Un conde en apuros Capítulo 3
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Capítulo 3

Llegaremos a Strathrannoch mañana. ¿Recuerdas esa parte de “La Vindicación” en la que Wollstonecraft decía que la única forma que tenemos las mujeres de alcanzar nuestro vigor espiritual es dejándonos llevar por nuestros instintos? Bueno... Pues esperemos que no estuviera equivocada.

De Lydia Hope-Wallace para Selina Kent, duquesa de Stanhope y patrona de la librería Belvoir. Enviado desde Dunkeld.

L ydia estaba segura de que nunca había deseado tanto olvidar algo.

Aquella no era la primera vez que vomitaba en público, así como tampoco la segunda ni, para su desgracia, la tercera (un incidente bastante desafortunado que había incluido a su hermano Ned, que iba justo antes de ella en la línea sucesoria, y a una viuda que no parecía demasiado triste por la pérdida de su marido y que él había tratado de encandilar.

En el mismísimo funeral). No obstante, sí era la primera vez que lo hacía ante un hombre al que acababa de pedir matrimonio.

Además, le encantaban esos zapatos. Eran de color verde pálido, puntiagudos, y tenían unos enormes lazos en la parte delantera. Aquella mañana, mientras se los ponía, había pensado que tal vez podrían darle un pequeño empujón de coraje si lo necesitaba.

Sin embargo, en ese momento, eran una espantosa, desastrosa y completamente bochornosa metáfora de aquello en lo que se habían convertido sus mayores sueños y esperanzas.

Tener independencia. Una vida que siguiera sus propios designios. Alguien con quien compartirla sin que la viera como objeto de lástima.

Todo lo que había imaginado... era tan insustancial como el humo.

La humillación que había sufrido había sido incluso peor debido al hecho de que, en lugar de permitirle volver a perder el conocimiento, se habían puesto todos a presentarse.

El administrador del castillo, el señor Palmer –un hombre mayor con anteojos y piel negra–, había sido la viva imagen de la tranquilidad y, entre palabras de consuelo, le había ofrecido una manta gruesa de cuadros escoceses, azules y verdes, y un paño húmedo.

No había sabido si usarla para limpiarse la cara o los zapatos.

A petición del conde, el señor Trefor, que se ocupaba de los establos, se había encargado de traer sillas, ya que el salón estaba casi vacío, a excepción de algún que otro libro y varios juguetes infantiles que no pegaban nada ahí en medio.

El estado del interior del castillo tampoco la había sorprendido por lo que sabía de su situación financiera; suponía que habían retirado los muebles, los candelabros y cualquier otra cosa que pudiera haberles proporcionado algo de dinero para ponerlos en venta.

Después de un largo rato ausente, lord Strathrannoch regresó.

Llevaba una tetera y una pesada botella de whisky, de la que derramó un chorrito generoso en la taza de té que le ofreció.

Después, con el ceño fruncido, se llenó la suya hasta el borde.

Lydia fue incapaz de saber si estaba enfadado o preocupado, pero, cuando la pilló mirándolo, se apresuró a llevarse su propia taza a la boca y, falta de cualquier tipo de decoro, le dio un trago.

La mezcla de té y alcohol le devolvió algo de sensibilidad a sus dedos y, al cabo de unos segundos, fue capaz de alzar de nuevo la mirada hacia los hombres que habían tomado asiento frente a ella. El señor Palmer fue el primero que habló: –¿Se encuentra usted mejor, querida?

Lo cierto era que no, pero asintió de todos modos.

–Está aquí porque Davis la ha estado engañando –los informó lord Strathrannoch, sin pelos en la lengua–.

Y estoy casi seguro de que ha sido con la intención de hacerse con su fortuna.

Si no tuviera ya intención de matarlo cuando lo encontrara, me pondría ahora mismo a planificar su asesinato. Maldita sea.

–¿Cuando lo encuentre? –repitió Lydia, pillada por sorpresa.

Aunque, al mismo tiempo, el señor Palmer alzó las cejas tras sus anteojos.

–¿«Hacerse con su fortuna»? ¿Cómo dices que pretendía hacer eso?

Todos los ojos cayeron entonces en ella, y no pudo evitar dejar escapar un gemidito. No había nada –nada– que la incomodara más en el mundo que una congregación de gente desconocida con la vista y el interés clavados en ella.

Le dirigió una mirada angustiada a Georgiana, que se limitó a encogerse de hombros con suma delicadeza.

Lord Strathrannoch se inclinó hacia delante y le echó un poco más de whisky en la taza; de inmediato, el señor Palmer carraspeó y se apresuró a servirle también.

Lydia volvió a darle un trago. Y dio las gracias a sus hermanos, a las reservas secretas de alcohol que tenían y en particular a Ned, por el nulo respeto que mostraba ante la concepción del comportamiento adecuado que debían tener las mujeres de la alta sociedad; apenas se inmutaba por el regusto ardiente que le dejaba en la garganta.

Una vez se sintió preparada, dirigió su atención a la taza y comenzó a revelarles, todo lo rápido que pudo, las intenciones maritales que había tenido para con el conde de Strathrannoch. Antes. Cuando creía que lo conocía.

