12 . La noche
Los dos llegaron al Gran Café Gijón, en el paseo de Recoletos, justo cuando estaban cerrando sus puertas con algunas luces encendidas mientras los camareros fregaban el suelo. Lorel se acercó e intercambió unas palabras susurradas con uno de los trabajadores y le extendió un billete antes de mirar al ayudante.
—Toma, ponte las gafas y no digas ni una palabra —susurró Lorel mientras le sostenían la puerta para pasar.
—No. —respondió Navin con las gafas de sol redondas puestas.
La siguió pasando por detrás de la barra del local, atravesando la cocina. Abrieron una puerta saliendo a un callejón con cubos de basura que separaba dos edificios. El sonido de música de jazz y gente hablando era cada vez más alto hasta que dos puertas rojas se abrieron.
Los ojos de Navin se asomaron por encima de las gafas sin creer lo que estaba viendo. Un garito con las paredes forradas de cuadros, fotografías, discos de vinilo, máscaras de cerámica chinas, una rueda de bicicleta colgando con un mono de peluche rosa. Al fondo había un escenario pequeño donde estaba el grupo de jazz tocando delante de mesas y sillas de madera marrón redondas ocupadas por personajes del mundo artístico.
Lorel tuvo que empujar a Navin para que se sentara en su silla y la dejara pasar a su sitio.
—¿Esa es Cristina Iglesias? —el joven se sorprendió con la cara entre las manos.
—Sí, me alegro de verla por aquí.
—¿Y ese es Takami Uragazi? —la artista le hizo un gesto con las manos para que se relajara.
Un hombre regordete con una sonrisa de oreja a oreja se sorprendió al verla sentada en aquel lugar.
—¿Qué ven mis ojos? ¡Es Lorel! —Le estrechó la mano bien fuerte.
—Buenas noches, Salva ¿Ya os han arreglado el grifo de la barra? —respondió sacando una tarjeta de crédito.
—¡Rosa! Mira quién está aquí —gritó el camarero hacia la barra. —Sí, estamos sirviendo unas cervezas más frescas que nunca.
Se acercó una mujer alta con el pelo castaño corto y las puntas rosas.
—¡Pero bueno, Lorel! ¿Cómo estás? —esta se levantó un poco para abrazarla.
—¿Y este quién es? —Salva las interrumpió.
—Es…un artista emergente berlinés. Está aprendiendo español.
—Aquí vas a estar muy bien. —Rosa hizo un círculo con el dedo gordo y el índice.
—Bien. —repitió Navin copiando el gesto.
—Estás de suerte, te voy a servir una cerveza… una beer—añadió Salva.
—Yo quiero una Coca-Cola.
—Por supuesto querida. Disfrutad del show. —los dos camareros se marcharon y la música volvió a sonar en el escenario.
Lorel se agachó y empezó a explicarle dónde le había llevado. «Esto es un club privado de artistas, mi abuelo me lo enseñó cuando tenía 10 años y me dejó su sitio de herencia. No es que tengas una silla en especial, pero mira, esa zona es cine, música, bailarines, escritores por aquí, pintores y diseñadores de moda por allá.
—Mirad, mirad que cervecita. ¿Qué tal está? —Salva se quedó esperando a que la probase.
Navin agarró la jarra y tomó un trago sin pensar, mientras Lorel lo observaba con los ojos como platos.
—Good. —tosió el joven recibiendo una palmadita en la espalda de parte del camarero.
La artista intercambió las bebidas despacio en cuanto se alejó Salva dejando el refresco para su ayudante.
—Mejor así.
Cuando ya no podían escuchar más música decidieron salir para inspirar el aire frío del paseo de Recoletos, que tenía poco tráfico del habitual, donde el silencio reinaba.
—Es un artista berline —se le escapó una carcajada.
—No se me ocurría otra cosa, ¿vale?
—Menos mal que no tenía que hablar en alemán porque con este acento.
Lorel no pudo evitar reírse al ver que él no podía ni hablar de la risa.
—Berlinés gaditano.
Navin se rio restregándose los ojos.
—El camarero no paraba de dejar chupitos en la mesa.
—¿Pero por qué te los has tomado?
—¿Qué? ¿Los dejo ahí llenos?
Los dos se calmaron esperando a que el semáforo se pusiera en verde.
—¿Cómo llevas la muñeca? —preguntó Navin, al ver que seguía moviéndose con las muletas.
—Bien, a veces me duele un poco, pero con el alcohol que me he tomado.
—Te has curado por dentro.
—Anda, dame mis gafas de sol.
—Sí, toma. —Navin cogió las gafas y las dejó caer en uno de los bolsillos del abrigo que llevaba puesto la artista.
—Gracias.
—Creo que he visto a un fotógrafo famoso…
—¿Ah, sí? —Lorel levantó las cejas.
—Salió contigo, en un artículo de revista. ¿Cómo se llamaba? —chasqueó la lengua.
—Jules… —contestó Lorel.
—Eso, Jules Atget. Tiene fotografías chulas.
—Sí, bueno. No están mal. ¿Tú has llegado a trabajar la fotografía en la universidad?
