Un compromiso con el arte 20 . La feria
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20 . La feria

Los cuadros ya estaban listos y colocados en las paredes de La Galería de Cristal, que poco a poco se llenaba de artistas, galeristas, clientes, público y periodistas para inaugurar la feria de arte contemporáneo CONARTE.

Lorel dejó a Elena comprobando las cartelas de los cuadros mientras se paseaba mirando detenidamente el resto de las obras hasta que se detuvo para analizar una videoinstalación compuesta por fotografías y vídeos con antiguos proyectores.

—¡Vaya! Una crítica de arte. —Jules se acercó a ella con una tablet entre las manos.

—Mejor que no lo sea o me matarías.

—Quieres mantener a tus amigos —bromeó—. Ahora en serio, ¿qué te parece, ¿eh?

Lorel se acercó a una de sus obras y empezó a analizarlas.

—¿Qué quieres, una crítica constructiva?

—Lo que sea.

—Me parece interesante cómo estudias el movimiento y se sigue viendo la influencia de la fotografía. La superposición que haces entre las imágenes te diferencia, aunque yo habría puesto algo más a la instalación, como…

—¡Vale, vale, vale! Con eso me basta —la paró Jules haciendo aspavientos con los brazos—. ¿Y tus obras? ¿No me las enseñas? Me dejaste con mucha intriga aquel día.

—Claro, ven. No te sobresaltes, no se parecen mucho a lo que pintaba en París.

—Te debe de haber costado mucho pintarlos.

—Día y noche, como a todo artista.

—¿Tú sola en el estudio?

—¿Acaso no me ves capaz? —la artista apretaba los dientes con fuerza.

—No, no. Claro que te veo capaz. Siempre has sido muy independiente.

Cuando llegaron a la sala, Elena se asombró al ver a Jules.

—Pero bueno, si es Jules Atget. —lo saludó con un apretón de manos, esbozando una sonrisa—. Todas las cartelas están correctas y los códigos QR de los folletos funcionan. Un periodista me ha preguntado por ti, pero no he querido decirle nada por si acaso.

—Gracias, Elena —respondió seria para que no añadiera más información delante de él.

Jules se alejó para observar esos cuadros inmensos que imponían si te acercabas mucho. La verdad es que eran diferentes a lo que esperaba. Manchas, colores, texturas y figuras geométricas se mezclaban asombrosamente, formando una imagen armoniosa. Enfocó la mirada y con la mano en la barbilla sospechó cómo había conseguido hacer esos cuadros, en teoría con la mano escayolada.

Lorel tensó la mandíbula y lo miró fijamente, deseando que no se acercara demasiado a los cuadros, como si fuera capaz de descubrir que no los había pintado ella sola.

—Relájate, está todo bajo control —le susurró Elena.

—Eso espero. —Tragó saliva.

Un periodista se acercó y le empezó a hablar, haciendo que Lorel se sobresaltara.

—Hola, soy de Amaze Magazine. ¿Me podría contestar a unas preguntas sobre sus cuadros nuevos?

La artista tomó un sorbo de agua, dejó a un lado la botella y miró a Elena entrecruzando pensamientos.

—Claro, ¿por qué no? —se animó Lorel

Mientras hablaba con el periodista, varias personas se fueron sumando alrededor de ella. Lorel pensaba que eran solo espectadores hasta que empezaron a preguntar sujetando varios tipos de cámara.

—Desde que tuvo el accidente ¿Cómo ha seguido creando arte?

—Hemos visto a Jules Atget ¿Volverá a exponer en París?

—¿Siguen juntos?

—Si las piezas son recientes, habrá necesitado ayuda para realizarlas.

—¿Ha pintado usted estos cuadros?

—¿Los ha encargado?

Lorel se empezó a agobiar, no le salía la voz. Las preguntas retumbaban como acusaciones en su cabeza cuando, en realidad, no sabían nada.

Elena la cubrió respondiendo a los periodistas.

—Atención. Por favor, si quieren una entrevista, la tendrán que pedir con antelación. Ya hemos terminado por hoy, muchas gracias.

Los periodistas se desanimaron hasta que Lorel se llenó de valor mirando a Jules, que estaba detrás de la multitud, escuchándola con intriga.

—Esta serie de cuadros se ha realizado en un momento de mi vida en el que me planteé dejarlo todo. Pero, como soy así de rebelde, tenía que buscar fuerzas donde no había. El arte es un reflejo de la humanidad y espero que esta serie cautive a muchos. Cuando ya pueda dejar de lado estas muletas tediosas y vuelva a andar entre lienzos, me gustaría llenar de arte sitios donde no esperamos verlo, como pueden ser los hospitales. Volveré a seguir creando nuevas formas para que el arte pueda mejorar la vida de las personas, como ha pasado con la mía.

