27 . ¿En serio?
Lorel abrió despacio la puerta de la habitación de Elena, que se estaba estirando.
—¿Dónde estabas? —preguntó bostezando desde la cama.
La artista se acercó dejando la bandeja sobre el regazo de Elena.
—Yo…comprando en la boulangerie—señaló la napolitana que había traído.
—Ya… ¿y eso? —Elena se fijó en una marca que tenía en el cuello.
—¿El qué? —Lorel tragó saliva tocándose y se miró en el espejo del armario— Ah, esto. Esto es una reacción alérgica.
Elena se tapó la boca a punto de escupir café por la boca.
—Mira que me parto de la risa —exclamó con la voz ronca—¡Lorel no te vayas!
La artista salió corriendo a la cocina como si un trozo de hielo hiciera desaparecer el chupetón por arte de magia. Volvió apretando los labios de vergüenza y se apoyó en el marco de la puerta, observando a la asistenta sorber café, preparada para escuchar el chisme. Se acercó sentándose a los pies de la cama, soltando un suspiro sin saber por dónde empezar.
—¿Estás mejor de la resaca de anoche?
—Sí, ya me he tomado una aspirina. Venga, suéltalo, ¡Lorel!
—Vale, vale, vale…—se quitó el hielo del cuello antes de mirarla a los ojos—Hemos…pasado la noche juntos.
Elena abrió los ojos por completo y sonrió con la boca llena.
—¿Qué pasa? ¿Por qué pones esa cara? —se sonrojó Lorel.
—Nada, nada. No me lo esperaba de ti.
—Ya… yo tampoco —suspiró Lorel.
—¿Y va en serio?
La artista asintió y Elena se tapó la boca llena de emoción.
—¿Sabe lo de Jules?
—Sí y he pensado en hacer una exposición con René donde él pueda exponer también. No voy a dejar que Jules piense que no soy nadie sin él, al contrario, voy a terminar sus malditos cuadros, le gusten o no.
—¿Y Navin?
—Tiene a Guillem que lo va a hacer un icono, habló con René que espera su portfolio de pintura—habló con prisa hasta— y yo… yo lo quiero…mucho.
Los ojos de Elena se ablandaron al escucharla.
—Pero… ¿y si destapan que él te ayudó a pintar?
—No le daré mayor importancia porque fue algo justo y pactado. Además, él firmó un contrato de compromiso bajo total discreción. ¿Si no lo ha usado antes contra mí, para qué lo haría después?
—¿Tú confías en él?
—Me gustaría hacerlo, sí.
—Bueno, confiemos, pues. —Elena terminó de beber el café.
—¿Vais a poneros un nombre artístico? Los Mansot —bromeó antes de que Lorel se levantara de la cama.
—Muy graciosa, eh. Porque anoche tú también...
—No me acuerdo.
—Ya, claro, claro.
Elena se estrujó la cara con una mano.
—Voy a seguir con los cuadros de Jules.—la artista se levantó de la cama para vestirse— Y...mándale un mensaje, anda. Un bonjour, mon beau.
—Vete, romántica.
Lorel salió con un chándal y la cara lavada, de camino al estudio mientras pensaba en el amanecer de aquella mañana, esbozando una sonrisa.
«—Me voy —escuchó Navin antes de abrir los ojos.
—¿Qué hora es? —chasqueó la lengua medio dormido.
—Tú sigue durmiendo, son las nueve y cuarto —susurró Lorel mientras se calzaba.
—Puedes quedarte si quieres—se incorporó acariciándola.
—Tengo que terminar los cuadros y he dejado a Elena sola—contempló la cara de Navin haciendo pucheros— No te pongas así, anda. —se levantó para ponerse el abrigo.
—¿Cuándo te volveré a ver?
—Cuando… pintes lo cuadros para la exposición de René.
—¿Me estás matando?
—Quiero ver de qué eres capaz —se inclinó hacia él.
—Pues…prepárate. —Navin sonrió con los ojos entreabiertos.
Los dos se besaron con fuerza sin querer separarse.
Lorel desabrochó la cadena dorada de Navin.
—Eh, ¿Qué haces? —bajó la cabeza observando el anillo colgar de su cuello.
