21 . Bonne nuit
Por entre las azoteas parisinas comenzaba a salir el sol, iluminando las ventanas de los edificios. Lorel estaba asomada al balcón sujetando una taza de café mientras observaba a los vecinos que volvían de la panadería con una barra de pan recién hecha debajo del brazo. Giró la cabeza y vio a Elena bostezar, atándose la bata.
—Bonjour.
—Bonjour. —Elena parpadeó. —Necesito café.
—Yo te lo preparo.
Las dos se sentaron fuera en una mesa para desayunar.
—¿Qué tal has dormido? —preguntó Lorel.
—Bastante bien, yo creo que estaba demasiado cansada. ¿Y tú?
—Me costó pegar ojo, mi mente no paraba de dar vueltas.
—¿Qué te preocupa? —Elena tomó un sorbo de café.
—Todo. —respondió Lorel contemplando las ventanas de los edificios, pensando en qué habría sido de la vida de Navin y si París era su casa de verdad.
—Sabes que yo estoy aquí para escucharte. —Elena tocó la mano de Lorel.
—No sé qué hacer con Jules.
—¿Por?
—Siento que observó demasiado los cuadros.
Elena se empezó a partir de la risa.
—No hagas suposiciones raras en tu cabeza, anda.
—Elena, él sabe cómo trabajo. Hemos compartido el mismo estudio durante cuatro años.
—Lorel, eso no significa nada. Estos cuadros son diferentes.
—Siento que oculta algo detrás de sus ojos. —continuó la artista.
—¡Venga ya! Si estáis hechos para triunfar.
Lorel suspiró tapándose los ojos con la mano y se asomó al balcón.
—Para triunfar por separado.
Elena se terminó la taza de café y se acercó a ella.
—Bueno, tú habla con él, no quiero más problemas que empañen tu carrera.
—Sí, lo haré. Por cierto, ¿Qué me pongo para esta noche?
—¿Nos vamos de shopping?
Se prepararon para salir a la calle y Lorel la llevo a las Galerías Lafayette Haussmann, sabiendo lo poco que se resistiría a comprarse un bolso nuevo de lujo sin que parase de hablar de lo bonito que era todo.
—¿Por qué no te lo pruebas? —sugirió la artista al ver que los ojos de Elena hacían chiribitas.
—Es demasiado.
—Para ti no. Anda, pasa.
Elena se compró un bolso marrón de Louis Vuitton. Ya, contenta, convenció a Lorel para que se comprase un vestido, que estaba en el escaparate, con brillos metálicos que le quedaba magnifique.
—¿Qué vas a hacer mientras yo esté en el club Riviére?
—Me apetece meterme en un cine.
—Ah, muy bien. ¿Qué película?
—Desayuno con diamantes.
—Buena elección.
Lorel se bajó del taxi en una calle cercana al club hasta que levantó la mirada del móvil.
—Coucou —Margot se acercó a ella dándole un beso en la mejilla.
—Estás estupenda. —indicó Lorel observando la melena rubia que llevaba a un lado y el vestido granate ajustado.
—Lo sé, igual que tú. —sonrió.
—¿Qué tal con la marca de ropa?
—Bien, ya estamos preparando los trajes de baño, cuando quieras puedes venir al estudio y te enseño las novedades.
—¡Claro!
Las dos entraron al restaurante donde ya estaba sentado Pierre acompañado de su novio André.
—¡Dame un abrazo, Lorel!
—¿Me echabas de menos? —sonrió la artista.
—Solo un poco.
—¿Qué tal las jóvenes promesas?
—Rebeldes, como siempre, pero bueno mientras me entreguen los trabajos.
—No te preocupes, seguro que lo estás haciendo genial.
Pierre sonrió conmovido tomando asiento. Margot se giró hacia la puerta del local por la que aparecieron Jules y Marcel.
—¿Quién es? —le preguntó Lorel a Pierre.
