda voz: –No se lo pediría si la situación en la que nos encontramos no requiriera de acción inmediata.

–Dudó un instante. Sin embargo, debió de acabar convenciéndose de seguir, más firme, porque fue lo que hizo–: Verá, señorita, hace cosa de un mes, mi hermano volvió a Strathrannoch Castle, después de años sin aparecer por aquí, y me dijo que tenía la intención de quedarse con nosotros.

Pensé que, quizás, las cosas podrían haber cambiado.

Parecía muy interesado en el estado de la finca, en las personas que estaban alojadas aquí y en mi trabajo.

–De pronto, soltó una carcajada. Fue breve y amarga; Lydia sintió que se le aferraba a las entrañas–.

Y lo estaba, desde luego: me robó. Se llevó uno de los prototipos que había diseñado.

–¿«Diseñado»?

No lo entendía. ¿No era un conde? ¿Qué tipo de diseños podía dedicarse a hacer? Recorrió de nuevo con la vista la especie de delantal de cuero que llevaba. ¿Sería pintor, tal vez?

–Era un visor para fusiles.

–No sé qué es eso.

–Piense en un telescopio –se adelantó el señor Palmer–. Aunque dispuesto en un fusil. Imagine hasta qué distancia y con cuánta claridad se puede ver a través de él, y con cuánta precisión se puede apuntar en caso de contar con uno.

–Pero... ¿Se dedica al diseño de armas? ¿Acaso es usted cazador?

Strathrannoch dejó escapar un sonido que fue como un gruñido.

–No, por Dios, no. Me dedico al campo. Fabrico arados, segadoras; a veces, algún que otro motor, pero un día se me ocurrió... –Se rascó la nuca–. Se me ocurrió que tal vez podría perfeccionar el tiro de los fusiles, porque, en fin, a veces los disparos se desvían y hieren a la gente.

Lydia se lo quedó mirando, anonadada.

–¿Es inventor, pues?

Durante un instante, se le vio casi tan incómodo como lo estaba ella. La piel de su cuello había tomado un tono rosáceo y sus manos –en las que, al fijarse de pronto, descubrió decenas de cicatrices de quemaduras– recorrían la taza con frenesí.

–Construyo cosas, nada más. Para mis trabajadores y para los habitantes de las villas cercanas. Aparatejos para facilitarles la vida.

–Y fue usted quien inventó ese... ese telescopio para fusiles. Y su hermano se lo robó.

–Sí. Aunque antes me hizo muchas preguntas.

Quiso saber cómo funcionaba. Cómo de lejos podía estar alguien en relación con su objetivo para dispararle.

–Mientras hablaba, veía cómo los músculos de la mandíbula se le movían–: Hasta cien leguas.

¿Es consciente de los daños que puede causar un arma con esa capacidad?

Cuando la duquesa de Sutherland mandó abandonar sus tierras a todas las familias campesinas que llevaban generaciones enteras en ellas, sus hombres los expulsaron y quemaron sus hogares, pero no todos estuvieron dispuestos a huir sin más.

Si hubieran tenido armas equipadas con visores, habría sido una masacre.

–¿Y cree que su hermano pretendía servirse tanto de eso como de la información que obtuvo de mí para... hacer daño?

–Exacto. No se me ocurre para qué, si no, habría robado el visor.

El corazón le latía con fuerza; el doble o el triple de lo normal.

Y su cerebro iba al mismo ritmo en su intento por asimilar la información.

El hombre con el que llevaba tres años compartiendo correspondencia la había estado engañando; le había mentido para obtener información y pretendía usarla para luchar justo contra lo que ella defendía.

–Pero creo que podría ayudarnos –continuó Strathrannoch–.

Escriba a la biblioteca esa; trate de descubrir qué saben de él, y mientras esperamos respuesta por su parte, usted.

.. Permítame leer las cartas. Déjeme ver si ha podido escapársele algo de información en ellas.

–Clavó aquellos ojos de cientos de colores en su rostro–.

Se lo ruego, muchacha. Necesito su ayuda.

Sintió que se le detenía el corazón. Que se le cerraba la garganta. De pronto, las palabras –absurdas y tan imposibles como volar– se le antojaban un universo.

Se puso en pie.

–No –dijo, y su voz sonó estrangulada–. Lo siento, pero no.

Georgiana también se alzó.

–Lydia...

El peso de la humillación le recorrió la piel mientras contemplaba a aquellos tres hombres que habían sido tan amables con ella. El señor Palmer. El señor Trefor. Lord Strathrannoch.

No iba a poder hacerlo.

Jamás sería capaz de cambiar su vida. Siempre sería eso: una estúpida, una solterona. Una mujer que, en lugar de vivir, escribía panfletos; que se sonrojaba, lloraba y desmayaba cada dos por tres, y cuyas emociones la atravesaban como si tuvieran consistencia física.

–No puedo. –Necesitaba salir de ahí. Comenzó a quitarse con premura, aunque con dificultad, la manta de cuadros que le había dado el señor Palmer mientras Bacon giraba alrededor de sus pies–.

Lo siento muchísimo, pero no les conviene que esté ahí.

Escribiré a Belvoir. Se lo prometo, les escribiré y les pediré que les informen de lo que sepan, pero no. .. No...

No podía quedarse allí.

Se había imaginado cientos de veces Strathrannoch Castle. Cómo sería estar allí, vivir allí. Habría sido un matrimonio de conveniencia, por interés, lo sabía, pero habría seguido siendo una unión. El descabellado final feliz que tanto deseaba.

¿De verdad había creído que podría cambiar su vida? ¿En base a qué había pensado que aquella locura podría ser factible? Se conocía a la perfección. Le costaba horrores lidiar con una simple reunión social cualquiera, ¿cómo había llegado a pensar que podría enfrentarse a algo así de excesivo?

Una vez logró deshacerse de la manta y la dejó caer sobre la chaise longue , repitió: –Lo siento.

No se molestó en controlar el temblor de sus manos ni el de su voz; habría sido en vano. Sin embargo, sí tuvo cuidado al caminar, con las cartas bien aferradas entre los dedos; al menos, podía centrarse en no desmayarse de nuevo.

–Señorita Hope-Wallace –la llamó el señor Palmer con suavidad, y, al mismo tiempo, la voz rasposa de Strathrannoch rebotó a su espalda: –Espere. Espere un momento.

Pero no podía. No habría sido capaz siquiera de volverse para mirarlo, porque, de hacerlo, el poso ardiente que sentía tras los ojos acabaría convirtiéndose en lágrimas cargadas de vergüenza.

Y sería demasiado. La cúspide de la degradación.

Podría desmayarse, vomitar, proponerle matrimonio a un completo desconocido y hacer el ridículo, pero no lloraría ante ellos; ante su simpatía y aquel té recién hecho. Así que se tomó el bajo del vestido con una mano y echó a correr.