9 . En muletas, por fin
Lorel esperaba con ganas a que llegara este día, lo había escrito en rojo en el calendario de su reloj inteligente. Tan solo quería, simple y únicamente, que le quitaran la escayola del brazo con el que pintaba.
—¿De verdad no quiere desayunar nada? —preguntó Susana, cortando unas verduras para la comida.
—Deberías comer algo, te puede dar un bajón de azúcar. —le acercó el plató con una tostada— Solo te has tomado un café —inquirió Elena que se había acercado para acompañarla a la cita con el traumatólogo.
—De verdad que no me apetece nada más, tengo el estómago revuelto de los nervios.
—¡Por favor! Ni que te fueran a cortar el brazo en dos —bromeó la asistenta.
El timbre de la puerta sonó.
—Ya está aquí. —su amiga empujó la silla de ruedas hasta salir del portal, donde estaba el taxi esperando.
La artista empezó a dormirse con el movimiento del vehículo hasta que frenó en seco. Abrió desconcertada los ojos y contempló el edificio del hospital. No le gustaba ese ambiente, repleto de personas enfermas, era tan gris que no le vendría mal un cuadro lleno de colores para alegrar a la gente.
Después de encontrar la planta correcta, Elena y Lorel entraron en la sala de espera.
—A mí tampoco me gustan los hospitales —comentó un hombre sentado al lado de la artista.
—Ya somos dos.
—¿Qué le pasó? —preguntó el hombre señalando sus escayolas.
Lorel pensó en su respuesta para no ser exagerada.
—Eh, pues nada, un pequeño resbalón.
—Eso dicen todos. —Se rio.
—¿A usted?
—La guerra. —Lorel abrió más los ojos— Tuvieron que amputarme desde la rodilla y doy gracias que mi cabeza sigue intacta, pero no es de hierro como esto. —Se subió el pantalón para mostrarle parte de su prótesis.
—No debe haberlo pasado bien.
—Bueno, te acabas acostumbrando y terminas pensando de forma diferente y aquí sigo, campeón nacional de ajedrez en 1969 —se sintió orgulloso.
—Es inteligente.
—Uuuh, más bien un poco loco.
El número de Lorel salió en la pantalla y sus nervios volvieron a aflorar.
—No te preocupes, seguro que sales sin la escayola —la animó Elena.
—Suerte. —El hombre se despidió de ella.
Las dos mujeres entraron a la consulta. El médico las mandó a la sección de rayos X para comprobar que el hueso estaba en buen estado y unos minutos después volvieron al mismo sitio.
—Todo está correcto para quitarle las escayolas. La muñeca la tienes perfecta pero el tobillo necesitará más días.
Lorel se emocionó. Por fin podría ducharse con normalidad, rascarse la piel y poder pintar. ¡Pintar!
En cuanto el médico encendió la sierra oscilante para ver que funcionaba bien, la mandíbula de la artista se tensó.
—Tenga cuidado, que como… —rogó aterrada por su mano.
—No te preocupes, ya hemos quitado bastantes de estas y nada sale mal mientras no te muevas —respondió el médico.
La sierra cortó uno de los dedos de la mano y llenó de polvo la cara de Navin, en clase de escultura. Estaba creando una pieza de dos manos entrelazadas que se le estaba alargando más de la cuenta, para terminarla a la perfección. Una vez satisfecho con el resultado, se sacudió el mono de trabajo y se quitó la mascarilla. «Si mi madre me viera con estas pintas… Ahora tendré que volver a darme una ducha». Se dirigió a la boca de metro para hacer el trayecto de siempre, se sentó y se puso los cascos, reproduciendo canciones de Coldplay de camino a casa.
Conforme miraba a través de la ventana del vagón, se imaginaba historias detrás de los rostros. Cedió el asiento a una mujer mayor que le recordó a su abuela. Siempre se preguntaba cómo las personas mayores podían vivir en la ciudad llena de ruidos y enredadas líneas de transporte público. Él mismo llevaba tres años usando el metro de Madrid y seguía consultando el mapa antes de salir.
Al llegar, se preparó unos fideos instantáneos con agua caliente y puso las noticias en la televisión. Cayó redondo en el sofá y el sonido comenzó a adormecerlo.
—Tan solo unos minutos —murmuró, inclinándose hacia un lado.
El ruido de la manecilla del reloj de pared sonaba cada vez más fuerte. Abrió los ojos y miró la hora en el móvil.
—Las 16:15… —Volvió a cerrar los ojos—. ¡16:15! ¡Oh, no, no, no! —De un salto, se levantó del sofá. Recogió la cocina, fue al servicio, cambió el material de la mochila por otro y se impregnó de perfume.
Entretanto, Elena y Daniela se encontraban en el estudio hablando con Lorel para diseñar una línea de joyería rodeadas de olor a café y galletas de mantequilla preguntándose dónde andaría Navin hasta que el timbre sonó.
—Hablando del rey de Roma… —dijo Elena.
—… por la puerta asoma —completó Daniela.
Susana le abrió, lo saludó y salió del piso. Navin se dirigió al estudio exhausto, pero Elena lo paró rodeándolo con su brazo.
