10 . El teatro
La fachada del Teatro de la Zarzuela se iluminaba con un porche de luces que recordaba a los años veinte. Entre las personas que se habían agrupado alrededor de la puerta soltando vaho al hablar del frío que hacía, se encontraba Navin.
El ayudante entusiasmado con la entrada en la mano observó el cartel del ballet de Giselle. Los revisores lo dejaron pasar y una mujer se acercó ofreciéndole un sitio en el guardarropa. El joven, creyéndose de clase alta al recibir esa atención, le dio el abrigo asegurándose de que no tenía nada de valor en los bolsillos.
Leyó la palabra «Palco» en el tique y pensó que tenía que subir las escaleras. Alzó la vista y no pudo evitar sonreír al reconocer a una mujer que intentaba subir con las muletas. Llevaba un traje negro con transparencias de encaje en las mangas y en la espalda, enseñando un poco de piel, el pelo recogido y un maquillaje de noche.
El joven subió los escalones a zancadas y se puso a su lado.
—Sabes que hay ascensor, ¿no?
Lorel respondió mirando los escalones para no caerse.
—Gracias, pero… —Alzó la vista al reconocer las deportivas Converse blancas y miró boquiabierta el atuendo que llevaba, un traje de color beige, teñido con unas manchas que representaban los Lirios de Van Gogh, y el pelo con un corte que realzaba sus facciones suaves.
—Ah, eres tú. —La artista seguía analizando su aspecto.
—Lo sé, parezco otra persona. ¿Es demasiao? —Navin se palpó el traje.
—No, no. Te queda bien, muy, bien —admitió Lorel sin quitarle el ojo de encima.
Navin sonrió reconfortado al escucharla.
—Tú estás… —intentó hablar fijándose en sus labios rojos pero la gente intentaba abrirse paso.
—Estoy subiendo las escaleras. —ya se esperaba el adjetivo «guapa».
—Impecable.
Lorel bajó la mirada intentando no sonrojarse y continuó subiendo antes de que la gente los atropellara. Una vez llegaron a la planta superior, una mujer con un traje naranja y rostro risueño se acercó abriéndose paso.
—¡Querida, pero bueno, qué alegría verte! —Abrazó a la artista.
—¡Olga! —gritó Lorel aterrada. Era una clienta y amiga suya.
—Recibiste mis flores, ¿verdad? Tienes que hacerme un encargo cuando puedas.
—Claro, a ver si me quito esto —comentó Lorel moviendo las muletas.
—Vas a acabar con unos brazos de acero —bromeó Olga.
—Eso seguro.
—Estás fabulosa.
Olga desvió la mirada al traje de Navin, quien se estaba colocando el sofocante cuello de la camisa que finalmente decidió desabrochar.
—¿No ha venido Elena?
—Hoy no ha podido. ¿Qué tal la nueva tienda en Milán, bien? —Lorel intentó esquivar la pregunta.
—Y ese joven… ¿viene contigo?
—No, digo… a medias. Creo que alguien te está buscando. —Lorel señaló a la pareja de Olga para dar por concluida aquella conversación. Navin se chocó con una acomodadora al sentir a la artista empujarlo.
—¿Les puedo ayudar?
—Sí, por supuesto.
Lorel le dio de inmediato la entrada mientras su amiga estaba entretenida. Los dos se apresuraron hasta entrar en el palco. Navin se asomó y elevó la vista hacia el techo dorado en forma de flor, de donde colgaba una lámpara inmensa de estilo art decó repleta de cristales que brillaban e iluminaban la sala entera de rojo intenso.
Ella se sentó dejando de lado las malditas muletas, inspiró hondo y empezó a leer el programa. Navin se sentó y sacó su nuevo móvil para hacer fotos, hipnotizado al ver por primera vez ese esplendoroso lugar.
Conforme la sala se iba llenando, Lorel observaba a todo el que se sentaba cerca de ellos. Al reconocer a Olga al otro lado del palco, le devolvió la sonrisa dejando caer su programa al suelo. El joven se agachó para recogerlo y Lorel hizo lo mismo.
—Espera, no te levantes. —susurró.
—¿Por qué?
Ella se asomó otra vez y vio a Olga hablando de espaldas.
—Abre el programa y léelo hasta que se apaguen las luces.
Navin volvió a incorporarse tapándose la cara con la programación y Lorel hizo lo mismo, pero observando a la gente por encima de él.
—Esto parece una película de James Bond —bromeó Navin—. ¿Es por esa mujer?
—No soporto que la gente quiera saberlo todo. —dijo Lorel, tensa.
Él aprovechó para revisar las fotografías del móvil, desviando la mirada hacia la artista, que no podía parar de mover la mano, dándose golpes en la pierna con los dedos.
«La obra comenzará en dos minutos», informó una voz femenina por los altavoces.
Lorel se fijó en una pareja que estaba hablando en el palco de enfrente. Los gestos que hacía uno de ellos le resultaban familiares. El hombre se giró y miró hacia allí, topándose con la cara de Lorel, quien se había quedado absorta con su rostro al descubierto. Las luces del teatro se apagaron dejando a los dos conocidos estupefactos. Giraron las cabezas hacia el telón rojo del escenario después de saber perfectamente quiénes eran.
Hace dos años, los dos separaron sus caminos.
—Déjame arreglarlo, por favor, Lorel. —agarró la maleta de la artista que arrastraba por el patio interior de un edificio antiguo parisino.
—No puedes subirles el precio a mis cuadros sin consultármelo y aprovechar para regalarles una fotografía tuya.
