Un compromiso con el arte 16 . La reunión
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16 . La reunión

Jules tarareaba al salir de la ducha llena de vapor, andando de puntillas hacia la ropa que tenía sobre la cama. Su atuendo, completado por una chupa de cuero marrón y una bufanda gris, elevaban su carisma. Desenchufó el cargador, cogió dos cámaras, una digital y otra analógica, las metió en la mochila y apagó la luz de la habitación.

A pesar del frío que hacía en Madrid, el cielo estaba despejado. Paseó por los alrededores del Palacio Real y observó a los hombres instalar las luces de Navidad. Las terrazas estaban llenas y las cafeterías desprendían un olor dulce a pan recién salido del horno que lo sedujo para tomarse un pequeño desayuno.

Anduvo por la plaza de Sol, bajó por la Gran Vía y llegó al Círculo de Bellas Artes. Subió a la azotea, donde se encontró a Lorel con sus gafas de sol redondas y una boina verde pistacho que conjuntaba con su abrigo. Indiscreto, decidió sacarle una foto con la Polaroid.

—¡Magnifique! Para una portada de Vogue.

Lorel, en cuanto lo escuchó hablar en francés, negó con la cabeza y la bajó por vergüenza.

—Gracias.

—¿Haciendo la fotosíntesis? —bromeó Jules al ver que iba de verde, mientras abanicaba la fotografía.

Ella se bajó las gafas de sol y se fijó en su sonrisa pícara.

—Dando oxígeno al mundo… ¿Te lo imaginas sin naturaleza?

—No, la verdad. —Jules le dio la polaroid y se sentó.

—Una más para la colección.

—Me alegra oír que guardas mis fotos.

—Me suben la autoestima o la bajan dependiendo de cómo salga. —comentó mirando la polaroid.

Jules apretó los labios, incómodo.

—He cambiado desde la última vez que nos vimos.

—¿Desde que me viste en el teatro o desde París?

—Desde París, por favor. Si no, no estaría aquí.

—¿Y qué tal por allí? —preguntó más relajada.

—Bien, el tiempo es menos agradable que aquí, pero, bueno, nada del otro mundo. Los compañeros de la escuela te echan de menos y yo también —dejó caer.

—¿Qué pasa, no podéis vivir sin mí?

Jules se tocó el pecho.

—Nos falta esa pieza del puzle, Lorel.

—Ya, claro.

—Lorel Mansot y sus comentarios sobre el existencialismo tumbados en el césped.

—Ajá.

—¿No me digas que no lo echas de menos? Ir de pícnic como los viejos tiempos.

—Piensas que al final no voy a ir.

—Bueno, serás difícil de convencer después de mi comportamiento.

El camarero se acercó a la mesa dejando dos copas de vino.

—Prueba a convencerme.

Jules juntó las manos, dispuesto a negociar después de tomar un trago.

—No quiero que te sientas obligada a venir, si no quieres, pero…

—Empiezas bien…

—He conseguido un local precioso en el distrito del Louvre para aprovechar el espacio entre varios artistas y fusionar el arte con la gastronomía. Estoy barajando la idea de cafetería por el día y club nocturno. Todavía no hemos decidido nada.

—¿Hemos?

—Sí, mi tío y yo. El que decías que se parecía mucho al actor François Cluzet, que llevaba el pañuelo granate en el cuello…

—Sí, sí, ya sé. —Lorel bebió vino. —Me parece interesante.

—Pero…

—¿No estás mezclando demasiado la pintura con la comida?

—No, por supuesto que no —Jules se rio—. Oye podría hacer pasteles inspirados en obras de arte. —chasqueó los dedos señalando a la artista. —Mira, si quieres que la gente se quede en un sitio, tienes que ofrecerles comodidad. Buenos asientos, un baño, comida y diversión. Todo eso rodeados de arte.

—Tienes razón. —asintió Lorel.

—¿Entonces qué?

—Esto es real o una excusa para hablar conmigo.

—Mon dieu. Te voy a enseñar el local para desengañarte. —sacó el móvil.

La artista observó las fotos de Jules.

—Todavía queda mucho trabajo. ¿Cuento contigo? —miró a Lorel.

—¿Qué gano yo? —se recostó en el respaldo.

Jules sonrió enarcando las cejas.

—Mi tío Bastian ha conocido a una de las mayores coleccionistas de arte que podría venir a mi exposición.

—¿Quién?

—Camille Artois

Lorel abrió la boca al escucharlo.

—Tú ganas y yo también.

—Y yo también —imitó la voz de Jules.

Los dos sonrieron.

—¿Y qué está comprando actualmente? —soltó Lorel.

—Diamantes de cuatro quilates.

—Me refiero a obras de arte...

—¿Y bien? ¿Cuándo te veré por allí?

—Hasta que no me den el alta en febrero y termine la feria CONARTE.

—¿Le has preguntado a René si le queda algún cuadro mío en la galería?

—Esos son muy pequeños, ¿no tienes nada nuevo en tu estudio?

Lorel se tensó.

—No, tendrás que esperar a verlos en la feria.

—¿Son abstractos?

—No lo sé ni yo, con eso te digo todo.

La artista continuó hablando con él, midiendo las palabras que decía.

