13 . La propuesta
Navin abrió los ojos, cegado por la claridad del sol. Bostezó y estiró los brazos admirando como Lorel seguía durmiendo a su lado. Acarició su pelo más bien para asegurarse que era real y no un sueño, el cual ella empezaba a perder moviendo la cabeza.
—Un minuto —susurró.
—Estás muy guapa cuando duermes.
Lorel sonrió restregándose los ojos.
—No te creo. —se incorporó cogiendo del suelo la camiseta goyesca cubriéndose.
—No… —se quejó Navin.
—¿Es que no has tenido suficiente? —se acercó a él para darle un beso.
—No —sonrió sobre los labios de ella.
El móvil de Lorel comenzó a sonar, pero no le hizo caso, volvió a molestarla por segunda vez abriendo los ojos como platos.
—¿Qué? ¿Se te ha olvidado algo? —preguntó Navin.
—Ah, ¿por qué? —se separó de él y cogió el móvil andando hacia la habitación.
—¿Sí? ¡Hola! —Lorel se volvió hacia Navin—. Ya estás de camino… —Le empezó a hacer señas con las manos para que doblara la manta y desayunase.
—No te preocupes, estaba a punto de prepararme… —Se retiró el móvil de la oreja y le susurró—: Me tengo que ir… Coge lo que quieras de la cocina. —Continuó hablando por teléfono con su amiga mientras desaparecía del salón.
Navin se levantó y buscó el traje que había llevado para cambiarse. Se puso el pantalón, la camisa y los zapatos, dejando la chaqueta allí. Dobló la manta pensando en otras cosas y se acercó a la cocina sin saber qué hacer, hasta que abrió el frigorífico. Encontró lo esencial, una taza, leche y unas galletas que estaban en la encimera.
—¿Quieres algo? —preguntó con la boca llena al escuchar una puerta abrirse.
—Enciende la máquina de café, tiene que estar la cápsula dentro. —gritó desde la habitación.
Navin se acercó sin saber cómo funcionaba, intentó recordar un anuncio, pero nada, sacó el móvil y buscó los pasos.
—¿Has podido? —Lorel apareció con un vaquero y un jersey, colocándose el pelo recién secado.
—Eso creo. —se giró sujetando la taza de café.
—Parece que vas a grabar un anuncio —dijo antes de beberse el café.
—Con esta cocina de fondo y esta camisa… —pasó la mano por la encimera de mármol.
El reloj inteligente de Lorel se encendió con un mensaje.
—Ya está el taxi.
—¿Las tazas no las…?
—Déjalas… ¿y mi abrigo? —pensó saliendo de la cocina.
Los dos se abrigaron antes de salir a la calle donde estaba el taxi.
Navin le abrió la puerta.
—Ehmm. —Lorel aguantó la respiración antes de hablar, pensando en lo que habían hecho— Que no se te olvide que mañana nos vemos a las cinco. —se sonrojó.
—Sí. —Navin apretó los labios y cerró la puerta esbozando una sonrisa.
El taxi se alejó, dejando al joven ensimismado.
—No entiendo nada —suspiró.
Su teléfono móvil empezó a sonar con varios mensajes de texto de Fernando.
«¿Dónde estás?».
«Habíamos quedado en hacer el proyecto de fotografía. ¡HOY!».
Navin había perdido el sentido del tiempo por un instante. Estiró los labios enseñando los dientes mientras escribía.
«Voyyy».
Fernando le respondió: «Te esperamos en el monumento de Alfonso XII».
Navin se cambió de ropa y se presentó en el parque para hacer unas fotografías para el proyecto de clase. Su cuerpo estaba allí pero su cabeza estaba en la noche que había pasado.
El sol del domingo animaba a pasear por las calles, disfrutar de los parques y tomar algo en las terrazas. Lorel se reunía con Lucia, su amiga que conservaba desde la infancia. Se graduó en la real academia de música de Londres llegando a tocar el violín en grandes escenarios como el Royal Albert Hall.
Lorel entró por la puerta, que una señora le sostuvo amablemente, y rastreó el espacio en busca de una mujer con trenzas sentada al lado de la ventana.
—¡Lucia! —gritó.
Su amiga se levantó de la mesa y abrió los brazos.
—¡Lorel! ¿Cómo estás? —la abrazó con ganas.
—Bien, muy bien. ¿Y tú? —respondió.
—¿Cómo que bien? ¿No vas a quejarte de que te duele la muñeca otra vez?
—Tienes razón, ay, ay, ay.
Una camarera se acercó a la mesa.
—¿Van a tomar algo de beber?
—Sí. ¿Quiere un vino? ¿Un verdejo? —le sugirió Carol.
—Vale.
—Que sean dos.
—Les dejo la carta.
—Gracias.
—Te veo diferente ¿no estás muy feliz? —preguntó Lucia, intrigada.
—Sí, hace mucho que no te veo. ¿Cuándo tienes concierto?
—Venga ya, Lorel. Esa sonrisilla sé lo que significa, ¿cómo se llama?
—¿Cuándo tienes concierto? —bebió de la copa en cuanto se la sirvieron.
—¿Ha sido un lio de una noche y por eso no me lo quieres decir?
