Un compromiso con el arte 22 . Dejar marchar
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22 . Dejar marchar

Los días en Madrid se sentían cada vez más cálidos y pesados. Navin ya había terminado su tercer año de carrera y volvía junto a su familia para disfrutar de la playa, deshacer el equipaje y volver a hacerlo para el comienzo de otro año académico. Tomar la decisión de estudiar fuera había sido complicado. Menos mal que su madre y su abuelo le insistieron para que no dejara escapar esa oportunidad.

—Deberías aprovechar el material de la abuela —insistió su madre.

—Ya estuvimos limpiando su estudio, mira. —Su abuelo abrió la puerta y el joven se asomó.

—Tuvimos muchas cosas que organizar, la verdad.

La habitación estaba llena de cuadros y cajas de cartón que se apilaban a un lado, dejando libre una pared con una ventana por la que se veía el mar.

Navin se quedó mirando el espacio y añorando ver a su abuela pintando en aquella habitación.

—A ella le habría gustado que utilizaras sus óleos y pinceles.

Su abuelo le puso la mano sobre el hombro.

—Seguro que sí —susurró Navin con los ojos tristes.

Después de ver el material que podía aprovechar, decidieron salir a dar un paseo cerca de la playa para despejarse cuando el sol había bajado. A los tres les gustaba respirar el aire fresco del mar mientras el perro Chico molestaba a las gaviotas que veía.

—¿Cómo estás? —Su madre le cogió del brazo e inclinó la cabeza sobre su hombro.

—No sé, siento muchas cosas a la vez.

—Es normal. Todo saldrá bien. Siempre estaremos a tu lado, no lo olvides.

Navin miró a su madre y la abrazó.

—Te quiero.

—Lo que sí quiero es que apuntes los números de emergencias de París, por si te pasa algo, y te lleves un botiquín también.

—Mamá, eso no me tranquiliza.

—Navin, te puede pasar cualquier cosa, hay que estar preparados.

—Vale.

—No me puedo creer que te hayan dado la beca, me quitas un peso de encima.

—Yo tampoco me lo creo.

—Estoy orgullosa de ti, eres muy valiente.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad.

—¿Os apetece un helao? —Su abuelo los interrumpió al ver a tanta gente disfrutando de tarrinas y conos paseando a su lado.

Navin se quedó sentado en un banco mientras su abuelo y su madre los compraban. Chico empezó a ladrar de alegría, al igual que cuando los recibía en la puerta de casa todos los días. El joven lo acarició.

—Shhh, tranquilo.

—Hola, Navin.

A su lado se sentó una mujer con ropa blanca.

—¿Eh? Hola —la observó de pies a cabeza— ¿La conozco de algo?

—Sí, de algo nos conocemos.

Navin intentó mirar su rostro oculto bajo un sombrero y gafas de sol, pero no conseguía relacionarla con ningún vínculo.

—Yo conocía a tu abuela.

—¿Conocía a mi abuela?

—Sí, demasiado bien. Éramos mejores amigas.

Chico, el perro se tumbó a los pies de la extraña acompañante.

«Qué raro, eso lo solía hacer cuando estaba la abuela», pensó Navin.

—Vengo de su parte.

Navin no entendía por qué seguía allí sentado en vez de marcharse.

—Me dijo que podías quedarte con su estudio.

—Ajá…

—Y que estés al lado de tu madre y abuelo. Pero, sobre todo, que disfrutes de cada día, que respires cada hora, minuto y segundo.

—No se puede disfrutar de todo.

—No de todo, Navin, pero sí de lo que se tiene.

El perro levantó la cabeza y tiró de la correa hacia la madre y el abuelo, que volvían de comprar los helados. Navin se volvió para presentarles a la mujer, pero aquella persona extraña ya no estaba.

—Te hemos traído el de fresa, porque de sandía me han dicho que no quedaba.

—Gracias, no te preocupes.

Los tres se sentaron en el banco saboreando los refrescantes helados.

—Tu madre y yo estábamos diciendo que deberías llevarte algo de conservas en una maleta.

—Así no tienes que comprar allí demasiado.

