Un compromiso con el arte 28 . Valentía
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28 . Valentía

A la mañana siguiente, Lorel estaba investigando las publicaciones de otros artistas en Instagram, tomando nota de lo que podía hacer. Deslizó el dedo por la pantalla rápido hasta darse cuenta de que Jules había estado en el mismo barco que Navin. Comparó las fotografías varias veces apretando los dientes hasta que decidió llamarlo a la hora de la comida.

—¿Hablaste con Jules?

Navin resopló, tocándose la frente con la mano, dejando de mover la cuchara en el plato.

—Sí, me dijo que el accidente de la feria, con el cuadro. Te lo inventaste para ganar más dinero. Y yo, pensando: «Oh, pobrecita. Todo el trabajo que costó pintarlos y le hacen eso» ¿Por qué no me lo contaste?

Un silencio invadió la línea telefónica.

—Maldita sea. —murmuró entre dientes—No fue idea mía, ¿vale? Sólo necesitaba llamar la atención, para salir en las noticias y hacer que la gente hablase de mí, otra vez. Sé que no estuvo bien, pero esto no tiene nada que ver contigo, con lo nuestro, por favor.

—Lorel, yo… —Navin alzó la mirada hacia los dibujos que tenía colgados en la pared—Tengo muchas cosas que hacer.

Ella apretó los labios llena de rabia.

—Ya, claro.

Navin no dijo nada, restregándose los ojos con la mano.

—No creo que valga para ser artista.

—Eh, no. Escúchame, por un momento, como si no tuviese el apellido que tengo. Espero que el gran artista, que está al otro lado del teléfono, no caiga en los límites impuestos por uno mismo y se atreva a dejar al público boquiabierto con su talento. Nos vemos pronto. Adiós, Navin.

El joven se quedó en silencio después de que Lorel colgara. Se estrujó los rizos con la mano y observó las pinturas sobre el escritorio. Comprendió que los dos se habían liberado del anillo del compromiso que estaba guardado en un cajón. No tenían que responder a nadie, ahora solo tenían que expresar sus sentimientos sobre el lienzo, dejándose llevar por la pintura.

Días más tarde, Elena y Lorel se prepararon para la inauguración de la exposición de Jules. Elena se retocaba el maquillaje en el coche mientras Lorel repasaba el discurso de la temática de los cuadros.

—Tú habla con la coleccionista de arte, Camille Artois y a Jules ni una mirada.

—Le estamparía la cara, si pudiese.

—Ya no lo vas a volver a ver, no te preocupes.

Entraron por la puerta sonriendo de oreja a oreja al ver a varios seguidores de la artista que esperaban para saludarla. Jules se acercó a ella dándole un micrófono, señalando con la mano un pequeño escenario que había colocado delante de los cuadros.

Elena la animó mientras Lorel consultaba el discurso en unas tarjetas por si se le olvidaba algo. Alzó la mirada sonriendo al público hasta encontrar a Camille Artois, movió los dedos en busca de su anillo, pero no lo tenía, estaba ella sola y sus cuadros. Ella y la sombra de su familia detrás que la había iluminado para llegar hasta allí. Sujetó bien fuerte el micrófono y empezó a hablar en francés con fluidez, añadiendo algún toque de humor. Jules se estaba quedando asombrado hasta escuchar los agradecimientos donde lo incluyó después de cómo la había tratado. Jules aplaudió serio, segundos después de ver a todo el mundo hacerlo y escuchar el silbido de Elena. Lorel bajó del escenario entregándole el micrófono a Jules, sonriendo por encima de la furia que sentía, al verlo triunfar.

Después del discurso afable de la artista Shinju Kusima sobre el origen del alma, recibiendo una ronda de aplausos, el DJ comenzó a poner música y varios camareros a ofrecer bebidas y comida.

—Hola, es un placer que esté aquí. —Lorel saludó a Camille, que estaba hablando con René— Significa mucho para mí.

—El placer es mío, por poder disfrutar de artistas como tú.

—Gracias.

—Me parecen impactantes, sobre todo el de color rojo, ese me gusta.

—A mí también, de verdad, es llamativo.