Jules se cruzó de brazos y asintió con la cabeza.

—También me gustaría reconocer el trabajo de un artista que se encuentra hoy con nosotros, Jules Atget. —Lorel lo señaló con la mano y el fotógrafo sonrió al ver cómo se giraban todos los periodistas.

—Sí. Hola a todos. Si pueden seguirme por aquí, les iré mostrando las obras… —Jules los guio hasta su galería, despejando la sala de Lorel.

—Estoy alucinando —soltó Elena—. No esperaba tanta gente.

—Yo tampoco —siguió Lorel.

—¿Te traigo un café?

—Vale, o mejor una tila.

La artista observó la galería de Jules, donde estaba hablando con varios periodistas delante de sus proyecciones.

—Usted y Lorel estuvieron exponiendo juntos durante un tiempo. ¿Volverán a trabajar juntos? —preguntó un periodista.

—Ahora mismo estamos negociando una posible exposición, pero no puedo asegurarle nada de momento.

—¿Qué piensa del trabajo que ha presentado después del accidente?

Jules miró por encima del periodista a Lorel, grabando los cuadros con el móvil.

—¿Podemos hablar de mis fotografías?

El periodista se quedó cortado.

—Sí, sí, por supuesto.

A la hora de la comida, Jules se acercó a la cafetería, y se sentó con Lorel a comer.

—¿Qué tal, has vendido algo? —Él abrió una lata de cerveza.

—No, todavía está el ambiente templado. ¿Y tú?

—He hablado con un comisario de arte finlandés. Pero está todo en el aire.

—Muy bien.

—No puedo quitarme tus cuadros de la cabeza, yo habría comprado todos. —comentó Jules con la boca llena de bocadillo.

—Gracias… —respondió la artista dudando.

—De nada. —le guiñó el ojo.

Elena se acercó con la directora de la feria a toda prisa.

—¿Qué ha pasado? —preguntó la artista.

—Una mujer ha rajado uno de tus lienzos con un cuchillo de la cafetería gritando: «El arte que contamina está aquí». La han reducido a tiempo antes de que hiciera algo más con otras obras. —dijo Elena abanicándose.

—Abriremos una investigación, no te preocupes —insistió la directora.

—No, yo no quiero ningún más problemas. Voy a ver el cuadro.

—Ha atentado contra tu arte. —remarcó Elena.

—Lo sé. —Lorel se levantó y llegó hasta su cuadro donde había gente grabando y haciendo fotos. Se abrió paso hasta tocar el agujero que había en el lienzo. Sintió mucha rabia, pero tenía una idea.

—¿Estás bien? —le preguntó Jules por la espalda.

Lorel lo miró.

—Sí, solo necesito hilo y aguja. Esto no puede quedarse así.

Días después, el océano Atlántico apareció ante los ojos de Navin tras levantar las ruidosas persianas de su habitación. Se dirigió a la cocina, donde su madre y su abuelo estaban desayunando con la mesa llena de corrusquillos, bizcocho y olor a tostadas.

—Buenos días —su madre lo miró.

—Buenos días. —Navin se acercó y le dio dos besos a cada uno. Se sirvió leche del frigorífico en una taza y la metió en el microondas.

—¿Has dormido bien? —preguntó su madre.

—Sí, aunque el vecino me despertó de madrugá. No sé cómo el abuelo tiene un sueño tan profundo. —Sacó la taza del microondas y se sentó en la mesa.

—Pues yo no me enteré —repuso el abuelo.

—¿Tienes el billete de tren? —preguntó su madre.

—Sí, ya lo saqué ayer.

—Te voy a preparar una bolsa con comida para que te la lleves. ¿Vale?

—Vale. —Navin se fijó en su abuelo, que estaba ojeando el periódico con las gafas de leer mientras se servía un trozo de bizcocho.

—Abuelo, ¿me pasas el Cola Cao? Abuelo, ¿me has escuchao?

Navin se levantó de la silla y estiró el brazo, arrastrando el bote hasta su sitio.

—Pisha, ¿cómo decías que se llamaba la feria esa? —le preguntó mirando el periódico mientras Navin mojaba el trozo en la leche.

—CONARTE. ¿Por?

Su abuelo abrió el periódico sobre la mesa, mostrando una fotografía donde se veía a la artista hablando ante un periodista con los cuadros de fondo.

—¿Es esta? —Su madre se acercó.

Navin se fijó en una fotografía en la que salía también Jules.

—Ahí exponen los grandes pintores, ¿no? —preguntó su madre.

—Los grandes o los más ricos. —su abuelo se fijó en la activista.

—¿Y eso? —señaló Navin con el dedo.

—No lo sé. —contestó su abuelo y Navin se llevó la página para leerlo.

—¿Cuándo te confirman el destino de Erasmus? —preguntó su madre.

