26 . Algo que decir
Con las manos en los bolsillos y a paso ligero, Lorel llegó al Puente de las Artes. «¿Qué hago aquí? ¿Vendrá? No hay nadie y hace un frío horrible» pensó antes de apoyarse en la barandilla del puente. Fijó la mirada en el horizonte del río dejando correr el tiempo, hasta que alguien se paró delante de ella.
—Hola —susurró al verlo.
—Hola —Navin sonrió cogiendo aire.
Lorel ladeó la cabeza, siguiéndolo con los ojos hasta tenerlo al lado, apoyado en la barandilla como ella, observando el paisaje. Se quedaron unos segundos en silencio hasta que un escalofrío recorrió el cuerpo de la artista.
—Te veo diferente. —se giró observando el abrigo elegante que llevaba.
—Ya… —Apretó los labios para contener las lágrimas—. Es que…me han pasado muchas cosas —Su voz desapareció al final, hablando con los ojos mostrando un dolor que había guardado por mucho tiempo. La ruptura inesperada de Lorel, la pérdida de su abuela, un país nuevo donde no entendía a nadie y la exigencia del último año de universidad. Todo se iba acumulando en su cabeza hasta perder el equilibrio.
—Eh, ven aquí… —Lorel lo abrazó fuerte, sintiendo el dolor de Navin traspasarla, recordando la muerte de su padre, Enzo Mansot.
—No sabía que la vida podía ser tan triste. ¿Cómo lo haces?
Ella se separó poniendo la cara de Navin entre las manos limpiándole las lágrimas con los pulgares.
—Recordando los momentos felices y llorar mucho.
Los dos sonrieron con la nariz moqueando sintiendo alivio. Lorel bajó la cabeza para limpiarse con un pañuelo despegándose de él.
Navin suspiró limpiándose las lágrimas.
—Me alegro de verte.
Lorel le cogió del brazo inclinándose sobre él.
—Necesito hablar contigo.
—¿Sólo hablar? —Navin bajó la cabeza mirándola a los ojos— Una llamada telefónica te hubiera ahorrado un resfriado.
—No me habría conformado con escuchar tu voz.
—Ya, yo tampoco. —mostró una sonrisa cómplice.
Lorel apartó la mirada suspirando, pensando en qué decir, pero unos labios rozaron su mejilla, retiró la cara sintiendo los latidos del corazón retumbar en su cabeza. Lo volvió a mirar, con la mano sobre la mejilla de él, cogiendo aire por la nariz.
—Dime que no te has gastado el dinero de la beca en alquilar un chambre de bonne.
—¿Lo comprobamos?
Agarrados de la mano, Lorel siguió a Navin por las calles parisinas hasta llegar a un bloque de pisos en el Barrio Latino. Tardó en abrir la puerta jugando con la llave resoplando al final.
—Imagínate la misma situación cuando vuelvo de la universidad.
—La ubicación no está nada mal, eh. Algunos están a las afueras de la ciudad. —Lorel inspeccionó con la mirada la calle.
Subieron las escaleras de madera susurrando al escuchar los crujidos del suelo.
—¿No tienes ascensor?
—No, pero las vistas desde la ventana lo arreglan todo.
—Eso espero.
Llegaron a la planta exhaustos, donde Navin levantó el dedo índice pidiendo un segundo para asomarse antes de que Lorel lo viese. Pasó dejando la puerta entornada para despejar la cama de ropa, y cualquier superficie en la que había dejado botes de todo tipo. Ella empujó la puerta despacio, observando cómo ordenaba el escritorio lleno de papeles con dibujos a lápiz y apuntes de historia del arte. Cerró detrás de ella con la mirada clavada en un cuadro con manchas de óleo. La habitación olía a perfume peleándose con el olor a piso viejo.
—Tienes mucho trabajo —Lorel se acercó a él y agarró un folio con manchas de acuarela que estaba en la mesa.
—Eso es solo una prueba del gramaje del papel.
—Queda bien…—se quitó el abrigo mostrando su vestido rojo.
—Saliste en los periódicos cosiendo el cuadro —le quitó el abrigo del brazo.