—Más que llamativo, yo diría que es agresivo, grita a los ojos.

Camille estaba convencida de que ese sería suyo.

—¿Todo bien por aquí? —Jules apareció al lado de la crítica de arte.

—Sí, enhorabuena por el local, la decoración es exquisita.

—Gracias, tengo a Shinju, que está deseando hablar contigo.

—Sí, ahora voy.

—Cualquier cosa estaremos a su disposición —dijo Elena antes de despedirse.

—¿Seguirás en París, Lorel?

—De momento, sí.

—Vale, nos mantenemos en contacto, hasta luego.

Lorel sonrió satisfecha despidiéndose de Camille. Elena brindó con ella para animarla.

—Por un nuevo comienzo.

—Es hora. —René puso su mano sobre el hombro de la artista.

—Es hora. —repitió Lorel observando por última vez aquellos cuadros llenos de chantaje.

En la Escuela Nacional de Bellas Artes, Navin estaba dando los últimos retoques a una serie de cuadros para su presentación final. Se había inspirado en la costa gaditana, en el costumbrismo y la naturaleza de su ciudad natal. Cuando terminaba uno se lo enseñaba a su madre y su abuelo por videollamada preguntándoles si de verdad lo había pintado él o era una fotografía. Al despedirse, sus ojos lloraban de alegría con ganas de volver a verlos y disfrutar del sol español.

Dos profesores entraron en la clase llamando la atención de los estudiantes con unas palmadas. Se sentaron en una mesa con todos alrededor, intrigados, cruzados de brazos.

—Tenemos una buena noticia que, aunque también os llegue al correo oficial, nos gustaría decirlo de forma presencial porque es algo muy pero que muy especial.

—Todos los proyectos finales de pintura se podrán presentar para participar en una exposición de arte con la gran galerista René Rouge y la artista Lorel Mansot.

Algunos estudiantes ahogaron un grito susurrado.

—Se hará una selección meticulosa para tener todo preparado en la semana del arte. Os deseamos mucha suerte y no dejéis pasar esta oportunidad.

—La inscripción se realizará de forma online, donde tenéis todas las bases.

Algunos estudiantes volvieron a sus sitios mientras otros preguntaban a los profesores. Navin se quedó cerca escuchando las preguntas que iban respondiendo; no sabía si seguir pintando cuadros costumbristas de Cádiz o hacer algo más surrealista. Ahora todos sus compañeros se habían vuelto rivales y no podía venirse abajo.

Después de días rodeado de apuntes, óleos, acuarelas y lienzo, cerró la cremallera de la maleta para visitar a su familia. El taconeo, las palmas y las castañuelas animaban al público, alegre de ver a las alumnas de la escuela de danza bailar en el escenario, del Gran Teatro Falla.

Navin sorprendió a su madre entre bambalinas con un ramo de flores que lo agarró de la mano para saludar al público.

—¡Qué emoción de poder abrazarte! ¡Mírate, qué guapo estás!

—¿Te han gustado las flores? —preguntó Navin detrás del escenario.

—Me han encantao. —su madre le achuchó.

Los tres cenaron en un restaurante cerca de la playa comentando los pasos de baile. Navin sacó de una bolsa varios regalos para su madre y su abuelo. Estirando la misma camiseta que decía «I love Paris»

—Mira, parece que vamos a las olimpiadas. —comentó su madre.

—Si no la quieres, me la quedo.

—Ay, no, no.

A lo lejos, una alumna saludó a la madre de Navin, dejándolo con su abuelo.

—¿Qué tal la ciudad del amor?

—¡Abuelo!

El camarero les dejó la bebida sobre la mesa.

—¿Qué pasa, pisha? ¿No le llaman así?

Navin llenó el vaso negando con la cabeza.

—En fin…Bien, tengo que pintar unos cuadros para una galería en París.

—Espera, espera, yo no estaba— interrumpió su madre sentándose a su lado.

—Le decía lo de la galería de París.

—¿Ya tienes idea de lo que vas a hacer?

—Sí, pero es que…tiene que ser algo rompedor.

—Como el flamenco, ¿no?