—No te preocupes, ya te lo diré. —su hijo seguía leyendo.

—Soy tu madre, cómo quieres que no me preocupe. Más te vale sacar buenas notas al final del curso, eh. —Le alborotó el pelo con cariño.

—Oye, podrías aprovechar algún material de la abuela —sugirió el abuelo.

—Ya tengo en Madrid.

—Bueno, ahí están, en su habitación, para cuando los quieras.

Navin continuó observando las fotografías del periódico en las que Lorel aparecía cosiendo uno de los cuadros que había rajado una activista en protesta contra los precios altos de la feria y la selección de obras.

—Trae, si quieres leerlo te compras uno. Desayuna, anda. —Su abuelo le quitó el periódico y le dio un golpe en el hombro con él.

Antes de salir hacia la estación de tren, tocó el pomo de la puerta tras la cual estaba el estudio de su abuela lleno de cuadros, pinceles y pinturas.

Pero no la abrió. No podía, ahora no.

Bajó la maleta del coche y la nevera portátil antes de dirigirse al andén lleno de pasajeros con diferentes destinos.

«El tren con destino Madrid Atocha efectuará su parada en el andén 5», sonó por megafonía.

—¿Llevas todo? —le preguntó su madre, abrazándolo.

Navin se palpó los bolsillos de la cazadora y con seguridad asintió con la cabeza.

—Sí.

—Anda, ven aquí. Estudia mucho, eh. Garrote —su abuelo lo animó abriendo los brazos.

Navin sonrió y se agachó para acariciar al perro.

—¡Ya lo tienes aquí! —dijo su madre divisando a lo lejos la cabeza del tren.

—Os llamo cuando llegue.

—Que no se te olvide meter la comida en el congelado.

Navin se subió al tren y buscó su asiento entre la gente que intentaba guardar el equipaje. Se sentó y contempló su ciudad natal a través de la ventana con melancolía.

Abrió los mensajes donde leyó el de Fernando.

«Hola, espero que estés mejor. Acaban de salir las listas de admitidos de Erasmus, me han cogido en Roma. ¿Las has visto?».

Se apresuró a buscar las listas, pero la conexión lenta con internet le puso nervioso. Probó a recargar la página para ver si conseguía algún avance y se quedó en blanco.

Intentó calmarse y escribió a Fernando:

«¿Me puedes enviar las listas? Me va lento el internet».

«Sí. Un momento».

Navin recibió el archivo PDF con éxito. Tardó un buen rato en cargarse para poder buscar su nombre entre los estudiantes con el mismo destino. Después de comprobar que no le habían cogido en Roma, buscó otra vez su nombre completo y apareció en la Escuela Superior de Bellas Artes de París.

Desconcertado, le mandó un audio a su compañero: «¿Sabes si hay fechas de reclamación? Es que en la lista no me han dado Roma, solamente aparezco con destino París, que lo puse como tercera opción. No sé si hay menos plazas o qué. Luego me dices algo».

Navin bloqueó el móvil y empezó a desenredar el cable de los cascos.

—París es precioso —comentó una voz suave que provenía del asiento de al lado.

—Perdone, no quería molestarla —respondió Navin mirando a la señora con un jersey amarillo mostaza.

—No, perdóname a mí. No debería meterme en conversaciones ajenas.

—¿Usted ha estado en París?

—Mis padres decidieron emigrar por la guerra civil. Yo tenía tres años por aquel entonces. Los edificios eran grandiosos, ah, nunca olvidaré lo difícil que fue adaptarnos. ¿Vas a estudiar allí?

—Eso creo…

—Pero ¿qué estudias?

—Artes, Bellas Artes para ser más exactos.

—¡Oooh, es un lugar perfecto para los artistas! —exclamó emocionada—. Si lo cambias, te arrepentirás, créeme.

—Bueno, yo no había pedido ese destino.

—Recuerdo cuando tenía que levantarme temprano para ir al colegio y mi madre siempre me decía: «No hay mal que por bien no venga», y tenía razón.

—Pero no sé hablar francés.

—¡No te preocupes por eso! Mi nieta se fue a Dublín sin saber ni una palabra de inglés y sigue viva. ¡Tienes que explorar el mundo! Aprovecha que eres joven.

—No sé. —Navin hizo una mueca de desagrado.

La señora dejó a Navin preguntándose si debía aprovechar ese error para adentrarse en una ciudad que no esperaba visitar, ni mucho menos vivir allí.

—París es la cuna de la moda, del arte, la arquitectura…No te dejará indiferente.

—Si usted así lo dice, suena bien.

—Espero verte con tus cuadros en las noticias.

Después de que la mujer se bajara en una de las paradas, Navin miró el paisaje moverse a través de la ventana. Cerró los ojos con los cascos puestos, pensando en las palabras de Lorel «Deberías ir, si tienes la oportunidad.»