Un compromiso con el arte 23 . Petit Palais
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23 . Petit Palais

Un mes más tarde, por el puente Alejandro III, unas alpargatas de esparto se apresuraban esquivando multitud de personas haciéndose fotografías. Subió las escaleras del Museo Nacional de Bellas Artes de París y pasó el bolso por el escáner de seguridad diciendo «Merci» a la policía que estaba allí. La entrada, repleta de obras escultóricas, la dejó boquiabierta, en especial, una figura de una bailarina de Serge Youriévitch con una pierna en punta. Se quedó observando cómo el escultor había desafiado las leyes de la gravedad al esculpirla.

—¿No vas a parar de hacer fotografías?

—No, tengo que crear contenido para las redes sociales. —respondió Elena.

—Cómo cambia el mundo…—reflexionó.

—¿Has hablado con Lucía?

—Sí, tiene muchas ganas de que vayamos a verla tocar en la Ópera Garnier.

—Tiene que estar de los nervios, madre mía, cuánta presión.

—Yo creo que está acostumbrada; ya tiene mucha formación y experiencia en diferentes orquestas filarmónicas.

Las dos continuaron hacia la siguiente sala.

—¿Qué tal el estudio de arte?

—Bien, es amplio. Ahora necesito que una buena idea llegue a mi cabeza.

Lorel junto a René habían visitado el estudio que le había dejado Jules, quien le dejó bien claro, la calidad que tenían que tener los cuadros para sorprender a la gran coleccionista Camille.

«Por favor, padre, ayúdame a pintarlos, te lo pido.» Rogó al cielo.

Una empleada del museo siseó y las dos se giraron sobrecogidas. La mujer se acercó a dos hombres que habían alzado la voz al discutir por el tema de un cuadro.

—Uff, pensaba que me lo decía a mí —se asustó Lorel.

Horas antes, unas deportivas a paso ligero se dirigían al mismo edificio. La puerta dorada lo fascinó, provocando que sus manos no tardaran en coger el móvil para hacer fotografías. Su mente estaba flotando en una nube de exuberancia artística.

Qué preciosidad.

Una mujer le tocó el hombro.

—Perdone, ¿nos podría hacer una foto?

—Claro. —la boina de la mujer le recordó a Lorel.

El joven le devolvió de nuevo la cámara y se despidió de los turistas. Entró por debajo de esas inmensas puertas y pasó la mochila por la cinta del control. Los arcos blancos del techo y los ventanales que iluminaban la galería de esculturas lo dejaron sin palabras.

Sacó los auriculares, que intentaba desenredar para poder escuchar a la guía del museo, y se chocó con un hombre mayor.

—Cuidado —gruñó este en francés.

—Perdone, no le he visto.

La guía se asomó para ver lo que pasaba, pero el hombre ya no estaba. Los asistentes volvieron la cabeza hacia ella y empezaron a leer el folleto del museo cuando él acababa de colocarse los auriculares en condiciones. Se puso a buscar su folleto antes de perder el hilo de la explicación.

La artista se paró entre la sala 7 y 8, donde reconoció un cuadro de la puesta de sol de Monet. Aprovechó que un hombre se había levantado del banco y se sentó para contemplarlo.

—Es tan sereno —comentó una mujer sentada a su lado.

—Sí, es fascinante… —añadió Lorel siendo educada.

Al mirar a la mujer se percató de un joven de pelo alborotado con cascos puestos dibujando en su cuaderno al otro lado del banco. Desprendía una claridad especial, parecida a los escenarios costeros de Sorolla, que le encantó.

La guía seguía hablándole, a pesar de que su mirada estaba en otro lado.

—Me encanta cómo interpreta el color, es otro mundo.

La mujer se levantó al ver que su acompañante avanzaba a la siguiente sala y se despidió de su extraña oyente. Lorel volvió a mirar el banco y vio a una niña dibujando. «Qué raro», pensó, y fue hacia la siguiente sala, donde se encontró con Elena contemplando un cuadro.

—¿Has visto el relieve que tiene por la textura del óleo?

