24 . Ópera Garnier
Los días pasaron al igual que las hojas del cuaderno de acuarela de Navin. El profesor se había empeñado en que tenían que controlar esa técnica y no le estaba resultando nada fácil. Por el contrario, Lorel con el nuevo proyector que le llevó un repartidor en moto, siguió pintando los cuadros hasta terminar dos de ellos, por fin ya llevaba la mitad. Estaba cansada, pero se animó pensando en que por la noche podría escuchar a su amiga Lucía tocar en la Ópera de París.
Jules se acercó al estudio para ver cómo avanzaba el encargo.
—Te he traído un pain aux raisins —le extendió la bolsa de papel marrón mientras observaba los cuadros.
La artista agarró la bolsa haciendo ruido y le dio un mordisco.
—Todavía le tengo que dar una vuelta —añadió con la boca llena.
—Y tanto —repuso Jules haciendo que Lorel se pusiera de morros.
—Tú no te preocupes, puedo hacer un cambio hasta horas antes de la exposición. —se sentó en el marco de la ventana.
—Te veo muy tranquila para el poco tiempo que tienes. —Eso es que confío en mí.
—Pues confía mucho, bonsoir.
—¿Ya te vas?
—Sí, tengo otros asuntos que tratar.
—¿Asuntos carnales? —se burló, la artista sacándole una sonrisa pícara al fotógrafo.
—¡No te relajes! El fin de semana es corto, adiós.
—Adiós.
Lorel se quedó delante del cuadro pensando en qué podría añadir hasta que se giró, apoyándose sobre la puerta de madera del estudio. Se fijó en la mirilla de la puerta y la empujó con la uña, desprendiéndola con facilidad. Con la cámara microscópica en el puño de la mano, le entraron unas ganas irresistibles de rajar los lienzos y así empezó con uno después de arrojar la cámara al suelo hasta hacerla añicos. «Voy a pintar lo que me dé la gana» pensó al traspasar el cuadro con la mano por el agujero que había cortado.
Elena desbloqueó la pantalla del teléfono mirando la hora que era.
—¿Dónde estás? —le preguntó a Lorel un poco enfadada.
—Pues… voy de camino…—la artista empezó a recoger al ver la hora.
—¿De camino por dónde?
—En seguida llego —Lorel colgó y limpió los pinceles a toda prisa; saliendo del estudio, cubriéndose con la gabardina.
La orquesta empezó a sonar con el sonido de los violines. Los cantantes de ópera aparecieron en el escenario representando la obra de Carmen por Georges Bizet. El vestuario colorido y el dramatismo atrapaban a espectadoras como René, Elena y Lorel.
Dos horas y media después, con el sonido de los aplausos, Lorel se fijó orgullosa en su amiga Lucía que miraba al público vitorearlos.
—Es una preciosidad, han cantado de maravilla —comentó René saliendo del palco hacia las escaleras.
—Sí, Lucía ha estado perfecta. Espero que haya visto el ramo de flores que le he dejado en el camerino. —Lorel juntó las manos.
—Ahora la saludamos—añadió Elena.
René escuchó su nombre a lo lejos y se giró sobre sí misma, moviendo la falda con un estampado llamativo sin ningún miedo a llamar la atención.
—¡Étienne!
Los dos se saludaron con dos besos sin que el caballero soltase la mano de la galerista.
—Estás fabulosa —besó el dorso de la mano.
La mujer recibió el halago inclinando la cabeza hacia atrás.
Elena y Lorel se quedaron observando el saludo de los dos hasta que René Rouge se las presentó al director de la revista, trajeado con un reloj deportivo.
—Sí, ya las conozco. Lorel salió en un artículo en la sección Under30 ¿o me equivoco?
—Estás en lo correcto. Qué pena que ya me haya pasado el límite. —Lorel lo saludó con un apretón de manos.
—Podrías seguir y nadie se daría cuenta —sonrió Étienne.
Un hombre alto con traje marrón se acercó por la espalda del director mostrando una sonrisa blanca de revista.
—Este es Guillem, mi hijastro.
