29 . Toi et moi
Meses más tarde;
La galería de René comenzó a recibir los cuadros de los artistas que habían sido seleccionados para la exposición. Elena la ayudaba a organizarlos por colores y temática, poniendo una pantalla para proyectar un vídeo de todos los artistas. Lorel llegó con un cuadro pequeño que había pintado en tres días.
—¿Una ayudita? —la artista se quitó las gafas de sol.
—Sí, nos traes dos cafés.
—Si acabo de llegar, Elena.
—Yo voy a por los cafés, ahora vengo. —René las dejó a solas y comenzaron a observar todos los cuadros hasta llegar a los de Navin, donde se pararon observando el realismo mezclado con un juego de manchas.
—Se ven mejor en persona que a través de la pantalla, ¿eh?
—¿Cómo ha hecho esto? ¿Se le han aparecido las musas del arte? —Lorel se acercó a los cuadros, pasando la mano por encima sin llegar a tocarlos —Elena yo creo que me voy a retirar por un tiempo, con todo el nivel que hay.
—No digas eso, por favor, que te has dejado el alma haciendo los tuyos.
—Por eso —suspiró mirando todos los cuadros.
—¿Sabes algo de él?
—No, solo tengo un mensaje de feliz año nuevo, ese que mandas a todos los contactos que tienes guardados.
—Ah, pues yo he visto que ha subido unos vídeos a Instagram que, por cierto, ya que viene René, vamos a grabar uno.
Lorel se estiró la cara para atrás sin ganas de hablar a la cámara.
—René, ponte al lado de Lorel, ahí, sí. Vais paseando, mirando hacia arriba y luego a la cámara.
La lluvia de la primavera mojaba las flores de los jardines y el asfalto de la ciudad brillaba reflejando las siluetas de los transeúntes. Jules vendió los cuadros de Lorel enviándole una transferencia del porcentaje de las ganancias antes de marcharse a Suiza con su novia.
Navin, Emil y Carlo se sentaron en la terraza de un restaurante con los toldos verdes. Los tres pidieron café mientras contemplaban la calle. Navin se fijó en una notificación del móvil después de hacer una fotografía.
Él le dio un puntapié a Emil por debajo de la mesa, llamando su atención.
—¿Qué?
—Mira, mira. Me han ¡seleccionado!
Carlo se sorprendió tapándose la boca y Emil abrazó fuerte a Navin.
—No me lo creo. —Navin se estrujó la cara entre las manos.
—¡Estamos con una estrella, Emil!
—Carlo, tenemos que entrevistar a Lorel, es nuestra oportunidad para tener matrícula de honor en el máster.
—Deja el máster por un día, anda. Ahora celebremos que estamos con una estrella.
—Tengo que vender los cuadros, ¿vale? —los tranquilizó Navin.
—Eso ya lo tienes casi hecho. —afirmó Emil.
Días después, los tres se arreglaron con sus mejores ropas para disfrutar de la inauguración de la exposición. Navin salió a la calle con una sonrisa reluciente y un traje azul pastel con manchas blancas por las mangas.
Guillem los acompañó preparado para hacer fotos y vídeos de todo el evento.
—¿No estáis nerviosos? Porque yo me muero.
—No lo menciones, Guillem —dijo Navin.
—Yo sí que estoy emocionado. —Emil se frotó las manos.
Antes de llegar, la gente ya estaba formando una fila para entrar, los cuatro se la saltaron, entrando en la galería donde René los recibió, poniéndole a cada uno una etiqueta con su nombre en la ropa. Lorel había contactado con el novio de Margot, que le había conseguido un catering para dar a conocer la empresa. En una esquina de la galería habían hecho merchandising con las obras de todos los artistas, todo ambientado con buena música. Al ver que estaban todos, René comenzó a dar un discurso de enhorabuena seguida de Lorel dándole un toque de humor para después atender a clientes y periodistas. Elena ayudaba a los nuevos artistas con las entrevistas, ya que algunos nunca se habían puesto delante de las cámaras.
Lorel y Navin se miraron de reojo, intentando no sonreír al volver la cabeza. La coleccionista Camille Artois estuvo hablando con René para adquirir varios cuadros de la artista, incluyendo la posible compra de otros como los de Navin. Emil y Carlo se acercaron a Elena pidiendo una entrevista con Lorel, que apareció segundos después con una camisa blanca remangada y unos pantalones de traje. Su sonrisa les transmitió confianza.
—Muchas gracias por atendernos, Lorel. Enhorabuena por la exposición.
—A vosotros.
—¿Por qué reunir a artistas emergentes de la escuela y no célebres artistas?
—Bueno, desde que me fracturé la pierna, tuve un acercamiento con las redes sociales a artistas de todos los rincones del mundo que compartían sus obras de arte, pero perdían nitidez, y eso es lo que quería hacer, bajar obras de arte de la pantalla a la tierra. Desde aquí invito a cualquiera a disfrutar del arte en vivo.
—Tienes razón, los colores y texturas de las obras se captan de diferente forma —asintió Carlo—¿Algún cuadro te llamo la atención en especial?
