Un conde en apuros
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Capítulo 1
Soy, sin lugar a duda, un idiota. Y también un cenutrio.
– T eniendo en cuenta nuestras respectivas situaciones financieras –entonó Lydia Hope-Wallace–, nuestros intereses políticos afines y la evidente compatibilidad general que hemos demostrado tener, he llegado a la conclusión de que ambos podríamos salir altamente favorecidos de una unión matrimonial.
Su voz tembló un ápice nada más, lo cual le pareció una mejora considerable.
Su amiga, Georgiana Cleeve, la contempló desde el otro lado de la diligencia, impasible. Bacon, su perro, le dedicó un quejido compasivo desde el lugar que ocupaba, apoyado en su regazo.
Lydia torció el gesto.
–Demasiado rimbombante, ¿verdad? –Se puso a remover el manojo de papeles que llevaba, en un intento por evitar echarle un vistazo a sus notas. Por enésima vez–. Ya, me lo temía. Tal vez podría tratar de rebajar el registro de alguno de los...
–No estoy yo muy segura de que el problema se encuentre en el registro.
–Tal vez no, no.
Se mordió el labio inferior y, entonces sí, bajó la vista hasta los papeles que reposaban sobre sus piernas, a las decenas de borradores de propuestas de matrimonio descartadas escritas de su puño y letra.
Propuestas de matrimonio. Dirigidas a un hombre al que no había visto en su vida.
Y estaba resultando ser un trámite bastante complicado de gestionar.
Se sacó el lápiz que llevaba metido en el recogido y comenzó a revisar.
–¿Y qué te parecería algo como «Teniendo en cuenta los beneficios mutuos que obtendríamos de una unión legal...»?
–¿«Los beneficios mutuos»? Lydia, eres la tercera heredera soltera más rica de todo Londres. El que va a salir beneficiado de verdad será él.
–La segunda, en realidad. –Lydia frunció el ceño y trazó una línea sobre «la evidente compatibilidad general que poseemos», porque de pronto se le antojó un tanto indecoroso–. Hannah Harvey se comprometió la semana pasada con el hombre ese de Birmingham que se dedica a la venta de hojalata.
También tachó «beneficios mutuos», solo por si acaso.
Oyó que Georgiana se aclaraba la garganta y dirigió la vista a su rostro, delicado e inocente. Aparentemente.
–Tal vez –le dijo, como si no lo hubiera repetido cientos de veces en la última semana–, deberíamos considerar la alterna tiva de que tu primera visita sea de cortesía. Así podríais hablar de vuestros «intereses afines» con calma.
Lydia apretó los dientes y, al igual que cada vez que le proponía un cambio de plan, el corazón le latió con más fuerza contra el pecho.
–No.
–Puedo solicitar un paseo por el castillo para ambos, o que toméis el té en uno de los salones, y luego estar de vuelta en Dunkeld a última hora de la tarde.
Habían salido de la posada de Dunkeld esa misma mañana para poner rumbo hacia Strathrannoch Castle, y lo cierto era que les había costado bastante conseguir que el cochero accediera a alejarse de Perth y de Dundee, lo que la había hecho dudar por un instante.
Sin embargo, a medida que se habían ido alejando de la civilización, la calma que le habían producido las vistas tras el cristal había logrado suavizar los bordes afilados del pánico que se le habían clavado en el pecho.
Habían bordeado el río durante casi una hora hasta que habían llegado a un bosque de gruesos robles y abetos apiñados. Y, tras atravesarlo, habían resurgido en una inmensidad verde plagada de colinas y regueros de agua que centelleaba bajo la luz del sol, y sin ser humano alguno a la vista.
Lydia había adorado cada segundo que había pasado observando tras la ventana de la diligencia, y el miedo solo había regresado al dirigir la atención de vuelta a su regazo, a los papeles manoseados y a su fina caligrafía repleta de tachones.
–Y tampoco hace falta que le pidas matrimonio nada más verlo en persona –continuó Georgiana; de nuevo, no por primera vez–.
De hecho, quizás deberías dejar que se ganase él el privilegio de pedir tu mano; los hombres tienden a esfor zarse mucho más cuando se ven obligados a estar a la altura de las circunstancias.
–No –repitió ella.
La sangre había comenzado a treparle por las orejas, y sintió un tirón en el estómago. No recordaba una sola vez –ni en los recovecos más profundos de su memoria– en la que se hubiera sentido cómoda con las interacciones sociales. Ni las más básicas.
En su casa y dentro de su círculo cercano no tenía problema en absoluto, pero fuera de él se descubría siempre retrayéndose hasta acabar en un segundo plano o, si no, poniéndose tan nerviosa que incluso se mareaba; una vez había llegado a desmayarse en medio de un salón y un lacayo había tenido que sacarla a rastras.
Se conocía de sobra. Ni en mil vidas habría soportado tener que reunirse durante días y días con el conde y mantener conversaciones triviales antes de proceder a revelarle la razón por la que había decidido acudir a su castillo.