—Estaba negociando.
—Negociando mientras estás de fiesta…
—Así me pagan antes, no lo piensan y se lo pasan bien.
La pintora tiró de la maleta para salir a la calle.
—Se lo pasan bien. —murmuró Lorel.
—¿No me vas a dar una oportunidad? —Jules cambió su mirada más amable.
—No, no quiero. —ella empujó la maleta con brusquedad.
—Por favor. —Jules tocó el hombro de Lorel.
—Mira, yo necesito estar sola y volver a Madrid. Y tú necesitas que yo me vaya para darte cuenta de tus errores. Adiós, Jules.
—Pero… —el fotógrafo veía cómo Lorel se acercaba a la puerta del portal del edificio para salir. —¿Qué errores? Si te he ayudado a vender tus cuadros y sin mí no tendrías nada.
—¿Tú te has escuchado? —Lorel se ofendió. —No tendría ¿Nada? Que te tires a la mujer de uno de los coleccionistas más cercanos a mi padre no significa vender mi cuadro.
Jules se enmudeció y bajó la cabeza.
—Adiós. —Lorel soltó aire por la nariz.
El fotógrafo apretó los labios y cerró la puerta.
Lorel pestañeó, volviendo al presente, donde el telón rojo se cerraba para finalizar el primer acto. El público, entre quienes se encontraba Navin silbando, se levantó, llenando la sala de aplausos.
—¡Bravo! Madre mía, qué bonito.
Lorel sentía la garganta tensa al darse cuenta de que se le había pasado el primer acto pensando en otras cosas. Lo menos que esperaba era encontrarse a Jules allí, con su cara de seductor. No podía dejar de observarlo en el palco hasta que su mirada se clavó en ella.
—Tengo que irme, ahora vuelvo. —Lorel se levantó.
—Vale. No necesitas ayuda, ¿no?
—No, yo puedo. Gracias.
Lorel entró al servicio deseando no encontrárselo, pero fue imposible. Nada más dejar pasar a otra mujer lo vio a lo lejos, vistiendo un traje negro con fotografías impresas, zapatos impecables y un reloj brillante que tocaba con sus dedos llenos de anillos. Su pelo peinado hacia atrás y esa forma de estar lo hacían insoportablemente atractivo.
—Vale… —Cogió aire—. Solo lo saludo, soy amable y me voy —murmuró conforme se acercaba.
Jules dejó de tocarse los anillos y fue hacia ella. Su cara de preocupación la sorprendió.
—Hola. ¿Qué tal estás?
—Bien. —Ladeó una de las muletas.
—No sabía nada.
Los dos hablaban en francés con fluidez.
—Y tú, ¿qué haces por aquí? —Lorel lo miró a través de las pestañas.
—No te lo puedo decir —le contestó para picarla.
—Bueno, ya me enteraré. Que te vaya bien, adiós.
Lorel se dirigió cojeando hacia el pasillo de los palcos hasta que Jules la siguió.
—Estoy negociando una posible remodelación de un restaurante. —contestó.
—Oh, qué bien. —dijo Lorel sin mirarlo.
—¿Tú no sabrás algo de los Uribeitz?
Los se detuvieron en medio del pasillo.
—No mucho. Ganaron hace poco un premio de innovación gastronómica, creo recordar. ¿Van a abrir un nuevo local?
—Sí, van a probar suerte en París.
—Seguro que la tienen. Pero a ti no te veo practicar mucho el español.
—Estoy en ello, querida.
Lorel frunció el ceño al escucharlo hablar en español.
—Hablo un poco de español. Lo entiendo más que lo hablo.
—Quién diría que algún día te escucharía hablar así.
—Parezco sexy con este acento.
—No, para nada.
—¿Ni un poco?
—No. Vas a tener que estudiar más para trabajar en España.
—Lo sé, no pienso perder el ánimo.
—Bien.
Los dos hablaban con tensión en el ambiente hasta que respiraron hondo.
—Oye, ¿este año vas a la feria de arte contemporáneo CONARTE?
Lorel pensó qué responder y resopló.
—Pues, creo que sí. ¿Y tú?
—Sí, me lo ofreció la galería. ¿Te veré por allí?
—Eso creo.
Lorel no podía seguir mirando aquellos ojos grises sin olvidar lo que algún día fueron.
Una acomodadora se acercó.
—Disculpen, pero el segundo acto comenzará en cinco minutos.
—Vale, gracias.
—¿Qué ha dicho?
—Que deberíamos volver a nuestros sitios.
—Ah, sí, claro. ¿Podemos vernos después?
—No puedo, Jules.
Varias personas empezaron a moverse por el pasillo.
—Ya veo, estás demasiado ocupada.
—Mucho. Una lista de espera de dos meses.
—Esperaré dos meses, pues. —Jules se alejó con las manos en los bolsillos y una sonrisa pícara.
Lorel se giró para entrar al palco, cruzándose con Navin, asustándola.
—¡Vuelvo enseguida!
Lorel volvió a su asiento y se fijó en el palco de Jules mientras hablaba con su acompañante, una mujer de melena rubia. De todas las casualidades que podían haber pasado, esta no era una de las mejores que digamos.
El ayudante volvió a su asiento justo antes de que se apagaran las luces.
—Uf, por los pelos —susurró.
Lorel le siseó evitando dirigir la vista al palco de enfrente para concentrarse en la actuación.
El telón se abrió y Navin miró de reojo el rostro iluminado de Jules.
Ya sabía quién era él.