Un compromiso con el arte 25 . Puente de las Artes
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25 . Puente de las Artes

Étienne y René se ponían al día con sus vidas, sin quitarle el ojo de encima al joven artista, hasta que Lorel entró por la puerta con Lucía, recibiendo una ronda de aplausos. El restaurante Le secrète tenía un aspecto exquisito con las sillas tapizadas de terciopelo marrón, manteles blancos y pañuelos bordados en dorado colgando del techo, realzados por la luz cálida del lugar. Ocuparon los sitios que quedaron libres en una mesa redonda, terminando con la violinista entre la artista y el ayudante, que tomó un sorbo de agua después de saludar como si no la conociese.

Lucía empezó a hablar de los ensayos y sus anécdotas graciosas e intrigantes hasta que llegó el segundo plato. Guillem habló, gesticulando con las manos sin quitarle ojo a Elena y René.

—Hablando de música, no sabía cómo podría conectar tanto a la gente. Sin ella no habría conocido a Navin, que por cierto ya tiene un encargo importante.

—¿Por la música o por mi miedo a volar? —el joven provocó que Guillem sonriese con la boca llena dándole en el brazo.

—Yo estoy muy agradecido de estar aquí —miró con disimulo a Lorel— No esperaba ni mucho menos encontrarme con un gran publicista y amigo.

La artista arrugó la servilleta que tenía en las piernas y la puso sobre la mesa al escucharlo.

—Oh, gracias. Ya verás, le vamos a hacer competencia a Lorel.

Ella sonrió incómoda cerrando los ojos hasta que Elena sacó las uñas.

—Bueno, bueno, no cantemos victoria tan deprisa, el arte es una carrera de fondo y labrarse una reputación.

—¿Carrera de fondo? Lo que hay que saber es cómo anunciarse en los sitios clave.

En medio del intercambio de palabras, que soltaban los dos, la silla de la artista hizo ruido, atrayendo las miradas de los comensales.

—Disculpadme —se retiró de la mesa mostrando la palma de la mano.

Étienne y René se unieron al debate para tranquilizarlos. Navin se levantó sin que nadie se diese cuenta, excepto Lucía, que lo siguió con la mirada hasta desaparecer en los servicios. El joven sacó el teléfono móvil del bolsillo interior de su chaqueta y escribió en él. Dentro de los servicios, agachó la cabeza resoplando delante del espejo. No sabía qué hacer. «¿Esto es una señal del cielo, abuela?» pensó.

Lorel volvió a la mesa con una expresión más relajada.

—¿Estás bien? —preguntó la violinista.

—Lorel, disculpa, no quería faltarle el respeto a nadie —rogó Guillem con las manos.

—No te preocupes, este oficio no es fácil y bien lo sabe Lucía. Muchas veces puedes tocar tu mejor pieza y no entrar en la orquesta que quieres porque hay alguien mejor que tú. Así es la vida, nunca dejas de aprender —agarró la copa de vino, terminándola de un solo trago.

—Bueno, vamos a pedir el postre para terminar bien la noche —concluyó Étienne.

Navin apareció por la espalda del director de la revista jugando con el móvil entre los dedos, levantándolo para que lo viera Lorel.

—Pensaba que eras un camarero —bromeó Étienne bajando la mano hacia el joven que le sonrió antes de sentarse.

—Debería ir practicando por si necesito un segundo trabajo.

—No digas eso —bromeó Guillem.

Lorel sacó del bolso el teléfono móvil, por debajo de la mesa, leyendo un mensaje que decía «Pont des Arts 00:00». Bloqueó la pantalla y lo guardó, cruzando miradas con Navin en un milisegundo.

—¿Vamos al Lune? —René estiró el brazo tocando el hombro de Lorel, inclinando la cabeza hacia atrás para esquivar a Elena, sentada entre las dos.

—Mmm… —la conversación de Lucía y Navin la despistó.

—¿Estás en la École nationale supérieure des beaux-arts?