—Algo de fruta en almíbar o chorizo.

—Pero si seguro que tienen allí supermercado, que no me voy al fin del mundo —replicó el nieto.

—Shhh, la comida de España, como la de ningún sitio, pisha —dijo su abuelo.

—Bueno, vale.

—Luego nos lo agradecerás, ya verás —acentuó su madre dándole un golpe en el brazo.

—Rezo para que no estalle una lata dentro de la maleta, miedo me da.

Los jardines de Luxemburgo en París, estaban llenos de personas paseando, leyendo y descansando en los bancos. Lorel se reunió con René Rouge y su adorable perrita salchicha llamada Jolie, que no paró de lamerle la cara a la artista.

—Jolie quieta, ya. —la galerista la cogió en brazos antes de que llenara de más baba la cara de Lorel.

Las dos se sentaron en unas sillas verdes metálicas cerca de la fuente.

—No sabía que cosías cuadros.

—Y yo no sabía que dudases de mis obras.

Las dos sonrieron a la vez.

—¿De verdad era necesario?

—Sí, la verdad es que sí. Tu cara salió en casi todos los periódicos, ahí cosiendo el cuadro después de que lo rajaran. Gracias a eso he podido vender varios cuadros tuyos que todavía tenía en la galería y no le interesaban a nadie.

—Vale, vale, pero la próxima vez busquemos una estrategia menos destructiva.

—Ah, está bien, puede que me pasara. —admitió la galerista—Pero la gente empezó a difundirlo por las redes sociales. Deberías mantenerte al día, están aumentando las ventas por Internet y no podemos ser menos.

—Ya lo sé. —Lorel bajó la cabeza arrastrando la arena del suelo con el pie.

—¿Has hablado con Jules sobre la exposición?

—Sí.

—¿Qué vas a pintar?

—No lo sé la verdad. —contestó desanimada.

—Podrías darte una vuelta por los museos para inspirarte.

—Claro.

Siguieron hablando de la galería de René contemplando el paisaje primaveral y el agua de la fuente. Jolie, la perrita de la galerista, empezó a ladrar a unas palomas que andaban revoloteando hasta que Lorel la cogió en brazos sin poder ignorar sus adorables ojitos.

—Mira Jolie, mira arriba. Palomas volando y un avión.

Una extensión de nubes esponjosas cautivaba la mirada del joven. No podía creer que sus pies estuvieran pisando el suelo de un avión a diez mil metros de altura.

—¿Primer vuelo? —comentó un hombre sentado a su lado.

—Sí.

—Yo, para relajarme, escucho música, por si te sirve de algo.

—No creo que me ayude mucho.

—Toma, prueba.

El hombre le dejó uno de los auriculares, limpiándolo con un pañuelo de papel. Navin lo aceptó y empezó a escuchar una canción de Stromae.

—Me llamo Guillem.

—Yo, Navin.

Al joven se le pasó volando el tiempo del trayecto hasta aterrizar en París donde sus dolores de cabeza aumentaron, y eso que solo estaba en el aeropuerto.

Echaba de menos su casa con todo el corazón.

Por fortuna, el hombre que le había acompañado durante el vuelo lo ayudó a encontrar el tren para llegar a la ciudad. Sacó una libreta con un bolígrafo metálico. Parecía que iba a grabar un anuncio con la barba bien arreglada, el pelo cortado, ropa de colores neutros, el reloj inteligente en una muñeca y en la otra una pulsera plateada.

—Toma, te dejo mi número de teléfono por si necesitas cualquier cosa.

—Gracias, eres muy amable.

—No te preocupes, yo también he sido un joven inexperto —suspiró y sonrió amable colocándose la mochila negra del portátil— Si necesitas asesoramiento de imagen y publicidad soy experto en la materia. —observó su reloj con una llamada entrante— Me voy, que tengas buen viaje. Nos vemos por París, adiós.

—Sí, adiós. —se despidió Navin observando a lo lejos su andar de modelo.

Después de aclararse con el transporte y los precios de los abonos de metro en francés, por fin llegó al bloque de pisos recomendado por su profesora Julia.