—Sí, muy interesante —respondió Lorel pensando en aquel espejismo que había tenido.

—¿Tomamos un café?

—Claro.

Salieron al jardín y cogieron la mesa que una pareja acababa de dejar libre.

—¿Qué quieres? —preguntó Lorel.

—Un manchado, por favor.

—¿Algo de comer?

—Lo que tú veas.

Lorel desapareció hacia la cafetería, dejando a Elena contemplando el jardín a semejanza de un cuadro impresionista. Observó la vitrina de dulces brillantes de diferentes colores, ensimismada en los macarons.

—Aquí tienes, un café, un manchado, un croissant y dos macarons.— Lorel dejó la bandeja en la mesa.

—Voy a lavarme las manos, ahora vuelvo. —dejó a Elena haciendo una foto al bodegón con las tazas de café.

La artista adelantó a un grupo de estudiantes guiados por una señora que hablaba inglés señalando las columnas del patio. Ninguno dejaba de grabar y hacer fotos sujetando el teléfono por encima de su cabeza. Excepto uno de ellos, que estaba cabizbajo dibujando en un cuaderno.

Lorel entró al baño y se lavó las manos rápido. Salió agitando las manos hacia el patio y allí estaba él.

Navin, sujetando el cuaderno con el lápiz entre las páginas. Parecía un personaje de un cuadro de Sargent, rodeado de flores con una camisa verde pastel que se movía con el poco viento que había.

Se miraron asombrados, sin saber ni cómo respirar.

Los ojos de ella brillaron de emoción tras las gafas de sol, dejando escapar una sonrisa apagada.

Navin soltó aire por la nariz sin saber cómo saludarla hasta que se vio interrumpido por uno de sus compañeros. Continuaron con la visita agarrando a Navin por el brazo. Él volteó la cabeza, pero Lorel ya no estaba allí.

«El chico del pelo rizado, por favor. Acércate. Vale, ahora vamos a comer en un restaurante cerca de aquí que tiene platos típicos franceses y nos juntaremos con el resto de estudiantes.»

Lorel volvió a la mesa donde Elena ya se había comido el croissant entero y ahora estaba con la bebida. Abrió una libreta donde había tomado notas interesantes de las obras del museo y empezó a hacer garabatos intentando alcanzar una idea que estaba flotando en su cabeza. Cerró el cuaderno frustrada y mordió uno de los macarons de chocolate.

—¿Tienes algo? —le preguntó Elena.

—Sí, dolor de cabeza.

—¿Y eso?

—Nada, nada. —agarró la taza y tomó un sorbo.

«¿Qué haces tú por aquí?» Pensó.

Después de la comida, Navin decidió salir a correr para despejar su mente. Se puso los auriculares y buscó una lista de música de pop francés. Salió desde el portal del piso y al ver que tenía que parar en muchos semáforos se dirigió al canal del río Sena. Parecía que el agua le tranquilizaba llegando con facilidad hasta Notre Dame.

Se detuvo exhausto, recuperando el aliento, tomando una foto de la catedral. Sintió una sed terrible y se puso a beber agua al igual que un hombre familiar que había visto a lo lejos. Enfocó la mirada hasta el hombre levantó la mano acercándose a él.

—Eh, hola.

—¿Guillem? —el joven alzó las cejas.

—Me vas a matar, pero no me acuerdo de tu nombre.

—Navin, el chico del aeropuerto.

—Sí, eso. —puso los ojos en blanco— ¿Qué tal la llegada?

—Bueno, intensita, la verdad. —respondió pensando en la universidad y en Lorel.

—¿Te gustaría tomar algo y así hablamos tranquilamente? —sugirió Guillem levantando una ceja.

Navin aceptó encantado y los dos quedaron en una terraza con el toldo rojo.

Guillem le contó que trabajaba en el sector de la publicidad, recorriendo Barcelona, Londres, Madrid y ahora París, de donde era su padrastro Étienne, un director importante de una revista de economía. Guillem se desahogó con el joven hablándole de los problemas que había tenido en el trabajo con una campaña de marketing. Movía las manos con energía antes de beber vino con su estilo formal y su pelo peinado con la raya a un lado.