—Dimos un par de clases, pero el proceso de creación no me gustó tanto como el de la pintura.
—Es más aburrido.
—Aburrido no es la palabra. Es que me gusta mancharme las manos con pintura, no te voy a mentir. —movió los dedos de las manos.
Lorel se rio haciendo un gesto, incluyéndose en su declaración.
—¿Y qué pasó con Jules?
La artista enarcó una ceja mientras seguía andando.
—Sé que trabajabais juntos en París, pero nada más.
—Es complicado. —Suspiró
—Pasábamos mucho tiempo juntos, demasiado, diría yo. Él me ayudaba con mis pinturas, yo con sus fotografías. Hacíamos exposiciones en grupo hasta que nuestras obras se empezaron a fusionar. Mis cuadros y sus fotografías no eran las mismas de antes, no tenían nada nuevo e impactante. Entramos en una mala racha de ventas y Jules se agobió, empezó a buscar nuevas formas de vender las obras y yo no estaba de acuerdo con eso.
—¿Y qué hiciste?
—Salir de allí. Le dije a Jules que necesitaba alquilar un estudio para mí sola y nos pusimos a discutir porque, como excusa decía que los precios del alquiler en París no eran muy asequibles y tenía que mover mucho material. Si yo me iba, él también tendría que mirar otra opción porque compartíamos el alquiler. En fin... —Lorel no quería recordar los detalles— Decidí volver a Madrid, recuerdo llorar en el avión sin que me viera nadie. A los pocos días Jules intentó pedirme perdón porque no quería acabar en malos términos conmigo, yo pensé en volver, pero necesitaba un tiempo para reencontrarme a mí misma. —Miró a Navin con cara melancólica.
—No te preocupes. Como tú sabes, la vida está llena de cambios y sustos —remató ella.
El joven se puso rojo al ver que Lorel se acordaba de sus palabras.
—Entonces, ¿volverás algún día a París?
—Puede, pero con estas muletas desde luego que no.
—Claro, imposible.
—Deberías ir, si tienes la oportunidad.
—¿Hablan en inglés allí?
—Algo…, pero no viene mal saber un poquito de francés. Podrías irte de Erasmus.
—Lo estoy pensando. Pero me gusta más Italia.
—Oh, qué bonito. ¿Estudias italiano?
—Sí, pero me tengo que poner al día. No me lo recuerdes.
Navin la miró de arriba abajo.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—A ver…, dispara.
—¿Por qué yo?
Lorel se detuvo a escasos metros de la puerta de su piso.
—¿Por qué yo he acabado pintando en un estudio como el tuyo?
Ella soltó un suspiro que se transformó en una nube de vaho.
—Pues… porque sabes pintar. —respondió rápido.
—Ya, bueno. Hay mucha gente que sabe pintar mejor que yo.
—¿Y… qué pasa?
—Pues que, si me cogiste porque podía pintar, podrías habérselo dicho a otra persona, como a… Jules.
—¿Qué tiene que ver Jules en esto? —la artista frunció las cejas.
—No me refiero a él en especial, sino como…, como ejemplo, alguien más importante.
—Mira, yo no decidí que vinieras tú a pintar mis cuadros, fue idea de Elena.
—¿Elena? Pero si tú fuiste quien me llamó para volver.
—Sí, fui yo. —Lorel se apoyó en la fachada de un edificio para mover la mano y descansar los brazos. Sin querer, tiró una de las muletas al suelo. Se quedó mirándola al mismo tiempo que le contestaba con cierto malestar—: Tienes buenas ideas, ¿vale? —admitió, soltando las palabras con dificultad—. Eres rápido pintando y sé que llegarás lejos si realmente te lo propones. —Navin se quedó sorprendido—. Y bueno, no esperaba que me… —pensó en sus palabras—no sé. Me sacas unas sonrisas en momentos en los que no tengo ánimos para nada y no sé ni cómo lo consigues. —Lorel inspiró con la nariz del frío que hacía.
Él se acercó y recogió la muleta del suelo. Sus manos se tocaron, provocando que sus miradas se uniesen como imanes. Ya no pensaban en nada.
Lorel bajó los ojos hacia los labios de él y los volvió a subir buscando una respuesta. Los dos acercaron sus rostros hasta que sus labios se rozaron. Navin se retiró sintiendo su corazón palpitar demasiado rápido. Ambos tragaron saliva del vértigo que sentían.
—¿Debería…? —susurró ella.
—Sí… —suspiró él sin subir la mirada.
Lo agarró del abrigo, acercando su cuerpo. No podían evitarlo, sus labios se buscaban, y acabaron besándose como si no existiera un mañana. Navin se dejó llevar y sujetó por la espalda a Lorel, que dejó escapar un gemido de alivio.
La tranquilidad de la calle se vio interrumpida por varios vehículos que pasaron rápido haciendo ruido. Se separaron despacio, calmando sus respiraciones aceleradas, sin saber qué hacer.
El joven se tapó la boca, que tenía restos de pintalabios rojo y se apartó sin poder mirarla.
