Capítulo 1 #2
Parpadeó y alzó la vista hasta Georgiana.
–No pienso volver a casa con el rabo entre las piernas. Todo va a salir bien, lo sé. Lo voy a conseguir.
–No es tu capacidad para conseguirlo lo que me preocupa –le dijo ella–. Sé perfectamente que puedes convencer al conde de que se case contigo; lo que no tengo tan claro es que sea lo que quieres tú.
Lydia cuadró la mandíbula.
–Lo es.
La diligencia dio una sacudida y comenzó a aminorar la velocidad. Bacon se convirtió en un torbellino de emoción que dejó a su paso un reguero de pelos blancos sobre el regazo de su dueña.
Ella apretó los labios y Lydia supo de inmediato que no volvería a mencionar sus recelos; tal vez tuviera dudas con su plan, pero si había alguien en el mundo que pudiera entender lo que era desear independencia, era ella.
–Bueno –le oyó decir entonces–, pues ya va siendo hora de que termines de armarte de valor. Parece que hemos llegado.
Lydia ya sabía qué esperar del castillo.
Lo había encontrado en una guía ilustrada que recogía información sobre las propiedades y haciendas más grandes de Escocia, y recordaba haber parpadeado al verlo y preguntarse si sería real, por lo mucho que se parecía a los de los dibujos de las historietas fantásticas infantiles.
Pero no. De hecho, la apariencia de cuento de hadas se reforzaba en vivo.
Y, pese a que desde fuera alcanzaba a ver las señales de deterioro de las que Strathrannoch le había hablado en sus cartas, no pudo evitar quedarse boquiabierta ante las torres blancas y las almenas que se recortaban contra el azul brillante del cielo de comienzos de otoño.
Sí, ya sabía cómo era el castillo. No le sorprendió que a varias de las ventanas del piso superior les faltaran los crista les ni que la casa del guarda estuviera semiderruida, porque era lo que había esperado encontrar.
Con lo que no había imaginado toparse era con la cebra, una que pasó por su lado mientras ambas se acercaban a la puerta principal y que las dejó atrás para dirigir su cuerpo cubierto de rayas blancas y negras hacia la diligencia.
Al verla, el conductor dejó escapar varias imprecaciones en un acento escocés tan cerrado que Lydia apenas pudo entender más qué un «¿Qué diantres. ..?».
–¡No se preocupe! –exclamó Georgiana en su dirección–. ¡Es solo una cebra! –Después se volvió hacia ella y la máscara de despreocupación con la que se había cubierto el rostro se desvaneció cuando siseó–: ¿Qué hace aquí una cebra?
–N-no... No sabía...
–¿Es que acaso tu querido conde no mencionó en ningún momento que le gustara adquirir animales exóticos de África?
Una oleada de pánico le recorrió el pecho; una oleada familiar, como las que la embargaban cada vez que se daba de bruces con una interacción interpersonal inesperada.
–Él no... No mencionó ningún tipo de... animal. No...
Georgiana debió de notar que la sangre le había ido abandonado el rostro, porque de pronto soltó un suspiro y, después, le dio un leve empujón para que retomara el camino hacia la entrada.
–En fin, tanto da. Estoy segura de que hay una razón completamente lógica que explique por qué tiene una cebra. –Después, repitió en un susurro–: Una cebra.
La puerta principal era inmensa, acabada en arco, y se encontraba entre dos torreones. Lydia alzó la mirada y entrecerró los ojos para escrutar la parte superior de las murallas.
El corazón le dio un vuelco. Se le cerró la garganta.
«Es Strathrannoch quien vive aquí», se recordó.
Lo conocía y él la conocía a ella. No tenía nada que temer.
Claro que tuvo que obligar a su cuerpo, que tantas veces se negaba obedecerla, a creerlo también. A continuación, se mordió el labio y llamó.
La puerta se abrió casi al instante y Lydia no pudo evitar soltar su ridículo del susto, y aunque los papeles se esparcieron a sus pies, se vio incapaz de dirigir la mirada hacia ellos. No. Se quedó mirando al hombre que había aparecido ante ella.
Era enorme: altísimo, bastante más incluso que su hermano Jasper, que superaba a los demás, y probablemente el doble de ancho que él también.
Su cabello era castaño, aunque con cierto tono dorado, rizado y voluminoso, y tenía el rostro cubierto de una barba un tanto descuidada.
Llevaba una especie de delantal de cuero encima de la ropa, y una parte de ella –una casi histérica– no pudo evitar preguntarse de dónde habrían sacado una olla lo bastante grande como para poder hervir toda la piel que necesitaría una prenda que fuera dirigida a él; debían de haber necesitado cantidades titánicas.
Las estaba contemplando con el ceño fruncido.
Lydia tragó saliva. ¿Sería el mayordomo?
Se puso a rebuscar su nombre en el interior de su cerebro, pero, para su desgracia, no logró recordar que Strathrannoch lo hubiera mencionado en ninguna de las cartas.
En ese momento, Georgiana le propinó otro empujoncito, esta vez algo más discreto. Bacon soltó un gemidito.