—Perdón, creo que te he dado la lata sin ningún motivo, ya me callo.

El joven sonrió al ver que Guillem había ganado confianza.

—¿Y tú qué?

—Si empiezo a hablar de los trabajos que tengo que hacer para la universidad, no nos levantamos de la terraza hasta la noche.

Guillem soltó una risa.

—Sí, sí, ríete, que ya... yo, lloraré.

—¿Es tu último año? ¿Y cuando termines qué vas a hacer?

Navin se inclinó hacia la mesa.

—Exponer y vender mis cuadros, subir vídeos a redes sociales, seguir estudiando...para seguramente terminar dando clases de pintura y dibujo. —se estremeció al final.

—Tranquilo, no te desanimes, todo irá bien si trabajas duro; yo te puedo aconsejar.

—¿En serio?

Navin sonrió.

—Me habría gustado tener un hermano pequeño.

—Y yo un hermano mayor.

Los dos brindaron.

—Ahora que soy tu hermano adoptivo —bromeó Navin— ¿Qué piensas del destino? ¿Ya está escrito o somos nosotros quienes lo construimos?

—Buah, sí que sois intensos los artistas. Madre mía, ¿qué te ha pasado?

—Conocí a alguien que me cambió por completo.

—¿Una chica? —Navin asintió— Ay, el amor. —Guillem cerró los ojos y sonrió.

—Anda, enséñame tu cuenta de Instagram.

—Toma, todo tuyo.

—En cuanto tengas unos cuantos seguidores y te consiga aparecer en unos eventos, ganarás público.

Lorel se dirigió al estudio con los auriculares puestos al son de la música de una guitarra eléctrica. Sacó las llaves que le dio Jules y corrió las cortinas de las tres ventanas que daban a un patio mediano con plantas y la pintura de la pared descascarillada. Tenía los lienzos apilados a un lado que daban miedo por su altura, pintura, brochas, trapos, todo nuevo listo para ser utilizado. Cogió aire y movió uno de los lienzos empujando el caballete de ruedas, menos mal que Jules había pensado antes que ella.

Se sentó en el marco de la ventana pensando por dónde empezar, hasta que decidió manchar el fondo con pintura tumbando el cuadro. La lista de música no paró de sonar hasta que el sol empezó a ponerse. «Debería cenar» pensó Lorel saliendo a la calle para pedir comida china para llevar en un local cerca de allí. Salió con las manos y el pantalón manchados de pintura.

Se sentía bien. Sentía sus piernas cruzar los pasos de cebra y sus dos manos rascar con los dedos la pintura seca que quedaba en las uñas.

Volvió con una caja de fideos chinos con pollo y verduras, corrió las cortinas, encendió una lámpara de pie y comenzó a hablar en su cabeza. «No me creo que esté en París ¿es una especie de broma? ¿No podía haber volado lejos de mí y del listo de Jules? Solo quiero terminar estos cuadros ya y vivir en paz. Pero, necesito un proyector.» Pensó mientras cenaba.

Terminó y metió todo en la bolsa de plástico tirándola a la basura antes de coger el móvil. «El patio también tenía potencial para trabajar en él.» pensó mientras llamaba a Jules sin dudarlo.

—¿No tendrás un proyector? —La artista se quedó esperando una respuesta mientras escuchaba una risa femenina.

—¡Para! —se escuchó susurrar a Jules—¿Qué? —carraspeó la garganta intentando que no se escuchara nada más.

—¿Que si tienes un proyector? —repitió Lorel.

—Mañana… lo tienes. —colgó de golpe ahogando un gemido.

Lorel se mordió la lengua con los dientes aguantando su ira hasta que tiró el móvil contra una silla cayendo al suelo. Continuó pintando hasta darse cuenta que todos los colores estaban mal, se agachó de cuclillas y miró al suelo cansada. No podía trabajar mientras pensaba en que Jules se estaba saliendo con la suya, disfrutando.

Todo para borrar el rastro de un ayudante.