—Lo has pronunciado mejor que yo.

—El edificio es precioso ¿a que sí?

—Sí, una maravilla —respondió poniendo el oído en la respuesta de la artista.

—No sé… —contestó antes de ser interrumpida por Elena.

—Está cansada de pintar todo el día.

—Bueno, así desconectas un poco del trabajo y tú también —sugirió René.

—Vale, estaremos un rato. —Lorel tocó el brazo de la galerista.

—¿Tienes nuevo proyecto, Lorel? —se interesó Étienne, callando la conversación de Lucía y Navin.

—Sí, una exposición para estas navidades —respondió con los platos del postre acercándose por los hombros —Los cuadros son bastante grandes, así —partió la bola de chocolate crujiente con la cuchara— hay más sitio para ideas rompedoras.

—La está organizando Jules Atget —comentó René.

—Ah sí, el gran fotógrafo. —lo reconoció Étienne.

Navin abrió los ojos después de tragar una cucharada de crema, sorprendido al escuchar aquel nombre.

—¿Y tú, Navin, también vas a exponer? —preguntó Étienne.

—Me gustaría, la verdad.

—Podríamos hacer una propuesta para la galería de René. —Guillem la miró.

—Si sólo pudiera comer una comida hasta mi muerte, elegiría este postre —interrumpió Elena.

—No creo que sea el momento para hablarlo, Guillem —respondió Navin.

—Tienes razón, ya me callo. —añadió Guillem pegándose a su brazo.

—Podemos concretar una reunión, cuando te venga bien. —dijo René.

Lorel clavó la mirada en Navin chupando la cuchara del postre. Se estaba metiendo en su vida sin esperarlo.

De camino al club nocturno, Guillem no paraba de decirle a Navin lo mucho que le ayudaría subir contenido a las redes sociales para ganar dinero haciendo publicidad para varias marcas. René hablaba con Elena sobre el nuevo bolso de Chanel que se quería comprar, pero dudaba del color, Etienne las guiaba delante, frotándose las manos. Al final del grupo se quedaron Lorel y Lucía cogidas del brazo paseando.

—¿Qué pasó con el famoso arquitecto de aquella noche? Con tanta feria de arte, al final no me dijiste nada.

—Porque…—buscaba las palabras— No pasó nada —terminó derrotando sus pensamientos.

—¿Nada…más? —Lucía la miró a través de las pestañas.

—No, nada —su amiga sonrió manteniendo la cabeza al frente.

Lucía tenía el presentimiento de que estaba mintiendo y decidió rascar.

—Me cae bien Navin, es majo. Está estudiando en la ENSBA como tú, pobrecito. Tiene que practicar más el francés.

—Normal, si viene sin saber el idioma, le va a costar —añadió Lorel sin empatía.

—No tardará mucho en aprenderlo porque tiene labia y un buen físico.

—Ya ¿y qué? Si no pinta bien, poco va a hacer.

—Bueno, ya se vende más el propio artista que las obras. Yo, si fuera tú, haría una alianza para llegar a nuevos públicos.

Lorel se rio con la garganta.

—Es broma, ¿no?

—No, no es broma, tú piénsalo bien.

—Vale, ya hablaremos, que estamos de celebración.

Lorel bromeó llegando al club nocturno con las paredes rojas y lámparas en cada mesa rodeada de sillones azules. Los parisinos iban bien arreglados con trajes y vestidos que venían de la ópera. Guillem se acercó a la barra con las manos sobre los hombros de Navin.

—Ponme dos chupitos.

—Que sean cuatro, mejor —Elena le corrigió apareciendo al lado de Guillem.

—¿Habéis salido mucho por París? —preguntó Elena.

—Lo estoy entrenando, ya sabes, para dejarse ver —contestó Guillem.

—¿Ya estás haciendo relaciones públicas? —Elena fijó los ojos en Guillem.

—El arte tendrá que ser comprado, ¿no crees?