–Buenas tardes –lo saludó entonces, y maldijo a su voz por lo mucho que le tembló. Si no se obligaba a continuar, termi naría por fallarle, así que, pese a que sentía las mejillas ardientes, lo hizo–: He venido a ver a... al conde de Strathrannoch.
«Esta es mi oportunidad –se repitió–. La única que tengo».
Aunque de pronto sonaba mucho menos inspirador que el resto de las veces que se había dicho lo mismo, y mucho más dramático.
–Muy bien –fue su respuesta–. Está hablando con él.
El causante de que se pusiera a mirar de lado a lado en busca de un posible individuo extra que pudiera estar escondido en alguna parte antes de volver a fijar la mirada en el gigante barbudo que se alzaba ante ella fue su creciente terror.
–Oh... –susurró–. Usted es... es...
–Sí. Soy Strathrannoch.
Lydia le recorrió el rostro con la mirada: su expresión severa y esos ojos de color avellana que, bajo el arco fiero de sus cejas, se clavaban en los suyos.
Era Strathrannoch.
¿Strathrannoch era así? ¿Esa mirada fulminante pertenecía al hombre que se había dirigido a ella para hablar de sus ideas políticas con aquel tono burlesco pero que había acabado mostrándole su lado más privado y vulnerable durante los últimos tres años?
–Vaya –soltó–. Pues veo que sus cejas sí han permanecido intactas.
Nada más sacarlas a colación, vio que las alzaba hasta que le alcanzaron casi la línea del pelo, y a su espalda oyó que Georgiana dejaba escapar un gemidito ahogado.
Oh, no. Maldita sea. Lo estaba haciendo fatal.
Trató de comenzar de nuevo:
–Quiero decir que... Eh, he venido a conocerlo, eh... En carne y hueso.
Se arrepintió de inmediato de haber usado esa expresión.
Sonaba demasiado... carnal.
«Es Strathrannoch –volvió a recordarse–. Te conoce. Y tú lo conoces a él; es solo que aún no lo sabe».
–Soy H –acabó revelándole.
Y lo cierto era que no había sido esa la forma en la que había imaginado que lo haría.
Claro que, en realidad, en sus ensoñaciones, ambos simplemente se reconocían nada más verse y, sin más, comenzaban a entablar conversación con la facilidad con la que lo habían hecho durante sus tres años de relación por correspondencia.
Su imaginación, había comenzado a darse cuenta, no podía estar más equivocada.
–H –repitió él.
Su mirada se afiló. ¿Al comprender de qué hablaba, tal vez?
No tenía forma de saberlo.
–H –volvió de decir–. La de las cartas.
Strathrannoch dirigió los ojos a los papeles que se habían precipitado contra el suelo y, después, comenzó a recorrerla a ella. Primero, el cuerpo. Luego, el rostro.
–¿Y qué está haciendo aquí?
Lydia tomó aire e hizo acopio de toda su fuerza mental, que no era escasa en absoluto, para tratar de recordar lo que había escrito en sus notas para cuando llegara el momento. Ese preciso momento.
–He venido –respondió– a pedirle que se case conmigo.
No. No era eso lo que había ensayado.
Strathrannoch dejó escapar un sonido extraño, como si se atragantase, y Georgiana soltó uno muy parecido.
–¡Tengo dinero! –se oyó exclamar, desesperada.
«¡Es mi única oportunidad! –gritaba su mente–. ¡La única!».
Trató de apartar de golpe el pánico y lo intentó de nuevo:
–Sé que necesita... Sé que necesita el dinero..., por lo que me ha contado en sus cartas, y resulta que yo tengo y... Sé que ambos..., que podemos...
–Muchacha –intervino él, y las palabras murieron en su garganta–, no tengo ni idea de quién es.
–Soy H –volvió a decir; no creía que pudiera haberse escrito con mucha gente más que tuviera ese pseudónimo–. Hemos estado enviándonos cartas durante los últimos tres años.
Una vez más, sus ojos la atravesaron. Eran marrones y también verdes y también azules, de todos los colores que habían compuesto el camino que habían recorrido desde Dunkeld hasta allí. Se había enamorado del paisaje.
Se había aferrado con fuerza a su esperanza.
–Yo no le he escrito ninguna carta, muchacha.
Comenzó a sentir un zumbido en los oídos.
–No... No a mí como tal. Sino a H. Respondió a mis panfletos políticos; nos hemos enviado docenas de cartas hablando de Escocia y de la revolución y de Napoleón y de...
Entonces, él negó con rotundidad.
–No –dijo–. No me importa lo más mínimo la política y no tengo tiempo para correspondencia de ningún tipo.
Lydia había dejado de sentir los dedos. El corazón le latía a toda velocidad, como si fuera una liebre, y lo sentía rebotar contra sus costillas, y dolía y no podía respirar.
¿No la conocía?
La cabeza le daba vueltas y las cartas que se esparcían a sus pies estaban borrosas. Parpadeó.
–¿No es usted quien me escribió?
Strathrannoch no había apartado la mirada de ella.
–Ni a usted ni a nadie.
–Oh.
Y entonces, para su verdadero alivio, todo lo que la rodeaba se volvió negro, frío y vacío. Su cuerpo se precipitó hacia adelante, hacia el interior del castillo de Strathrannoch, mientras perdía la conciencia.