Al fin y al cabo, el hombre inmenso que no dejaba de servirle whisky era un extraño que la había visto desmayarse y vomitar de forma muy seguida. No parecía que fuera a haber una boda pronto precisamente.

–Pretendía proponerle una unión concertada que nos beneficiara a ambos –le contó a la taza–. Soy una heredera...

–Muy rica –trató de ayudarla Georgiana.

Le dirigió una mirada rápida; no se la veía demasiado incómoda.

–No iba a venir con las manos vacías –continuó diciendo Lydia–. El acuerdo no era puramente una cuestión de interés propio. Tenía algo que ofrecer.

Se sintió absurda de repente. Lo que pretendía decir era que tenía dinero. Ese era el incentivo: Strathrannoch necesitaba ayuda económica y ella podía proporcionársela.

Además, sabía que tenía otras virtudes. Era inteligente y culta.

Tenía facilidad para los números. Había impulsado las elecciones de, al menos, la mitad de los whigs más progresistas de la época y había orquestado personalmente la destitución de uno de los miembros de Parlamento más corruptos, que había defendido la pena de muerte para los manifestantes políticos.

Aparte, era una hermana excelente (pese a los recientes ardides que se había visto obligada a llevar a cabo) y trataba de ser buena amiga.

Sin embargo, en su plan, había sido su herencia lo que le había parecido más atractivo de sí misma, y había tenido intención de aprovecharse de ella.

Le sorprendió que le resultara casi doloroso decirlo en alto.

–No lo entiendo –intervino el señor Trevor–. ¿Por qué fingiría su hermano ser usted, Strathrannoch? ¿Qué buscaría ganar él de todo esto?

–¡Por Dios! –replicó–. ¿No es evidente? –Sonaba enfadado y las orejas se le habían puesto rojas de nuevo–. Quiere su maldita fortuna. Engañarla y usar su dinero en lo que sea.

Lydia sacudió la cabeza y se obligó a dirigirse a él, pese a que todos sus instintos le gritaban que se escondiera bajo la manta de cuadros.

–Lo cierto es que no creo que sea así. No creo que sepa de mi fortuna. Belvoir y su patrona mantienen mi identidad a buen recaudo, y le confiaría hasta mi vida. De hecho, lo hago: podrían acusarme de sedición y encarcelarme por escribir los panfletos.

El señor Palmer se subió los anteojos.

–Tal vez sea por información, si no es por dinero. Ha dicho que hablaba de política, ¿no es cierto, señorita?

–Sí... –respondió, despacio–. Podría ser. Siempre he dado por hecho que era un abolicionista radical. Tal vez me escribió en busca de simpatizantes. ¿Lo era?

Los tres hombres dejaron escapar bufidos cargados de desdén y recelo.

Lydia parpadeó.

–Hace tiempo sí –comenzó a explicarle lord Strathrannoch–, pero de eso ha pasado ya mucho. Hace unos años, decidió convertirse en la mascota personal de varios pares escoceses. Siempre ha sido así: el que entretenía a las masas con su encanto.

–No... –Empezaba a sentirse mareada–. Es imposible. Ha criticado siempre sobremanera a los pares en sus cartas, y es especialmente duro con la duquesa de Sutherland...

–Justo una de las primeras que estableció relación con él.

El cerebro le daba vueltas. No obstante, se lamió los labios.

–Al principio pensaba que, al tratarse de un conde escocés, se horrorizaría con mis opiniones, como la de la abolición de la aristocracia.

Pero nunca lo ha hecho. Siempre ha estado de acuerdo conmigo de todas las maneras posibles; incluso cuando le he hecho partícipe de ideas más radicales, él.

.. –Alzó la mirada hacia Strathrannoch. El verdadero Strathrannoch, que, con su forma de hablar directa, su aspecto desarreglado, había echado por tierra todo aquello que había creído saber–.

Era mentira –acabó diciendo–. ¿Verdad? Me ha mentido también en eso.

Se ha mostrado de acuerdo conmigo no porque opine lo mismo que yo, sino porque.

.. busca algo de mí. Y quizás no es dinero, sino la información que le proporciono en las cartas.

Había sido todo pura fantasía, desde el principio hasta el final. Su amistad. Los sueños a los que con tanto esmero se había aferrado.

Nunca podría ser la mujer de los panfletos; su familia –su absurda y sobreprotectora familia a la que, sin embargo, adoraba– había hecho bien en tratar de alejarla del mundo real. En mimarla.

Se había equivocado al creer que podría salir adelante sola.

–Lo siento, muchacha.

Strathrannoch parecía furioso de verdad; abría y cerraba las manos en torno a su taza de té. Y, aunque a ella las lágrimas se le estaban acumulando tras los ojos, se negaba en redondo a derramarlas.

–No lo sienta.

–No es solo por lo que ha hecho mi hermano, sino porque ahora debo pedirle algo, y temo que hacerlo me convierta en alguien no demasiado distinto a él.

Lydia lo contempló. Su mandíbula. La curva seria de su boca.

–¿Qué quiere decir?

–Necesito que me ayude a encontrarlo.

En cuanto lo dejó escapar, estalló un pequeño aunque contundente alboroto.

El rostro del señor Trefor era una máscara escandalizada.