Capítulo 2
A lo largo de la vida he cometido muchos errores nacidos de la desesperación, del miedo o del deseo de evitar el sufrimiento, pero el mayor ha sido dejarte. Jamás debí haberme marchado.
De entre los papeles de Arthur Baird, escrito en el reverso de un sobre. Carta no enviada.
A rthur Baird, quinto conde de Strathrannoch, tomó a la joven entre los brazos cuando se desplomó.
«Maldita sea mi estampa. No puede ser».
No tenía tiempo para soportar a inglesas pelirrojas desquiciadas que aparecían porque sí en su puerta. Tenía que ir en busca de una maldita cebra.
Aunque por supuesto que iba a ser aquel su destino: sin fortuna y sin proyectos de futuro, pero con abundancia de equinos exóticos y mujeres que perdían el conocimiento ante él.
La joven que la acompañaba –rubia, con el ceño fruncido y una media cabeza más alta que la otra– se coló en el rellano.
–Se encuentra bien, no se preocupe. Usted deje que le dé el aire.
–Sí, claro –replicó con sequedad–. Mejor la tiendo en el suelo y la dejo ahí. El culmen de la hospitalidad.
Y se dio la vuelta, dejándola en el sitio con su cara de pocos amigos y su diminuto perro blanco, para dirigirse al salón principal. Estaba seguro de que había una chaise longue allí. Al menos, al cincuenta por ciento.
O eso esperaba.
Alzó aún más a la joven y camino hacia adelante. «Por Dios, es diminuta». Todo curvas y zonas blandas, con el cabello del color del atardecer que le caía sobre el hombro y...
Carraspeó y estuvo a punto de tropezar.
No. No podía acabar de sentir la más mínima punzada de atracción; era una mujer inglesa desquiciada que acaba de desmayarse.
Se sacudió, lo que hizo que a ella se le tambaleara la cabeza, y le resultó alarmante. Además, sus párpados se agitaron. Tenía unas pestañas largas y gruesas y... No era capaz de describir su color. Era un tono como cobre, pero más oscuro. Más cálido. Más rosáceo.
Le dio una patada a la caja de un puzle infantil que había en el suelo, apartó tres libros encuadernados en cuero que reposaban en una chaise longue de chintz, ya descolorida, y la colocó ahí casi con alivio.
Naranja. El color de sus pestañas era naranja.
La otra joven había recogido las cartas del suelo y lo había seguido hasta allí. Y, en cuanto vio que dejaba tendida a su compañera, corrió a arrodillarse a su lado. El perro se subió de un salto a la chaise longue mientras ella le tomaba por las muñecas y se las frotaba con energía.
–Lydia –la llamó con firmeza–, despierta. No es el mejor momento para dejarse llevar por la histeria.
Entonces, la joven abrió un ojo. Era azul.
Comenzó a mirar a su alrededor hasta que acabó reparando en él. Después, dudó un instante y volvió a cerrarlo.
–No –dejó escapar, ronca–. He elegido sumirme en el abismo.
Muy a su pesar, Arthur rio.
Aquello hizo que, esa vez, los párpados de ambos ojos se separasen, y se irguió, lo que hizo que el perro se apartara. Sus mejillas habían vuelto a tomar algo de color.
–No –repitió–. Olvídalo. No quiero eso. Quiero... Quiero una explicación.
Su amiga parpadeó sorprendida, aunque también un tanto impresionada.
–Ajá –dijo Arthur–. Yo también. ¿Quién es usted? ¿Y por qué...?
Se detuvo; de pronto, no sabía cómo terminar la frase, cómo describir la situación.
Decir «¿Por qué acaba de ofrecerme su mano y su fortuna?» le parecía impropio. Y «Aunque, ya que estamos, ¿es cierto que tiene dicha fortuna? Porque puede que, pese a todo, logre convencerme de aceptar la propuesta», incluso peor.
Se acabó decidiendo por:
–¿De qué dice que nos conocemos?
La joven pelirroja tomó una profunda bocanada de aire, tal vez en un intento por hacer acopio de fuerza, y abrió la boca. Después, la cerró. Y volvió a intentar tomar aire varias veces más.
Él espero. Se centró en no mirarle el pecho mientras aspiraba y espiraba, lo cual le resultó sorprendentemente complicado; en especial, teniendo en cuenta cómo se había sentido al cargarla en brazos.
Y no sabía si felicitarse por ser capaz de contenerse o si preocuparse por verse en la necesidad de hacerlo.
–Me llamo Lydia Hope-Wallace –se decidió a revelarle por fin–, y mi acompañante es lady Georgiana Cleeve. Es una amiga. –Después, bajó la vista hasta el perro–. Él es Sir Francis Bacon.