—Buff, todos. Todos los seleccionados tienen algo único.
—¿Qué pasa con el resto de participantes no seleccionados?
—Los animo a no rendirse; al final hice una selección desde mi punto de vista y a mis compañeros de profesión les invito a seguir con esta edición de exposiciones en la que grandes artistas acogen a los que no tienen la misma oportunidad de exponer.
—Muy bonito, por tu parte.
—Lorel, te necesito un momento. —interrumpió Elena.
—Sí, ahora voy.
—No, no te preocupes. Ya hemos terminado. —Emil retiró el micrófono.
—¿Sí? Vale, un placer.
—A ti, gracias. —Carlo sonrió.
Lorel siguió a Elena por la galería hasta que se cruzó con Navin. Guillem la paró para pedirle una foto. La artista dudó por un segundo y volvió a su papel de personaje principal.
—Claro —los dos posaron delante de los cuadros de Navin dejando distancia entre los dos hasta que Guillem les hizo una seña para que se acercaran.
—¿Tienes un punto rojo? No me lo creo —susurró Lorel mirando uno de los cuadros de él antes de seguir su camino.
—¿Qué? —Navin observó una pegatina al lado del marco del cuadro, ya estaba vendido y no había pasado ni una hora. La alegría comenzó a remover su estómago hasta manifestarla en una sonrisa.
A los pocos segundos unos periodistas de TeleFrance1 se acercaron a Navin para hacerle varias preguntas sobre los cuadros que había expuesto.
—El tema principal de esta serie es la admiración por las personas que nos dejan un aprendizaje dentro de nosotros. —explicó con claridad— Mi abuela, pintora también, falleció recientemente y quería hacerle un homenaje.
Conforme pasaron las horas, los asistentes abandonaron poco a poco la galería con la puesta de sol. Lorel desapareció fuera del local junto a Elena y Camille Artois, a punto de despedirse. Navin se quedó analizando la situación, dándole vueltas a la cabeza, sin saber cuándo hablar con ella, hasta que René se acercó, sorprendiéndolo con un abrazo, y se lo llevó fuera con la excusa de sacar a Jolie para que le diera el aire.
Al salir, Lorel y Elena se alejaron con la coleccionista hasta girar en la esquina.
—Pobrecita, ahora ya mejor —bajó a Jolie al suelo sacudiéndose el pelo.
—Ha ido bien, por lo que veo.
—Bien, muy bien, he vendido uno de tus cuadros.
—¿Quién ha sido? Si no es indiscreción.
René apretó los labios sin saber qué contestar.
—¿Ha sido ella?
—Sí, le gustó demasiado, lo vio y supo que tenía que tenerlo. Mira que es raro que ella compre obras de otros artistas, pero las que tiene, siempre llegan a traspasar el lienzo. Ella no quería que lo supieras.
—¿Por qué?
La galerista alzó las cejas.
—Porque es la manera que tiene de recordar para siempre, a las personas que ya no están. Al igual que cuando mira los cuadros de su padre.
Navin bajó la mirada conmovido.
René se giró al ver a lo lejos a Elena andando por la calle. Se acercó a Navin con una gran sonrisa y le dio una postal.
—Corre.
El joven observó la imagen del patio de columnas del Palacio Real de París.
—Vamos, vete —insistió Elena moviendo la cabeza.
René le empujó por la espalda y Navin echó a correr con energía, agitando sus rizos, echando un vistazo a las indicaciones del móvil. Pasó por un pasillo lleno de columnas y se detuvo para coger aire hasta ver una escultura de esferas plateadas, continuó ojeando el patio hasta unas columnas con rayas blancas y negras en fila cortadas a varias alturas. Lorel lo observaba sentada en una de ellas, con las manos dentro de los bolsillos de la gabardina marrón.
Navin se detuvo contemplándola hasta que los dos sonrieron. Había llovido un poco y la humedad seguía en el ambiente.
El joven se acercó y sacó el anillo con forma de pincel.
—Esto es tuyo.
Lorel sintió el frío del metal recorrer su dedo, soltando un suspiro de alivio.
—Gracias, por cuidarlo —agarró la mano de Navin con fuerza.
—De nada —esbozó una sonrisa sintiendo la caricia de ella.
—No aguantaba ni un día más sin verte, de verdad. —Navin cogió aire para continuar hablando— Me duele aquí, justo aquí en el corazón, y no puedo dejar de pensar en ti. Sé que somos diferentes, que nuestros caminos se han cruzado para tomar una decisión y yo quiero estar a tu lado, digan lo que digan. Yo te quiero.
Lorel posó las manos sobre los hombros de él, abrazándolo fuerte.
—Por un instante pensé que no volvería a verte —admitió aliviada.
El joven se separó mirándola a los ojos, retirando con cariño los mechones que caían sobre la cara de ella, mojados por la llovizna.
—Aquí me tienes.
Ella sonrió sosteniéndole la cara.
—¿Pintamos?
—Pintemos.
Los labios de Navin atraparon con fervor las gotas que caían por la boca de Lorel, inclinándose sobre ella.