—Mejor me voy —murmuró nervioso moviendo la cabeza.
Se alejó sin rumbo alguno arrastrando los pies.
—¿Qué? —susurró Lorel ante su reacción.
Navin dio unos pasos cerca del bordillo de la acera en penumbras, resbalándose sobre él. Lorel abrió los ojos, asustada, al verlo tirado en el suelo.
—¿Estás bien?
—No, me duele la rodilla. —se quejó.
—Espera. No te muevas. —Lorel buscó rápidamente un pañuelo en su bolso.
—¿¡Qué pasa!? —No se dio cuenta de que estaba sangrando hasta que vio sus manos manchadas de rojo. Tragó saliva y empezó a ponerse nervioso.
—Espera, tranquilo, solo se ha levantado la costra. —Lorel sacó más pañuelos para que se limpiara las manos.
—Genial… —resopló.
—No te preocupes, levántate despacio. Vamos al estudio y te pones un poco de hielo. —le ofreció la artista con voz apacible al ver que le costaba andar.
Navin entró al salón y se sentó en el sofá, tocándose la rodilla y comprobando que no se había torcido el tobillo.
—Ten. —Ella le dejó una bolsa de guisantes congelados envuelta en un trapo y se quitó el abrigo.
—Gracias. —Se la colocó sobre la rodilla y reclinó la cabeza hacia atrás.
Lorel desapareció y regresó al salón con ropa y sábanas.
—Toma, así estarás más cómodo.
Ella se tumbó en el sofá agotada, tapándose la cabeza con unos cojines.
—¿No tienes otra camiseta menos…? —preguntó Navin al ver la imagen de Saturno devorando a sus hijos, de Goya.
—¿Menos goyesca? No —respondió bocabajo.
Navin se desvistió mientras dejaba extendido el traje con cuidado a un lado del sofá. Lorel abrió un ojo observando su cuerpo atlético digno para una escultura en mármol, dejándola asombrada. Cerró los ojos recordando que tenía que coger un bote de alcohol y algodón para las manos. Se levantó mientras él extendía la sábana, para tumbarse y sujetar la bolsa de guisantes congelados.
—¿Te duele mucho la rodilla? —Lorel se sentó a su lado mojando un trozo de algodón con alcohol.
—No, estoy mejor. Gracias por el hielo y esto —Navin cogió el algodón curándose las manos.
La artista esbozó una sonrisa, en silencio, incómoda al tenerlo allí sentado.
—Ese anillo es bonito. —comentó Navin para romper el silencio.
Ella miró su mano derecha, como si se le hubiera olvidado que lo llevaba. Pasó los dedos por encima y lo giró para quitárselo.
—Era de mi padre. Ya sabes, las herencias que pasan de generación en generación.
—Vaya, entonces tendrá mucho valor sentimental.
— Sí… —Se puso melancólica—. Mi padre me lo dejó antes de fallecer.
Lorel se acercó a él.
—Supuestamente, tiene forma de pincel. Esta parte sería el mango y aquí, la del pelo. Pero si lo miras desde lejos, puede parecer una gota de agua. Aquí dentro lleva un número grabado, que es la fecha en la que mi tatarabuelo, Leopoldo Mansot, compró su estudio y tienda en 1907.
—El origen de todo.
—Sí. —Lorel se volvió a poner el anillo.
—Es tu compromiso con el arte.
Ella se quedó reflexionando. El joven tenía razón. Su familia no había dejado en ningún momento que el legado del arte se quedase en el olvido. Podrían haber sido empresarios, pilotos, médicos, pero no. Lorel era Lorel gracias en parte a ese compromiso tan fuerte.
—¿A ti te queda alguna reliquia familiar? —le preguntó.
—Umm… Sí, la olla exprés de mi abuela, para hacer sus cocidos.
—¿Una olla? —Ella frunció el ceño.
—Sí. De estas buenas de metal, no como las que hacen ahora.
—Más útil que el mío seguro que es.
—No te lo voy a negar.
Navin se quitó la bolsa de guisantes derretidos.
—Creo que ya no la necesito —Se palpó la rodilla, notando que estaba menos hinchada.
—¿Seguro? —Lorel lo miró a los ojos encontrándose con los de él. Ambos volvían a quedarse sin más palabras que decir. Ella le acarició la cara despacio hasta retirar el pintalabios con el dedo gordo, cerca de la comisura de los labios. Él sonrió bajando la cabeza.
—¿Qué?
—Nada, es que… —volvió a mirarla apretando los labios— Me pones nervioso.
—Si quieres, me voy.
—No, quédate. —rogó acariciando las solapas de la chaqueta.
Ella entreabrió los labios pasando la mano por detrás del cuello de Navin, manteniendo con fuerza un beso, sin dejarle respirar. Él se retiró y le quitó la chaqueta dejándola caer al suelo, sintiendo las manos de ella deslizarse por debajo de la camiseta, hasta no llevarla encima. Los dos agarraron sus caras y se tumbaron en el sofá, perdiendo la razón, convirtiendo el frío de las manos en una ardiente pasión.