La hora de la comida se acercaba y Navin salió de clase de pintura recorriendo el pasillo con un lienzo que le llegaba a la cintura. Era bastante incómodo llevarlo de un sitio a otro sujetándolo por los listones traseros. Le había costado aceptar la situación y no quería volver al estudio, pero intentó mantenerse al margen de sus sentimientos volviendo por última vez.

Susana le dejó pasar dejándole solo en el estudio.

—La señora tardará en llegar.

Navin se acercó a los cuadros y sacó un bolígrafo que llevaba en el bolsillo de la sudadera. Tenía muchas ganas de pintarrajear el lienzo, pero se detuvo apretando los dientes. Abrió los ojos y cogió aire.

Su teléfono móvil comenzó a sonar.

—Hola.

—Hola, cariño, ¿qué tal estás? —su madre sonó nerviosa.

—Bien, ¿y tú?

—No muy bien, han tenido que ingresar a la abuela en el hospital.

—¿Cómo? ¿Pero está bien?

Ella tardó en responderle.

—No mucho. ¿Puedes venir cuanto antes?

—Sí, no te preocupes. Intentaré coger el próximo tren. Luego te digo.

—Vale, cariño. Ten cuidado, luego me llamas.

—Sí, adiós.

Su corazón se encogió y su mente se nubló por un momento. Empezó a imaginarse multitud de escenarios, unos bastante graves que intentaba aliviar con otros más leves. «Seguro que no es nada, no es nada». Cogió la mochila y salió por la puerta.

—No creo que vuelva. —le indicó a Susana.

—Que Dios te bendiga. —ella sonrió.

Navin salió de allí, bajó las escaleras mecánicas del metro a toda mecha y se detuvo en el arcén al ver que quedaban tres minutos para que llegara el próximo vagón. Observó a una señora que estaba leyendo una revista en la que aparecía Lorel. El joven llamó a Elena, pero la línea estaba ocupada.

Después de varios intentos, le dejó un mensaje de voz.

—Hola, soy Navin. Mira, me acaba de llamar mi madre y me ha dicho que mi abuela no se encuentra muy bien y tengo que volver a Cádiz. Estamos en contacto. Adiós. —Navin se apresuró antes de entrar al vagón.

Las paradas pasaban rápido ante sus ojos sin llegar a leerlas. Al salir, forcejeó con la gente que entraba al mismo tiempo hasta que salió al exterior.

En el piso, Navin abrió el portátil y compró el billete de tren. Vació la mochila de materiales de pintura, la llenó de ropa, guardó el portátil y salió del piso en dirección a la estación de Atocha.

Jules y Lorel bajaron en ascensor después de comer.

—¿Quién era el del teatro?

—¿El del teatro? —frunció el ceño y apartó la mirada— Fui sola.

—Ya, fuiste sola y saliste acompañada.

—¿Y qué te importa?

—Mucho.

Las puertas del ascensor se abrieron y Lorel salió sin mirarlo hasta detenerse en la acera.

—Mira, Jules. No creo que volvamos a ser como antes.

Él se quedó mirándola asintiendo.

—Déjame arreglarlo —inclinó la boina de Lorel hacia un lado con cuidado.

Ella suspiró soltando aire por la boca, pensando en la gran oportunidad que le había dado.

—Nos vemos en la feria y hablamos. —respondió pensando en qué ya había escuchado antes esas palabras.

—Vale —él sonrió.

—Adiós. —besó con sus labios las dos mejillas del fotógrafo, sintiendo un nudo en la garganta.

—Au revoir —cerró la puerta del taxi mientras observaba como se acomodaba en el asiento y saludaba a la conductora, Jules se quedó embobado con su actitud desenfadada.

Al llegar al estudio, Lorel se sentó delante del cuadro, reflexionando sobre la exposición en París. ¿Había tomado una buena decisión?

—¿Lorel? —gritó su asistenta desde el salón.

—¡En el estudio!

Nada más entró Elena, le preguntó:

—¿Sabes algo de Navin? ¿Está bien? ¿Ya viene?

—Respecto a eso. Me ha dicho que han ingresado a su abuela en el hospital. No sé qué le habrá pasado a la mujer.

—¿Se ha ido a su casa?

—Sí, esperemos que no sea nada grave. De todas formas, me informará si tiene que quedarse más tiempo.

—Vale.

Elena observó a Lorel delante del cuadro mezclando la pintura.

—¡Ya vuelves a tener el estudio para ti sola, eh! ¡Qué tranquilidad!

—Sí… —La artista esbozó una sonrisa apagada y volvió al trabajo.

Elena se extrañó ante su reacción y salió del estudio contestando un mensaje de texto.

Lorel observó el lienzo blanco alzándose como un iceberg al mismo tiempo que se derrumbaba sobre ella, dándole un escalofrío. Movió el pincel entre los dedos con cierto nerviosismo, mirando la sombra que proyectaba, pensando en su ausencia. Se giró y vio el disco de vinilo apoyado en la estantería.

—Es ahora —colocó la aguja en uno de los discos y dejó caer el gran lienzo sobre el suelo. Asintió con los brazos en jarra, dispuesta a pintarlo.