Mientras Elena y Guillem se ponían a hablar con un tono frío hasta uno más relajado. Lucía se interesó por el joven artista.

—¿De qué conoces a Lorel?

—Pues, bueno, en la carrera nos hablaron de sus obras y a partir de ahí la seguí en redes sociales. ¿Y tú?

—Somos amigas del colegio, por aquel entonces no teníamos ni móvil. —sonrió— ¿No te gusta beber?

—¿Por?

—Ni te has bebido el chupito entero.

Navin hizo un gesto con los brazos bebiendo lo que quedaba.

—Deberías aprovechar.

—¿El qué?

—Poder conocer a tu artista favorita.

—No creo, no tengo nivel para hablar con ella.

—¿Quién lo dice?

Navin esbozó media sonrisa al ver que Lucía lo miraba retándolo.

—¡Por un mundo lleno de arte y éxitos! —Guillem repartió más chupitos con el brazo rodeando a Elena.

—Santé! —Todos tragaron a la vez, dejando a Lucía observar a Navin bebérselo.

Lorel se había quedado hablando con René en uno de los sofás donde observaba a Guillem susurrando de más en el oído de Elena. Lucía y Navin se acercaron a ella ofreciéndole un chupito que había sobrado.

—¿Tu amigo es fiable?— preguntó Lorel después de beberse el chupito.

—Déjala disfrutar, anda. Hace mucho que dejó a su novio.

Lorel alzó la ceja sin fiarse de él.

—Es buen tipo. —añadió Navin.

—Y guapo, ¿eh? —Lucía le dio un codazo a Lorel.

—Yo los veo juntos. —sugirió el joven.

—¿A que sí? Yo también. Los dos son altos, toman decisiones todos los días...

—¿Podéis parar?

Lucía y Navin se miraron partiéndose de risa.

La noche continuó hasta que René y Éttiene decidieron marcharse.

—Creo que he cogido algo de frío —pensó René en voz alta tocándose la frente.

—¿Por qué? —se preocupó Éttiene.

—Me duele un poco la cabeza.

—Te acerco a casa —dijo Étienne.

Lorel se fijó en la postura de René.

—Yo también debería irme, ha sido un día largo —Lucía se levantó despidiéndose de los dos.

—Puedo pedirte un taxi —se ofreció el director.

Lorel escaneó con la mirada el lugar hasta encontrar a Elena y Guillem acariciándole el brazo. Se acercó a ella para traerlos hacia la puerta.

—¿Ya os vais? —preguntó Guillem.

—Lucía necesita descansar y ya son casi las cuatro de la madrugada.

—Entonces—Elena se giró hacia Guillem— nos volveremos a ver.

—Eso seguro.

Guillem y Navin se despidieron del taxi y mientras esperaban el suyo, no dijeron ninguna palabra. El joven miró a Guillem sonriendo.

—¿Qué?

—¿Qué de qué? —bromeó Guillem.

—Te gusta Elena.

—Es maja —acabó ocultando la sonrisa girándose para otro lado.

—Te gusta.

—¿Y tú qué? Fan de Lorel, ¿eh?

—Sí, puro fan.

—No te creo.

Los dos se subieron al taxi tonteando.

—¿Puede llevar a este señor a su casa? Ha bebido demasiado amor esta noche —bromeó Navin.

Lorel llegó al apartamento y ayudó a Elena a tumbarse en la cama. Le puso el pijama y en cuestión de minutos se quedó profundamente dormida. Encontrarse con el ayudante y Guillem había sido una experiencia intensa.

La artista cerró la puerta de la habitación sin hacer ruido y se quitó los zapatos de tacón, dejándolos desperdigados por el suelo. Soltó aire por la boca agotada, sentándose sobre el sofá del salón. Contestó a las fotos que le había enviado Lucía con un emoticono de corazón rojo y «Gracias, nos vemos pronto. Descansa», siguió deslizando el dedo por la pantalla hasta responder otro mensaje.