La pintora sonrió poniendo los ojos en blanco.
—Vale, esta conversación debería ser sobre cómo te ha ido en los ensayos con la Filarmónica de Viena.
—Ayy, Lorel. Déjame que me lo pase bien, anda. Siempre hablo de música, escucho música, leo música…
—Está bien... —contestó Lorel invadida por los recuerdos de los besos del ayudante. Se había enamorado de él, no podía creerlo. —Es que no sé qué decirte. —sonrió incómoda.
—¿Es guapo? —Lucia bebió vino.
—Sí.
—¿En qué trabaja?
—Pues...no me acuerdo.
—Ah,vaya que no se acuerda, claro, menuda noche habrás pasado.
—Es arquitecto. —mintió la artista y cogió la carta para mirarla.
Lucia frunció el ceño.
—¿En serio?
—¿Qué tal el solomillo a la plancha? —Lorel sentía que la iba a descubrir.
—Vale, y…—la artista miró los entrantes—¿Vais a repetir?
Lorel se puso roja como un tomate y se tapó con la carta al saber que tenía que terminar los cuadros con él, ahí, a su lado.
—Dejemos, por favor, esta conversación. —intentó hablar con una sonrisa de oreja a oreja que contagió a Lucía.
—Uyyy, eso es que sí. Me lo tendrás que presentar.
—¿Qué tal los ensayos? —preguntó Lorel después de pedir la comida.
—Complicados, pero…voy a tocar en la ópera Garnier.
—¿Cuándo? Tengo que ir a verte.
El teléfono móvil de Lucía empezó a sonar y a vibrar en la mesa, pero no le hizo caso.
—Cógelo —le pidió Lorel.
—Enseguida vuelvo. —Lucía se levantó de la mesa.
Lorel giró la cabeza y se puso a observar por la ventana a los transeúntes que pasaban por la calle. Un dálmata, una mujer con bolsas de la compra, un niño en el carrito con el teléfono móvil y una pareja besándose. Volvió la mirada dentro del restaurante, incómoda hasta que un hombre alto con una gabardina salió a la calle a punto de encender un cigarrillo. Este alzó la vista para encontrarse con el rostro boquiabierto de Lorel y pensó «No puede ser». La artista cubrió sus ojos con las gafas de sol deseando que se marchase lejos de allí.
Jules tomó una calada y apagó el cigarrillo sabiendo lo mucho que odiaba verlo fumar. La contempló pensando en si hablar con ella y eso hizo, entró cruzándose con Lucía.
—Hola, perdona ¿puedo decirle una cosa? —le preguntó Jules.
—Si ella quiere…—miró a Lorel que se bajó las gafas.
—Solo un minuto. —le rogó con el dedo índice.
Jules se sentó en una silla vacía de la mesa de al lado.
—Voy a organizar una exposición en París —soltó sin andarse con rodeos—. Acudirán grandes coleccionistas siendo un gran evento artístico.
Lorel no se esperaba esa oferta tan repentina. Se quitó las gafas de sol y empezó a girarlas agarrándola de una patilla.
—No sé…
—No te preocupes, no tienes por qué responderme ahora. —Jules sacó una tarjeta—. Te dejo mi número de teléfono, aunque puede que lo sigas teniendo.
Lorel cogió la tarjeta con una mano y la leyó.
Jules se levantó juntando las dos manos en agradecimiento a Lucía.
—Por favor, dime algo. Aunque sea un «no» rotundo. Gracias por tu minuto, adiós. —Jules salió del restaurante cruzando los dedos a sus espaldas.
—Adiós —contestó Lucía.
Jules se detuvo de nuevo en la ventana mostrando su teléfono móvil contra el cristal. Las dos leyeron: «Llámame, ¡POR FAVOR!».
—¿Qué te ha dicho? —quería saber Lucía, que no había entendido ni una palabra en francés.
—Me ha dicho que participe en una exposición en París —respondió Lorel, dejando la tarjeta.
—Era Jules Atget, ¿verdad?
—Sí. —respondió mirando la tarjeta.
—Podrías hablar con él, ya han pasado dos años desde que te fuiste puede que haya cambiado. Además, el arte es arriesgar; tú misma me lo dijiste.
—Tengo que organizarme…
—¿Organizar el qué, si apenas tienes trabajo? Ahí encerrada en el estudio. Necesitas salir. —exclamó Lucía animándola.
Lorel suspiró y partió el solomillo con energía. Se estaba arrepintiendo de unos sentimientos que no la dejaban tranquila, de unas manos que no debieron sobrepasar los límites de la pintura.
Después de una comida larga, Lorel se despidió acordando con Lucía en que iría a escucharla en cuanto pudiera. La artista volvió a su tranquilo estudio, iluminado por la luz naranja del atardecer. Se sentó en el escritorio, observando los cuadros casi terminados mientras jugaba con el teléfono móvil en su mano. Abrió el portátil y empezó a buscar información sobre Jules Atget. Los artículos decían: «Premios de fotografía, exposiciones en grandes galerías y aperturas de restaurantes» todos llenos de gente relevante a la que Lorel deseaba llegar.
Escribió en el móvil y borró de nuevo, resoplando por la boca.