Un compromiso con el arte 19 . Olas
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19 . Olas

La grisácea claridad de la playa de La Caleta difuminaba la línea del horizonte entre el cielo y el mar.

Navin estaba sentado en la arena, ensimismado con el sonido de las gaviotas y el movimiento de las olas, tocando entre sus dedos piedras que luego dejaba caer sobre la arena.

Pasaba las noches en vela envuelto entre las sábanas de su cama sin querer hablar con nadie. Por suerte, su madre había conseguido que bajara a la playa para hacer unos recados, pero en cuanto veía a una mujer mayor no podía soportar recordar a su abuela. Le costaba hacerse a la idea de que ya no estaba y de que nunca más iba a estar. Volvió a mirar las olas estrellarse contra la orilla, donde el agua se deslizaba con suavidad queriendo acercarse.

Un perrito de color blanco con manchas marrones se acercó a él y lo olfateó.

—¡Ey, Chico! ¿Qué haces aquí? —Lo acarició.

Miró alrededor y vio a un hombre acercarse hacia él con paso lento. Los ojos de Navin se sorprendieron.

—Abuelo, ¿no estabas en una partida de ajedrez?

—¿Qué pasa, es que no puedo venir a la playa? Anda, ayúdame a sentarme.

El joven se levantó y lo ayudó.

—¡Ay, qué gusto! —exclamó tocando la arena con las manos.

Los dos se quedaron escuchando el sonido del mar.

—A la abuela le gustaba mucho este sitio.

Los ojos de Navin se empezaron a llenar de lágrimas.

—Lo sé… —Quería seguir hablando, pero la tristeza enmudeció su voz, rompiendo en llanto segundos más tarde.

Su abuelo lo rodeó con un brazo y lo achuchó con cariño.

—Ella siempre te estará observando, Navin. Siempre estará contigo, animándote a que sigas dibujando —murmuró entre lágrimas.

Navin se sorbió los mocos que se deslizaban por su nariz.

—Espera, toma. —Su abuelo sacó un pañuelo de tela.

—Gracias. —Se sonó los mocos mientras su abuelo se secaba los ojos por debajo de las gafas.

—¡Ah, por cierto! Te ha llegado un paquete a casa. —Sacó de su bolsa de la compra un sobre de color ocre.

El nieto se giró, extrañado.

—¿De quién es? —quiso saber.

—Ummm, no sé… —Su abuelo buscaba más información en el sobre—. Toma, míralo tú.

Navin lo cogió y leyó la pegatina del remitente: «Elena Díaz Ortega».

—¿Elena…? A ver si es… —Lo abrió y vio unos folios de las prácticas y otro sobre más pequeño en el interior, donde ponía: «Para ti». Se quedó ensimismado hasta que una ráfaga de viento se lo quitó de entre las manos y el perro salió detrás de él—. ¡Chico, vuelve!

El perro no hizo caso y atrapó el sobre agitando la cabeza. Navin, temeroso de que lo rompiera, corrió tras él y se lo quitó de entre los dientes.

—Suelta, suelta.

Volvió a donde estaba su abuelo sentado.

—¿Lo ha rasgado?

—Casi —respondió sentándose en la arena.

Desdobló el folio y, antes de empezar a leer el texto, miró la firma y frunció el ceño.

»Hola,

»En respuesta a tu carta, me gustaría decirte que, a pesar de que no pueda acompañarte en estos duros momentos y estas palabras se queden dentro de un sobre, lamento mucho la pérdida de tu abuela.

»Pero no quiero escribirte para desanimarte, sino todo lo contrario, para devolverte la energía que has dejado en el estudio y en mí.

»Cuando miro los cuadros, te veo a ti y, aunque me cueste admitirlo nunca te olvidaré. Espero que la vida te lo agradezca de alguna forma.

»Revisa el correo durante el mes de junio por si te llega alguna sorpresa como una beca para poder cubrir los gastos de la universidad.

»Si sigues leyendo esto, quiero decirte que tienes todo el derecho a estar enfadado y triste, pero no lo uses en contra, sino a tu favor.

»Dentro del sobre te dejo un pincel para que no pares de pintar. Pinta la soledad, la tristeza, la alegría, la vida en color, en blanco y negro, con pinceles, con los dedos, con lo que sea, píntate.

»P. D.: Tú eres más que un ayudante, no lo olvides.

»LM».

Navin acarició por encima el papel escrito y lo giró, descubriendo un dibujo hecho a lápiz. Se emocionó al ver la mano escayolada sujetando un lápiz rodeado de cinta de carrocero.

Su abuelo miró dentro del sobre y sacó un pincel delgado de color rojo anacarado de punta fina.

—Esto creo que es para ti.

El joven cogió con delicadeza el primer pincel que le dejó Lorel. Pasó el dedo por el mango rojo, donde estaban grabadas unas letras en color dorado:

«Comprometido con el arte».

De su mente empezaron a surgir ideas al mismo tiempo que sentía una gota tras otra caer sobre su cara.

—Navin, creo que va a llover.

El nieto ayudó a su abuelo a ponerse en pie y se resguardaron debajo del edificio del balneario. La inesperada lluvia le recordó con alegría la carrerilla al Museo del Prado y cómo acabaron empapados.

—Tengo que hacer una llamada urgente.

Navin se alejó seguido del perro.

—Elena, hola mira, necesito que vayas al estudio de Lorel.

—¿Ahora? ¿Por qué?

—Escribí mi nombre con bolígrafo detrás de los cuadros.

—¿Qué? ¿Y ahora cómo borro yo eso? Más te vale que salga la tinta.

Elena irrumpió en el estudio asustando a Lorel que estaba tirada en el suelo pintando.

—¿Qué pasa? —preguntó al ver que Elena analizaba la parte trasera de los cuadros.

—Mira, aquí hay una. Tenemos que revisar los cuatro antes de exponerlos.

La artista se asomó leyendo el nombre del ayudante escrito detrás del lienzo y lo comprendió, ella habría hecho lo mismo.

—Creo que tengo un bote de alcohol en el baño.