No encontró el ascensor y decidió subir por las escaleras. Los escalones de madera parecían hacerse más estrechos y la maleta que iba subiendo cada vez más pesada hasta que alcanzó la última planta. Se sentó en la cama, derrotado, observando dónde había llegado a parar: una habitación con las paredes blancas, suelo de madera oscura y una ventana antigua que daba a la calle.

Cerró los ojos del estrés y los volvió a abrir dando una palmada en el aire para animarse. Miró la gran maleta y resopló, pero, aun así, la abrió. Se quedó viendo cómo el equipaje se había expandido después de haber metido todo a presión.

—Será mejor que apunte lo que necesito para limpiar el apartamento antes de guardar las cosas.

Se volvió a sentar en la cama y apuntó en el móvil lo que necesitaba.

—Creo haber visto un supermercado cerca.

Navin puso el GPS para llegar a su destino.

—¿Dónde estará el papel higiénico? —Hablaba consigo mismo todo el rato. Cuando terminó su monólogo, se puso en la fila para pasar por la caja. Sentía angustia por no entender lo que decía. Tragó saliva y se quedó mirando al cajero esperando que le ofreciera una bolsa, pero no decía nada.

—¿Una bolsa? ¿Bolsa? —Navin empezó a hacer gestos con las manos—. ¿Bag?

El cajero dedujo que quería una bolsa y le empezó a decir en francés que estaban debajo de la cinta. Navin las vio, cogió una rápidamente y metió la compra de golpe.

—Gracias, gracias, gracias. —Estaba sudando de los nervios y la mirada de los que estaban en la fila no era amable.

Salió del supermercado con la bolsa, que pesaba más de lo que esperaba, y volvió a poner el GPS para llegar al piso. Dejó la compra encima de la mesa y empezó a sacar las cosas con música de fondo. Analizó el espacio tan limitado que tenía, donde se juntaba todo: la cama, el fregadero y la ducha.

—Bueno, vamos a limpiar un poco esto.

A través de la puerta que había dejado entreabierta sin darse cuenta, se podía escuchar la música de Navin.

—Eh, ¿has visto eso? Creo que tenemos un nuevo vecino —murmuró un extraño con acento mexicano pasando por el pasillo.

—¿Dónde?

—Pero no llames…

El joven italiano llamó a la puerta de Navin y la abrió sin querer.

—¿Sí? ¿Quién es?

—¿No puedes estarte quieto?

—Ah. ¡Por fin, es un chico!

—Buena música en español, tío.

Navin se quedó mirando a los dos chicos sin fiarse de ellos.

—Perdona, no me he presentado. Bienvenido, soy Carlo y este es…

—Emiliano Matías García Hernández. Mejor llámame Emil, suena más francés. Encantado —bromeó, y le dio un apretón de manos.

—Vecinos extranjeros, como puedes ver. ¿Acabas de llegar? —Emil abrió la puerta del apartamento, enfrente de la de Navin.

—Sí…

—Lo veo un poco asustado —susurró Carlo.

—Normal, lo estás agobiando —le respondió Emil—. Disculpa si te hemos molestado, buenas noches.

Cerraron la puerta de su piso mientras Navin los miraba. Al menos ya sabía quién vivía enfrente.

Carlo salió un momento a sacar la basura y al volver llamó a la puerta del español.

—Ciao. No sé cómo te llamas.

—Ciao, soy Navin.

—Encantado. Perdona por lo de antes. Emil y yo estamos estudiando Periodismo en la universidad. Si necesitas algo, ya sabes dónde estamos. ¿Tienes váter incluido?

­—Tengo la ducha.

Navin estaba confuso al escuchar hablar español mezclado con italiano tan rápido.

Carlo movió la mano y los dos recorrieron el largo y estrecho pasillo hasta el final.

—Sé que no te lo esperabas— observó la habitación con un váter— pero estamos en un lugar histórico y viejo, es lo que hay.—concluyó con una mueca.

Navin estaba a punto de tener un ataque de ansiedad y ganas de llorar, quería volver a casa, no entendía bien el francés y tenía que compartir el baño.