—Cuando nos volvamos a ver, me lo devuelves.
—Que carajo. No, no, no, esto es valioso. Lorel, no—intentó que reflexionase.
—Así estaré alrededor de tu cuello todo este tiempo—cerró la cadena pegando el anillo contra el pecho de Navin.
—Yo puedo darte una pulsera con la bandera de Andalucía.
La artista se rio.
—Me voy, adiós. —Navin la agarró de la muñeca dándole su pulsera de tela.
—¿Te puedo llamar? —la retuvo.
—¿Para informarme de que sigues llevando el anillo? Claro —se acercó acariciándole el pelo con las dos manos, dejándole un beso en la frente.
—Te estaré siguiendo de lejos —susurró Lorel y cerró la puerta con cuidado.»
Navin se tumbó en la cama, soltando aire por la nariz mirando al techo. Se dio la vuelta restregando la frente con la almohada, nervioso de un lado a otro hasta quedarse otra vez dormido acariciando la sábana del colchón. Soñó en los cuadros que podría presentar, algo abstracto, demasiado complicado. Una serie usando un solo color, no es mala idea, pero muy aburrido. Agarró el anillo con fuerza y se lo quitó con cuidado observando sus detalles a la luz de la ventana. «Esto no puede salir de aquí» pensó. Abrió la caja del pincel rojo y lo intercambió por el anillo, guardándolo a buen recaudo. Movió el pincel entre los dedos pensando «¿Qué necesita el mundo del arte?» Sin encontrar respuesta decidió salir a la calle para dar un paseo y observar los edificios históricos. Escuchar el ruido del tráfico, los niños riéndose, gente paseando, conversaciones en francés que no entendía y música callejera que adornaba el ambiente.
El otoño se estaba convirtiendo en un apagado invierno con los árboles desnudos de hojas. Lorel se había concentrado en terminar los cuadros de Jules, era lo primero que quería hacer, quitárselo de en medio. Tiró el pincel al suelo analizando los cuadros desde lejos después de dar unos últimos retoques. Hacía frío en el estudio y las paredes blancas no ayudaban a que la habitación se sintiera acogedora. Hizo varias fotografías a los cuadros y se los mandó a Jules con un audio mientras recogía para salir de allí. «Ya los tienes listos para la exposición, cuando quieras puedes venir a verlos. Si no te gusta algo, te aguantas, no voy a gastar más tiempo en ellos. Además, están bastante bien y son unas buenas piezas. Por favor, no me hables hasta que nos veamos en la presentación al público de los cuadros, creo que somos bastante adultos para hacer nuestras vidas por separado. Adiós, Jules.»
Lorel buscó un nuevo estudio de arte a las afueras de París para alejarse del ruido de la ciudad e invertir su energía en una nueva colección. Tenía un jardín al que podía salir a pasear sin tener que preocuparse de cómo iba vestida. De vez en cuando recibía la videollamada de Navin que le alegraba el día intercambiando opiniones de sus cuadros. Navin grababa vídeos enseñando sus trabajos de universidad, ayudado por Guillem, que lo pasaba mejor que él.
—Estoy grabando mi vida universitaria para YouTube.
—Lo he visto y deberías hablar más en francés.
—Es que me da vergüenza…—se restregó la cara con la mano— y ya sé que tienes toda la razón.
—¿No te gusta equivocarte cuando lo hablas?
—Es que no me siento yo, es como si estuviera interpretando a otra persona. Pierdo mi soltura y la garganta se me cierra.
—Tranqui, tú confía. —Lorel le animó.
—Tú pronuncias mejor. —la observó en silencio mientras cambiaba la cámara, enseñándole el paisaje de árboles verdes.
—Voy a hablar con René sobre la exposición.
—¿Le vas a hablar de mí?
—Un poco.
Navin sonrió moviendo las cejas.
—Bueno, me tengo que ir.
—No me gusta cuando cuelgas. —Navin hizo que sonriese.
—A mí tampoco, pero no me gusta la tontería de «cuelga tú, no, cuelga tú primero».
—Si soy yo el que cuelgo, no cuelgo nunca, ¿no? Mira mi dedo, adiooo.