—¡Navin! Dime que te gusta el ballet.
—Emm… Bueno, sí. ¿Por?
—¡Me ha dicho que sí! —Corrió la cortina con Navin a su lado y entró en el estudio.
—¿Cómo va a ir él? Estáis de broma, ¿no? —Lorel, lo miró de forma despectiva.
Navin observó su ropa, por si tenía algo de polvo de piedra.
—No hace falta que venga conmigo, puedo manejarme yo sola con las muletas. Además, seguro que tienes muchas cosas que hacer, ¿a que sí? —La artista lo miró arqueando las cejas para que le siguiera la corriente.
—La verdad es que no —contestó recibiendo una mirada amenazante de la artista.
—¿En serio que no tienes muchos trabajos pendientes de la universidad? —murmuró Lorel.
—No creo que Navin esté un sábado hasta las tres de la madrugada haciéndolos. —Elena lo cogió por los hombros y lo sentó al lado de Daniela.
—Anda, sírvete un café. Voy a buscar las entradas —la asistenta salió del estudio.
—¿Una galleta? —le ofreció Daniela.
—Sí, gracias.
Lorel salió del estudio poniendo los ojos en blanco.
—Creo que no nos han presentado. Soy Daniela, un placer. —Sonrió.
—¿Eres estilista? —El joven le dio un apretón de manos.
—Sí, y también diseñadora de moda.
—¿No me habrás elegido un vestido? —interrumpió Lorel.
—Que no, pesada —bromeó Daniela—. Lo que yo no sé… —Miró el atuendo de Navin.
—Ah, no, ni se te ocurra. Él, que vaya en vaqueros —soltó la artista, robándole la ilusión que tenía Daniela de vestirlo.
—¿¡En vaqueros!? ¿Pero cómo va a ir el chico en vaqueros? Así va a destacar aún más —exclamó Daniela indignada.
—¿En vaqueros? —Elena entró de nuevo al estudio.
Los tres miraron a Lorel con ojos de cachorrito.
—Vale, está bien. Haz lo que quieras —admitió ella, volviendo a salir del estudio.
—Ten cuidado, no la pierdas. —Elena le dio la entrada a Navin—. ¡Un sábado para mí! —cantó a voces, eufórica.
Daniela sacó una tablet de su bolso y empezó a buscar varios conjuntos. Navin se quedó observando a la pintora moverse con las muletas en el patio mientras intercambiaba unas palabras con Elena.
—Ya va volviendo a su rebeldía —comentó la diseñadora.
—¿No necesita más la silla de ruedas?
—No, pero el médico le ha aconsejado que no haga esfuerzos. Que se mueva con las muletas poco a poco para que el hueso no reciba mucho peso. Pero yo creo que un consejo de reposo no va a poder con ella. —Daniela le acercó la tablet a Navin—. ¿Qué te parece este? —Le enseñó un traje de chaqueta de color negro.
—Guau, qué elegante.
—Puede que sea demasiado formal para ti. ¿Y esta chaqueta?
Daniela le enseñó varias imágenes, lo que lo agobió un poco.
—No lo sé, están guapas, pero no me veo llevando todo eso.
—Espera, te enseño este y ya. Este deja sin palabras a cualquiera. —Le mostró un último traje y lo convenció con su última frase.
La artista apareció en el estudio sujetando un croissant de pistacho de la pastelería francesa de la que todo el mundo estaba hablando en el barrio de Salamanca.
—Ya están todas las medidas. Te lo voy a mandar a tu piso, estate pendiente.
—Sí, sin ningún problema. Gracias.
—Verás qué bien te queda. Luego me enseñas una foto, ¿vale?
Antes de salir del estudio, Daniela tiró del croissant que sujetaba Lorel, dejándola con un minúsculo trozo.
—¡Oye!
—Un placer conocerte, Navin. Mucho ánimo con el proyecto. ¡Ciao! —sonrió Daniela con el dulce en la mano.
—Venga. —Lorel miró al ayudante sentado, agarrando una galleta—. Vamos, a trabajar.
Navin se levantó con la galleta entera dentro de su boca y se dirigió a coger los materiales.
—Todavía nos falta rematar el fondo del número dos y empezar con el cuarto.
—Ya veo que tienes una escayola menos.
—Sí, ya puedo hacer de todo, puedo rascarme, puedo escribir... ¡Por fin! —gritó abriendo las dos manos.
—Me alegro, ahora me podrás ayudar a mí también. ¿Este tono?
—Sí, a ver si casi lo terminamos hoy. —la artista observó la paleta que le había acercado— Perfecto.
Navin se puso una bata cubierta de manchas con los bolsillos llenos de pinceles. Añadió pintura en la paleta y miró el cuadro de ejemplo. Lorel se sentó en una silla que había enfrente, dejando las muletas.
—Oye, respecto a lo del ballet… —mencionó la artista.
—Me ha sorprendido que me lo preguntara Elena, la verdad.
—No hace falta que vengas, si no quieres.
—Yo quiero, pero a ti creo que no te hace mucha gracia.
—A ver…, es que, por un lado, quería ver la cara de alegría de Elena, porque así puede visitar a su sobrino, y por otro, has trabajado bastante bien como para no darte un respiro.