No supo qué decir a aquello.
Acabó asintiendo.
–Mi hermano mayor –continuó–, Theodore Hope-Wallace, es miembro del Parlamento de Londres, y nuestro padre era el tercer hijo del marqués de Vye.
Le dio la sensación de que esperaba algún tipo de reacción por su parte, pero lo cierto era que aquellos nombres no le sonaban de nada.
Era su hermano Davis el que tenía mayor afán político en la familia; estaba seguro de que los habría reconocido y habría sabido de inmediato quién era ella.
Claro que pensar en él era como apretar un dedo contra el filo de una espada, así que lo apartó de su mente.
–Pues bien –retomó la palabra la señorita Hope-Wallace, y tomó otra bocanada profunda de aire–.
Soy escritora. Y escribo, eh... –Dirigió la mirada primero hacia él y luego hacia las cartas que su acompañante había reunido.
Le pareció que apretaba los dientes antes de seguir–: Me dedico a escribir panfletos políticos bajo el pseudónimo de «H»; panfletos que se distribuyen desde Londres gracias a la biblioteca Belvoir y que son.
.. –Se lamió los labios–. Panfletos revolucionarios. De ahí que deba emplear un pseudónimo.
Volvió a clavar la atención en él. Sus mejillas habían palidecido de nuevo, pero siguió hablando al ver que se limitaba a asentir:
–Hace casi tres años, recibí una carta a nombre del conde de Strathrannoch en la que me invitaba a opinar sobre la participación de las tropas escocesas en la lucha contra Napoleón, y hemos mantenido una correspondencia regular desde entonces.
Las cartas que nos hemos enviado pasan primero por la biblioteca Belvoir; yo nunca le he escrito directamente a él, ni él a mí.
Usted... –Sus manos se tensaron alrededor de las cartas y lo contempló con firmeza.
El azul de sus ojos era el color de la noche, aterciopelados, y de repente se encontraban al borde de desbordarse en lágrimas–.
¿Es cierto lo que me ha dicho? ¿Es usted lord Strathrannoch?
¿De verdad no es quien me ha escrito estas cartas?
Arthur tuvo el repentino y estúpido impulso de decirle que sí, que había sido él, solo para que desapareciera el dolor de su rostro. Sin embargo, acabó negando.
–Soy Strathrannoch, sí, pero nunca le he enviado cartas a ninguna panfletista. Se lo prometo.
La señorita Hope-Wallace dirigió la mirada a las cartas una vez más y sus gruesas pestañas rosáceas –anaranjadas, maldita sea– le cubrieron los ojos como un velo.
Al verlo, sintió una especie de tensión entre los omóplatos.
Iba a romper en llanto y, mientras, él iba a limitarse a hacer lo que siempre hacía cuando alguien se derrumbaba ante él: quedarse como un pasmarote.
Pero no derramó ninguna lágrima.
Cuando alzó las pestañas, vio indignación tallada en sus enormes ojos azules.
–¿Y entonces con quién me he carteado? –preguntó.
Debió de reparar en que abría la boca, dispuesto a replicar, porque añadió–: Y antes de que responda, milord, debo recordarle que, sea quien sea, se ha estado haciendo pasar por usted cerca de tres años.
Tal vez debería interesarse en saber de quién se trata.
Exasperado, se pasó una mano por el cabello antes de responder: –No tengo ni la más mínima idea. Tal vez sacó mi nombre de Debrett. Strathrannoch Castle está muy lejos de Londres; quizás pensó que nunca descubriría la verdad.
Ella negó con la cabeza.
–No tendría sentido. Hemos hablado cientos de veces de Escocia en las cartas; no cabe duda de que están escritas por alguien de aquí. Además de que se trata de una persona que conoce el castillo de cerca. Podría decirle ahora mismo cuántas ventanas necesitan reparación en cada piso.
Arthur comenzó a sentir calor en las orejas. Él sabía de sobra cuántas eran; no necesitaba que le recordaran...
Sus pensamientos se detuvieron de inmediato.
–¿Lo conocía? –preguntó–. ¿Conocía Strathrannoch Castle?
–Sí –fue su respuesta–. Desde la casa del guardia hasta la última de las almenas, pasando por las cuadras.
La tensión que había sentido en los hombros se multiplicó y tuvo que obligar a sus músculos a destensarse para poder dirigirse hasta la chaise longue y arrebatarle uno de los sobres que reposaba en su regazo.
La señorita Hope-Wallace soltó un gritito escandalizado, pero él apenas llegó a oírlo. Se dejó caer sobre el escritorio que había en un rincón y clavó la vista en las cartas. En la caligrafía que las componía.
Una que conocía casi tan bien como la suya propia.
–No... –susurró–. Joder.
