15 . Sin palabras
Un lunes, Navin entró en el estudio a toda prisa.
—Te he traído una caja de bombones, ya están sacando cosas de Navidad. Era imposible no resistirse.
—Gracias, déjalo por ahí. —Lorel siguió pintando sin mirarlo a la cara, enfocada en los colores de la paleta.
Él notó que su tono de voz era distante y se acercó antes al fregadero para ver si había que lavar algo, pero todo estaba limpio. Se puso la bata y empezó a pintar al lado de ella sintiendo que su presencia la incomodaba.
Lo único que se oía era el ruido de los pinceles hasta que uno de ellos bajó la cabeza y chasqueó con la lengua.
—Me he equivocado.
Navin miró el cuadro pensando en que la pintora había puesto el color erróneo.
—Si está bien.
—No me refiero a eso.
Los dos se miraron a los ojos sin respirar. Navin bajó el pincel posándolo en la paleta, pensando en el roce de sus labios, y tragó saliva.
—Y… ¿qué hago? ¿Eh?
Lorel indecisa resopló dejando el pincel a un lado. Navin, al ver que no decía nada se acercó para intentar tranquilizarla acercando la mano hacia su mejilla, pero ella la apartó con brusquedad, dejando una mancha de pintura azul ultramar en su cara.
—No quererme —soltó con la voz quebrada.
Sus miradas se empezaron a diluir como la acuarela en agua.
El teléfono móvil de Lorel comenzó a sonar desde el salón.
—Pon agua limpia.
Lorel se levantó para cogerlo encontrándose con Susana acercándoselo.
—Es un tal Jules —la informó.
—Allô?
El joven vació el vaso de agua sucia y lo volvió a llenar. Se miró en el espejo sintiendo su corazón hacerse añicos.
—Necesito que vaya a la farmacia con la receta que está en el frigorífico.
Susana asintió sin decir ni una palabra dejando a Lorel en el pasillo.
—No puedo hablar, te llamo luego. —Lorel colgó enfrentándose a la mirada fría del ayudante que estaba delante del cuadro moviendo el pincel entre los dedos.
—Puede que sea solo un estudiante de Bellas Artes y que no sepa más que tú, pero…No entiendo tu elección ¿Me vas a dejar por ese?
—Navin, es que yo... —titubeó.
—No me creo que lo nuestro no significase nada para ti.
Él la miró frunciendo el ceño.
—Fue… fue algo fugaz. ¿Vale? Significó muchas cosas. Pero…
—Pero no me quieres. —intuyó Navin.
Lorel se echó el pelo hacia atrás con las manos, confusa, a punto de llorar.
—¿No me quieres lo suficiente? ¿Es eso?
—Mira, ahora solo necesito que te vayas de aquí.
—¿Qué?
—No puedo estar contigo.
—¿Por qué? —Navin abrió los ojos y observó el anillo de Lorel— Ah, ya sé. No tengo el mismo dinero que tus amiguitos, no llevo ropa de lujo, no vengo de una familia de renombre que te paga todo. —soltó las palabras como balas acercándose a ella.
Lorel enfadada, le tiró el pincel golpeándole el pecho.
Los dos apretaron los labios, inspirando llenos de rabia.
Navin le dio la espalda, dejó la paleta y el pincel en el fregadero, se quitó la bata al mismo tiempo que se limpiaba las manos con ella, cogió sus cosas y salió por la puerta sin decir ni una palabra, tan solo gruñidos.
Al llegar al piso se metió en el baño y con un cepillo pequeño empezó a rascar la pintura seca que quedaba entre sus dedos. Quería quitarse cualquier resto de amor que sentía por la artista. No quería saber nada de ella, nada.
Abrió el grifo de la ducha y recibió con alivio el agua sobre la cara, arrastrando sus lágrimas. Se envolvió con una manta sentándose sobre la cama y miró los trabajos que estaban sin terminar sobre el escritorio.
Ahí estaba su propio estudio, esperándolo a que volviera a ponerse manos a la obra. En busca de inspiración, se asomó por la ventana para observar las luces que salían de los bloques de pisos: una vecina tocando una guitarra española; al otro lado, uno leyendo un libro; arriba, un hombre tendiendo la ropa, y abajo, una mujer enfadada por la guitarra.
Volvió la mirada al escritorio. Deseaba seguir creando sus propias obras, volver a coger las riendas de su propio estilo, de su propia vida. Sentía la pintura correr por sus venas hasta que sus ojos dijeron basta.
Fernando se asomó a la habitación. Su amigo había caído rendido sobre el escritorio con el flexo encendido. Se acercó y antes de apagar la luz del flexo miró el cuaderno que se había dejado abierto. Pasó las páginas y observó sus dibujos del Museo del Prado hasta que vio uno de la artista y esbozó una sonrisa.
Lorel se encontraba tumbada en la cama, escribiendo en una agenda y contando los días que quedaban para la feria de arte.
Elena golpeó la puerta de la habitación.
—Hola, te traigo un vaso de agua.
—¿Han llegado las obras bien a la exposición de mi padre? —le preguntó cuando ya se había tragado la pastilla.
—Sí, está todo bajo control.
—Vale.
Elena se acercó para llevarse el vaso vacío.
—Me encontré con Jules en el teatro.
—Ah, qué casualidad. ¿Cómo está?
—Sigue igual.
—¿Igual de guapo? —bromeó Elena.
—Quiere que participe en una exposición en París.
—¿Le has dicho que sí?
—Todavía no lo sé, he quedado con él para hablar en persona.
—Vale, si sabes algo más me dices.
—Claro.
—En París sabes que cuentas con grandes admiradores.
Elena apagó la luz.
—Ya.
Lorel se tumbó mirando al techo de la habitación. Cerró los ojos recordando la pintura que retuvo al ayudante en el Museo del Prado de la mujer desnuda agarrándose la cara llorando.
Era ella, en ese mismo instante, una confusión inevitable y una decisión intocable.