Navin sonrió todo orgulloso, moviendo los hombros.
—Entonces voy a trabajar hoy mismo a tope.
Lorel alzó una de las cejas y Navin le dio su pincel.
Los dos empezaron a llenar el cuadro de colores. Él disfrutó al verla, por fin, usar su mano con la que había creado tantos cuadros. Ella, por su parte, volvía a sentirse como pez en el agua aportando sus brochazos.
Al cabo de unas horas, con la paleta a reventar de colores y las manos manchadas de pintura, se quedaron satisfechos mirando desde lejos el cuadro terminado.
—¿Cómo lo ves? —preguntó Navin limpiándose las manos con un trapo.
La pintora observó el cuadro con la mano en la barbilla.
—Bueno, necesita algún que otro retoque, pero, por el momento, no va nada mal. —Lo miró y sonrió orgullosa—. Buen trabajo.
El joven le devolvió la sonrisa y le dio un trapo.
—Entonces me guardo la entrada para mañana.
Navin se dispuso a limpiar los pinceles en el fregadero.
—No, déjalo. Hoy te puedes ir antes, que encima es viernes.
No le hizo caso y siguió limpiando los pinceles con jabón.
—No te preocupes, así aprovecho y me lavo las manos, ya que estoy.
Lorel se acercó al fregadero y se puso a lavar varios tarros.
—No es por meterme en tu vida, pero ¿Qué te ha pasado?
—¿Por esto? —se miró las costras de la palma de la mano— Jugando al fútbol— respondió rápido.
—Venga ya, tú no juegas al fútbol.
—Vale, vale, me robaron por la noche. Sólo fue el móvil…
—¡El móvil! Pero si todo está en el móvil.
—¿No me digas? Si no te importa, estoy intentando no recordarlo, por lo menos sigo con la cartera y las llaves del piso. Es la primera vez que me pasa esto en los dos años que llevo en Madrid, siempre estaba alerta y por un minuto…
—Si te sirve de consuelo, yo perdí, mejor dicho, perdieron, mi maleta con mis mejores pinceles.
—Pues compras otros.
—¡NO! Esos estaban hechos de pelo de Marta roja y habían sido un regalo de mi padre. Menos mal que a los pocos días la pude recuperar.
—Consejo del día llevar: una caja fuerte portátil…
—Enganchada con unas esposas en la muñeca. —terminó por decir Lorel.
Continuaron lavando los tarros y miró de reojo las manos de Navin con las cicatrices, pero no dijo nada más. Alzó la vista al espejo redondo que había encima del fregadero.
—Tienes un poco… —Acercó la mano a los rizos que caían sobre la frente del ayudante.
—Me he manchado el pelo. ¿A que sí?
Lorel tiró de uno de los rizos del joven con la mano mojada y este, al tenerla tan cerca, no pudo evitar fijarse en sus labios.
—Sí. Ya está. —Lorel siguió limpiando los pinceles, negando sus sentimientos.
—Tenía que haberme cortado el pelo, no me gusta.
—A mí sí me gusta, te queda bien —comentó sin mirarle.
Navin colocó los pinceles limpios dentro de un tarro para que se secaran, cruzándose por delante de ella.
—Te gusta —la miró a los ojos alzando las cejas perdiendo la razón.
—Uhum —ella asintió, rozando con los dedos los tirabuzones de la frente de él.
Él la agarró de la muñeca apartando su mano para no tener que arrepentirse de sus movimientos, pero lo único que provocó es que sus rostros se acercaran más. Se perdió en el olor de su perfume sofisticado, observando los labios rosados de ella.
Navin no dejaba de pensar en las siguientes palabras: «Bésame ya, por favor»
Susana entró en el estudio, encontrándoselos juntos en el fregadero. Tosió de forma forzada.
—Lorel…
La artista empujó al ayudante y se secó las manos con un trapo a toda prisa.
—¿Sí, Susana? —parpadeó rápido.
—Le he dejado la crema de verduras y los calmantes para la cena.
—Sí, muchas gracias. Navin ya se iba.
—Sí, sí, ya me voy. —se dirigió a la salida sujetando el abrigo y la mochila sin decir adiós.
—Susana, si no tienes nada más que hacer, te puedes ir a casa.
—Está bien, señora.
Susana lo acompañó hasta la puerta donde se abrigaron antes de salir a la calle.
—¿Tienes que coger el metro? —le preguntó Susana.
—Sí, pero se me hace corto. Me pongo música en los cascos.
—Vale, buenas noches.
—Buenas noches.
—Por cierto, Navin. Una cosa. Mucho cuidado con mirar al sol, es bonito, pero puede llegar, a cegarte.
Navin se despidió sin reflexionar en lo que le había dicho, tan solo buscó una canción de Boney M y se dirigió a la boca de metro, eufórico, como si estuviera en un vídeo musical. Mañana iría al teatro con ella. No se lo podía creer. No podía hacer el tonto; tenía que parecer una persona seria y profesional, dar una buena imagen para impresionar. Sacó el móvil y empezó a buscar cortes de pelo.