11 . Después del teatro
Al finalizar la obra, Navin se levantó entusiasmado, aplaudiendo hasta dejarse las manos rojas. La artista se quedó mirando su estridente forma de aplaudir mientras ella lo hacía sutilmente.
—Te ha gustado mucho, ¿no? —intuyó Lorel.
—Es impresionante todo lo que han trabajado. Es tan bonito y tan complicado, buff.
Lorel aprovechó el momento en el que Olga y Jules estaban distraídos con otras personas para salir antes que ellos. Navin se dirigió al ropero mientras la artista bajaba en el ascensor con poca gente. Se abrigaron bien hasta salir del edificio.
Ella intentaba localizar a su chófer, que no le cogía el teléfono; probó varias veces y llamó a Elena también, pero saltaba el contestador. Agobiada, pensando en desaparecer, observó a Navin frotarse las manos del frío que hacía.
—¿Tomamos algo? —Guardó el móvil y echó a andar.
—Emm.
—Bueno, mientras te decides, yo voy a coger sitio.
Navin la vio alejarse hasta que corrió emocionado hacia ella.
—¿A dónde vamos?
—Al final de esta calle hay un restaurante en el Círculo de Bellas Artes.
—Ah sí, ya sé cuál es. —El joven iba con las manos en los bolsillos—. ¿Te ha gustado la obra? —preguntó para dar conversación.
—Sí, no ha estado mal…
—¿No ha estado mal? ¿Esa es tu opinión?
—Noo, ha estado muy bien, muy bien. —Lorel intentó corregirse—. Cuando ves el arte en directo es…, no sé, diferente. Te llega al alma.
—Ya ves, mil veces mejor que a través de las pantallas.
—Sí, aunque sea la misma obra repetida, nunca será la misma.
Al llegar a la calle de Alcalá, un camarero los guio hasta una mesa en la terraza.
—¿Qué les pongo de beber? —preguntó mientras les daba la carta.
Navin se enmudeció al ver los precios, bastante elevados para su bolsillo de estudiante.
—Lo de siempre ¿Y tú?
—Pues yo… una botella de agua —soltó él, limitándose a lo más barato que tenía la carta.
Ella lo miró extrañada mientras el camarero tomaba nota.
—Oye, no te preocupes, que te invito yo. —tocó la mano del ayudante.
—No, de verdad. Estoy bien.
—Perdona, cambia la botella de agua por… —Miró a Navin.
—Una Coca-Cola, por favor.
—Eso, una Coca-Cola…
El camarero se marchó.
—Pensaba que pedirías otra cosa.
—No me gusta mucho el alcohol.
—Bien dicho, tu cuerpo te lo agradecerá eternamente.
—Aunque los refrescos tampoco son buenos. —Navin se tocó la barbilla.
—Entonces, estamos en las mismas condiciones. —Sonrió Lorel.
El camarero sirvió las bebidas.
—¿Les tomo nota?
—No, gracias —respondió ella—. ¿Te puedo pagar ya la cuenta?
Navin creía que la artista iba a cenar allí, pero estaba demasiado cerca del teatro como para comer tranquila.
—Puedes cenar si quieres, no tienes por qué… — comentó pensando que, seguramente, había dicho eso porque él no se lo podía permitir.
—Chs, chs. Anda, bebe —Lorel le cortó tomando un sorbo de vino.
—Toma. —Navin le dio dinero—. Esto es lo mío.
—No se admiten ingresos. El Banco de España ya está cerrado —bromeó ella, moviendo la mano.
—Vale, pero que conste que el próximo día te invito a un café. —Navin volvió a guardar el dinero.
La artista se tapó los oídos.
—Lo siento, no te he escuchado. Hay mucho ruido.
Los dos tomaron un trago de sus bebidas.
—Te veo diferente.
—Sabía que este traje era demasiao—El joven se palpó por dentro del abrigo—.
—Está bien, así aparentas ser alguien más importante.
—Yo no quiero ser alguien importante, quiero ser yo mismo. Contar mi propia historia como tú me dijiste.
Lorel se rió retirándose la copa de la boca.
—¿Qué? ¿Te ha gustao?
—Es la típica frase que te tatúas después de una larga noche.
—Aquí, eh. En las costillas. —bromeó Navin señalándose.
Ambos terminaron las bebidas antes de seguir una conversación sin sentido.
—Tengo un poco de hambre… ¿Me acompañas a comprar algo?
—Pero yo pago lo mío —insistió Navin.
—Vale, vale.
Los dos se quedaron observando el edificio Metrópolis mientras un taxi paraba a su lado.
—¿Te gusta la ciudad? —preguntó ella mirando a Navin, que estaba haciendo una fotografía con el móvil.
—Sí, más bien es un amor-odio. Me parece innovadora y libre pero también… —se fijó en un indigente durmiendo en la calle a través de la ventanilla del taxi— …hostil y solitaria.
Lorel pensó en aquellas palabras seriamente, hasta que Navin se volvió hacia ella.
—Nunca me olvidaré de mi mar y de la arena de Cádiz —bromeó el ayudante.
—Por lo menos, tienes el bocadillo de calamares.
—No comparemos.
Navin no apartó la vista a través de la ventana del taxi. Las fuentes iluminadas, los edificios, los repartidores en moto, los vendedores ambulantes, los coches de policía… La vida nocturna de la ciudad.