El viento gélido movió el pelo de Lorel al salir al jardín. Un coche negro se acercaba por la carretera, iluminando su sonrisa poco a poco. René se bajó seguida de su perrita, que Elena cogió en brazos tras acercarse a él coche. Lorel reaccionó rápido y la ayudó sujetando una caja de pasteles.
—Ay —suspiró— Yo también me voy a venir a vivir al campo.
—¿La has escuchado, Lorel? —Elena no se lo creía.
—No te va a sentar mal, ¿eh?
—¿Lejos de tus boutiques?
—Eh, no estoy diciendo que esté de lunes a viernes en el campo. Bueno, dejadme tranquila, enséñame el nuevo taller.
Elena las dejó a solas mientras se encargaba de la caja de pasteles. René entró al estudio sin sonreír, analizando los cuadros que había empezado y los que todavía estaban en blanco. Lorel acarició la cabeza de la perrita sin decir nada.
—Pero si no tienes nada, ¿para qué he venido entonces?
—Quiero resurgir como un ave fénix y necesito tu ayuda.
—¿Qué quieres que haga?
—Una exposición.
—Ya, pero tendré que ver tus cuadros…
—No solo mis cuadros, sino los de otros artistas. Artistas desconocidos, bajo las sombras de la École nationale supérieure des beaux-arts que desean tener la oportunidad de exhibir sus obras por primera vez.
—Lorel, mi galería selecciona obras de calidad para grandes compradores. No es una sala de exposiciones temporales con entrada gratis.
Elena apareció para respaldar a la artista.
—¿Tomamos un café en el salón? Aquí hace un poco de frío.
La galerista se relajó con el calor de la chimenea, los buenos pasteles y el café.
—Yo creo que puedes encontrar grandes joyas y sacar provecho en la semana del arte de París. Dando energía a lo de siempre y a los de siempre, piensa que tú aportas el nombre de tu galería y Lorel es la embajadora de estos artistas. Si sale bien, el año que viene se podría seguir con otros —agregó Elena.
—Pero, vamos a ver. A mí me interesa vender los cuadros de Lorel. No vender los de otros desconocidos.
—También podrás sacar un pequeño porcentaje de ellos, es justo. Tú vas a poner el espacio, pero no vamos a vender solo los cuadros, vamos a hacer algo más, que salga a las calles y que conecte con los demás.
—¿Merchandising?
—Sí, entrevistas, talleres para que entiendan el arte, redes sociales…
René tomó un sorbo de café y la dejó sobre el plato. Agarró un petisús de chocolate y le dio un mordisco, saboreando la idea.
—Está bien.
Elena y Lorel abrieron los brazos a la vez.
—¿De verdad?
—Sí, pero voy a necesitar ayuda —añadió con la boca llena recibiendo un abrazo de las dos— Y tú, Lorel, sigue pintando.
—Sí, sí, sí, vas a alucinar. Te quiero.
Con el portátil en el centro de la mesa, se pusieron a organizar las ideas.
Siguiendo los pasos de Guillem, publicación tras publicación, Navin consiguió llamar la atención entre los influencers de redes sociales, recibiendo su primera invitación de una nueva marca de perfumes de hombre. No sabía lo que estaba haciendo con su vida y si quería seguir por ese camino lleno de vídeos y fotografías constantes, pero lo cierto era que estaba empezando a crear una nueva imagen como artista y quería estar a la altura de Lorel.
Al atardecer, el interior de un barco en el río Sena estaba decorado de negro y espejos con el logotipo de la marca por todos los lados. Los modelos, bien vestidos, comenzaron a llegar, incomodando a Navin que no encajaba allí; Guillem, al contrario, saludaba a todo el mundo.
Después de hacerse unas fotos y con una copa en la mano que no quería beber, contempló a la gente charlar con esos atuendos tan interesantes, ensimismado, hasta que alguien se chocó con él haciendo caer la copa al suelo. Navin se sorprendió al ver el cristal roto notando cómo golpeaban su hombro con una mano.
—Pardon, pardon…—continuó hablando en francés conforme se alejaba, pero Navin no le entendió hasta que volvió con una copa nueva llena de vino.