Lorel tragó saliva inspirando al recordar ese momento de tensión.
—Yo no habría hecho lo mismo, con lo que costó pintarlos…
—Tenía que reapropiarme de mi obra.
—Así salieron buenos titulares y los vendiste, ¿no?
—Sí, menos mal —respondió sin interés tocando uno de los botes de pintura.
Navin abrió uno de los cajones del escritorio, sacando una caja de madera alargada.
—Mira, mi amuleto de la suerte —la abrió mostrando el pincel rojo que le regaló Lorel.
Ella sonrió levantando una ceja.
—La suerte no existe, todo es esfuerzo y sacrificio.
—Entonces, ¿por qué tú y yo, nos hemos encontrado otra vez? —frunció el ceño.
Lorel abrió la boca para buscar una respuesta, pero se tragó sus palabras recibiendo un beso pasional de Navin, que no se despegó hasta chocarse con el borde de la cama. Los dos cayeron sobre el colchón, recorriendo con las manos sus cuerpos. Navin deslizó sus dedos por el hombro de ella, bajando el tirante del vestido.
—Espera —ahogó un gemido sintiendo el aliento de él en la clavícula.
—¿Qué? —subió la mirada en busca de sus labios.
Lorel lo apartó despacio, respirando hondo, moviendo los ojos nerviosa, de un lado a otro.
—Él lo sabe —susurró.
Navin se retiró y apoyó la espalda en la pared con las piernas estiradas en la cama y los zapatos puestos. Lorel hizo lo mismo a su lado, los dos con la ropa desabrochada.
—¿Cómo? ¿Desde cuándo? ¿Él sabe que estoy aquí? Pero, tú vas a exponer con él. No lo entiendo. —miró a la artista esperando a que hablara.
—Hemos hecho un acuerdo, ¿vale? —siguió hablando al frente— Yo le pinto unos cuadros para su exposición y él se calla con su dinero en la mano.
—¿Cuánto? —Lorel no respondió— ¿Quién se cree que es, joder?
—¿Y tienes que pintarle unos cuadros? ¿No podías haberle dado el dinero en mano y dejarle tirado?
—No, porque va Camille Artois, una de las grandes coleccionistas de arte y quiero que se lleve uno de mis cuadros —explicó sin coger aire.
El joven resopló y observó los dibujos colgados en la pared.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—Pues…no lo sé.
Lorel se cruzó de brazos escondiendo la cabeza debajo de ellos con las rodillas pegadas al pecho. Escuchó los zapatos de Navin caer al suelo y el colchón moverse.
—¿Tan importante es Camille Artois? No me suena.
—Sí, mucho. Es que no pertenece a tu…clase social. —Levantó la cabeza con una idea. —¡Ya sé, ya sé! —sonrió—¿Has estado hablando con René?
—Sí, ¿Por?
—Haremos una exposición.
—¿Los dos?
—Mmm, no. Más gente, más artistas como tú.
Navin frunció el ceño.
—Yo me entiendo.
—¿Los del école?
—Tendrás que pintar mejor que nadie.
—Eso está hecho.
Lorel, entusiasmada, lo miró fijamente a los ojos a punto de sostenerle la cara con las manos.
—¿Qué somos? —preguntó Navin con una media sonrisa.
—Dos artistas que se quieren… —los ojos del joven brillaron.— …con pintura.
Navin se separó extrañado.
—Digo con locura— corrigió con las palabras atropelladas, haciéndole reír.
Los dos se unieron en un beso descolocado, tirando de la ropa, olvidándose de todo. Navin subió las manos por debajo del vestido dispuesto a tirar de las medias mientras Lorel le desabrochaba el pantalón. Se tumbaron en la cama uniendo las miradas, escuchando sus respiraciones aceleradas. Él se acercó y besó el cuello de ella, que cogió aire por la boca, arqueando el cuerpo.
—¿Vas a decir algo más, esta vez? —susurró Navin.
Lorel sonrió relamiéndose los labios y agarró la barbilla de él.
—Solo tu nombre.
Entrelazaron las manos con fuerza sin dejar de besarse, arrugando las sábanas con los pies.