—Marcel, el novio de Margot. Seguro que te cae bien. Nos contó que su madre es mexicana, así que puedes hablar con él en español.
Margot se acercó a ellos al verlos perdidos. Marcel llevaba una chaqueta de cuero negra con unos vaqueros grises y el pelo largo, por los hombros. Jules apareció detrás de él con una camisa verde, una chaqueta de traje negra conjuntada con los pantalones.
—¿Qué tal el vuelo? —se sentó al lado de Lorel después de saludar a Pierre.
—Bien.
La artista intentó disimular sus ganas de interrogarlo, no quería desperdiciar una noche como esa, rodeada de sus amigos.
—Marcel habla español. —explicó Margot agarrando a Lorel por los hombros.
—Ya lo sabe. —interrumpió Pierre.
—¿Lorel? —Marcel sonrió.
Los dos empezaron a entablar una conversación que sonaba diferente al murmullo de los comensales, provocando que Margot y Jules se intercambiasen una sonrisa.
—¿Cómo va el local? —preguntó Pierre.
—Ya está cogiendo forma, tenéis que ir a verlo.
—¿Lo habéis insonorizado?
—Sí, otro tema menos. De los muchos que nos salen cada día. —Jules se sirvió vino agarrando la botella.
—¿Cuándo vas a abrir?
—No le agobies Pierre. —pidió André.
—Tranquilo, no lo sé. Estoy a la espera de obras de artistas como… Lorel.
—Acabo de aterrizar, ¿vale? —bromeó ella.
—Déjala tranquila esta noche Jules. —Margot se inclinó sobre él.
—Está bien, está bien. —levantó las manos antes de poner el brazo detrás del respaldo de Lorel.
—Vamos a brindar ¡Por la revolución del arte! —Pierre alzó su copa y todos se unieron gritando.
El reencuentro continuó en el club nocturno Riviére, uno de los más conocidos de París. Su techo abovedado se iluminaba de azul y rojo creando un ambiente de euforia al son de música electrónica. Margot cogió de la mano a Lorel y se la llevó con ella a la barra invitándola a una copa.
—Me encanta verte por aquí —sonrió Margot.
—Marcel es majo.
—Gracias, es increíble. ¿Tú estás con Jules?
Lorel levantó las cejas después de beber, sin responder, observando cómo el fotógrafo le daba una tarjeta al DJ. —No paraba de hablar de ti cuando te vio en el teatro. —¿Te hablo de mí?
—Sí, yo le dije que tenías que volver. Aquí, hay más movimiento en el arte —Margot hizo un gesto frotando los dedos gordo e índice.
La artista frunció el ceño al escuchar esas palabras.
—Yo… —se vio interrumpida por Pierre.
—Si ya tendréis tiempo de hablar, ahora toca bailar. ¡Lorel está de vuelta!
Y eso es lo que hicieron. Cantaron las canciones sin oír sus voces y movieron sus cuerpos al son de las reverberaciones tecno, cegados por las luces blancas parpadeantes. El ambiente fue reduciendo sus índices de oxígeno con la gente relajada bajo muchos grados de alcohol. Lorel observó a sus amigos unir los labios con sus respectivas parejas.
Jules se acercó a Lorel, desafiando sus ojos verdes que había marcado con sombra dorada. Ladeó la cabeza, rozando su nariz con su pelo a punto de besar su cuello, hasta que ella se alejó tocándole el hombro. Lorel negó con la cabeza agarrándole del brazo para salir del club.
—¿Qué pasa? —Jules se detuvo en la puerta.
—Tengo que hablar contigo. —respondió Lorel mirándolo a los ojos.
—Vale. —borró la sonrisa de la cara con preocupación.
Dieron un paseo hasta el museo del Louvre con la gran pirámide de cristal iluminada y se sentaron al lado de ella. Lorel se cruzó de brazos arrepintiéndose de coger una chaqueta tan fina.
—¿Tienes frío?
—No, estoy bien.