—También me puedes presentar como tu estilista personal.
Étienne soltó una carcajada grave.
—Es que no sabía qué reloj ponerme —se inclinó hacia René.
—Oh, este es Navin, artista emergente. —Guillem le empujó despacio con la mano en la espalda para que saludara a René que lo miró como una nueva oportunidad de negocio.
—Hola, encantada.
—René es una de las galeristas más reconocidas de París. —susurró.
—Gracias, Étienne, por tu encabezado —bromeó la mujer antes de saludar a Navin que vestía un traje negro cruzado, con la camisa a juego y unos zapatos negros de charol.
—Enchanté —pronunció a la perfección.
—Hablo español, no te preocupes, seguro que conoces a Lorel Mansot.
—¿Habéis visto un fantasma? —se burló Étienne mirándolas con los rostros pasmados.
—Sí, sí, soy un gran fan —comentó Navin sintiendo el corazón salirse del pecho al verla con un vestido de satén granate, drapeado con los hombros al descubierto.
—Ah, qué bien —parpadeó Elena cambiando la cara.
—Me gustaron los cuadros de la feria CONARTE.
—Sí, fueron todo un reto para mi carrera artística ¿verdad, Elena?
—Sí, hoy mismo han comprado la última pieza. Gracias al apoyo de René.
—¿Yo?
—No te hagas la sorprendida, mon ami —bromeó Elena.
—¿Qué tal si cenamos en Le secrète? —sugirió Étienne.
—Estaríamos encantadas. —sonrió René.
—Me tenéis que disculpar, pero tengo que saludar a una amiga violinista —se retiró Lorel.
—Que nos acompañe, será un placer conocerla.—le guiñó Étienne el ojo a la artista.
—Claro, ahora nos vemos.
Elena y Lorel estrecharon la mano de Étienne y Guillem hasta que Navin se quedó mirándola con una sonrisa educada. Sus manos se agarraron con fuerza hasta alejarse con suavidad, rozando las palmas con la yema de los dedos conteniendo sus sentimientos.
—Adiós —susurró Navin.
Las dos se alejaron, dejando a René hablando con Étienne y los dos jóvenes. Navin cerró la mano en un puño, cogiendo fuerza para mantener una conversación con la galerista. Lorel abrió la mano, separando los dedos hasta agarrar la tela del vestido para no tropezarse con los tacones. Elena la cogió del brazo para ayudarla al mismo tiempo que transmitía tensión con su mano.
—No sé en qué pensar, Lorel. No me lo puedo creer —balbuceó Elena sujetando los dos abrigos que estaban recogiendo del ropero.
—Yo tampoco —la artista cogió el suyo.
—¿No estarás enfadada conmigo?
—¿Yo? ¿Cómo iba a…? Por favor, él es… —Lorel se puso el abrigo.
—Alguien que no debería estar aquí —susurró Elena— ¿Y si se encuentra con Jules?
—Ese asqueroso fotógrafo, ya va a ganar suficiente con mis cuadros; por eso tenemos un acuerdo.
—Pero, ¿y si hace lo mismo con él?
—No es conocido en París.
—Todavía.
Lorel cogió aire estresada.
—Vale, mira, ahora yo voy a saludar a Lucía —intentaba mantener la calma— y voy a cenar con ella y después terminaré los dos cuadros que una gran coleccionista comprará.
—Y hablarás con él —terminó por decir Elena antes de abrirse camino entre músicos vestidos de negro.
Lucía abrazó a su amiga, feliz de verla recibiendo cumplidos que ella agradecía mostrando la sonrisa. Elena comentaba el tipo de flores que había elegido entre tanta variedad. Las tres se hicieron una foto con el ramo antes de que Lucía se cambiase de ropa para salir arreglada a cenar. Se despidió de varias compañeras, agarrando del brazo a Lorel.
—Me encantan los cuadros que estás haciendo —dijo Lucía.
—Ya le puse lo que me dijiste.
—¿El qué? —intentó descubrir Elena.
—Rock and roll —contestaron las dos amigas riéndose a la vez.