8 . El vinilo #2
—Estaba demasiado ciego para ver las señales, son cosas que pasan.
—Sí, la vida está llena de tragedia y comedia —suspiró la artista.
—¿Y tu primer amor platónico fue una tragedia también?
—¿Yo? ¿Es que no sabes suficiente de mi vida con las entrevistas en internet? —replicó, intimidándolo.
—Pues nada, me quedaré con las entrevistas.
Ella lo miró mientras seguía comiendo en silencio.
—Me gustaba un chico del instituto también, que era simpático con toda la clase… —Lorel empezó a recordar cuando le hizo el dibujo a Jeremy—. Creía que sería perfecto... —Por la cabeza se le pasaban los dobleces que dejó marcados.
—No todas las personas son como piensas.
Lorel le dio su pincel para que lo lavase.
—¿Y qué referentes artísticos tienes?
—Mis referentes artísticos… —El joven se quedó pensando mientras terminaba de lavar el pincel—. Pues un poco de todo la verdad, depende del estilo, hay tanta variedad. Impresionistas como Mary Cassatt, Rodin, Monet, Matisse, Ancher… Me gustan también algunos de expresionismo abstracto, Joan Mitchell, Lee Krasner… El pop art también…. Mi abuela.
—¿Tu abuela? ¿Ella te enseñó?
—No exactamente, más bien aprendí de ella. —movió el pincel rojo —Realmente no quería que me quedara en su estudio pintando. Ella me decía: «¡Anda, illo, vete a jugar al fútbol con los demás!». Pero yo no quería jugar, me empujaban todo el rato. Un día recuerdo que me caí y me raspé la rodilla.
—¿Aposta?
—Aposta, sí. Mi abuela, preocupá, me dijo que no la moviera y que me sentara a su lado a dibujar. Así seguí, hasta hoy.
—¿Tus padres qué pensaban sobre estudiar artes?
—Mi madre se enfadó un poco. Porque… Bueno, es que ella es profesora de baile de flamenco y quería que estudiara algo con más salidas. Mi abuela y mi madre estuvieron debatiendo sobre el tema porque al parecer tenía potencial. Luego estaba mi abuelo, que trabajó en el puerto de Cádiz, tan redicho. Decía que a él le daba igual con tal de que estudiase algo.
—¿Y tu padre?
—No…mis padres se separaron cuando tenía siete años y él no mostró mucho interés por mí.
—Lo siento, no lo sabía. —Lorel bajó la mirada.
—Tranquila. Es que no me gusta hablar de ello.
—¿Tu abuela sigue pintando?
—Sí, menos que antes porque la operaron de la cadera, le cuesta andar y las manos las tiene menos ágiles. Siempre bromea: «Ya me estoy haciendo mayor»—Navin suspiró.
—Ahora disfruta viéndote a ti pintar.
—Sí, eso creo.
Al terminar la jornada, Navin volvía de camino al piso con las manos en los bolsillos y paso acelerado, por las calles frías y tenebrosas del paseo de las Delicias en el mes de octubre, observando las ventanas iluminadas desde dentro.
Su teléfono empezó a vibrar al recibir una llamada de su madre.
—Hola.
—Hola, Navin. ¿Qué haces?
—Estoy volviendo de las prácticas, hace un frío…
—Ten cuidado por la calle a estas horas.
—Sí, tranquila.
—Espera que tu abuelo quiere saludarte.
—Pisha, Navin. Ha salio el Museo del Prado en las noticias.
—Ah, ¿todo bien? —preguntó Navin escuchando a su madre quitarle el teléfono a su abuelo.
—Es que tiene que cenar ya, que se le enfría la sopa y luego se queja, mañana le llamas, ¿Y qué tal? ¿Son varios artistas o cómo va? —continuó con la conversación.
—Sí… —Navin no sabía qué contarle—. Es como un taller donde van varios, sí, pero yo estoy ayudando a uno.
—Ah, bueno. Me alegro de que te hayan cogido.
—¿Los abuelos qué tal están?
—Bien, mañana tienen que ir al médico para revisiones. ¿Cuándo vuelves?
—Pues… ahora mismo no lo sé, estoy bastante liao con trabajos de la universidad.
—Vale.
—Pero intentaré ver si puedo ir para el puente de Todos los Santos.
—No te preocupes, tú…
Navin recibió un golpe fuerte por la espalda cayendo al suelo y raspándose las palmas de la mano. Se incorporó dolorido sentado en el suelo buscando su teléfono móvil pero no estaba, su mundo se vino abajo. Ya llevaba dos años viviendo en Madrid y nunca le habían robado, él era responsable. Abrió la mochila buscando nervioso las llaves del piso que menos mal, sí las tenía.
Nada más llegar al piso le contó todo a Fernando, que lo acompañó a la policía para poner una denuncia. Bloqueó la cuenta del banco y todo lo que podía hacer desde el ordenador, volvió a llamar a su madre utilizando el teléfono móvil de Fernando. Ella lo tranquilizó comentando al final que se comprara un móvil nuevo más barato.
—Ah, joder. —Navin se sentó en el sofá observando las heridas de las manos.
Fernando llegó con un sándwich de jamón y queso listo para cenar hasta que se fijó en cómo estaba.
—Ostras, lávate las manos, corre. Voy a por el botiquín de mi madre.
Su amigo desinfectó las heridas tapándolas con unas gasas y esparadrapo.
—¿No has pensado en dedicarte a la medicina?
—Déjalo, sufriría demasiado y ya lo hago cuando dibujamos en anatomía.
—Me da una rabia, es que no lo he visto.
—No te preocupes, nos puede pasar a todos —Fernando se levantó para dejar el botiquín en su sitio.
—Enciende la televisión.
Navin le hizo caso con las manos vendadas haciendo una mueca de dolor.
—¿Qué vas a poner?
—Hay una que estaba viendo de problemas entre médicos…
—¿No has tenido suficiente conmigo?
Fernando se rio al verlo con las manos así.
—Eres un exagerado, eso se cura en tres días.