Oyó de fondo un sonido como un chillido que le hizo volver a la realidad.
Parecía que lo había emitido lady Georgia, su amiga, aunque no era capaz de distinguir si se cubría la boca porque estaba horrorizada o tratando de contener la risa. La señorita Hope-Wallace, por otro lado, estaba mirándolo. Tenía los labios muy apretados.
–Sabe quién es –dijo–. Sabe quién es el autor de las cartas.
La respuesta escapó en voz baja y cargada de furia.
–Sí.
No debería haberle pillado por sorpresa. Su vida había estado repleta de ellas, de miles de cortes que siempre eran demasiado frescos como para terminar de curarse. ¿Y qué era aquella traición en comparación con la última, que había resultado ser la más grande de todas?
Sin embargo, sí, le seguía sorprendiendo. Le seguía doliendo.
Era un estúpido.
–¿Quién? –quiso saber la señorita Hope-Wallace. Volvía a tener las mejillas arreboladas y la mandíbula firme–. ¿Quién me ha estado escribiendo?
–Davis Baird –respondió–. Mi hermano.
Sus palabras aún pendían en el aire cuando dos personas cruzaron la puerta del salón.
–¡Strathrannoch! –Era Huw Trefor, el hombre galés que estaba a cargo de los establos.
Jadeaba y tenía el rostro colorado bajo la barba blanca–.
¡Saca la maldita cabeza de esos libros tuyos y ven a echarme una mano con las malditas cebras!
Están por todas partes. Creo que una ha entrado en el bosque y. ..
En cuanto reparó en las dos mujeres que ocupaban la chaise longue , se detuvo de golpe.
Su acompañante, el amor de su vida, Bartie Palmer –administrador y secretario del castillo–, echó un vistazo a la estancia desde detrás de él.
Una expresión cargada de deleite le cubrió el rostro mientras se colocaba los anteojos con un solo dedo.
–Bueno, bueno –dijo con su voz suave–, pero ¿qué tenemos aquí?
«Maldita sea».
–Estas son... –comenzó, aunque luego se detuvo–. Esta es...
Una vez más, no supo cómo continuar.
¿Qué sería lo que Davis le habría dicho en las cartas?
¿Qué le habría prometido? Lo conocía: podría haber logrado engatusar a una oveja para que le diera su lana.
Era capaz de convencer a quien fuera de cualquier cosa.
Así que, si quería algo de ella, podría haberle prometido la maldita luna.
Debía de haberle ofrecido algo. Al fin y al cabo, se había presentado allí creyendo que podía ser la próxima condesa de Strathrannoch.
Su hermano era así: apuesto, inteligente, encantador, perfecto.
.. Siempre vestido con esa sonrisa que le permitía esquivar cualquier castigo.
Siempre con las palabras indicadas a mano para lograr que los demás obedecieran su voluntad.
Era un líder nato, un seductor; el segundo hijo que debería haber sido el primero.
El que deseaba haber sido el primero.
Para él, no había un obstáculo que no pudiera sortear. Para él, no había nada –ni la compasión, la ética o el sentido común– que pudiera impedirle conseguir lo que quería.
Era obvio que el imbécil, despreciable, embaucador y traidor de su hermano había hecho que la señorita Hope-Wallace se enamorara de él; no era la primera vez que le veía hacer algo así.
Le deseó por dentro –una vez más– que se pudriera en el infierno.
Ahora debía enfrentarse a esa catástrofe por su culpa. Solo.
¿Cómo demonios debía presentarla? ¿Como «Es la prometida de mi hermano»?
O peor. Como la suya.
No. No pensaba hablar de matrimonios ni peticiones de mano delante de sus trabajadores.
Huw era el más práctico y directo de los dos; Bertie, por su parte, era astuto.
Artero. Casi maquiavélico. Si se atrevía hacer la más mínima insinuación de que hubiera una «lady Strathrannoch» en potencia, no le cabía la menor duda de que le traería de inmediato el anillo de plata fina de su madre, de que les conseguiría una licencia especial y que sus cinco primeros hijos. ..
Claro que no es que estuviera pensando en procrear con la señorita Hope-Wallace.
Volvió a sentir las orejas ardiendo.
–Nada –acabó diciendo–. Nadie.
Hizo una pausa. Era consciente de que no le había salido convincente.
Sin embargo, la señorita Hope-Wallace no tardó en unirse a su negativa.
–Sí, no es nada. –La voz le temblaba de nuevo y sus pupilas estaban más dilatadas de lo que creía que debían estar; además, tenía los ojos húmedos–. No somos nadie. Nunca hemos estado aquí.
Entonces se inclinó hacia delante, el cabello se le escurrió por el hombro y vomitó sobre sus propios zapatos.