El fotógrafo posó su chaqueta sobre los hombros de ella recibiendo una mirada de agradecimiento.
—Jules… —apartó la mirada— No voy a volver contigo.
Él sacó el mechero y encendió un cigarrillo, desprendiendo una nube de humo.
—¿Estás segura? —la cuestionó quitando las cenizas con unos golpes.
—Sí.
—¿Puedo saber por qué me rechazas después de ofrecerte una maravillosa oportunidad de exponer?
Lorel se mantuvo en silencio hasta que sintió la mano de Jules sacar unas fotografías del bolsillo de la chaqueta.
—¿Es por él?
Lorel las agarró nerviosa. En una aparecía ella riéndose con Navin en la terraza del Círculo de Bellas Artes después del ballet y en las otras, rastros de las iniciales del ayudante escritas detrás de uno de los cuadros. Clavó la yema del dedo en las esquinas de las fotografías.
—Déjalo en paz, ¿vale?
—Con que te importa, ya veo —Jules apagó el cigarrillo.
—Él no tiene nada que ver en esto.
—¿Nada? —se tocó la barbilla— Tú no dejarías unas manchas como esas en los cuadros. Excepto que hubieras perdido la cabeza por algo o …alguien.
La artista apretó los dientes.
—Necesitaba ayuda para llegar a la entrega de la feria.
Jules se recostó sobre los brazos.
—Estoy impresionado, te ha salido muy bien la jugada.
—Me habría salido mejor si no me hubiera encontrado con tu cara.
—No fue un buen acierto que mi tío comprase uno de tus cuadros. ¿No crees?
—¿Cuánto cuesta tu silencio?
—Qué graciosa eres —Jules acarició con el dorso de la mano la cara de ella.
—¿Cuánto? —Lorel agarró fuerte por la muñeca a Jules que chasqueó la lengua.
—Tendrás que darme más de la mitad del precio de tus cuadros en mi exposición.
Lorel abrió los ojos como platos.
—¿Más de la mitad? ¿Entonces qué gano?
—Mi silencio y esas fotografías te las puedes quedar de recuerdo.
—Déjame un cuarenta por ciento de ganancias.
—Treinta y estoy siendo generoso.
—Cuarenta.
—Treinta y un acuerdo firmado.
—¿Y si no las vendes?
Jules sonrió, soltándose la muñeca.
—¿Acaso las tengo que vender antes de que se terminen? La gente ya sabe que voy a hacer una exposición antes de que esté todo listo y tú vas a hacer las mejores obras de tu vida —terminó sujetando la barbilla de Lorel que respiraba furiosa.
—¿Cuántos necesitas? —Lorel no soportaba el olor a tabaco que desprendía por la boca.
—Cuatro de dos metros, tengo los lienzos listos en un estudio de mi tío.
—Trato —terminó por decir Lorel sintiendo sus ojos grises gélidos y afilados.
—Y si se te ocurre contratar a alguien más para que los pinte por ti, será complicado por la videovigilancia.
—Qué gracioso —le imitó.
Jules se alejó de la cara de la artista llena de impotencia.
—¿Dónde está el estudio? —preguntó con la fotografía entre sus manos.
—Cerca del centro Pompidou. —Jules encendió otro cigarrillo.
Lorel respiró el humo de tabaco asqueada por sus decisiones y las casualidades tan desafortunadas que la habían obligado a aceptar las consecuencias de la indiscreción.
—¿Te acompaño a casa? —se levantó Jules.
—No —respondió sentada sin mirarlo.
—Entonces, tendrás que devolverme la chaqueta. —se la quitó volviendo a ponérsela, colocándose el cuello.
—Mira, piensa en esto como un desafío para tu creatividad —aflojó Jules con el cigarrillo entre los dientes.
—Bajo unas condiciones impuestas.
—Así se llegaron a crear grandes obras, como las pirámides. ¿No?
El fotógrafo se alejó con las manos en los bolsillos.
—Bonne nuit, mon artiste.