No, tenía que hacerlo lo más pronto posible si no quería ponerse en ridículo a lo grande.
–Ya hemos llegado hasta aquí –dijo, y volvió a clavar la vista en los papeles; en los que ella había escrito, pero también en la docena que estaban compuestos por la encantadora caligrafía de Strathrannoch y sus inteligentísimas palabras.
Después, se esforzó por evitar que le temblara la voz–: No voy a acobardarme ahora.
No podía. Les había ocultado su paradero a su madre y a sus hermanos; solo les había revelado sus intenciones a sus amigas y había emprendido el viaje a Escocia con nada más que un baúl y un carboncillo.
«Esta es la oportunidad que estabas esperando –se había dicho–. La oportunidad de cambiar tu vida».
Hacía tres años, había comenzado a publicar de forma anónima panfletos políticos que se habían ido distribuyendo gracias a la biblioteca Belvoir, una biblioteca de suscripción que causaba muchísimo revuelo en la sociedad londinense.
En el primero había abogado por el sufragio universal; en el segundo, por la abolición de la aristocracia en Inglaterra.
Y había sido este último el que había suscitado la respuesta de parte del conde, que le había sido entregada a través también de la biblioteca.
«Estimada señorita H –rezaba–. No se imagina cuánto admiro su valentía y espíritu, aunque me pregunto si considera tratar asimismo la cuestión escocesa en sus escritos».
(Lydia había empleado un pseudónimo sencillo por pura necesidad. Había elegido la hache, de «Hope-Wallace», de «humana» y de «honor». O más bien de «¿He perdido el juicio por completo? ¡¿Pero qué he hecho?!» y de «Hoy mismo me meten en prisión como me descubran»).
«Estimado Strathrannoch –había escrito ella–. ¿A qué cuestión escocesa se refiere? Le aseguro que tengo innumerables opiniones sobre varias de ellas, y dudo enormemente que sean de su agrado, milord».
Había obtenido respuesta dos semanas más tarde: «Estimada H, imagino que se refiere al hecho de que los Strathrannoch hayamos sido aliados de Su Majestad durante cinco generaciones en lugar de serlo de nuestro propio pueblo, ¿me equivoco?
Porque entonces, sí, podría entender la razón por la que cree que me opondría a sus ideas incendiarias; no obstante, no podría estar más equivocada.
Dígame qué opina de que los escoceses lucháramos por la corona inglesa durante la guerra con Napoleón.
Le ruego que no se contenga; desearía que su siguiente carta me arrancara hasta los pelos de las cejas».
Ella había contestado, por supuesto, y durante los siguientes meses habían entablado una peculiar amistad.
Claro que él no conocía su verdadera identidad.
No tenía ni idea de que era una solterona rica hasta niveles absurdos, ni de que le aterrorizaba tanto hablar con la gente que, pese a su fortuna, había tenido ya siete temporadas desastrosas e insufribles.
No obstante, sí que la conocía a ella. Conocía su persona y sus ideales –al menos, los políticos– y estaba de acuerdo con ellos.
Incluso con los que más habría reprochado la sociedad.
Así pues, cuando él le había confesado en su última carta que apenas podía mantener su hogar a flote, que le estaba costando Dios y ayuda sacarlo adelante, la idea se había materializado ante sus ojos.
Podrían casarse.
Él necesitaba dinero y ella tenía más que de sobra. Además, necesitaba que...
Sintió una presión en el pecho. Se llevó la mano hasta allí y trató de mitigar el dolor mientas clavaba la vista en los papeles que reposaban sobre sus faldas.
Durante los años que habían trascurrido desde su vergonzosa presentación en sociedad, había permanecido encerrada en sí misma. Se había escondido tras el muro protector que conformaban sus hermanos y se había ido haciendo cada vez más y más pequeña. Más y más invisible.
Los panfletos anónimos que había publicado habían sido para ella casi un milagro. De un día para otro había descu bierto que tenía voz; una forma de hacerse oír incluso cuando se descubría incapaz de pronunciar palabra en alto.
Claro que el regusto dulce de la independencia que le había concedido escribir había desembocado en un ansia por obtener más.
Los panfletos no dejaban de ser un secreto; estaba oculta en ellos.
No tenía verdadera autonomía. Muy poca gente sabía que era ella quien los escribía.
Para la mayoría del mundo, no era más que la tierna, silenciosa y patética Lydia Hope-Wallace.
Excepto para Strathrannoch. Para él no era «la rara», la mujer florero; lo que él veía era su espíritu combativo y la ardiente ferocidad que impregnaba sus textos.
Y si conseguía lo que había ido a buscar, él jamás llegaría a saber lo que el beau monde pensaba de ella. Si se presentaba en su hogar y le proponía una unión de conveniencia, si él aceptaba...
Iba a poder convertirse en la mujer que era en sus panfletos: una mujer fuerte e independiente. Y, por fin, podría sentirse orgullosa de quien era.
–No voy a desaprovechar la oportunidad –murmuró, con los ojos fijos en las cartas–. Es ahora o nunca.
–¿Perdón?