—Oh vaya, yo te conozco —sacó a relucir una sonrisa perversa—he visto uno de tus vídeos en Instagram.
—Ah —el joven empezó a sudar, deseando salir de allí.
Jules apartó la mirada, haciéndole una seña a una chica rubia que parecía ser su acompañante para que no le esperase. Se apoyó en la barandilla del barco y empezó a hablar en español.
—Pintas muy bien, los cuadros de otros o, mejor dicho, de otra. —Navin tragó saliva al entenderlo—.¿Qué se supone que haces aquí? ¿La estás siguiendo?
—No, estoy de Erasmus. Así que, si me disculpas, voy a seguir trabajando para ser un gran artista. —contestó intimidado.
—Ah, ¿quieres ser como ella? ¿estás seguro?
Navin alzó las cejas, confundido.
—No te lo vas a beber, ¿verdad? —Jules le quitó la copa y tomó un sorbo— Mira, chaval, por muy buena persona que te parezca Lorel, al final lo que nos gusta es ganar dinero. ¿Por qué crees, sino, que rajaron el cuadro de la feria?
—¿Qué quieres decir?
—¿Con la seguridad que había, sólo ese cuadro? ¿Sólo ese? Por favor, no te lo crees ni tú.
El joven frunció el ceño.
—Seguro que sabes lo que es un trampantojo, ¿verdad? Un dibujo tan bien hecho que pasa desapercibido de ser mentira. Eso es lo que son, esos cuadros, mentiras, para ganar más dinero a costa de otros. De otros, cómo tú.
—Será mejor que me vaya, no sé por qué estoy hablando contigo.
El joven dio unos pasos hacia atrás.
—¿No me vas a dar las gracias? —Jules le agarró el abrazo.
—¿Por?
—Por abrirte los ojos.
Navin le mantuvo la mirada a Jules aguantando una palabrota, apretando los labios. Al final se alejó derrotado entre la gente, encontrándose con Guillem, a quien le dijo que se iba, sin dejar que lo acompañase. Necesitaba andar él solo cerca del río con las manos en los bolsillos, aguantando las lágrimas hasta llegar al piso donde se quitó con rabia la chaqueta de cuero plateada que llevaba. Se sentó en la cama negando con la cabeza.
—Joder, estoy harto, ya. ¿Ella me quiere o estoy ciego? No lo sé.
Sus ojos empezaron a soltar lágrimas sin control, respiró nervioso hasta que escuchó un golpe en su puerta.
—Soy Emil.
—No puedo hablar ahora —respondió sin que se notase que estaba llorando.
—Sí que puedes, te acabo de escuchar y no estás bien. Abre.
Emil entró en el piso observando a Navin secándose las lágrimas con las mangas de la sudadera que se había puesto. No dijo nada y se agachó, recogiendo la chaqueta plateada que seguía en el suelo.
—Sí, ponla en la silla —le pidió sorbiéndose los mocos. Su amigo se sentó en la silla delante de él esperando a que dijera algo.
—¿Puedes guardar un secreto?
Emil asintió escuchando la historia, intentando no interrumpir con muchas preguntas, tan solo las necesarias para afianzar la información que no podía creer.
—Necesitas un abrazo, tío. ¡Qué barbaridad!
—No sé qué pensar. Me siento fuera de lugar y encontrarme con él es la gota que colma el vaso.
—Sabes que esas palabras son pura crueldad y no puedes dejar que te hundan. Ella está apostando por ti, y si te buscó aquella noche en el Puente de las Artes y habló contigo, es porque le importas.
Navin asintió.
—Ah, pero una cosa, si vas a estar con ella, sabes a la perfección el mundo en el que te estás metiendo.
El joven cogió aire y Emil le dio una palmadita en el hombro.
—Céntrate en ti mismo y deja que tus cuadros hablen.
—Es que siento miedo, de no saber en qué me estoy convirtiendo.
—Eso es una buena señal, si no sintieras miedo es porque no estás cambiando nada en ti.
Emil lo dejó a solas tomándose una taza de leche caliente, pensando en sus sentimientos.