Emil apareció detrás de ellos.

—Ya decía yo que había mucho ruido en el pasillo. Deja al chico en paz.

—No te preocupes, me alegro de conoceros. Es que es mucha información en italiano y español.

—Carlo, no te ha entendido.

—Perdona, me ha dicho ciao y me he animado. Se llama Navin, para que lo sepas. —le dio unas palmaditas en el pecho.

—Vale, no hace falta que me des.

—Bueno, nosotros vamos a ver una maratón de películas… Seguro que estás muy cansado, pero si te interesa, aquí estamos, al lado. —Carlo cerró la puerta y la entreabrió susurrando—: Comiendo palomitas.

Navin se sentó en la cama y empezó a colocar la ropa mientras escuchaba a Carlo y Emil hablando a través de las paredes. Abrió una ensalada preparada en un recipiente de plástico y una lata de refresco.

La puerta de Emil y Carlo sonó.

—Hola. ¿Tenéis sal? —Navin apareció sujetando la ensalada y el refresco.

—Por supuesto, pasa, pasa, ponte cómodo —Carlo lo animó.

Emil le hizo una seña para que se sentara junto a él en el sofá mientras ponía la película.

—¿Tú qué estudias?

—He venido de Erasmus para estudiar Bellas Artes.

—¡Un artista! —respondió Emil.

—En teoría, iba a ir a Roma, pero no sé qué pasó.

—Aquí no estarás tan mal, yo creo.

—Bueno, mientras no lo compare con el arte italiano. —se rio Emil.

—París tiene su encanto, créeme, no te vas a arrepentir. —Carlo hizo un gesto con la mano— Non preoccuparti, Navin. Este verano te vienes conmigo.

—¿Yo?

—Lo digo en serio. Yo te invito a mi casa y tú, a la tuya. —Carlo le rodeó por los hombros con el brazo.

—¿Y qué haces, pintas cuadros? Podría escribirte un artículo para clase.

—Cuánto interés. —Emil se rio de su compañero.

—Así saco más nota, hombre.

—Sí, pinto cuadros. Me gusta Monet.

—Entonces tienes que ir al Museo de la Orangerie. —sugirió Carlo.

—Oh, oui. —levantó el dedo Emil.

—¿Puedo hacer una foto para mi madre? —les preguntó Navin—. Así se quedará más tranquila.

—Claro, claro. —Carlo le cogió el teléfono y lo puso delante de la televisión para hacer un selfie de los tres sentados en el sofá.

—¡Los latinos! ¡Eeeeeh! —gritó Emil.

—Gracias. Ahora no parará de preguntar por vosotros.

—¿Empezamos la película?

—Dale.

El día de acogida de los estudiantes de Erasmus en la Escuela Superior de Artes de París comenzó. Navin llegó con su mejor atuendo, intentando estar a la última, pero siendo él mismo. Una camiseta blanca, unos vaqueros rectos azules, unas zapatillas Converse blancas y una cadena dorada que le había dado su madre para recordar a su abuela.

Se acercó a una de las carpas de tela blanca llena de estudiantes de diferentes nacionalidades hablando en diferentes idiomas.

«Tengo ganas de llorar» pensó el joven.

Un chico rubio con una sonrisa amplia le habló en inglés.

—Hola, bienvenido ¿De dónde eres?

—España —respondió Navin en voz baja.

—Encantado, ven conmigo.

Navin lo siguió hasta una mujer que estaba hablando en español con un grupo de estudiantes.

—Sophie, encontré otro.

—Gracias, Vincent.

—De nada.

Sophie le entregó una hoja con un horario lleno de actividades. El joven lo observó y levantó las cejas.

—Estamos aquí. —la chica señaló el papel.

—Gracias.

La guía comenzó a explicar: «Hola, soy Sophie y voy a ser vuestra ayudante durante vuestra estancia en París. Estos primeros días, antes de que empecéis las clases, vamos a recorrer grandes museos y os diré dónde podéis probar las mejores crepes. Si tenéis cualquier duda, por favor, preguntadme»