El joven se quedó pensativo tocándose la barbilla.

—Tendré que competir contra muchos cuadros y…no sé.

—Seguro que haces algo increíble.

—Gracias, mamá. —Navin apretó la mano de ella con ternura.

Cuando terminaron y salieron a la calle, el viento del invierno agitaba las hojas de las palmeras con fuerza. Los tres estaban cansados de tanta emoción, volviendo a casa, dejando el ramo de flores en un jarrón con agua. Pusieron una película en la televisión, pero al rato se despidieron de Navin para irse a dormir.

El piso se quedó en silencio hasta que decidió apagar la luz del salón. Arrastró los pies por el pasillo hasta detenerse delante de la puerta del estudio de su abuela. La abrió despacio y entró. Las paredes estaban llenas de cuadros de paisajes marítimos, barcos de velas blancas, otros de bailaoras de flamenco, mezclando la tranquilidad de los azules con la alegría de los rojos. El joven se sentó en la silla del escritorio al mismo tiempo que miraba un retrato suyo de pequeño pintado por su abuela. Se restregó los ojos al sentir que se estaban llenando de lágrimas, mojando los puños de la bata que llevaba.

¿En qué momento había pasado el tiempo tan deprisa, sin poder contarle lo que le estaba pasando? Soltó un suspiro fijándose en una caja de cartón marrón con su nombre escrito en ella. La abrió y sacó un diario cerrado con un botón metálico.

«¿Qué es esto?» Pensó pasando las páginas escritas a mano con fotografías y dibujos.

Se detuvo al final, contemplando la cara de su abuela con él de pequeño, los dos sonriendo. Encendió la lámpara del escritorio para leer lo que ponía al lado de la foto.

«Ahora que te veo, nunca pensé que la vida me regalaría un compañero de arte como tú. Estoy agradecida que los pinceles me acercasen a ti, y yo, poder enseñarte a crear nuevos mundos. Es curioso que yo te enseñe y la que aprenda sea yo de ti. Mi pequeño aprendiz, un día, seguro, volarás alto.»

Se limpió los ojos doloridos de llorar hasta que la puerta se abrió. Su madre lo miró con los ojos entrecerrados de sueño.

—Cariño, ¿no duermes?

—¿Y tú?

—Me dolía la cabeza. —alzó un vaso de cristal con agua que había utilizado para tomarse una aspirina.—¿Es de la abuela? —señaló el diario acariciándole el pelo

—Sí…

—Mira qué guapo eras de pequeño.

El joven sonrió.

—Mamá, ¿qué pasa si me quedo en París?

Ella lo miró con melancolía.

—¿Tú quieres quedarte?

—No lo sé, por eso te pregunto.

Su madre suspiró apoyándose sobre la mesa.

—Cuando me enteré de que estaba embarazada —soltó un suspiró— Sentí mucho miedo, de verdad. Yo tenía ya otros planes en mi cabeza, no sabía cómo iba a cuidar de ti. Pensaba que no pararías de llorar. Hasta que reflexioné y pensé que eras un regalo. Me hizo mucha ilusión cuando te vi la carita por primera vez. Respirando, viviendo. —su madre sonrió— Tomé una decisión y lo demás también es, decisión tras decisión.

Navin pestañeó con ojos llorosos.

—Siempre tendrás aquí tu hogar, decidas lo que decidas. Como te diría el abuelo, eres joven. —Ella lo abrazó dejando escapar un bostezo.

—Anda, descansa. Mañana lo lees con más luz.

Navin se levantó y la acompañó hacia la puerta. Cogió el diario y se lo llevó a la habitación. Se sentó en la cama, apoyando la espalda en la esquina de la pared. Quitó la fotografía que estaba unida con un clip y abrió un cuaderno de dibujo. El lápiz no paró de hacer ruido sobre el papel hasta crear una imagen expresiva. Restregó el polvo de grafito con el dedo y alejó el papel, parpadeando con los ojos cansados.

Se arropó con la manta y dejó el cuaderno a los pies de la cama. La lámpara de la mesita se apagó, dejando el sonido del mar invadir el espacio.